El premio Hasselblad a un fotógrafo sin cámara

Hasta el 3 de febrero de 2019 estará abierta la exposición del artista payanés Óscar Muñoz en el centro de exhibiciones de la Fundación Hasselblad en Suecia.

Hablar de Óscar Muñoz es intentar atrapar lo mutable. Él es un Narciso en inminente y constante desaparición. Su cara de carbón en polvo flota durante días, quizá meses, y con la evaporación del agua se fija, marchita y distinta, en un fondo seco. También es un fantasma que se escapa por las líneas de su propia mano. A veces es el hueco de sus pulmones o el fuego de su cigarrillo. En ocasiones, un Narciso que no encuentra fondo y desaparece en el torbellino de un sifón.

El pasado 8 de octubre, Joan Fontcuberta, quien ganó este mismo premio hace cinco años, se paró en la tarima de la Fundación Hasselblad en Gotemburgo, Suecia, y colgó una medalla de oro en la solapa del hombre de carbón. Cinco jurados encabezados por Mark Sealy, director y curador de Autograph ABP de Londres, le otorgaron el trigésimo octavo premio Hasselblad en fotografía.

Lo de este año fue inédito. Con 67 años de vida y casi medio siglo de ser artista, Muñoz jamás se ha hecho llamar fotógrafo. Solo nos queda ver su obra y reflexionar sobre su forma de vivir y morir en las imágenes para entender por qué, siendo un artista de lo efímero, recibió uno de los premios más importantes en fotografía.

Este artista nació en Popayán. Estudió en el Instituto de Bellas Artes en Cali, donde hoy vive y trabaja. Fue, al principio, un dibujante excelso del carboncillo: fotográfico e hiperrealista, dirían. Pronto dejó de dibujar el mundo de afuera y sus reflexiones se volcaron a ese instante, tan físico, en el que una materia se toca con otra y produce, o no, un documento.

Y qué otra cosa debería ser la fotografía. Quizá una de las definiciones más bellas sobre su obra la dio el curador José Roca cuando tituló con un neologismo su retrospectiva de hace siete años. “Protografía es para mí una imagen en constante flujo”, dijo entonces. “Su trabajo, desde mi punto de vista, es un largo intento de desfijar la imagen fotográfica para devolverla al flujo de la vida”, señaló durante el simposio que acompañó la exposición en el Hasselblad.

El premio se entregó por primera vez en 1980 al fotoperiodista y científico sueco Lennart Nilsson. En su tercera versión llegó a manos de un icónico fotógrafo documental a blanco y negro, el francés Henri Cartier-Bresson. En 1996, la medalla colgó de la solapa de Robert Frank, autor de The Americans y una de las grandes figuras de la imaginería estadounidense. Medio millón de coronas suecas fue lo que la mexicana Graciela Iturbide recibió en 2008 por ser una de las fotógrafas más influyentes de Latinoamérica durante las últimas cuatro décadas.

Además de la medalla, Muñoz recibió un diploma y un millón de coronas suecas (casi trescientos cincuenta millones de pesos). La fundación también publicó un lujoso libro de su obra y, al día siguiente de la ceremonia de premiación, abrió una exposición retrospectiva.

Un total de doce obras hacen parte de la exposición. En ellas, las preguntas particulares del artista se trasladan a Cali y se nutren del contexto político y social de Colombia. Preguntas pequeñas se mezclan con sustancias universales: con el momento de la revelación, con la certeza de la muerte, con la plasticidad del “instante decisivo”, con el borde material y metafórico entre el recuerdo y el olvido.

“Sus obras giran en torno al tiempo y la memoria, temas que son fundamentales para la fotografía”, explican Louise Wolthers y Dragana Vujanović Östlind, curadoras de la exhibición del Premio Hasselblad. “Utiliza materiales efímeros e involucra al espectador en instalaciones que exploran cuestiones existenciales y políticas”.

LA ZONA CLARA

El Método Ludovico es su obra más reciente y la expuso por primera vez en la Fundación Hasselblad. Para ella se inspiró en La naranja mecánica, de Stanley Kubrick. Utilizó unas pinzas parecidas a las que los científicos de la película pusieron en los párpados de Alex DeLarge para producirle una aversión condicionada a las imágenes agresivas. En medio de dos pinzas instaló una pequeña pantalla brillante, de una luz hiriente, en la cual, con mucho esfuerzo, se ve un video con momentos icónicos de las guerrillas liberales de Colombia en 1952.

A la exposición se entra por la zona clara. En la primera pared cuelgan los diez espejos circulares de una de sus obras más emblemáticas: Aliento. En cada uno de ellos reposa una imagen invisible que aparece cuando se baña de soplos calientes. En esa época leía a Roland Barthes y pensaba en la importancia de la fotografía cuando el referente ya no está. Utilizó los retratos de los obituarios del periódico. Las imágenes reviven con cada espectador que arroja su aliento sobre ellas y mueren de nuevo con la evaporación.

El aire que sale ardiente desde los pulmones reaparece, distinto, en Intervalos. Mientras respiro, dice la frase que subtitula esta obra. A pesar de hacer referencia al modo en que se imprimían las imágenes seriales, estos son seis autorretratos impresos, orificio a orificio, por el contacto directo con el fuego de un cigarrillo.

Al lado opuesto, a lo largo de la pared, cuelga otro archivo del artista. Entre 2012 y 2013 recolectó papeles con perforaciones rectangulares y los enmarcó. La obra titula 2×3 porque esos son los centímetros que miden las fotos de las cédulas y que aquí son huecos en el papel. En la exposición vemos un camino de marcos blancos, cada uno con identidades desaparecidas. Los bordes alrededor de los vacíos develan que alguien, por ejemplo, usó corbata o se vistió de rojo. Que tenía el pelo negro. Que el fondo, ese día, era de color azul.

Al lado, empotrada en la pared, está una de sus obras más antiguas. Línea del Destino es un video de una mano enconchada por cuyas líneas se escapa un charquito de agua y, con ella, el reflejo de Muñoz. El video se repite y su reflejo húmedo vuelve a crecer, salvándose de desaparecer por completo.
Otras evaporaciones, otras transformaciones, otros autorretratos y otra vez el agua. Su rostro aparece, de nuevo, en el centro del salón. Los Narcisos en Proceso son carbón que flota sobre el agua. Rostros frágiles en una inminente desaparición. El agua que reposa en peceras de acrílico transparente altera la imagen a medida que se evapora. Los Muñoz de carbón terminan decantándose y fijándose, algo o muy desfigurados, en la base de la pecera.

Sobre el suelo, atrás de los Narcisos, y ocupando una gran área de la exhibición, está Ambulatorio, un mapa aéreo de Cali encapsulado en un vidrio de seguridad. Quien camine por encima craquela la ciudad con su peso, activa la obra y a la vez la destruye.

En Horizonte imprime en carbón cuatro cuadros del mismo video del Método Ludovico. La imagen es lavada, traslúcida y casi invisible.

Y allí, cercana, antes de entrar a la zona oscura, está la diminuta 3-3A, una lupa que muestra hojas de contacto. Entre los años cincuente y setenta, fotógrafos retrataban a los transeúntes para después vender las fotografías. Él rescata estas imágenes y arma un archivo personal. Las expone y salva del olvido.

LA ZONA OSCURA

La zona oscura está al fondo de la exposición. En ella cohabitan tres videoinstalaciones formalmente similares en las que aparecen, una vez más, varias de las reflexiones que el artista elaboró a lo largo de su carrera: el archivo, la memoria personal y colectiva, la imagen en flujo, la imagen fija, su aparición y desaparición. Su recuerdo y olvido. Su exposición. Su poder.

Al fondo de la pared oscura cuelga una repisa con hojas blancas. Sobre ella se proyecta el video de un hombre de espaldas, El Coleccionista, poniendo y quitando fotos de la repisa y encajándolas de manera precisa sobre las hojas.

En el centro, sobre dos mesas, están los papeles de Sedimentaciones. Allí se proyectan dos lavabos blancos que chupan y devuelven el agua en bucle. El agua contiene polvo de carbón que, según la dirección del video, es una imagen en potencia o una imagen recién disuelta. Un brazo, también proyectado, toma un papel de la mesa, lo sumerge en el agua de un lavabo y le revela una imagen que luego disuelve en el otro.

El Editor Solitario también es una proyección sobre una mesa con hojas. Allí un hombre, el editor, combina y constela distintas imágenes.
El Che, Íngrid Betancourt, Bolívar, Cassius Clay, Picasso, Gaitán y las gemelas de El Resplandor son algunas de las imágenes que salen del enorme archivo que comparten las tres piezas. Todas son icónicas de la cultura, la política y la historia personal de Muñoz.

Sin importar si un documento es falso o verdadero, siempre tiene un momento de materialización. Muñoz pone de ejemplo cuando la tinta de un bolígrafo toca un papel o cuando una señora se sienta en frente de un fotógrafo y él dispara. Un flujo detiene su movimiento y se queda allí, trabado, grabado, impreso, inamovible y apresado. Al otro día ese momento apresado es un documento del pasado, de su pasado.

Su exploración abarca lo que ocurre antes y después de ese contacto: la construcción, alteración, destrucción o fijación de las evidencias. Gestos que son, en últimas, los actos cotidianos con los que montamos nuestra memoria, nuestra historia, nuestro mundo y, quizá, nuestra propia identidad.

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