Hijas del Agua: una exposición de Ruven Afanador y Ana González

Este es el nombre que recibe la muestra de más de treinta fotografías de indígenas colombianos tomadas por el fotógrafo Ruven Afanador e intervenidas por la artista plástica Ana González. Estarán expuestas hasta el 16 de septiembre en el Museo Santa Clara, de Bogotá.

Una de las mujeres, la más imponente, trae la cara pintada de negro y arrugas de luz que luego emergen del contorno para convertirse en una aureola de rayos y flores. Está impresa en una lona de más de un metro cuadrado y cuelga de la celosía del coro alto. Grande, elevada y con mirada atizada por el sol, los mira a todos desde la parte trasera: a Jesús, a las vírgenes, a los arcángeles, a los santos y a la santa Clara que custodia el retablo mayor de la que fue una iglesia femenina en épocas de la Colonia.

Ella es uno de los más de treinta retratos a blanco y negro –en su mayoría de mujeres– de las comunidades wayúu, guna-dule, misak y arhuaca que hacen parte de Hijas del Agua. La exposición, una colaboración entre el fotógrafo Ruven Afanador y la artista plástica Ana González, es un encuentro entre la lejanía y la clausura. Entre la indígena y la monja. Entre dos olvidos históricos que se pusieron una cita en la iglesia –hoy museo– del Real Convento de Santa Clara.

Otro de los retratos está incrustado en un altar del retablo mayor, cubriendo uno de los símbolos que facilitó la evangelización de los nativos: el sol-cristo del sacramento. Los demás se extienden a lo largo de un panel en la nave central, en el coro bajo detrás de la celosía y, con apartes de video y piezas materiales del proceso de creación, en el pasillo que conecta al coro bajo con los confesionarios.


Walekerü (“Araña”, en lengua wayuú)
Fotografía sublimada sobre lienzo intervenida con bordado
90 cm x 60 cm. 2018.


RUVEN Y ANA

Ruven deseaba trabajar con algún artista plástico. “Yo empecé a conocer el trabajo de Ana por medio de Instagram y me llamó mucho la belleza de su obra y cómo en ella resonaba una Colombia distinta”.

La ex primera dama de la nación, María Clemencia Rodríguez de Santos, los presentó en un aeropuerto a principios de 2017 cuando los invitó a ambos a uno de los viajes que organizó para recoger, entre otras cosas, el legado artesanal del país.

Un primer viaje que se convirtió en muchos. Con la apertura de ciertos territorios tras la firma de los Acuerdos de Paz, cada uno tuvo la posibilidad de documentar lugares desconocidos para ellos –y para la mayoría de los colombianos– con su respectiva sensibilidad.

Los retratos de la exposición vienen del Caimán Alto en el Urabá antioqueño, del cabo de la Vela en La Guajira, de Silvia en el Cauca y de la sierra nevada de Santa Marta en el Magdalena. “No me lo esperaba. Eso fue una sorpresa que planeó la primera dama. Fue muy lindo conocer a una artista que uno tenía en la imaginación. Conocer esta Colombia juntos y ver que las cosas entre nosotros fluyeron”, dice Ruven.

Ana, una suerte de artista-fauna, vive y trabaja en Bogotá. Su obra honra a las formas primigenias, a las flores, al paisaje y al tejido de los indígenas y artesanos, imago del hipertejido de la naturaleza. Lleva más de quince años realizando su obra a partir de la escucha a personas y artesanos que llegaron a las urbes desplazados por el conflicto.

Ella lo llama arte femenino. “Con Ruven hemos hablado del desequilibrio que hay en el mundo. Por un lado tenemos la guerra causada por la razón y la filosofía que lo justifican todo. Por el otro tenemos un mundo femenino, intuitivo y creativo muy disminuido”.


El trabajo de Ana González fue en su taller, donde bordó letras, dibujó páramos, bosques, peces y flores a las fotografías. Foto: Camilo George.


Ruven es bumangués y vive en Nueva York. A lo largo de su carrera ha fotografiado al poder: presidentes, papas, estrellas de Hollywood, cantantes, modelos, “…pero no hay ninguna diferencia entre cómo retrata a Barack Obama y a una mujer guna-dule. Con el mismo respeto, con la misma dignidad”, dice Ana.

En su cámara carga piel, ternura, fuerza, erotismo y por eso, quizás, es uno de los fotógrafos más cotizados del mundo. Aun así, con cada retrato de Hijas del Agua sintió miedo. “Es muy impresionante ese momento. Es un reto y un honor y uno quiere ser justo y hacer algo que guarde el registro tan especial”.

Los retratos se imprimieron en papel de arroz, en papel acuarela, en lino, en liencillo, en lona o se sublimaron en seda y velo, según como Ana los fuera a intervenir. “Mientras Ruven tenía un presente con cada persona, yo debía estar allí con mis cinco sentidos. Lo mío fue un trabajo posterior en el encierro de mi taller”.

En su espacio les bordó letras, les dibujó páramos, bosques, peces y flores. Les sobrepuso entintados de molas y colibríes. Les puso la queja. Hilo a hilo debastó la seda y con ella los vestidos, rostros y paisajes impresos. Les veló la mirada con un falso paisaje; el entramado de las extensiones bananeras del Urabá antioqueño que se roban la cosmogonía guna-dule. A los retratos de las cuatro comunidades les pintó, dibujó y bordó su cosmogonía y ahí siempre apareció el agua.

Ana habla desde esa otra realidad. “La mejor ofrenda que uno les puede hacer a los mamos consiste en llevarles cuarzo. Porque el agua se está acabando y para ellos es una realidad que al sembrar un cuarzo crece un río”.

Una de las pocas figuras masculinas es la de un mamo arhuaco. Está recostado en el suelo del coro bajo y es la única pieza montada en horizontal. Es grande, tanto como la mujer wayúu que pende de la celosía, y en su cabecera se alzan veinticinco gorros tutusoma arhuacos de porcelana que Ana trabajó en colaboración con la diseñadora Danielle Lafaurie.

LA CLAUSURA

Una de las cosas que más le impactó a Ruven fue la sensación de lejanía. “El acceso y lo complejo que es llegar a estas comunidades. Llegar es muy difícil y todo está ¡tan escondido!…”.

También las indígenas, tras su primera menstruación, entran en aislamiento para que los mamos, las tejedoras, las tías, las abuelas y los grandes sabios les enseñen todo lo que debe saber una mujer de su cultura.

El museo Santa Clara, por su parte, era un convento de clausura al que las mujeres ingresaban justo después de abandonar la niñez. Durante su encierro, las monjas aprendían a bordar, a leer, a cocinar. Hacían voto de pobreza, obediencia y castidad para entregar su vida a Jesús y en consecuencia recibir el conocimiento celestial.


Mola (“Vestido” en lengua dule)
Fotografía sublimada sobre seda devastada
90 cm x 60 cm. 2018.


“No se respira ese aire en otra iglesia colonial de la ciudad, ni la de San Francisco, ni la de San Agustín, ni la de San Ignacio, porque esas son iglesias masculinas. Acá hay una atmósfera femenina que pervive hasta el presente”, cuenta María Constanza Toquica, directora del museo.

Pero lo que desconoce el saber popular era su poder desde el encierro. “La gente se imagina siempre que los monasterios de clausura son sitios donde las monjas están relegadas a muros de piedra –cuenta María Constanza–. Esos muros sí existían, pero desde adentro ellas apoyaban a la sociedad española que se iba arraigando. Y lo hacían a través de grandes préstamos”.

Y es que lo que más le interesaba al sujeto colonial era salvar el alma. En la Colonia las indígenas tejían, cocinaban, iban por el agua y hacían oficios varios. Y es gracias a que los santos del museo ya no son ejemplo de la moral humana, que este lugar hoy se preña con la carne que elevó sus muros, pintó sus paredes y talló su madera. Los rostros de mujeres, niños y hombres indígenas en sobrio blanco y negro, se elevan frente a la iconografía de tradición religiosa para dialogar con ella.


Ruven Afanador supo del trabajo de Ana González por Instagram y fue María Clemencia Rodríguez de Santos quien los presentó. Foto: Edward Bess.


Ninguno de sus íconos tiene ya influjo divino. Sobre su presbiterio ya no se ofertan misas. Los altares con techo de concha acogen imágenes masculinas y viceversa, contrariando el orden de la simbología. Cada imagen se desnuda para exponer nada más que su historia.

Cuando Ana y Ruven empezaron su colaboración no lo tenían claro. “Al principio yo no lo alineé todo en mi mente –cuenta Ruven–, sino que al final del proceso apareció este lugar tan hermoso. Me pareció tan perfecto. Era como que estaba destinado y ahora le veo todo el sentido”.

Y como la mayoría de los artistas, suele crear en solitario. Sin embargo, Hijas del Agua es el epígrafe de una unión excepcional. “Hay que colaborar más” , dicen ambos, como si quisieran parir el encierro tanto de ellos como el de la historia que por siglos estuvo lejos de las urbes.

TEXTO Y TEJIDO

Una de las imágenes muestra a Jacinta de espaldas mientras hace un chumbe en un telar de su casa. Ella es una líder tejedora de los misak en Silvia, Cauca. Frente a ella aparece la pared blanca de su casa con un texto. “Es una entrevista que yo le hice donde cuenta el atropello que sufrió por parte de su padre borracho. El mismo que sufren muchas en sus pueblos porque ellos son supremamente invasivos cuando toman alcohol. Un día ella se le paró al papá y le dijo que no le pegara ni a ella ni a su mamá y, a partir de eso, empoderó a otras mujeres de la comunidad”.

Este, como varios otros de los retratos en los que Ana hace del texto una capa más de la imagen, es el enunciado de la doble historia que narra este país. La que se ha contado. / La silenciosa. La de las grandes batallas, los grandes próceres y los grandes políticos de la independencia. / La de las monjas de claustro. La de los valores de la razón y el intelecto. / La de la sensibilidad, los indígenas y la tierra. La de las letras y los textos de historia. / La del tejido, el bordado, las molas y el nudo.

Cuando Ruven y Ana viajaban de una comunidad a otra, servían como importadores y exportadores de esos relatos tejidos. “Si llevábamos puesto algún tejido que fuera de otra etnia, a ellas les daba curiosidad estudiarlo y ver cómo estaba hecho –cuenta Ruven–. Cada tejido lleva una historia que, aunque lejana, también es nuestra”.


Wagala (“Rostro” en lengua dule)
Fotografía sobre papel intervenida con técnica mixta
110 cm x 80 cm. 2018.


Quizás Hijas del Agua no es un relato sobre los wayúu, ni los guna-dules, ni los arhuacos ni los misak. Se trata más bien de un relato sobre nuestra sed histórica. Según María Constanza, en tiempos de crisis recurrimos a lo divino, y así como el sujeto colono salvaba su alma con las monjas de clausura, hoy sentimos la necesidad de regresar a lo primigenio, a la naturaleza y a lo prístino de nuestro territorio para salvar la nuestra.

Ana González, la artista-fauna, siente profunda admiración por las comunidades que visitó. “Ojalá lográramos entenderlas”, dice antes de arrojar su sentencia: “La paz es un tema de no pensar, sino de sentir”.

“Y es que al final todos nos parecemos demasiado”, dice quien ha fotografiado a los dos extremos de la historia. “Yo creo que todos mantenemos los mismos deseos. Queremos ser respetados, ser tratados amablemente, tenemos los mismos tipos de inseguridades, queremos ser felices y conocer el amor. Cuando lo observas de esa manera, el ser humano es algo universal”.

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