Diners recuerda al pintor abstracto en su aniversario con la historia de su proyecto más ambicioso: mantener vivo un museo de provincia.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 251 de febrero de 1991.

El Museo Rayo está de cumpleaños. Dos lustros hace ya de su fundación y dieciocho años de haber sido planeado. Parecería que fuera un museo adolescente, en fogoso crecimiento. Pero la verdad es que su actividad continua y sin interrupción es la de un museo adulto y con operatividad definida. Sin embargo su supervivencia sigue siendo la de un bebé que nació con salud precaria y sus perspectivas de vida son de pronóstico reservado. Es que un museo es ni más ni menos que una entidad viva.

Un pantagruélico ser al que hay que inyectarle montones de trabajo e imaginación sin tregua, y cuyo sistema arterial se nutre de presupuesto, de dineros que resultan más difíciles de conseguir día a día. Son sumas enormes que sólo hace posible la capacidad empresarial de sus directivos, los responsables del milagro diario de su existencia.

El Museo Rayo tiene un buen padre, eficaz y dedicado, quien lo largo de diez años de empuje lo ha mantenido en primera línea dentro de la actividad museográfica del país, pero que comienza a dar asomo de cansancio y desconcierto sobre el futuro. Rayo fue el primer artista en nuestro país que se atrevió a soñar con su propio museo y el escenario que escogió para hacerlo fue Roldanillo, su pueblo natal.

Dos exabruptos sumados: imaginar un museo que llevara su nombre y mandarlo muy lejos, a provincia, a un señorial pueblito valluno, de casitas blancas y encaladas, de un solo piso, donde el tiempo parecía no existir. Si hemos de ser francos, nadie creyó que ese proyecto llegara a materializarse.

Foto: Finalmetal/ Wikimedia Commons CC 3.0.

El cotarro artístico se agitó con bromas que fueron subiendo de talante, a medida que el del propio Rayo también crecía. Pues Omar Rayo, a partir de que se incrustó ese proyecto entre ceja y ceja, no hablaba nada distinto con quien y donde fuera. Son abundantes las anécdotas de esos tiempos cuando, como beduino de uno noventa de estatura, andaba con su cuento del museo contándolo por doquiera.

Se inventó bonos de apoyo, rifas, donaciones, cuanta modalidad pudiera existir para recaudar fondos, mientras las dudas y el escepticismo eran a la vez una muralla que él tenía que romper. A este respecto hay dos anécdotas memorables: alguna vez, en la presidencia de lado por entonces más poderosa organización financiera del país, el empresario Jaime Michelsen le dijo:

“Maestro, nuestro grupo no solo le compra un bono, sino dos de apoyo y le deseo que lo logre. Pero le advierto una cosa, no creo que pueda, Y se lo digo solo porque si nosotros nos embarcáramos en una empresa como la que usted pretende llevar a cabo, nos veríamos ante un gran esfuerzo para sacarla adelante…” Rayo le contestó de inmediato, dueño de esa seguridad casi demencial que dan los sueños: “Doctor Michelsen, es que usted no tiene un Omar Rayo en su organización”.

Foto: Cortesía Museo Nacional.

En cuanto a la otra, tiene que ver ya con los propios artistas, los colegas, y la resume una agresión de coctel que tuve que capear alguna vez recién llegado de México (cuando justamente había conseguido la donación, de parte del connotado arquitecto Goout el diseño del Museo):

“Rayo, usted nos jodió a todos los demás artistas, porque si ahora se nos ocurre a uno cual quiera de nosotros construir un museo, todo el mundo va a decir que lo estamos copiando”. Lo que sumió a toda la galería (ese era el escenario), en un silencio sepucral. Rayo simplemente contestó: “No te preocupes. Yo llevo ya dos años acumulando experiencia y luchando por hacerlo, y toda experiencia te la ofrezco. Incluso, terminado el mío, te construyo el tuyo, y para que nadie diga que me copias, pues no le pongas mi nombre…!”.

Todo el auditorio se unió en una apabullante carcajada y el impasse no pasó de ser un simple complot de coctel, pero Rayo entendió que estaba solo, embarcado en su sueño y que difícil iba a ser lo que le esperaba. Porque incluso ese día, cuando acababa de llegar de México con un sí redondo apretado en la mano, que le aseguraba la donación de los planes del museo, no encontró entre el colegaje a quién darle la buena noticia.

Foto: Pixabay CC 0.0.

Y es que en México, instalado en un hotel de cinco estrellas, se había atrevido a llamar al arquitecto Leopoldo Goout que sabía era uno de los invitados a colaborar en el Concurso Internacional del Centro Pompidou, al que simplemente le dijo: “Arquitecto, he venido a México a verle, tengo una botella de buen vino helado y un proyecto hermoso que quiero contarle…”. Dos días después el arquitecto comenzaba a trabajar en los planes.

Con él viajó a Colombia, directo a Roldanillo, a mostrarle un terreno donde los pastos se mecían triunfantes, bajo un sol de llamas, en esa área que el municipio le había dado para el museo. Y ambos, recorriendo el terreno bajo el sol canicular, coincidieron en que el principal problema para enfrentar era el clima bajo el cual tendrían que vivir las obras.

El aire acondicionado estaba descartado, no sólo por razones de presupuesto, sino porque con su clima artificial es un conspirador implacable contra la obra de arte, la respiración y la oxigenación de la tela, mucho más contra las realizadas en papel, que es la base y distintivo de la orientación que Rayo quería darle al museo.

Una especialización en obra gráfica que por lo general se realiza en papeles hipersensibles a la humedad. La solución encontrada es tal vez una de las más novedosas que museo alguno posea, pues lo que se ingeniaron fue módulos térmicos, comunicados entre sí. Estructuras de doble pared en donde circula generosamente el aire, creando cámaras permanentes de refrigeración, que mantienen la temperatura fresca de un modo constante. Hay siete grados de diferencia entre la temperatura exterior y la interior, un verdadero milagro la imaginación.

Pero de esta solución imaginada, a que en realidad construyeran, los separarían todavía ocho años de esfuerzo. Aún Rayo recuerda, como uno de los días más tristes de su vida, cuando recibió una llamada en Nueva York (donde reside desde hace 30 años), con el anuncio perentorio de que las obras de construcción, después de cuatro años de trabajo continuo iban a quedar paralizadas; el museo arriesgaba a quedarse en obra negra por carencia absoluta de fondos.

Rayo debía atender dos exposiciones más en el exterior antes de venir a enfrentar la catástrofe, pues ese flujo de exposiciones, una tras otra, eran las que le permitían insuflar dinero de forma continua a la obra. Al llegar a Roldanillo, quince días más tarde. encontró la edificación abandonada, las columnas como espectrales gigantes mirándole solitarias, mientras un pasto verde y frondoso se abrazaba a sus bases. Sin ambages confiesa haber llorado: ¡El kikuyo volvía ser el único dueño de los terrenos de su sueño!

Rescato del olvido esta otra parte de la historia, la del lado áspero de la moneda, justamente por estas fechas cuando tanto telegrama nota de felicitación le llegan, como homenaje a su tesón y a su magnífico fruto: el museo. Aunque, como él mismo lo dice con una frase que tiene algo de humorada y algo de cierto, “fundar un museo es tener un hijo bobo; hay que mantenerlo toda la vida”.

También reconoce que ese fue un desafío que aceptó sin medir todas sus implicaciones. Una odisea para la cual no estaba preparado y para la que piensa que en verdad ningún artista lo está, pues contradice la esencia misma del creador que debe sacrificar su intimidad, su aislamiento, e ir tocar todas las puertas a sabiendas de que muchas no se abrirán.

“Tanto como detesto los lagartos y durante ocho años me tuve que convertir en un dinosaurio. Al final del día de la inauguración, cuando se fueron todos los invitados (tres presidentes latinoamericanos, entre ellos) y quedé solo en medio de estos inmensos salones, me sentí como un viajero que después de un agitado y largo viaje llega a la estación a media noche cargando dos pesadas maletas, llenas de interrogaciones. Diez años después, mucha parte de ese equipaje sigue sin respuesta”.

“Es que el momento más crucial es este mismo 1991. Jamás pensé que mantener esta obra viva fuera tan difícil en aspecto económico, porque en el otro lado, en el de su actividad misma, he encontrado generosidad y positivismo en todos los artistas latinoamericanos. Pero lo económico es otra cosa; ahí he sentido una verdadera soledad. Las entidades oficiales, centrales, departamentales, municipales, han dejado completamente solo al museo.

No sé si se imaginan que soy un alquimista y además inmortal, que logro convertir el aire en oro; pero ni soy alquimista ni soy inmortal. Y hoy, cuando el museo cumple diez años, no puedo menos que sentir gigantesco el reto de los próximos diez. Y si el día de la inauguración en 1981, me sentí como un viajero cansado cargando dos maletas de interrogantes, me imagino en el año 2001, cuando el museo cumpla veinte años… estaré como un viajero casi sideral, bajándome de una nave intergaláctica, con traje de escafandra, pero con las dos mismas viejas maletas, ahora llenas de… deudas por pagar!”.

Cuando habla de cifras no puedo menos que concretar su cuantía y sentir qué pasmoso es el abandono en que está el museo. Bastaría un cheque de caja menor, de cualquier entidad despilfarradora, para solucionar sus problemas anuales.

El museo en ajustado presupuesto, requiere apenas de catorce millones por año. Un millón doscientos mil pesos mensuales cuesta su funciona miento, los que muchas veces, sobre todo en el último cuatrienio tuvieron que salir del bolsillo del artista. De ahí que no sea extraño que a Rayo ya no le pregunten cómo le va, cuando casualmente lo encuentran sus amigos.

La pregunta inevitable es cómo va la salud del museo sintiendo que cualquiera que sea respuesta, él y ese hijo suyo son una misma entidad. Así pues, ¡feliz cumpleaños para ambos!, y que esa maletada de interrogantes no lleguen tan pesadamente y cargadas solo por sus manos, al año 2000.

Aunque sepamos que el príncipe de la Cenicienta, que es la cultura colombiana, cabalga distraído, muy lejos de ella.

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