A cien años del arte moderno con ‘Las señoritas de Avignon’

Esta obra de Pablo Picasso es considerada como el inicio del arte moderno como lo conocemos. Sus primeros bocetos fueron dibujados en 1906.

Publicado en Revista Diners Ed. 440 de noviembre de 2006

Son cinco mujeres. Todas desnudas y altaneras. Son putas contentas de serlo y están bien dispuestas para ser observadas y despertar morbos y fantasías. Con su carga de provocación clavan sus ojos de máscara a quien las contempla, como si se hubieran puesto de acuerdo para insultar la sensibilidad de los desvergonzados que las miran. Son irreverentes; desafían con su descaro y se jactan de su mundo que supera las dos dimensiones.

En esa enorme superficie casi cuadrada, los cinco cuerpos dueños cada uno de su propia insolencia, exhiben la maestría de Picasso, el genio que se atrevió a inventarlas después de haber desobedecido los dictados del arte tradicional. Setecientos bocetos plasman las intuiciones que se fueron haciendo forma y color en una pintura subversiva. Son la prueba del estudio sistemático de las transgresiones del artista: uso arbitrario del desnudo femenino, colores sin graduaciones, líneas simples, trazos firmes, espacios plurales y su audaz idea de composición opuesta a la convencional.

Las mujeres perturban, se saben dueñas de su poder para impactar con la abierta ostentación de su desnudez. Cada una privilegia la fuerza de su presencia como si presumieran ser el centro del cuadro. Sus ojos elipsoides y sus poses desvergonzadas buscan la complicidad o la aprobación, o quizá la irritación del espectador.

A la vez la paradoja está en que cada una reafirma su lugar en el conjunto como si no quisieran desprenderse de la sabia intuición estética que las creó para estar juntas. Ellas viven dentro de su realidad, en ese lado de su espejo donde funciona otra lógica: la desmesura de formas, la superposición de planos, la yuxtaposición de volúmenes.

Desde allí contemplan arrogantes la otra realidad, la del frente de su lienzo en una sala del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Los espectadores desconcertados las desean o las repudian.

¿Son bellas? Dentro de una estética convencional pueden parecer deformadas, desfiguradas. Sus gestos con escuetas rayas y sus cuerpos retorcidos resultan ambiguos. Y es ahí donde reside su misterio. El balance en la composición y la armonía del conjunto exige una experiencia visual y estética única.


Ellas no buscan la belleza, no sonríen, ni siquiera cuentan una anécdota. Están allí como testimonio de una obsesión: Picasso intuía y experimentaba una nueva manera de interpretar lo real para romper con la repetición mecánica del pasado. Ellas se dejan imaginar en las líneas que la mano sabia dibuja.

Las figuras se hacen cuerpo y gesto en las certezas del pintor, en la intensificación del efecto estético de lo femenino, en las posturas caprichosas, en el lienzo que apenas si cubre o descubre los torsos, en las frutas y en los retazos de cristales rotos del fondo. No son las mujeres idealizadas por la escultura antigua, recreadas en el Renacimiento o mil veces representadas por los pintores como Ingres a quien Picasso observó para superarlo.

El modelo académico del desnudo que recuerda el ideal de belleza clásico de la Venus de Milo dio un giro con su aguda sensibilidad. Las poses atrevidas de estas señoritas muestran su reflexión sobre la tradición artística y su búsqueda de una nueva expresión. Ellas hablan un lenguaje moderno que sepulta no la misma tradición sino las convenciones que sostuvieron sus pilares.

Hace cien años, en 1906, Picasso vivía y pintaba en un taller en el viejo edificio de Montmartre, el Bateau-Lavoir. Allí empezó los primeros bocetos, y uno tras otro se constituyeron en un laboratorio plástico que había de culminar en el año siguiente con la pincelada definitiva del cuadro.

El artista pasaba penurias y compartía una vida miserable con su amante Fernande Olivier, siempre celosa de que él pintara féminas del bajo mundo. Precisamente quiso plasmar en el lienzo su impresión sobre las prostitutas del antro bohemio de la Carrer d´Avinyó en Barcelona. Por sugerencia del escritor Guillermo Apollinaire tituló su cuadro El burdel filosófico.

En ese año París enterró a Cézanne y abrió la retrospectiva de Gauguin en el Salón de Otoño. Palpitaban las fecundas búsquedas de nuevas expresiones de Matisse, Modigliani, Soutine, Chagall… Monet continuaba sus exploraciones con los afectos de la luz y las nieblas, y Rodin y Degas planteaban nuevos problemas en la manera de representar la figura humana. Pero este conjunto de mujeres osadas que se estaba gestando en el frío taller de Montmartre, iba a desafiar las indagaciones de estos artistas con la propuesta audaz de una forma hasta ahora inédita de construir un cuadro.

Picasso fue consciente de haber pintado una obra revolucionaria con conceptos revolucionarios: inventó y no reprodujo, imaginó y no representó, hizo abstracción y no copió. Lo terminó en el verano de 1907 y lo enseñó a algunos artistas para revelarles que una imagen natural se puede mostrar con múltiples recursos expresivos.

Se burlaron de él y las despreciaron a ellas. André Derain pensó que Picasso había enloquecido y que algún día lo iban a encontrar ahorcado detrás de su cuadro. A Georges Braque le pareció un adefesio, como si el artista hubiera bebido petróleo para escupir fuego.

Sí, Braque, el mismo que iba a seguir un camino paralelo al de Picasso para desarrollar el cubismo cuyos principios estéticos ya se vislumbraron aquí. Algún visionario quiso comprar la pintura pero él se negó y la guardó durante nueve años. A mediados de los años veinte accedió a venderla a un decorador que la renombró Las señoritas de Avignon en una referencia poco afortunada a la población francesa y que diluye la verdadera fuente española.

Ellas, las cinco mujeres, son irreverentes igual que Picasso lo fue. La pintura desconcertó a los contemporáneos acostumbrados a los desnudos que imitaban a las modelos de carne y hueso, de piel y morbo.

No comprendieron en ese momento que la fuerza de su mensaje no estaba en lo anecdótico sino en el juego arbitrario de las formas. Más adelante, críticos especializados se asombraron ante esas siluetas de contornos angulosos y aparentemente dislocadas. Entonces la rotularon como la obra más importante del arte moderno.

La formidable intuición de Picasso que empezó hace cien años con los primeros dibujos de Las señoritas de Avignon guió su impulso para consignar sobre el lienzo su afirmación: “Yo no revoluciono: yo soy…”.

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