Vicky, la madre coraje

Casi siempre vestida de negro, menuda, festiva, Vicky Dávila es una de las periodistas y presentadoras de televisión con mayor credibilidad. Pero el éxito no lo acuñó fácilmente. Breve e intensa historia de vida.

Es pequeña y leve pero todos los días se crece y se hace más bonita en la pantalla y sólo conoció la tristeza ese sábado en que supo que su joven esposo tenía una malformación arteriovenosa en el cerebro. Lo supo a las nueve de la mañana y bautizaron a su hijo Simón, de dos meses, a las doce y media del día. Sintió que el mundo se le derrumbaba, a ella, que como muy pocas mujeres exitosas de Colombia había construido su futuro a golpes, partiendo desde tan abajo. De bien abajo. Nació en Buga y su papá era un bohemio de la noche que soñó siempre con ser un gran cantante de tangos.

Cuando se separó de la madre, a Vicky sólo le dejó como herencia el talento para cantar. Entonces junto a su madre y sus tres hermanos empezó la vida de la Vicky Dávila andariega. Refugiada en casa de la abuela empezó la primaria en un colegio militar de Cali y la terminó en Buga y durante los seis años siguientes vivió en Buga la Grande pero estudió bachillerato en Tuluá y solfeo y gramática musical en la Casa de la Cultura de Buga. Todos los días recorría en bus más de cien kilómetros por los pueblos del Valle. Viajar no era lo más duro. Tenía un solo par de medias y un solo uniforme y los lavaba todas las noches. Con el calor del Valle amanecían secos. Las monjas le regalaban los libros.

Ella misma ayudaba a recoger mercados para los pobres a las hermanas de San Vicente de Paúl, y uno de esos mercados era para su propia casa. En las noches le ayudaba a una tía en una pequeña droguería y cuando llegó una señora urgida por una inyección y le preguntó quién se la ponía, la adolescente Vicky Dávila, sin titubear, le midió a la señora los cuatro cuadrantes en la cadera y aplicó la primera inyección de su vida. “¡Qué mano tan suave!”, agradeció la paciente. Su vocación de enfermera terminó cuando su prima llegó con un quiste.

Pero no era consciente de la dureza de su vida. Menuda, agraciada, siempre sonriente, cantaba y cantaba en todas las veladas y ocupó el segundo lugar en un concurso para escoger el rostro más bello del Valle. Con sus primos creó un trío y grabaron un disco grande e incluso vinieron a Bogotá para actuar en un programa de televisión. Estudió un año de ingeniería pero se dio cuenta de que eso no era la suyo. Su padre, ya resignados sus sueños de cantante y convertido en un sencillo trabajador de las Empresas Municipales de Cali,la apoyó para que entrara a estudiar periodismo en la Universidad Autónoma. Ella buscaba prestados los trescientos mil pesos del semestre y él después los pagaba.

Y a los dieciocho años hizo un casting para presentar un programa en Telepacífico. Ahí empezaron a funcionar para ella las variables personales de su propio destino: inteligencia, belleza, vivacidad, persistencia, audacia… La contrataron y pasó poco tiempo hasta cuando llegó a Bogotá el 29 de diciembre de 1994 y sola, sin conocer a nadie, se hospedó en un pequeño hotel del centro. Tenía el pelo largo y crespo, viajó llorando desde Cali y mirando en todo el vuelo la foto de su mamá y sus tres hermanos, y venía a trabajar en TV Hoy. Y entonces comenzó su desbocada carrera detrás de todas las noticias.

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Fue cuando se desató la persecución al Cartel de Cali y ella se subió a todos los helicópteros y a todos los aviones y metió la nariz en todos los allanamientos. Su mamá la llamaba de Cali y le decía “La vi entre una balacera”. Y ella le respondía: “Eso es de mentiras, son trucos de la televisión, aquí no está pasando nada”. Fue en ese vértigo donde Vicky Dávila les cogió amor a las noticias. Vivió seis meses en Washington y sin saber inglés cubrió Departamento de Estado y Casa Blanca en pleno Proceso 8000. Regresó a Bogotá y de inmediato le pasaron las dos cosas más importantes de su vida: conoció al periodista Juan Carlos Ruiz, y Darío Fernando Patiño la puso como presentadora del noticiero RCN el 2 de enero de 1998.

De madrugada 

Ahora, antes de la cinco de la mañana, todos los días viaja, con conductor, desde el norte hacia la cabina de la FM de RCN, de la que es directora. A esa hora mira por la ventana de su apartamento de cuatrocientos metros, hacia los cerros orientales de Bogotá, frente a las luces de una ciudad que aún duerme. La espera un joven equipo de trabajo, del que forman parte dos mujeres exitosas e imprevisibles: Adriana Vargas, tan bella como Ornella Mutti a los treinta años, y Clara Elvira Ospina, quizás la más inteligente periodista colombiana contemporánea, y la mejor amiga de Vicky Dávila. En esta mañana tal vez tengan un encuentro de hora y media con el presidente Uribe o un cara a cara con un lejano paramilitar.

Es el presente que le sonríe exultante a esta mujer que aunque parezca una damita china de porcelana, la vida y el talento innato y el estudio y el trabajo la fraguaron en el temple del acero. Lo más fuerte empezó el sábado 15 de septiembre de 2001, a las nueve de la mañana, cuando le dijeron que su esposo Juan Carlos Ruiz tenía esa afección congénita en el cerebro. Se habían casado un año antes, cuando ella tenía casi tres meses de embarazo. En ese día ella conoció por primera vez en su vida el pedernal oscuro de la tristeza.

A las nueve de la mañana del 3 de octubre, Vicky acompañó a Juan Carlos a la clínica. Entró conversando y se despidió como si partiera hacia un viaje muy corto. La operación se prolongó por más de ocho horas. En el atardecer el médico salió devastado del quirófano y le dijo que todo se había complicado. Juan Carlos nunca más despertó. Duró dieciséis días en coma. No abrió los ojos. Allí y en ese estado cumplió treinta años y le subieron el sueldo. Ella todos los días le leía la prensa y le contaba los sucesos de la casa. Pero el 19 de octubre tuvo la certidumbre de que su partida era inevitable. Pensó que era injusto prolongar la agonía.

A las doce y media del día le habló largamente, le dijo que ella cumpliría su deber de educar a Simón en su memoria, y allí, los dos solos, llegó a la misma conclusión existencial de Oscar Wilde: el ser humano está condenado a perder siempre lo que más ama. Le dijo que partiera si lo deseaba. Media hora después, Juan Carlos murió. Y el luto lo hizo Vicky con su hijo y con el fragor de las noticias: presentaba el noticiero por la mañana, al medio día y por la tarde.

Desde entonces se dedicó a su hijo y a las noticias. Desde la madrugada hasta la noche, vive en estos dos mundos, casi sin vida social, pequeña, leve, audaz, encarnando la parábola de la mujer colombiana sencilla que construye a pulso la metáfora vital de una profesional y una mujer exitosa.

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