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José Luis Cuevas, tan extraordinario y tan surrealista como lo es el mismo México

No es un hombre de medias tintas. Se le odia o se le ama. Vive sumergido en un universo de monstruos. Es el más grande de los pintores mexicanos.

Foto: instagram.com/coleccionsasson/

No es un hombre de medias tintas. Se le odia o se le ama. Vive sumergido en un universo de monstruos. Es el más grande de los pintores mexicanos.

Hay una historia del escultor Edgar Negret, que pinta de cuerpo entero a Cuevas. Alguna vez, Cuevas lo llamó desde París y le anunció su llegada a Nueva York y su deseo de verlo.

Ya desde entonces (y hablo del año 55) Cuevas andaba enfundado en una chaqueta de cuero y cargado de libretas de apuntes captando monstruos con su dibujo rápido y eficaz. Hacía retratos de todos los seres que constituían la materia prima de su mundo personal: el monstruismo, del cual es padre absoluto en Latinoamérica.

El «cuevario» ya había nacido e iba creciendo. Negret recordó entonces que precisamente algunos días atrás, habiéndose bajado del Metro en una estación equivocada calles arriba de la que correspondía a su estudio neoyorquino, tan solo con tocar el andén se sintió sumergido en el horror: era simplemente la calle y el reino del hombre elefante, ni más ni menos, un gigantesco hombre de piel gruesa agrietada y carcomida, que tendía su elefantiásica mano pidiendo limosna. Pero que además no estaba solo.

De pronto los ojos de Negret registraron toda una colección de seres deformes que se movían entre la bruma nocturna como salidos de la alcantarilla de la noche. Durante muchos días el recuerdo de esa calle de la que huyó le estuvo golpeando la memoria; le pareció haber vivido entre el laberinto de un cuadro de Cuevas por algunos momentos.

El día que Cuevas le anunció la visita pensó en relatarle esta historia; pensó incluso que un modo de exorcizarla era aventurarse con Cuevas, de nuevo, hasta esa horrible esquina, él mismo, ahora como cicerone, entre monstruos vivos, guiando a quien los pintaba.

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José Luis Cuevas, Stop the War, 1970 #joseluiscuevas #stopthewar #litograph

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Pero el día que apareció Cuevas se implantó de nuevo el horror. Bastó abrir tan solo la puerta y ahí estaba el hombre elefante de cuerpo entero, y desde la masa de su rostro le lanzaba apenas un esbozo, una especie de sonrisa… Detrás de él, José Luis Cuevas, recién desempacado de París.

Lo que sucedió fue que Cuevas había decidido pasar a recoger a su amigo, el hombre elefante, al que tantas veces había pintado, para presentárselo a su otro amigo, el escultor colombiano Negret, a quien tanto admiraba y aún sigue admirando.

Este es el tono de fantasía verdad que nutre todas las relaciones y todas las experiencias de Cuevas y que constituyen el combustible básico de su obra, el vaho surrealista que respiran sus figuras. Porqué Cuevas es un pintor tan extraordinario y tan surrealista como lo es el mismo México, ese hermoso país que ama a sus artistas y los respalda, tan lleno de contrastes extremos, que esa santísima trinidad que fueron sus muralistas:

José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, pintaban sus murales políticos revólver al cinto para mantener a raya a sus detractores. País que sin duda alguna es el único en el mundo en el que un pintor, Diego Rivera, llegó a ser el hombre más influyente después del Presidente de la República. Eran otros tiempos, pero el arte allá sigue reinando.

Muerto Rufino Tamayo, ese otro grande de la pintura, José Luis Cuevas es el pintor vivo más importante de México, y eso él lo sabe, le gusta y le molesta al tiempo. Esta idea me la confirma un simple taxi que pasa frente a su casa, mientras yo aguardo a que me abran, en la Calle Galeana de la Colonia de San Ángel.

¡AHÍ VIVE CUEVAS!

Sí. Estoy parado frente a la casa de Cuevas en la Colonia de San Ángel, mientras aguardo a que se me abra; pasa un taxi cargado de turistas camino al San Ángel In, un sofisticado restaurante al final de estas callecitas construidas de piedra.

El taxi se detiene frente a la casa de Cuevas, y desde dentro, mientras la señala, oigo una voz muy mexicana que dice: «Ahí vive el pintor José Luis Cuevas, una de las glorias de nuestra pintura». Es la voz del taxista. Todos los ocupantes miran a la casa como esperando ver no sé qué, y el taxi arranca de nuevo perezosamente.

El vigilante me informa que la escena es habitual y que él tiene orden de decir que el pintor siempre está de viaje, cuando los pasajeros se aventuran a bajarse y timbrar a su puerta. Pero es que esto sucede en una capital de veinte millones de habitantes, donde todo el mundo es, en mayor o menor medida, un ser anónimo.

Cuando le refiero la escena a Cuevas, me cuenta que esas son las de arena, porque también las hubo de cal. Y me relata cómo en la época de López Portillo (Presidente que se recuerda por nefasto, pues bajo su sexenio ocurrió la matanza de los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas), cuando Cuevas se sumó con algunas explosivas declaraciones a la protesta e indignación nacional, ese mismo día, en la noche, su casa recibió una ráfaga de metralla, como advertencia.

Advertencia inútil, por supuesto, porque Cuevas sigue pronunciándose y generando polémica sobre lo divino y lo humano. Es que con él simplemente no hay término medio. En México o se le ama o se le odia. Con Cuevas nunca ha habido medias tintas. Pero es que posiblemente en México nada se da tampoco en términos medios: la ternura y la bravura son parientes muy cercanas. Todo es contraste, surrealismo puro, como la misma pintura de Cuevas. El rostro de México como país es tan especial como el que persigue a Cuevas desde la adolescencia y que él ha pintado mil veces y que no es otro que él mismo. Cuevas atrapado en Cuevas, como quien se busca entre un juego infinito de espejos.

Con Cuevas se puede hablar de cualquier cosa. Instalarse en las palabras y deslizarlas por donde se quiera, desde la A de Arte hasta la Z de Zapatos, y habrá siempre una historia que contar. No tiene la presunción de un hombre culto, aunque lo es. Le place mucho más saber que ha habitado a gusto esta tierra, que ha vivido intensamente en función de su oficio. Y hoy he querido deslizarme con él entre el laberinto de sus amigos, que es uno de los mejores modos de conocerlo.

EL PRECURSOR…

Gómez Sicre es el gran precursor que permite que el arte latinoamericano ocupe un lugar digno en el mundo, como ya lo posee. El fue definitivo en mi obra, como lo fue en la de muchos, en el proceso de internacionalizar el camino del arte latinoamericano, encontrar mercados, exponer en todas partes.

Esa era su obsesión. El quería encontrar un Picasso latinoamericano, y lo buscaba por todas partes. Acaba de morir, y el mejor homenaje que se le puede rendir a su memoria es el de señalarlo como el verdadero pionero que fue. Viajé expresamente a verlo antes de su muerte y lo encontré muy solo y enfermo. Es justo siempre mencionarlo y rendirle un devoto homenaje.

LAS «TRABAZONES» CON MARTA

Con Marta Traba nos unía una camaradería explosiva, en la que rondaba algo muy extraño: donde estábamos había trifulca, desde la polémica, la controversia, hasta la trompada limpia, la agresión física, como sucedió en El Salvador y en Costa Rica. En Colombia estuvo a punto de repetirse la historia durante una conferencia que dictábamos Marta y yo en la Biblioteca Luis Ángel Arango. La discusión fue tan airada que tuvimos que salir por una puerta distinta a la de la audiencia.

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Pero es que las cosas con ella siguen siendo tan extrañas que cuando se conmemoraba el primer aniversario de su muerte estábamos con Álvaro Mutis dictando una conferencia a su memoria, y de pronto se armó una zambra en el auditorio.

Surgió un pleito terrible al final del diálogo. Dos poetas que se odiaban se encontraban y se fueron a las manos, enfrente de todos que protestaban y gritaban. Creo que Marta debía de estar muerta, pero de risa.

Yo, que aún tenía el micrófono en la mano, dije que eso era lo más natural del mundo que sucediera, que era como si el fantasma de Marta nos estuviera acompañando, instigando aún trifulcas. Fue una amistad hermosa, llena de grandes euforias y, por contraste, de enormes depresiones, porque después que peleábamos con todo el mundo quedábamos los dos completamente solos, abandonados por las buenas conciencias que habíamos molestado, caminando los dos solos calle abajo…

EL DISCRETO ENCANTO DE BUÑUEL

A Buñuel lo conocí a los dieciséis años; yo hacía apuntes para una revista y veía mucho cine, por el año cincuenta; yo ya trabajaba para el periódico The News, que fue muy famoso en México.

Entonces se hacía un gran periodismo, pues el país tenía aún vivo el atractivo de los años treinta y la revolución mexicana, y muchos periodistas que llegaron desde entonces se quedaron a vivir aquí. Yo era el ilustrador del periódico. Un día surgió una entrevista a Buñuel y yo de inmediato me aparecí en la Calle Extremadura, donde él vivía, a hacerle su retrato.

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Buena vibra #joseluiscuevas #muac #dibujoentinta

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Me recibió y le hice un apunte rápido, pero a mí lo que me interesaba era poder hablar de cine con él. Eso lo sorprendió, que un mocoso de dieciséis años supiera tanto de sus películas; él acababa de dirigir Los olvidados pero todavía no era un director redescubierto por la crítica francesa. Le sorprendió que yo le hablara del Perro andaluz y de toda su etapa surrealista.

Me quedé toda una tarde hablándole a él… de él. Me oyó muy paciente y divertido. Lo reencontré muchos años después. Sucedieron cosas tan mágicas, que una de las últimas visitas que hizo Buñuel estando ya muy enfermo, fue a mi casa. Berta, mi esposa, le hizo la última entrevista que él concedió. Y de las últimas fotografías que existen fueron tomadas en mi casa, comiendo. Ese día él estaba muy triste, venía de asistir al entierro de un gran amigo suyo, un español exiliado de apellido Mantecon. Y me dijo: «Imagínese usted que ya mis únicas salidas son para despedir algún amigo que muere». Poco después murió.

Yo a ciencia cierta no sé si él me recordaba como ese muchacho que fue a hacerle un apunte, que se lo hizo en cinco minutos y se quedó toda la tarde. Nunca lo aclaramos del todo, pero tuvimos una hermosa amistad, basada en una desconfianza que siempre guardó hacia mí porque yo no tomaba licor. Mi abstinencia total le producía horror y me lo decía siempre que nos veíamos: «Su abstinencia me resulta absolutamente detestable, Cuevas, a mí no me gusta la gente que no toma». Pero fue hermoso cada encuentro, él bebía su champaña y yo lo oía.

¡OHHH TONGOLELE…!

¿Tongolele? ¿Quién no recuerda a Tongolele? Ella encarnaba gran parte de mis fantasías eróticas de la infancia y la adolescencia, junto con otras diosas del cine mexicano. Pero una de las presencias que persistió fue la de ella, hasta el punto de que en plenos años noventa, Tongolele sigue viva y activa en su belleza y su atractivo.

Yo la conocí del modo más curioso. Me habló una señora Yolanda Montes, que quería hacerme una entrevista para una revista de Nueva York, y además quería ilustrarla con un retrato que ella misma quería hacerme.

De entrada le dije que sí, y le advertí la razón: le doy la entrevista porque usted se llama igual que una de mis fantasías eróticas de infancia, Tongolele. Se rió y no dijo nada. Cuando llegó, vi que era la misma Tongolele la que venía a entrevistarme y a pintarme a mí, que la había pintado en la infancia a ella tantas veces.

¿USTED ES RULFO?

Con Rulfo tuve una amistad entrañable y lo conocí de un modo muy curioso, yendo a un encuentro en el Interamerican Committee, al que fueron directores de cine, escritores y, como artistas invitados, Fernando Szyszlo y yo. Allí conocí a Marta Traba. Pero déjame decirte algo que hoy descubro con horror. Cuando reviso esa lista de asistentes mentalmente, veo que, con excepción de De Szyszlo, Carlos Fuentes, Pepe Donoso y yo, ¡ya todos están muertos!

Eso lo descubro con verdadero terror. Y ahora recuerdo un viaje muy accidentado, con Marta y Jorge Ibargüengoitia, en el que íbamos muertos de pánico, y fue como premonitorio: años después ellos coinciden en un viaje a Colombia y mueren juntos… Pero volviendo a la historia, en el viaje a este encuentro mientras registraba el boleto de avión me seguía un señor de aspecto extraordinariamente bondadoso y, al tiempo, desprotegido.

Él me sostuvo el maletín de mano mientras yo hacía los trámites, y luego de decirme qué grato le parecía que viajáramos juntos, y cómo admiraba mi obra, se negó a devolverme el tal maletín insistiendo en cargarlo hasta el avión. Nada pude hacer. Yo insistía: Pero señor, no se moleste usted. Y él contestaba: «No, no importa, vente no más», y con paso ligero corría al avión, y yo detrás de él, desesperado. Se negaba a toda costa a devolvérmelo. Lo menos que pude hacer fue sentarme a su lado y ayudarlo a acomodar su equipaje y liberarlo del mío, ya dentro del avión.

Entonces me contó que iba al mismo encuentro que yo. Buscando cómo iniciar una charla, le pregunté qué hacía, y me contestó: «Escribí algunas cositas, pero ya no escribo. Estoy por ahí haciendo una novela». Ante esa extraña respuesta le pregunté qué había escrito, y con la mayor humildad me dijo: «Yo escribí Pedro Páramo” Me quedé helado.

¿Usted es Juan Rulfo?, grité. Pero si soy yo el que debo cargarle las maletas a usted, fue lo único que se me ocurrió decir, y fue exactamente lo que hice cuando llegamos a tierra.

Rulfo era un hombre extraordinario, apresado en una gran timidez. Un hombre asustado por la vida. Sin embargo en confianza, cuando hablaba, demostraba tener una gran información literaria. Pero odiaba hacer teorías sobre la literatura. Su nombre a partir de ese viaje me causo verdadera devoción.

¡BERTAAA… LA FOTOOO!

Con Dolores del Río, esa gran dama del cine mexicano, tengo una relación muy antigua y un dato bien curioso, la foto oficial de mi matrimonio con Berta. Pues resulta que en ella no aparece Berta sino Dolores del Río, ¡conmigo, partiendo el pastel de bodas!

Las cosas sucedieron así: Rosa Covarrubias, esposa de un gran pintor mexicano, ofreció la recepción en su casa. Ella era una gran fotógrafa, además de pintora, y precisamente cuando se iba a hacer la foto de la partición del pastel, Berta tuvo que salir corriendo porque súbitamente su padre se puso muy enfermo.

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En La Mesa by José Luis Cuevas (Mexican, 1934-2017). Etching. Edition 27/100. Signed & numbered in pencil by artist. … José Luis Cuevas was born in Mexico City in 1934. Cuevas studied at the National School of Painting & Sculpture at age 10. He developed a unique aesthetic depicting disfigured and disproportionate people and objects. Cuevas was a controversial figure, especially in Mexican art and politics at the time. He was affiliated with the post World War II movement known as Generación de la Ruptura, or Breakaway Generation. Cuevas and other members of the Generación were vocal opposers about Mexican artists and muralists they believed were mainstream and overly deferential to the Mexican government. The artists they spoke out against included Diego Rivera, José Clemente Orozco, and David Alfaro Siqueiros. Cuevas also opened a museum in an old monastery in 1992 that still shows his eccentric artwork and reveals his open lifestyle. Cuevas represented Mexico in 1982 at the Venice Biennale. His works can be found in major museums such as the Art Institute of Chicago, the Metropolitan Museum of Art, LACMA, and many others. José Luis Cuevas died in Mexico City in 2017. . . . . . . . . #joseluiscuevas #fineart #art #modernart #expressionism #print #printmaking #etching #drawing #artist #mexicanartist #mexicocity #latinartist #arthistory #generationlaruptura #painter #illustration #museum #gallery #kollerwaranch #kollerwaranchgallery #dallas #dallasart #texasart #texas

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Simplemente desapareció de la fiesta. Entonces Dolores del Río suplió a Berta en la foto… y esa es la foto oficial de mi matrimonio, hasta el día de hoy. Pero precisamente también fue en casa de ella donde Rufino Tamayo y yo nos instalamos en una enemistad total e incancelable. Estando en su casa y después de haber tenido una especie de reconciliación unos meses antes, cuando yo llego y me acerco a saludarlo, él me da la espalda, sin ninguna explicación para esa grosería. Un espantoso desaire sin que yo supiera los motivos, y que jamás le perdoné…

Porque también en ese terreno de las peleas, las confrontaciones y las rivalidades, la lista es larga, básicamente porque Cuevas es un provocador de situaciones. Sin embargo a la hora de sopesar la balanza siempre ganarán, y por amplio margen, los que lo admiran y aprecian.

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Hay que repetirlo. Cuevas es el pintor vivo más importante de México, y él lo sabe. Eso le significa un ritmo extenuante de trabajo, que lo mantiene bajo unas enormes presiones a las que por fortuna está acostumbrado.

Basta citar solo su agenda de los últimos meses: inauguración del Museo Cuevas en Ciudad de México; viaje a Sevilla con motivo de los 500 años del Descubrimiento, a donde fue invitado por la ciudad para pintar una gigante exposición de más de sesenta obras en telas de cuatro metros cada una; exposición y conferencia en Washington; homenaje y entrega de llaves de la ciudad de Quito con motivo de la Bienal de Cuenca, donde se expone su obra; y por fortuna, en medio de ese maratónico ajetreo, también está su exposición de noviembre próximo en la Galería Diners, porque, como él mismo lo dijo, «Es una linda excusa para visitar Colombia, que es un país que amo». ¡Bienvenido siempre, José Luis Cuevas!

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Mayo
31 / 2019

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