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Vea los 46 dibujos exclusivos de Botero para Diners

El maestro Fernando Botero pintó estos 46 dibujos durante cinco semana. Revista Diners le brinda la oportunidad de disfrutarlos en exclusiva, ya que pertenecen a coleccionistas privados en Europa y Estados Unidos.

Foto: Mauricio Vela/ Archivo Diners

El maestro Fernando Botero pintó estos 46 dibujos durante cinco semana. Revista Diners le brinda la oportunidad de disfrutarlos en exclusiva, ya que pertenecen a coleccionistas privados en Europa y Estados Unidos.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 455 de febrero de 2008

Desde esta esquina de Park Avenue, a tres cuadras del Museo Metropolitano, Fernando Botero mira el cielo del invierno sobre Nueva York, un horizonte de hormigón y acero en pleno corazón de Manhattan.

Los transeúntes saben que aquí vive el pintor más famoso del mundo, por el enorme gato de bronce que reposa en la entrada y al que alguna vez le robaron una de sus barbas.

Acaba de llegar de Méjico, de un hotel en Zihuatanejo, a dos horas de Acapulco, adonde viaja cada 28 de diciembre para pasar allí el Año Nuevo en compañía de hijos y nietos y pintar exclusivamente dibujos hasta los últimos días de enero.

Aquí en Nueva York estará apenas tres días porque viaja a París a trabajar en su taller de la rue Dragón. Dice que se siente liviano, “cargado pa’ tigre”, dispuesto a enfrentarse durante tres meses a los grandes óleos en París porque el hecho de haber pintado 46 dibujos en Méjico “fue realmente un descanso e incluso me siento mejor de mi dolencia en este hombro que no es más que la lesión de tanto pintar durante tantos años”.

Sabe que lo espera otro año muy intenso. Después de trabajar en el final del invierno y la primavera en París, donde ejecuta sus grandes óleos, estará en verano trabajando esculturas en Pietrasanta, posiblemente regresará a Nueva York para otra temporada de trabajo y después del verano y a lo largo del otoño trabajará en su nueva casa en Grecia, después en el estudio que le regaló el Príncipe Rainiero en Montecarlo, y ya para diciembre viajará a Medellín –antes de empezar el nuevo ciclo de pintar dibujos en Méjico– para descansar y trabajar en la casona que acaba de comprar en una colina del valle de Rionegro.

Desde su nueva casa en la isla griega de Evia, frente al mar Egeo, observa al fondo los olivares del Peloponeso donde alguna vez una tortuga se desprendió de las garras de un águila y mató a Esquilo.

Desde su nueva casa de Rionegro, cercada de platanales, divisa al fondo las luces en las montañas antioqueñas que son como las candilejas de los espíritus de los antiguos arrieros.

Botero dice que esta casa es la que más le gusta “porque me tira la tierra antioqueña”. Son nueve casas en el mundo. Como muy pocos colombianos, se las ha ganado sin explotar a nadie, con su trabajo solitario de pintor de hasta doce horas diarias.

Con la misma grandeza humana de ser el colombiano más generoso y filántropo con su país en toda la historia nacional. Sin embargo, prácticamente no descansa en ninguna de ellas. Cuando llega a alguna de sus casas se da una tregua de un día y después, como los antiguos arrieros, está de pie antes que despunte el sol, y empieza a trabajar… Todo comienza siempre con un dibujo.

Es un boceto a lápiz que después se transforma en un dibujo de verdad o una acuarela o un carboncillo o una sanguina o un óleo de pequeño o gran formato. Por ello guarda en París cerca de cinco mil bocetos que ha pintado en aviones, en cafeterías, en parques y hasta en un ascensor. Es algo compulsivo: cada que se le ocurre una idea, cada vez que se le figura en el cerebro un relámpagazo que es como una fotografía, saca de su bolsillo la libreta y el lápiz y en dos minutos traza el boceto.

Desde hace quince años, sólo en Zihuatanejo, allí en ese hotel de bungalows entre la selva y el mar, pinta dibujos. Está de vacaciones con su familia, pero después del desayuno y hasta el mediodía dibuja sobre papel amate hecho a mano, que es un papel que fabrican de la corteza de un árbol los descendientes de los aztecas y que Botero compra en mercados campesinos de San Pablito de la Sierra o en los alrededores de Cuernavaca.

Es un hermoso papel con tonos oscuros que deja ver sus matices naturales y que es tan antiguo que en él se dibujaron milenarios códigos aztecas.

Entonces todas las mañanas, Botero estampa en ese papel sus maravillosos dibujos que, como reclama él mismo del buen dibujo, están cargados de reflexión intelectual. Botero señala que en el arte moderno muchos pintores pueden ser grandes artistas sin saber dibujar.

Pero él sí sabe dibujar como nadie, como si fuera un artista del Renacimiento y que sabe que la forma es el dibujo y que el color es el regalo que se le hace al dibujo. Precisa que pinta jugando con los blancos y que entre trazo y trazo hay una materia que delinea contornos, y que los mismos blancos van descubriendo lo que está adentro…

Recuerda que el gran dibujante que fue Ingres habló de la probidad del acto del dibujo. Y así, solitario, cada año pinta en sus vacaciones cuarenta o cincuenta dibujos. Los 46 que pintó en estas vacaciones, hace apenas tres semanas, serán vendidos también en pocas semanas a marchantes y coleccionistas privados de Nueva York, Londres y Venecia.

Tal vez nunca se verán en una exposición, ni aparecerán en libro alguno. Por ello celebramos que antes que se oculten en exquisitos pero anónimos recintos, los puedan ver y gozar y coleccionar, todos los 46 dibujos, los privilegiados lectores de la revista Diners, en esta gran exclusiva.

A continuación vea los 46 dibujos del maestro Fernando Botero:




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Febrero
21 / 2019

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