Angustia, incertidumbre y paranoia: ir a una sala de urgencias durante la pandemia

Ir a una sala de urgencias en medio de la pandemia del Covid-19 es una experiencia que muchos quieren evitar. Así fue la experiencia de María Iribarne.
 
Angustia, incertidumbre y paranoia: ir a una sala de urgencias durante la pandemia
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POR: 
María Iribarne

Desde hace tres años sufro episodios repentinos de mastitis. Lo habitual es que esta inflamación del tejido mamario le ocurra a las mujeres lactantes, pero ese no es mi caso. He visto a una decena de especialistas y ninguno ha podido identificar qué me genera esto. Puedo asegurarles que es algo muy doloroso y aunque sé que no me voy a morir, todos concuerdan en que no debo dejar que me suba la fiebre, porque ahí sí podría convertirse en un riesgo para mi organismo.

En medio de la cuarentena, y después de muchos meses sin tener un episodio de mastitis, empecé a sentir ese dolor fuerte y punzante. Normalmente, bastan dos analgésicos para detener el avance de la inflamación. Me los tomé, seguí trabajando, pero el dolor no pasaba. Me acosté pensando en que a la mañana siguiente todo estaría normal. A las 4 de la mañana mi brazo derecho estaba paralizado y mi hombro tampoco funcionaba bien.

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A primera hora, llamé a la ginecóloga que me atiende en la EPS. La cita fue telefónica porque su internet no funcionaba. Le conté cómo me sentía y solo me dijo: “Es mejor que vaya a urgencias. No la puedo ver, no estoy haciendo consultas presenciales. Necesita que le hagan exámenes y una ecografía. ¡Vaya ya!”.

Salir de urgencias en medio de una pandemia no estaba dentro de mis planes. Me había cuidado rigurosamente durante varios meses para ahora tener que ir a un hospital. Pero supongo que así es la vida y no podemos controlarlo todo.

Tomé un taxi con mi esposo para ir a una clínica que me atendiera por urgencias. Me tranquilicé cuando no vi tanta gente. El celador me tomó la temperatura, me pidió mis datos y me preguntó a qué venía. Le expliqué y me dijo que mi acompañante no podía entrar por el tema de la pandemia. Le insistí que me dejara entrar con él, porque me sentía realmente mal, pero me dijo que no.

Los pacientes Covid no son los únicos que necesitan ir a urgencias

En la sala de espera estábamos solo cinco personas. Todos teníamos tapabocas y evitábamos el contacto visual y hablar – lo contrario a lo que uno suele hacer en un lugar así, cuando la gente empieza a contar porqué está allá mientras espera la llamada de la enfermera-.

Me senté sola en una esquina. Esperé cerca de veinte minutos para que me llamaran al triage. Mi reacción inmediata al entrar a ese diminuto cuarto fue pensar en cuántas pacientes se habrían sentado allí antes que yo. A los pocos segundos me tuve que sentar para que la enfermera me tomara la tensión. Me preguntó por los síntomas y me dio prioridad tres, es decir, tenía una situación de urgencias con riesgo vital.

Regresé a la sala a esperar al médico. Al poco tiempo, me llamaron. Al entrar al consultorio, vi a una médica joven, protegida con tapabocas y una careta transparente. Hablamos un buen rato, me miró con suma delicadeza, me dijo que estaba deshidratada, ordenó canalizarme, darme un analgésico fuerte, tomarme exámenes de sangre, hacerme una ecografía y esperar al especialista para saber qué paso tendría que seguir.
Huellas de María Iribarne

Yo le comenté que me había imaginado que la sala de urgencias estaría a reventar por la pandemia. Ella me miró a los ojos y me dijo que tenían un piso arriba completo con enfermos de COVID-19 y que todo estaba muy complicado.

“Desde que se suavizó la cuarentena, llegan muchísimos más casos a diario. ¡Es una verdadera locura!”, me dijo. Yo enmudecí.

Mientras llenaba un formulario con mis datos, un enfermero me pidió el favor de que saliera de inmediato a la sala de espera. Con curiosidad le pregunté la razón. Me dijo que iban a bajar a un paciente grave y no podía haber gente alrededor. Salí y a los pocos metros vi una camilla envuelta con una cápsula de plástico. Dos médicos con trajes especiales la transportaban y luego dos enfermeros iban detrás desinfectando sus pasos con alcohol. Era un paciente con COVID-19 que había empeorado. Me angustié por esa persona que podía estar ahí.

Una sala de urgencias, muchas historias

A los pocos minutos, me llevaron a una sala interior. Solo había mujeres. Era tan poco espacio que resultaba imposible tener distanciamiento físico. La mujer que estaba al frente tenía una hemorragia nasal que no lograban detener con nada; a mi lado había una joven con una migraña muy intensa; a la diagonal, una anciana con cáncer en el estómago, a quien la quimioterapia le había sentado fatal, acompañada de su hija, y en la esquina, se encontraba otra anciana que escasamente tenía aliento para pronunciar palabra.

Al instante, llegó un enfermero y me dio una bata gris para cambiarme. Por supuesto, no quería entrar al baño. Esa sensación es difícil de manejar, porque después de tanto cuidado, alcohol, desinfectantes y distancia social, allí solo me quedaba comportarme como normalmente lo habría hecho antes de la pandemia y sin tantos remilgos.

De regreso a la silla, vino el mismo enfermero para tomarme el examen de sangre y luego canalizarme. Dijo que mi vena se había infiltrado. No sabía qué significaba eso, solo quería gritar por el dolor que se extendía poco a poco en el brazo izquierdo. Rápidamente, llegó una enfermera y quitaron el catéter del brazo y decidieron canalizarme en la mano.

Los minutos pasaban, pero el dolor persistía. Una hora y media más tarde llegó otro auxiliar para llevarme en una silla de ruedas a la ecografía. Allí esperé pacientemente el turno.

Delante mío había una pareja de adultos mayores. Ella estaba en una camilla, él estaba a su lado. Eran esposos. Los escuché hablar. A ella la habían acabado de operar de cáncer en el seno. Hace varios meses, por la pandemia y su estado, no había podido reunirse con su familia, pero registraban cada paso de la lucha de su enfermedad con una foto que enviaban al grupo familiar. Él le prometió traerle el café que tanto le gustaba. Ella pensaba en cómo podría dormir esa noche con el dolor que sentía. Él le tomó las manos y le prometió que estaría bien.

De repente, me llamaron. El esposo de la señora fue la única persona que me saludó y me ayudó a desenredar el cable del suero que se enredó entre las llantas de la silla. Yo lo miré y le agradecí con mis ojos.

El examen también fue extraño. Cuando entré, la camilla estaba llena de esos papeles con los que uno se suele secar las manos en los baños; la radióloga estaba hablando con su esposo y le decía que yo era su última paciente, antes de ir a almorzar. Se notaba que tenía afán, no entendía nada de lo que yo le decía por el tapabocas, pero su diagnostico fue igual: tenía mastitis y estaba tan inflamada que no podía examinarme bien.

Huellas de María Iribarne

Al regresar a la sala, me quejé del dolor. Pasaron otro par de horas más mientras me llamaron para que me viera el especialista. Era un ginecólogo, también muy joven, le conté lo que tenía, él miró el resultado de los exámenes que me habían tomado y me dijo que por el cuadro que presentaba me aconsejaba quedarme en observación toda la noche.

La idea de dormir en el hospital me aterraba. Quise hablarlo con mi esposo. Mientras llamaba por el celular, vi que la doctora hablaba con la jefe de enfermeras. Por un descuido no me habían aplicado nada para el dolor y solo me habían dado suero para hidratarme. Intentaron disimular. La enfermera entró y me aplicó una inyección intramuscular de diclofenaco en un par de segundos. Les hice el reclamo, me pidieron disculpas por el error, pero no tenía ni la fuerza ni las ganas de discutir en medio de esas particulares circunstancias.

Volví de nuevo a la silla. A la mujer del frente ya se la había detenido la hemorragia y estaba sentada con los ojos cerrados; a la joven con migraña le acababan de dar la orden de salida mientras le entregaban los resultados del TAC que le habían practicado; la anciana de la quimioterapia se había quedado dormida, y la otra estaba despierta, pero no decía nada. Ninguna habló, ninguna preguntó ni dijo nada, ninguna se despidió. Me pusieron al fin un antibiótico y el diclofenaco comenzó a hacer efecto. Era una buena señal de que no tendría que pasar esa noche en el hospital.

Ya estaba oscuro, hacía frío, tenía mucha hambre. La doctora del nuevo turno me revisó y me dio la orden de salida cuando vio que me encontraba estable.

Mi esposo llegó a recogerme y lo dejaron entrar. Tomamos un taxi de vuelta a casa, con el dolor más controlado. Al fin me sentía mejor, al fin estaba a su lado y nos podíamos ver. Tendría que pedir una cita al mastólogo, una resonancia y una biopsia, pero al menos ya tenía más claro el camino a seguir.

De nuevo a la sala de urgencias

Cuatro meses después de este episodio, todavía en la pandemia y con menos cuarentenas estrictas, volvió a darme mastitis, pero esta vez en el lado izquierdo. Tuve que volver a urgencias porque los antibióticos no me hicieron efecto y la fiebre comenzó a subir. El médico me dejó en observación toda la noche y tuve que aceptarlo, sin renegar. Pero esa historia se las contaré otro día.

En medio de esta locura que ha significado para muchos la pandemia, en medio de esa paranoia e indiferencia que tanto duele, de esa incertidumbre y de esa soledad que todos hemos sentido, también es cierto que uno aprende a valorar las cosas que realmente importan en la vida. La salud, por supuesto, pero también contar con alguien que te ame incondicionalmente, te proteja y te cuide, así como los amigos sinceros que están ahí, siempre presentes.

La pandemia nos hizo sentir eso, nos hizo sentir vulnerables, que no somos infalibles, nos mostró quiénes somos en realidad y con quién contamos. Sí, nos sacudió con fuerza y creo que lo seguirá haciendo por un buen tiempo.

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diciembre
16 / 2020