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Diego Arango, el artista que pintaba como niño

Diego Arango habita en el reino de la infancia, alimentando esas visiones en las que toda pesadumbre y toda pesadez se disuelven. Con las que se dice no al infierno de la existencia actual, a los males del siglo, al ocaso de una civilización, al vaivén azaroso de esta época en que nos tocó vivir. Un homenaje al pintor antioqueño.

Foto: El Barco, 1989

Diego Arango habita en el reino de la infancia, alimentando esas visiones en las que toda pesadumbre y toda pesadez se disuelven. Con las que se dice no al infierno de la existencia actual, a los males del siglo, al ocaso de una civilización, al vaivén azaroso de esta época en que nos tocó vivir. Un homenaje al pintor antioqueño.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 235 de octubre 1989

¡Pinta como un niño!…

Escoja usted si ese es el mejor de los elogios o una sutil invectiva. Por lo pronto la historia del arte ya ha emitido su propio juicio, concediendo a aquellos creadores que guardan un niño dormido, al que de día le entregan el pincel, uno de sus mejores puestos. Lo cual no quiere decir que su juicio, o el de aquel otro espectador, no valgan frente a tan perentoria sentencia. Es solo que a veces la palabra cultura se nos vuelve tan fatigantemente ostentosa, que presiento que Dios lo único que cuelga en sus paredes, son cuadros pintados por niños. Y sí, Diego Arango por fortuna pinta como un niño. Y créanme, es de las cosas simples más complejamente difíciles que existen en este complicado mundo.

Pero no es una pintura inocente. Se trata de un rotundo ejercicio de síntesis. Le ha rapado objetos al mundo para construir el suyo propio y cargarlos de alma, como un «Guepetto» pictórico. El paraguas, la bicicleta, la escalera, la casa, la flecha, el barco, el avión o la cometa, están ahora instalados en su propio cuarto de juegos… Juego serio de pintura lúdica, llena de su personal lenguaje.


Pintura: Estelas, 2004.


Sin embargo, cuando se aplica a estos objetos una segunda mirada, menos apresurada, se advierte que no hay uno solo de estos signos, de estas formas, que no denote un detalle finamente observado, una sorprendente indicación de forma y de color, en que todo concuerda rítmicamente hacia una caligrafía del recuerdo. (Y justamente es de recuerdos que está hecha toda la almendra de su pintura).

Una evocación visual que va de la objetividad del mundo a su propia subjetividad refinada. Un recuerdo, una idea, una sensación, de alguien muy alerta y sensible que articula y dibuja lo que observa con un espíritu tranquilo y poético. Porque el asunto es que el artista que ha pintado esto no podría haberlo hecho sin remontarse hasta el espíritu mismo de las cosas. Sin desnudarlas hasta reducirlas a la esencia, para ponerlas ahí, en el lienzo, como quien construye un escenario de relaciones simples y de armonía estética.

Recuerdo es una palabra que se me ha venido agigantando a medida que veo su obra, y por eso se lo pregunto. Me voy a caza del primero que tenga en el archivo de su mente, que es la verdadera despensa de la que el pintor se nutre, y encuentro que aquella cometa que vi hace dos años en su única exposición en Bogotá, en la Casa Negret, lo persigue desde siempre.

«… Mi primer recuerdo es una cometa inmóvil en el aire. Era una cometa multicolor y gigante, que estaba estática allá arriba. Se encontraba suspendida a una gran altura, y yo, claro, no veía el hilo. Ni sabía que así funcionaba. Entonces pensé ¡que estaba colgada del cielo! Es una vivencia que siempre recordaré. De ahí en adelante he descubierto que el modo de ir destapándole la tapa a los recuerdos, tiene mucho que ver con la pintura. A medida que he ido pintando, dibujando, se me van apareciendo, en medio de los trazos, trozos y trozos de infancia. Grandes retazos que comienzo a plasmar. Es que ir pintando es ir creciendo en la búsqueda de la forma, e ir creciendo es darle forma a la búsqueda de la vida. Todo se mezcla con todo».


Pintura: Oceanía Azul, 2002.


Parecería un ejercicio simple: des-ta-par-y-pin-tar. Sin embargo, si uno destapa su pintura, ve presencias constantes de importantes pintores del siglo XX (Klee, por ejemplo), es decir, una alta sofisticación presentada de un modo bello, sutil e ingenuo.

«Me ha marcado de un modo determinante todo el arte primitivo, y de ahí me remonto hasta las Cuevas de Altamira, los precolombinos o los pueblos orientales. Me marca por su simplicidad y su trascendencia en los tiempos, por su actitud de reverencia ante la forma. En la cultura contemporánea el tratamiento del espacio en el cuadro es lo que me interesa.

Tiene razón: el caso Paul Klee o Joan Miró, en quienes encuentro muchísima semejanza a esas formas pretéritas y primitivas. Pero lo que me apabulla de verdad es la genialidad de la pintura de los niños.

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Así que si a alguien les suscitaran mis obras el interés por seguirles las referencias, las huellas dactilares, pues esas serían, así de simple. Pero déjeme contarle algo: esa es la historia oficial de mi oficio, la marca cultural. Pero le soy completamente honesto: eso lo encuentro yo después, sí, mucho después de estar pintando».

¿Y cómo fue ese encuentro?

«¡Emocionante! Es como si a medida que había ya creado y me sentía seguro con la obra alcanzada, me fuera encontrando en la historia del arte con viejos conocidos, que hasta ese momento me eran absolutamente desconocidos. Para mí no fue primero la historia del arte y luego lo que hago. No.¡Primero hice! Y luego la cultura me fue explicando a mí mismo lo que hacía, enriqueciéndome, oxigenándome el lenguaje, las formas, pero primero, primero que todo, fue mi amor a la pintura».

Entonces hablemos de cómo nace ese amor por la pintura

«Desde siempre. Desde que me conozco veo una infancia llena de hojas de papel, sobre las que yo pintaba y pintaba. No fue, pues, una puesta en marcha a una determinada edad, son papeles y papeles, hojas de cuaderno que yo rayaba y rayaba con mis colores de escuela. Y de pronto, al crecer, simplemente fueron reemplazadas por los lienzos blancos. Eso es lo único que en verdad ha sucedido. Nada más».

Sus respuestas son sencillas. Claras y nítidas. Como sus trazos, están simplemente «ahí». Se dejan mirar, cuando se pregunta por ellas, como también de un modo inmenso se dejan mirar sus cuadros, llenos de simplicidad gráfica, producto de sus mecanismos sutiles de observación.


Pintura: Bluyin, 1997.


Con gracia subjetiva o sentido del juego, Diego Arango ha llegado así a establecer una sintonía entre el movido espectáculo del mundo, allá afuera (unas veces trascendental y otras placentero) y el ritmo interior de esa aventura emotiva que lo incita a pintar.

Las sugestiones emotivas de un pintor culto-niño, surreal, en el sentido en que da vida a sus propias fantasías, adentrándose con cierto automatismo por los laberintos del sueño.

Sin embargo no todo tiene aire de cuento. Hubo momentos en que la crudeza del día se le metía entre los tubos de acrílico y al apretarlos solo brotaban desconcierto y desesperanza. Producto, como lo es él, de esa generación de los años sesenta, estuvo preparado para un mundo lleno de «Paz y Amor», que con solo pisar el asfalto de la calle, al salir de su taller juvenil, por allá en el barrio Laureles de su Medellín adolescente, le probaba que nada era así.

«Yo tenía un taller con algunos muchachos pintores, en donde trabajábamos todas las noches. Sobre las mesas pintábamos, grabábamos, y en el aire solo se oía la música de los Beatles y los Rolling Stones, que eran algo así como nuestros himnos.


Diego Arango. Foto: Archivo Diners.


Estudié arquitectura para poder mantener a la pintura, que era mi vida, mi bella amante. Porque en el día era arquitecto y por la noche pintor. Pero nada era fácil entonces, ni siquiera mis relaciones con otros pintores de lo que se llamó el Grupo de Antioquia. Es que todos estábamos en la búsqueda. Yo duré años encerrado porque sabía que me estaba poco a poco acercando a lo que yo buscaba».

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Lo ha encontrado. En ese entonces jamás tuvo tiempo para presentir que el anverso de la moneda con que su tesón sería recompensado incluiría el vivir en Palma de Mallorca, que es en donde ahora reside, y que sus cuadros llegarían a ser buscados en su propia puerta y cotizados en dólares. Con los muchachos barbudos, que querían ahogar entre incienso y flores las toneladas de suplicios de la vida, y con los que empezó a pintar, mantiene aún una correspondencia de sueños. Y están muy lejos ya los tiempos en que gritaban
a garganta herida «Hagamos el amor y no la guerra», mientras los hombres del Vietnam luchaban como larvas.

Afortunadamente ahí estaba el universo del arte esperándolo, permitiendo siempre ser la alternativa. Con todos sus caminos abiertos invitando a explorar formas muy nuevas o muy antiguas.

Formas que pueden cambiar nuestra imagen del mundo. Y él se refugió en el reino de la infancia. Como un divertimento compartido, accede a que lo interrogue, como si en verdad fuera un niño, y no esté sofisticado visual, que hace justo el uso del lenguaje, que le permite acercarse a las cosas con discreción y sutileza, con el respeto que esas mismas cosas (presentes o ausentes) comunican sin palabras en la buena pintura.

¿Cuál es el color que más ama?

-El azul, el azul, siempre el azul.

¿Y al que más le teme?

-Al eterno amarillo.

¿Con el que puede volar?

-El infinito blanco.

¿El que jamás querría pintar?

El negro. Sí, el negro. No quiero que se vuelva amigo de mis hijos cuadros.

Sí, Diego Arango habita en el reino de la infancia, alimentando esas visiones en las que toda pesadumbre y toda pesadez se disuelven. Con las que se dice no al infierno de la existencia actual, a los males del siglo, al ocaso de una civilización, al vaivén azaroso de esta época en que nos tocó vivir. ¡Prendámonos, pues, de la cola de una de sus cometas y pidámosle que la suelte!

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Junio
27 / 2019

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