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Eduardo Manet: del rechazo a la gloria final

Hace 136 murió el pintor Eduardo Manet, quien tuvo que soportar burlas hasta alcanzar la gloria de su pasión: el pintar por amor. Una historia de superación simbólica y personal.

Hace 136 murió el pintor Eduardo Manet, quien tuvo que soportar burlas hasta alcanzar la gloria de su pasión: el pintar por amor. Una historia de superación simbólica y personal.

La circunstancia de que Rueil quedase muy cerca a París y que Labiche hubiese escrito una comedia titulada «El viaje del señor Perrichón» no hizo más fáciles los últimos días de Manet.

Venía agobiado desde algunos años atrás por ataxia locomotriz, un mal paralizante que se agravó cuando la pierna izquierda «hizo gangrena», como dicen los doctores, y fue preciso cortarla anestesiándolo con cloroformo encima de una mesa de su casa.

Todo esto habría sido superable, sin embargo, lo definitivo fue que sus familiares resolvieron llamar un médico, con cuya ayuda el pintor falleció en cuestión de horas.

Manet había nacido el 23 de enero de 1832 en París. En su familia eran cosa corriente los magistrados, los altos funcionarios públicos, los ministros. Su residencia natal fue en la calle Bonaparte, especie de La Candelaria parisina.

Si hubiera sido colombiano tal vez se habría apellidado Lleras, Lleras Fournier, que era el apellido de su madre, ahijada del rey de Suecia. Como cualquier niño, recibió en uno de sus cumpleaños una caja de colores que le regaló un tío materno.

Semejante «cuelga», que en la mayoría de los casos se traduce apenas en algunas paredes pintadas, fue en el de Manet una caja de Pandora que le abrió un mundo maravilloso: el del dibujo.

Hablaba aún media lengua cuando anunció su intención de ser artista. Esta afirmación producía mucha risa en su augusto padre, quien le decía que sí, que artista o policía «cuando fuera grande».

En realidad, en familia tan distinguida los artistas y los policías tenían un rango parecido. Durante un buen tiempo le siguieron la corriente. Pero cuando Eduardo cumplió 16 años e insistió en dedicarse a la pintura, su padre se puso serio, le escondió los pinceles y lo obligó a entrar a la Marina. «Un Manet pintor, ni más faltaba!», dijo iracundo el severo magistrado.

Manet fue un mal marino, pero sus años de cadete naval le permitieron llegar hasta Brasil. Dicen ciertos críticos que el color del cielo de Brasil quedó para siempre grabado en el corazón del muchacho, que luego lo vertió en muchos de sus cuadros.

Es indudable que estos críticos no conocen el cielo de Brasil, por lo demás muy parecido al de Francia en época de verano. Tras su fracaso como navegante, Manet regresa a París. Resignado a tener un hijo sinvergüenza, su padre lo autoriza para que se inscriba en la Escuela de Bellas Artes, bajo la dirección de Thomas Couture, un pintor de moda cuya fama duró lo que dura un miligramo de cocaína en un coctel de Hollywood.

Sol y sombra

Desde un principio Manet tuvo problemas con Couture, viejo jarto, académico y casposo. Mientras Manet se interesaba en una pintura renovadora, la de Couture apestaba a moho. Cierto día, según relata Louis Hourticq en su biografía de Manet, Couture le dijo, irritado por un cuadro del discípulo:

– ¿Por qué no pinta lo que ve?

– Maestro – le contestó Manet-: pinto lo que yo veo, y no lo que los otros ven…

Según Hourticq, en esta anécdota está sintetizada toda la filosofía renovadora de Manet. Según Hourticq, repito. En 1858 la situación entre el profesor y el alumno estalló: Couture lo insultó, Manet se marchó dando un portazo e inició de tan ruda manera su vida artística propia.

Detestaba lo que los franceses llaman «la cocina pictórica», es decir, la excesiva experimentación en talleres cerrados. Tenía, como ciertos barrios bogotanos, problemas con la luz. Que entonces era Degas.

Se negaba a aceptar la disolución lenta de sombras en espacios claros, y proclamaba la libertad de contrastar bloques oscuros con bloques blancos. Ahora uno piensa que era una discusión bastante tonta, pero no lo fue en esa época, permeada por el romanticismo del claro oscuro Manet se limitó a plantear la idea de que es preciso pintar con sencillez.

Sabía que al artista le basta con untar un color en la tela y el crítico se encarga de convertir tan simple acto en todo un edificio estético. No se equivocaba. Hay que leer lo que se ha escrito luego sobre Manet para saber que tenía toda la razón:

«Las cualidades de Manet residen principalmente en la profundidad de los negros, en su diversidad, en el centelleo de los matices, en el carácter sedoso de los grises, pero también en la justeza de los valores»: Guy Celen.

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«Aun en sus tonalidades francas y claras, hay discordancias agudas, amargura, sequedad, un no sé qué agresivo e hiriente que es lo opuesto a la indolencia voluptuosa de los bellos coloristas»: Louis Hourticq.

«En Manet hay exactitud en la relación entre tonos; una precisa observación de la ley de los valores; las figuras y los espacios intermedios son tratados con la misma intensidad, con una pintura plana que resuelve la imagen sin recurrir a las sombras; hay atrevimiento de los encuadres»: Emilio Zolá.

«Su obra es clara, con un frecuente toque travieso bajo la apariencia fanfarrona, una línea concisa pero titubeante, un racimo de manchas vivas en una pintura argentina y rubia»: Joris Huysmans.

En el momento de pintar, Manet no tenía ni idea de estas cosas, naturalmente. Cuando leía algunos comentarios sobre sus pinturas se sorprendía y trataba de imaginar dónde estaba aquello que había visto el crítico. Después de un rato de buscarlo y no hallarlo, entendía con alivio que los críticos también tienen hijitos y necesitan vivir de algo.

Profesión: rechazado

En su primera época, Manet recibió mucha influencia de la pintura española. Se dice, incluso, que aprendió a pronunciar la palabra Velázquez con acento madrileño. Resultado de esta etapa fueron varios cuadros de ambiente cañí, como «El guitarrero», «El niño de la espada» y uno cuyo título bien podría parecer un homenaje a las familias popayanejas: «Lola de Valencia». Este aguafuerte de 1862 mereció un poema de Baudelaire, amigo de Manet, y un elogio de Zola.

Fue uno de los pocos reconocimientos que recibió entonces Manet, pues desde tres años antes había empezado la carrera para la cual demostró tener verdadera vocación: la del rechazo.

En efecto, Manet fue repetidamente descalificado en los Salones Anuales de Pintura de París. La primera vez que rechazaron una obra suya fue en 1859 con «El bebedor». Pensando que la escena del hombre que tomaba vino era muy limitada.

Manet se apareció al Salón Anual de 1863 con «Almuerzo campestre», un cuadro que tuvo más mercado: además del vino, aparecen allí cerezas, panes, pasteles, una libra de queso y jamones. Esta composición colocó a Manet al borde de la gloria gastronómica, pues estuvo a punto de descubrir el sándwich combinado de jamón y queso.

Almuerzo sobre la hierba, Édouard Manet, 1863.


Pero le causó muchos traumatismos con los críticos de la época, pues el pintor incluyó también en el piquete a dos señores divinamente vestidos, una bañista en paños menores y una señora desnuda.

Semejante combinación fue tachada de indecente: ¡a quién se le ocurre mezclar dos señores vestidos con una libra de queso! El jurado del Salón rechazó el cuadro. Napoleón III, que adoraba los quesos, dispuso abrir un Salón de Rechazados para que el público pudiera ver la obra. Muchos hambrientos se extasiaron ante ella.

Hay que decir que Manet gozaba escandalizando a los glotones franceses. Años después pintó otro almuerzo, el «Almuerzo en el taller», donde colocó encima de una mesa ostras, limones, vino rojo y café caliente.

El crítico Castagnary, indignado, escribió: «En su cuadro «El almuerzo veo un café servido, un limón a medio pelar y ostras frescas, tres objetos que no van bien juntos. ¿Porque los mezcla? ¿Es que el señor Manet se siente superior a las naturalezas muertas?». El óleo es precioso, pero no falta razón a Castagnary: ¡ostras con café! ¡Puah…!

Tras el rechazo de «El bebedor» y «Almuerzo campestre» vinieron más: “El pífano» (1866). «La pipa» (1867). «La ejecución de Maximiliano» (1887). «Autorretrato del artista» (1876) y «Nana” (1877). En los siguientes salones ya no solo le rechazaban los cuadros, sino que no lo dejaban entrar. Y si lograba colarse, le escondían la llave del baño.

Con todo, Manet pudo anotarse pequeñas venganzas. La más importante de ellas fue la que consiguió con el cuadro titulado “El ferrocarril», que exhibió en el Salón de 1874. La aceptación de «El ferrocarril» demostró que los jurados ni siquiera veían las obras, sino que las juzgaban por el título.

El ferrocarril, Édouard Manet, 1872-73.


En este caso les encantó el nombre del cuadro e impartieron su visto bueno. Pero cuando los espectadores acudieron a ver «El ferrocarril», no había locomotoras, ni vagones, ni una rústica estación primaveral. Sino una señora sentada leyendo un libro y una niña de espaldas agarrada a unas rejas. Manet, que tenía sentido del humor, ¡les había mamado gallo a los organizadores del Salón!

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Los cuadros del francés suscitaban amor u odio. Sobre todo odio. Cuando presento «Olympia», una de sus más famosas obras, algún crítico dijo que la figura de la negra ubicada detrás de la modelo desnuda incorporaba el gorila a la pintura universal.

Y cuando dio a conocer «Corrida de toros», que tenía en segundo plano unas figuras muy pequeñas, apuntó el comentarista Edmond About: «Un torero ha sido muerto por una rata!». Zolá y Próspero Mallarmé, en cambio, las llamaron «obras maestras». En agradecimiento, Manet pintó un retrato en que Zola se parece a Jack Nicholson. No se sabe cómo le correspondió a Mallarmé.

Retrato de Émile Zola, Édouard Manet, 1863.


A Manet le ocurría lo contrario que a Helenita Vargas: las masas lo estimaban muy poco, pero un pequeño grupo de entendidos lo veneraba. Entre estos se hallaba un pintor del cual se hizo muy amigo por cuestión de paronímia: Claude Monet.

Los dos se divertían mucho en las fiestas cuando las personas le decían Monet a Manet y Manet a Monet. Existía para entonces una popular diva de cabaret llamada Joujou Minet y se dice que los tres se hicieron buenos camaradas: Manet. Monet y Minet.

Sin embargo, no hay ninguna constancia seria en el sentido de que los dos pintores hubieran sido amigos de la Minet. Consta, en cambio, que Manet lo fue de varias damas galantes como Leontine Massine, Jeanne de Marsy.

Victorina Meurent modelo de «Olympia», Mery de Laurent y la empleada domestica de Mery de Laurent. Pero su gran amor fue Suzanne Leenhoti, profesora de piano, quien le enseñó a Manet a interpretar al pentagrama y tocar las teclas.

Prueba de esto último es el hecho de que a los dos años de darle clases Suzanne estaba esperando un hijo de Eduardo. Ante esta circunstancia, el pintor le prometió que se casaría con ella, cosa que hizo con algo de demora: catorce años más tarde.

Técnica japonesa

Manet es considerado el precursor del impresionismo, pero nunca quiso formar parte del movimiento al que pertenecieron varios de sus colegas.

«Le tenía horror a todo sistema, incluso el impresionista – dice Maurice Ranal; para él solo contaba el sentimiento». El sentimiento y la exploración de otras pinturas, hay que agregar, pues Manet era un turista de la paleta. Después de su época española se asomó a los clásicos italianos y más tarde se dedicó a explorar los trabajos japoneses. Estudió a Hostal, Utamaro e Hiroshige y aprendió de ellos la composición de dos planos con perspectiva oriental. La influencia japonesa en los pintores de Francia, que empezó hace más de un siglo con Manet, se prolonga hasta hoy. Los artistas actuales son devotos de Hitachi, Sony, Suzuki y Panasonic.

Au Cafe, Édouard Manet, 1878.

La fama se demoró en golpear las puertas de Manet, pero finalmente le llegó su cuota de popularidad. Empezó en 1873 con «El buen jarro», plácido retrato de un bebedor de cerveza que encantó a la gente, incluso aquella que no bebía cerveza.

En 1882 se extendió más aún con su óleo «La mujer de la sombrilla», de corte altamente impresionista, que los críticos consideraron arquetipo de la mujer parisina. Aclaro que en esa época aún no existían Brigitte Bardot ni Yolanda Pulecio.

«El éxito había llegado, pero lamentablemente con alguna demora», observa Hourticq. En efecto, para entonces ya se manifestaban en Manet las consecuencias de la enfermedad paralizante que se le declaró en el otoño de 1879.

Un bar aux Folies Bergère, Édouard Manet, 1882.


Se tuvo conciencia de la gravedad del artista en 1881, cuando le fue concedida la Orden de la Legión de Honor que, como la Cruz de Boyacá, en ciertos casos es una extremaunción protocolaria que se extiende a los moribundos. La cúspide de su gloria en París llegó cuando, bajo la organización de Zola, la Escuela de Bellas Artes presentó una exposición de 179 obras suyas. La muestra fue visitada por 13 mil personas entre el 5 y el 28 de enero. Pero ya era muy tarde Manet había muerto nueve meses atrás.

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Julio
15 / 2019

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