La estética de la gordura

Lo humano se ha hecho arte. Un arte avasallante que nos muestra la maravilla pero igualmente la ruina. Hace encarnar al tiempo en una anatomía y vuelve así única nuestra imagen, como en estas pinturas tan plenas como perturbadoras.

Cuando en la prehistoria se quisieron fijar las primeras imágenes en piedra, dichas tallas presentaban Venus de amplias caderas, rotundos senos y expansiva energía. Era la matriz fecunda que poblaría la tierra cada nueve lunas. Cuando en 1995 el nieto de Sigmund Freud, Lucian Freud (1922), pintó a Sue Tilley en su óleo Inspectora de la Seguridad Social durmiendo, se repitió el gesto.


Benefits Supervisor Sleeping del artista británico Lucian Freud de 1995.


Las grandes masas desbordadas, el abandono complacido de quien se entrega al ojo del pintor (Freud puede tardar de uno a dos años para concluir el cuadro) y la conversión de esa granulosa materia pictórica sobre el sofá, en una rotunda escultura ancestral. Una masa compacta de ondulaciones, contornos y relieves duerme allí, indiferente al mundo –y hoy a los 22 millones de dólares que pagó por ella el magnate ruso del petróleo, Roman Abramovich, en la subasta de Sotheby’s en 2008–.


Las tres Gracias de Pedro Pablo Rubens, 1635.


Nos habían deformado la visión con la rigidez calvinista de esas almas estragadas dentro de cuerpos secos, llevándonos a desdeñar el esplendor exuberante con el que las ninfas y nereidas de Rubens exultan en sus pesadas anatomías, felices de retozar entre el bosque y las aguas y obligándonos a elegir entre Las tres gracias, todas carnales, todas formas absolutas.

Y el maestro Fernando Botero nos recuerda que su arte no trata de gordos sino solo de arte: alegría del color, gloria de la forma, plenitud del placer de la pintura saturando al máximo nuestros ojos. En el arte no hay un perenne contrapunto entre el Greco y Giacometti, de una parte, y Tiziano y Matisse de otra.


Dos mujeres de Botero. Exposición en el Palacio Real de Milan, 2007 .


El arte trata del arte mismo, y como señaló Lucian Freud a propósito de este cuadro: “No quiero utilizar como foco de atención el hecho de que alguien pueda tener un cuerpo diferente. No me interesa retratar a los monstruos. Al contrario, he querido pintar cuerpos corrientes con la atención que los monstruos lograrían si aparecieran en público”.

Años frente a la misma modelo, en el a veces destartalado taller. Horas de aplicar capa tras capa de óleo para recobrar el magnético asombro de la primera mirada. Atención, fijeza, obsesión, en los ojos y en la mente de aquello que lo marcó.


L’Odalisque Brune de François Boucher. 1745.


El cuerpo humano no es el del atleta o la modelo. Es el de la barriga caída, las nalgas flácidas, las piernas con hinchadas várices. En la piedad con la que Rembrandt contempló muchas veces esa erosión ineluctable, hay tanta piedad como en lo gratificante y acogedor con que gordos y gordas nos envuelve en una mezcla extraña de asombro y ternura.


Betsabé con la carta de David. Pintura de Rembrandt Harmenszoon van Rijn de 1654/ Dominio público.


De compasión, risa y quizás temor. Son nuestros retratos. La exasperación del realismo hasta lo intolerable o la conversión del volumen, como en Botero, en epifanía jubilosa del mundo.

Hay algo macizo, ávido al contemplar esas vastas y deleitosas superficies, al sorprender el encorvamiento de una espalda, el desplome de unos glúteos en medio de la higiene o las tareas hogareñas.

El deseo brota como una flecha ardiente a partir de esas protuberancias cálidas, ocultas por la ropa, y de súbito apetecibles y perturbadoras cuando ya carecen de toda restricción y todo velo. Cuando ya caminan airosas y desnudas, en el aire de su libertad sin inhibiciones como los desnudos del maestro Botero al homenajear en el baño a Bonnard. Felices de provocar el goce plástico no sólo al pintor que las mira sino ante todo a sí mismas, satisfechas de retornar a la plenitud sin pecado alguno que las atormente.


The Turkish Bath de Jean Auguste Dominique Ingres, 1862.


Ante tantos Cristos esqueléticos y sangrantes, la mujer de La tempestad de Giorgione alimenta al niño de pecho y ostenta la curva tibia de su redondo vientre. La gordura exalta, celebra, conmueve. Sostenida apenas por la frágil envoltura de la piel, de las venas que ésta trasluce los viejos se nutren por última vez de la visión de Susana desnuda en el baño recreada por tantos artistas. Esa luna blanca de un torso, un glúteo, nos lleva a la noche donde vuelven a renacer los sueños.

Odaliscas de Boucher, Majas de Goya, Baños de Ingres; todas ellas tienen la maravillosa esfericidad contenida que ofrece algo más que la sola carne: un gusto, un placer que brota de lo gratuito y el despilfarro dichoso. La belleza en definitiva del tacto con fiebre, de la mano que acaricia, de los labios de golpe húmedos ante tantas colinas y declives, abismos y cumbres. El arte al celebrar la gordura se canta a sí mismo.

En el bosque de Coubert como en el atelier de Renoir, todavía la piel vibra y se irisa, perla por el agua, rosa por la luz. Pero lo definitorio es la gravedad de su peso, el encanto táctil que nos obliga a preguntarnos cuál es el paradigma de lo perdurable: si el que deja consignado el júbilo del exceso o el que se repliega en la intimidad callada.

También en la gordura lo humano se ha hecho arte. Un arte avasallante que nos muestra la maravilla pero igualmente la ruina. Hace encarnar al tiempo en una anatomía y vuelve así única nuestra imagen, como en estas pinturas tan plenas como perturbadoras.

Artículos Relacionados

  • Hace 54 años se escribieron los tres grandes himnos del pop
  • Las 10 canciones recomendadas de Camila Zárate, de Canal 13
  • Galería: Los mejores retratos de animales en vía de extinción
  • 11 obras al óleo para recordar la historia de Colombia

Send this to a friend