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"Los paisajes del Catatumbo ponen a pintar a cualquiera", Alejandro Obregón

En Diners rendimos un homenaje al pintor colombo-español Alejandro Obregón, con esta entrevista donde revela por qué inició en el mundo del arte.

Foto: Archivo Diners/ Olga Lucía Jordán

En Diners rendimos un homenaje al pintor colombo-español Alejandro Obregón, con esta entrevista donde revela por qué inició en el mundo del arte.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 234 de septiembre 1989

«Tenía 18 años, era un tipo lleno de tendencias, de ansiedades, de tensiones… Me fui al Catatumbo donde se abrían las petroleras, a manejar camiones de 20 toneladas… Abismos de cuatro kilómetros, llenos de magia y misterio… ¡Carajo, eso pone a pintar a cualquiera!».

Si se me preguntara: ¿Por qué Obregón?, yo diría que porque tengo la suerte de conocer a todos los que él encarna en su figura pública. Conozco un Obregón cóndor, que habita solitario las cimas del arte colombiano.

Es un Obregón altivo y sereno, a quien envuelve un silencio sibilante, como hecho de viento de cordillera mientras pinta, mientras el pincel va y viene en un trajín rápido, nervioso, como párpado de pájaro, y habita en un nido hecho de mil colores.

El mismo ademán, sereno e intenso, cuando Obregón se disfrazaba de viceconsul en Barcelona, siendo un diplomático con sueños de pintor. 


Conozco un Obregón-barracuda, rápido y certero, que puede nadar toda una noche entre un mar de historias, sin dejarse pescar en ninguna repetida. Y también está el otro. El de la suma de sus «bestias», que es como él llama esa fauna personal, que le pertenece, que a lo largo de una vida ha venido pintando, la que aparece como la punta del iceberg, para amar, gritar, charlar, beber, en fin, habitar con toda la fuerza vital de sus actos y derretir con su calidez todo hielo posible.

Pero aún habría un último Obregón, y es un Obregón-flora, que posee todos los trazos de su ternura dura, en donde habita un poeta humilde, un inmenso padre y un inmejorable amigo.

«Me hago pintor por contradecir, por rebelión, por ansia de libertad. Reconozco muy bien las tendencias de donde vengo: veo a mi padre y las influencias que tengo de él, el atavismo, lo siento, lo palpo. El era un hombre rígido, fuerte y honesto a morir; es el único ser ciento por ciento honesto que conozco. Me hizo a los 18 años una pregunta que todavía hoy me hago:

¿Qué vas a hacer, Alejandro?’. ‘Voy a pintar’, dije, y eso cayó mal, como una racha de frío. Ahora, cuando voy de un tema a otro, vuelve aquella pregunta crucial: ‘¿Qué voy a hacer?’. ¡Qué bueno es tener preguntas, lo mantienen a uno vivo!». (El gesto de la mano dibuja una trayectoria que se ve como alguna de sus flechas).

«¿Mi primer recuerdo? La infancia. Había un loro que se reía de mí cuando yo salía para el colegio. Era un guacamayo azul y rojo, y soltaba una carcajada: ‘Ja-ja-ja, Alejandrito se va para el colegio’.

De su serie «Los Vientos Azules de Jerónimo El Bosco». 1989.


Luego vino un barco, Barcelona-Barranquilla, ¡un viaje que duró siglos! Me aburría… Después en Barranquilla me enloquecí: ¡Era la libertad! Con mi padre salíamos los domingos, río adentro, nos perdíamos por los caños, los manglares, a matar caimanes con un Mauser que sonaba como un trueno. Mi niñero era un indio enorme, y mi padre le decía:

Carranza, cuida al mocoso éste’. Recuerdo que un día mi padre hiere al caimán, y el caimán se bota al agua herido, y este hombre inmenso que era mi niñero se lanza al agua sucia del Magdalena, se hunde tras él y lo mata a machete. Era una vida violenta, tremenda. Un día me entregan el 30-30, para que yo mate mi primer caimán. No sé si lo hice, en todo caso el culatazo me mandó al suelo».

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De todo esto salgo para Inglaterra… Colegio jesuita ortodoxo. Me moría de frío en la oscuridad, en ese inmenso castillo Tudor que era el colegio. Griego, latín y violín eran las clases, ¡qué horror! Dura cuatro años todo eso.

A mí no me interesaba todavía la pintura para nada. Sabía más de rugby que de cualquier vaina. Ya la guerra se olfateaba, era el 36. ¡Terrible! Me embarcan de nuevo y vuelvo a América. Dos años en un colegio cerca a Boston. Vuelvo a Barranquilla y trabajo en la fábrica de textiles de mi padre.

Respiraba todo el día algodón. Revisaba telares en medio del chasquido ensordecedor de las lanzaderas: chas chas… Yo no sabía qué quería ser. Me aburría de todo. “Tenía 18 años, era un tipo lleno de tendencias, de ansiedades, de tensiones, de mil cosas, todas útiles, pero para la pintura. Me fui al Catatumbo, donde se abrían las petroleras, a manejar camiones de 20 toneladas a cargar tuberías… Abismos de cuatro kilómetros, llenos de magia y misterio, los motilones… ¡Carajo eso pone a pintar a cualquiera!».

«Cuando regresé del Catatumbo, ya tenía como en mármol la pregunta de mi padre: «¿Te gustó el petróleo?’. ‘No’. ‘¿Qué vas a hacer?’. ‘Voy a estudiar pintura’. ‘Hablamos mañana’, contestó.

Al otro día fuimos ambos a la fábrica y nos encerramos todo el día en su despacho. ¡Ni siquiera almorzamos! Que sí, que no… ‘¿De dónde te sale pintar si nunca has pintado?’. Y yo le decía: ‘No sé, señor, yo no sé… pero quiero pintar’. El me mostraba la fábrica y me decía: «Todo esto es para ti. Se ha hecho para eso, para que seas gerente’. Y las lanzaderas sonando al fondo chas-chas, mientras yo decía ‘No’.

«Me lleva arrastrando a Boston. «My son wants to study painting‘, le dice al director de la academia en Boston, y el tipo me mete en una sala enorme, con el Discóbolo de Mirón, a copiarlo, a copiar esa vaina.

Yo tenía todavía callos en las manos, del camión con los tubos del Catatumbo. Con un carboncillo hago un garabato y se lo muestro al director, y él le dice a mi padre: ‘Lo siento, pero su hijo no tiene talento para esto’. Salimos a caminar con mi padre, y él se mete la mano al bolsillo y me entrega un tarugo de billetes: ‘Toma, me dice, yo tengo negocios en Barranquilla, tú verás qué haces’. Algo muy extraño y muy grande, algo que apenas podría traducir en pintura. Me puso contra la espada y la pared. Al día siguiente se fue».

Foto: Archivo Diners. Obregón, 1989.


Me inscribí en el sótano del Museo de Boston con miss Lebrecht. Ella dictaba sus clases para niños de 6, 7, 8, 10 años máximo, y yo tenía 20. El bobo de la clase. Recuerdo lo que decía: ‘Now, children and mister Obregón‘. Dos meses duré allí, hasta que me harté de pintar acuarelitas. Y un día me encuentro de nuevo con el director de la academia, me reconoce y me pregunta si aún quiero estudiar pintura. Me entrega lápiz y papel y me mete en una clase. Ahí comenzó todo el lío.

«¿Me preguntas por mi madre? Esa es otra historia. Tengo tres adjetivos para nombrarla: elegante, discreta, neutra. Cuando don Pedro me hace esa pregunta imposible: ‘¿Y de dónde vas a ser tú pintor?’, ella se queda silente, neutra, ni para allá ni para acá, porque a ambos nos quería por igual. Entonces me volví el hijo pródigo.

Viajes, viajes, viajes. Ella coleccionaba para mí croissants, como si yo fuera a llegar al otro día, y cuando de pronto golpeaba a la puerta, a cualquier hora improbable, me los entregaba, ya como hechos de yeso. ¡Eso es ser mamá! Solamente muchos años después, cuando ya me daba el lujo de firmar Obregón en los cuadros, cometió un acto muy lleno de su humor.

Me llamó aparte y me hizo una sugerencia maternalmente indiscreta: ‘Oye, Alejandro, deja de firmar sólo Obregón y ponte el Roses, que es mi apellido y donde sí ha habido artistas, porque en la familia de tu padre, los Obregón, sólo hay industriales’. Así era doña Carmen Roses, mi madre. No imaginaría cuántos cuadros he pintado para ella, así los firme Obregón.

«¿Cómo pinto? Pinto de pie, eso es lo básico. Siempre hay una idea preconcebida, pero hay que darle campo a lo imprevisto para que la pintura esté al día, día a día. Yo creo mucho en la pintura realista. ¿No aparenta, no? El meollo es tremendamente realista, aunque yo la disfrazo mucho. Déjame explicarlo así: si cae un trueno en el momento en que pintó, eso queda ahí, sobre el cuadro. Uno va de instante a instante con la idea preconcebida de ‘voy a hacer un cuadro de esto’, con un tema que siempre queda. Pero hasta aquí no hay más que palabras… de ahí en adelante hay que entrar en la cosa visual. Mi pintura es intuitiva. Siempre el contrapunteo entre la intuición y la intención.

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Retrato de don Blas de Lezo, a quien Obregón rendía veneración.


La intuición es como un reflejo automático, como un estornudo, es inmediato, mucho más rápido incluso que el pensamiento. Y la intención es el rigor de la voluntad de hacer un cuadro que se titula así o asá».

A los temas se llega descubriendo cosas. Se los va depurando hasta que te los sabes de memoria. Entonces te queda un ratico, no más, si tienes suerte, para hacer el cuadro perfecto. Y entonces hay que matar el tema. Cuando pinté los huesos de mis bestias era porque me sabía de memoria los cóndores, los tigres, el alcatraz… Entonces me doy cuenta de que ya no puedo seguir en eso y pintó la serie de ‘Los huesos de mis bestias‘.

Ahí estaban todas, calcinadas, como si el sol o la energía hubiese chisporroteando y penetrado desde la piel hasta el hueso, calcinado…

«Un tema comienza como una curiosidad, después le metes trabajo a la curiosidad y se te vuelve obsesión, y de ahí es de donde sale siempre buena pintura, pero no por mucho tiempo con un solo tema. Y entonces, ¡a cortar!, ¡hay tanto que ver!

Y es porque casi siempre un tema lleva consecuencialmente a otro, se va metamorfoseando. Pero los temas pueden llevar a una pintura fácil, por eso hay que matarlos. La gracia de la pintura bien hecha es que sea difícil y que parezca fácil…».

«Es muy importante fijar al espectador, crearle un pequeño shock. La gente no sabe ver, entonces es bueno crearle un tamborazo a base de impacto visual inicial, meterlo un poco, fijarlo, y luego soltarlo. ¡Uno copia a la naturaleza, uno compite con ella!

Las palabras son las que fijan las ideas, y yo les coqueteo. Sin embargo, pintar es otro alfabeto. No tiene absolutamente nada que ver con ellas. Hay que borrarse completamente de todo. Ponerse en esa otra paleta, donde no habita palabra alguna, ni escrita, ni dicha. Solo la absoluta nada».

Alguna vez le oí decir a Alejandro Obregón: «Crear es ponerle una trampa a un ángel que pasa en pleno vuelo». Es, pues, una empresa difícil. El ángel no es otra cosa que unas fuerzas que han atravesado al individuo y que subsisten hasta que la energía misma sea aniquilada; y la trampa es el lienzo vacío, impúdicamente blanco, sin una gota de color.

Allí comienza el trabajo. Pero si el ángel no pasa, el pintor será el que cae en ella, habrá quedado totalmente incomunicado. Es que mientras eso se produce, el pintor se halla en pleno desierto, con solo una mano y un pincel para arrinconar y matar ese silencio, en la expresión de un «yo» individual al que debe cargar de maestría. Animar este silencio amenazante y falto de maravilla, mediante repartos de luz y de color, como si animara a una mariposa inerte, hasta imprimirle la belleza del vuelo. Antes que esto suceda y el cuadro comience a «respirar», toda una espiral de angustias envuelve al creador.

Obregón lleva 40 años «tirando brocha». Dionisiaco y exuberante, su pintura sigue siendo tan joven como él, a quien no le ha sido posible envejecer, no obstante haber sido tan generoso con su vida, no negándose a ninguna quemadura, a ningún combate, a ningún embeleso. Siempre en el tajo de las sensaciones, hurgando en todo más allá de la superficie.

Foto: Revista Diners/ Olga Lucía Jordán.


El sol se pierde tragado por el mar, mientras la ancha luna del Caribe se alza sobre el salitre, el coral y el moho de las murallas. La gran bóveda del cielo completamente azul. Noche con rayones cobrizos en las esquinas y un ligero fulgor de rojos… Anochece en Cartagena, con cuanta luz y color puede tener un Obregón de diez kilómetros de ancho.

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Julio
10 / 2019

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