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"El arte y la moral son dos cosas diferentes, por eso pinto cuadros que escandalizan”, Débora Arango

La obra de la pintora Débora Arango vuelve a cobrar vigencia gracias a su influencia en el mundo artístico. Dos curadores revelan por qué fue determinante en el arte nacional.

Foto: Débora Arango/ Desnudo/ Colección Cecilia Londoño

La obra de la pintora Débora Arango vuelve a cobrar vigencia gracias a su influencia en el mundo artístico. Dos curadores revelan por qué fue determinante en el arte nacional.

Una impecable y larga pared blanca es el muro divisorio entre la calle atestada de carros y la apacible vida familiar que Débora Arango tuvo en Casablanca, Envigado. A veces se piensa que esos ladrillos se erigieron como una muralla que la aislaba de una sociedad intolerante.

Los archivos que Débora Arango dejó a su muerte dan cuenta de lo contrario. Son una compilación de correspondencia entre amigos periodistas, sacerdotes y artistas; también hay artículos de prensa en los que se registran los triunfos y vicisitudes de su vida pública. Inclusive, en uno de ellos, bajo el titular en el que aparentemente la citaban con la frase “Creo que el arte y la moral son dos cosas diferentes y por eso pinto cuadros que escandalizan”, a lápiz escribió: “yo nunca quise escandalizar”.


Boceto Débora Arango.


Débora fue una pintora moderna. Su vida y su obra se distanciaron del molde que la sociedad esperaba. Se sabe que fue una mujer decidida y dulce a la vez. Ante la enfermedad del padre y la necesidad de administrar el hogar, tomó las riendas de la vida familiar. Se encargaba de los aspectos financieros, cuidaba del padre y las hermanas, y fue una de las primeras mujeres en aprender a conducir un automóvil en Medellín.

Esta autonomía le significó trazar rutas por una ciudad que caminaba de acuerdo con sus intereses y necesidades. Sus obras, a manera de un mapa, trazan una cartografía personal que en este texto se estudiará en cinco óleos y acuarelas, realizados en diversas épocas de su vida, y que, como ventanas, son un documento de los momentos en los que ella se hizo a su voz como pintora que buscaba una mirada propia a partir de su interés por lo político y lo social.


La colegiala.Acuarela, s.f., 94 x 66 cm. Colección Museo de Arte Moderno de Medellín.


En retrospectiva, la obra de Débora puede ser leída desde los encuentros y desencuentros que marcaron momentos fundamentales en su biografía. En su trabajo están presentes las preguntas y los debates de un país que entraba de cabeza a la modernidad, en una marcha acelerada que dejaba caer, como si fueran migajas, problemas que se quisieron ver como minúsculos pero que el tiempo ha demostrado que por haberlos pasado por alto se han vuelto decisorios: el rol de la mujer, la desigualdad de clases, la educación, la vida urbana, la religión, la clase obrera, y de manera especial el arte y su papel en la sociedad.

Desde su nacimiento en 1907, Débora fue testigo de un país amenazado por la división política entre liberales y conservadores. Arango retrató el envés de esta sociedad y esto resultó incómodo e inesperado para políticos y espectadores comunes. Tanto, que su obra fue calificada como ilegítima, no perteneciente a la esfera del arte. Y es que los movimientos artísticos realizados por mujeres artistas han tenido por destino un vaivén de repulsión, primero, y validación después.


Canario/ Acuarela 1937, 32 x 31 cm. Colección Museo de Arte Moderno de Medellín.


Al respecto dice Susana Carro Fernández: “Excluidas del mundo de la creación (las mujeres artistas), regresarán a  él para reivindicar sus propias producciones, denunciar las sublimaciones y caricaturizaciones con las que el arte ha pretendido presentar la feminidad y ofrecer nuevas imágenes donde la mujer es vista por ella misma”.

Un pájaro pintado en tonos de verde, que emerge de la oscuridad del papel y que en lugar de cantar airado se posa con la cabeza baja, es una acuarela que hace parte de la primera exposición en la que Débora participó en 1937, en el Club Unión de Medellín, junto con las compañeras de clase que estaban bajo la tutela de Pedro Nel Gómez desde 1935.

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El pintor muralista representaba una manera diferente de ver el arte de la que Eladio Vélez, el otro gran artista de la ciudad, enseñaba. Arango en 1932 había tenido clases particulares con este pintor, quien era diestro en el manejo del color y la acuarela, primero en su casa y un año después, en 1933, en el Instituto de Bellas Artes, lugar en donde conoció a Carlos Correa.


Maruchenga/ Acuarela, s.f., 101x 68 cm. Colección Museo de Arte de Medellín.


En 1935, tras visitar los murales de Pedro Nel en el Palacio Municipal, reconoció que sus espíritus artísticos eran afines. A partir de este año comienza para ella un nuevo aprendizaje en la casa taller de Aranjuez, en donde también se hace cercana de Giulana Scalaberni, esposa del maestro.

Por aquellos años puede verse cómo la obra de Débora respondía  a un sentimiento de opresión y transformación que vivieron las ciudades latinoamericanas. Medellín, en particular, fue el escenario desde el que esta pintora, observadora y valiente, enfrentó las contradicciones de una sociedad que se debatió entre el conservadurismo de las tradiciones y el movimiento urbano creciente de las manifestaciones políticas, los movimientos sindicales, el auge de los medios masivos de comunicación, la lenta transformación del papel de la mujer y el poder del arte comprometido.

El pequeño universo de una ciudad en crecimiento fue el crisol en el que se hicieron evidentes, por medio del arte, problemas universales como el dolor, la desigualdad y el trabajo, entre otros.


La anunciación/ Acuarela ca. 1938, 112x 76 cm. Colección Museo de Arte Moderno de Medellín.


Un canario, encerrado, estaba a punto de cantar alto y fuerte. Saldría de su jaula a través de la pintura. La fuerza de este animalito había sido tomada en cuenta por la prensa que registró la muestra en el Club Unión. Los periodistas hablaron de la mezcla de simpleza y carácter que revelaban escenas tan simples y que bajo la mirada de Débora cobraban un especial matiz. Ya, a tan temprano momento, lo que ella hacía estaba tocada por su mirada perspicaz.

A partir de este momento ella pintará sola, independiente del influjo del maestro, más cercana a las conversaciones que tendría con sus amigos y parientes. En 1940 conocería a Jorge Eliécer Gaitán y viajaría a Bogotá para su célebre muestra en el Teatro Colón y hasta participaría en las Juntas de Estética del Espacio Público y Censura del Cine – Teatro María Victoria.

Emergerían del papel y el lienzo negro las mujeres desnudas, los políticos y la corrupción de la nación, las escenas descarnadas de la vida de la mujer en la calle, las luchas obreras y obras relacionadas con su vida hogareña y otras que son como guiños, claves para deconstruir su ser.

Al finalizar la década de 1930 se inicia un nuevo momento en la obra de Débora. El entusiasmo por el estudio del cuerpo la distancia del grupo de alumnas y, en consecuencia, Arango recibe clases individuales con Pedro Nel en las que él le enseña lo básico para la pintura de desnudos.

A partir de este momento Débora puede solazarse en el ejercicio libre de las temáticas y en el encuentro con su propia voz como pintora. Una amiga, compañera de clase, aceptó posar para ella desnuda. En una pose en la que las líneas del cuerpo dibujan un perfil en acuarela.

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Este momento debió de ser bastante significativo para la pintora, lo que se demuestra en el tamaño del área para pintar del que ella quería disponer. Pegó tres pliegos para así contar con una superficie de casi el tamaño natural de la modelo. El deseo de ser muralista la llevó a querer hacer elementos a escala.

En 1946, casi diez años después de sus primeras clases con el maestro muralista, realiza un viaje a Nueva York y México. En 1947 toma clases con Federico Cantú y allí se acerca a los trabajos de Orozco, Siqueiros y Rivera. Al año siguiente regresa a Medellín para cuidar a su padre, quien se encontraba muy mal de salud, y finalmente en el vestíbulo de la Fábrica Nacional de Empaques realiza su primer mural con una alegoría al cultivo del fique.

Tercamente persiste en mantener una comunicación con México, inclusive le escribe a José Clemente Orozco con la ilusión de que él le responda inquietudes con relación a la preparación de la cal. Nunca recibió respuesta.

En los desnudos Débora empleó los más grandes formatos. A partir de La amiga, las acuarelas y óleos serían hasta de 1,95 metros de largo y las mujeres posarán de frente, mirando al espectador, exhibiendo los rigores de la vida a través de los pliegues de su propia carne, en retratos en los que el cuerpo es una manera de expresar la condición de lo femenino.

Débora propuso de una forma revolucionaria ver el cuerpo de la mujer como el paisaje más cercano, uno que puede ser el lugar de la maternidad y también de actos de tremenda crueldad. Podría decirse que esta pintora reverenció al ser femenino en su totalidad, en sus contradicciones y sufrimientos.

“La vida, con toda su fuerza admirable, no puede apreciarse jamás entre la hipocresía y entre el ocultamiento de las altas capas sociales: por eso mis temas son duros, acres, casi bárbaros; por eso desconciertan a las personas  que quieren hacer de la vida y de la naturaleza lo que en realidad no son. […] Me gusta la naturaleza en todo su esplendor: por eso pinto paisajes y desnudos. Yo creo que por esto no soy inmoral”.


Desnudo/ Acuarela ca. 1940 28 x 25 cm. Colección Cecilia Londoño.


Las mujeres, protagonistas en sus obras, aparecen como sujetos sociales en los que se expresan las secuelas de la vida: prostitutas, madres, indigentes, obreras, y religiosas, surgen en diversas facetas en los que ya lo femenino no es un objeto de contemplación sino de expresión de una realidad dolorosa que la sociedad prefiere no mirar de frente. En este caso, el cuerpo es metáfora y denuncia, la expresión de la verdad de la que quiere dar cuenta la artista.

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Marzo
26 / 2019

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