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El arte contra el olvido

La población tiene una voz, que debemos escucharla, este es un ejemplo de como el arte de convierte en un vehículo para contar su historia en el mundo entero.

Foto: instagram.com/erikadiettes/sudarios/2011

La población tiene una voz, que debemos escucharla, este es un ejemplo de como el arte de convierte en un vehículo para contar su historia en el mundo entero.

Publicado originalmente en Revista Diners julio de 2011

Mientras en el Congreso se debatía la Ley de Víctimas, artistas de distintos géneros se reunían para validar sus oficios como los recursos más poderosos a la hora de recuperar la memoria histórica del país. La poetisa Ana Mercedes Vivas y la fotógrafa Érika Diettes cuentan cómo la creación puede transformar el dolor.

En mi silla, al lado de periodistas que cubrían conflicto, de exsecuestrados como Luis Eladio Pérez y Clara Rojas, de defensores de los derechos de las víctimas como Fernando Arellano –hijo del cantante Gerardo Arellano, víctima de la bomba del avión de Avianca–, y de soldados y policías, testimonios vivos de los horrores de las minas quiebrapatas, me seguía preguntando cómo era que había llegado allí, y si sería capaz de soportar tanto dolor.

Era un jueves de marzo, en la Universidad Sergio Arboleda. Frente a un auditorio integrado por periodistas, jefes de prensa, personal de entidades del Estado, psicólogos y víctimas, el periodista Alberto Salcedo Ramos coordinaba el segundo módulo del Diplomado “Narrativa desde las víctimas para construcción de memoria histórica”, organizado por la Fundación Víctimas Visibles, la Facultad de Comunicación de la Universidad Sergio Arboleda y Acción Social.

Gracias a la iniciativa de Diana Sofía Giraldo, directora de Víctimas Visibles y decana de comunicaciones de la universidad, asistían a algo inédito en la historia del país: a un encuentro con y desde las víctimas, a un diálogo de respeto y pluralidad, inconcebible hasta hacía poco tiempo. La cátedra de Salcedo Ramos se complementaba con el testimonio de un joven, John Medina, que a sus once años había sido testigo de la masacre de El Salado –no será necesario contar sobre esa dramática crónica de la muerte anunciada de todo un pueblo–. El relato terminaba y escasamente respirábamos.

Tal vez como una forma de aliviar la tensión o porque la charla derivaba en otros ámbitos, Salcedo Ramos empezó a leer su crónica “Las verdades de mi madre”, de su libro La eterna parranda. Y mientras el periodista decía cosas como: “En la infancia pensaba que Ledia Ramos Quiroz, mi madre, era mayor que mi abuelo. Supongo que mi impresión se debía a que ella, con sus 175 centímetros de estatura y su aire de mando, parecía empequeñecer todo lo que la rodeaba”, los ojos del joven de El Salado empezaron a brillar y las sombras que se habían dibujado en su rostro cuando contaba los horrores de la masacre cambiaron por una amplia sonrisa. Poco después supimos que le gustaba la literatura, que escribe, que había compuesto una canción para el CD producido por César López con personas de El Salado y que, además de su carrera de técnico agrícola que hoy cursa en el SENA de Mosquera, pinta.

Esa noche entendí por qué estaba allí. La tarea era explorar cómo el arte puede transformar a una víctima en un sobreviviente. Y nótese bien la diferencia.

Luego de esta experiencia, y seguros de que era necesario un módulo que hablara del arte, narrativa y víctimas en Colombia durante las últimas décadas y su contribución a la memoria histórica, con el equipo de Víctimas Visibles nos hicimos algunas preguntas: ¿Cómo han contribuido en estos años los artistas, desde las diferentes disciplinas, a esa memoria histórica desde las víctimas? ¿Cuáles son algunas de esas expresiones fundamentales? ¿Cómo han sido y dónde están algunas de las experiencias más relevantes de trabajo con las comunidades? ¿Dónde están los niños y las niñas en ese proceso?

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De eso no se habla…

Así, estructuramos un mapa de ruta que partió del tema de los niños como las víctimas más invisibles de este conflicto. Las miradas de la periodista Pilar Lozano, autora del libro La guerra no es un juego de niños; del director de Los colores de la montaña, Carlos César Arbeláez; de la actriz Natalia Cuéllar (la profe de la película) y de la sicóloga y coordinadora por Acción Social del Proyecto Batuta, Marcela Soto White –estrategia que hoy reúne más de 20.000 niños desplazados en centros orquestales–, nos permitieron entender cómo, si bien la legislación protege a los menores de la exposición mediática, la realidad es que a muchos de nuestros niños y niñas ni siquiera se les pregunta por sus vivencias, “porque de eso no se habla…”, es peligroso o las familias quieren olvidar. Arbeláez fue claro en que la intención de Los colores de la montaña no fue hacer la metáfora del conflicto desde la infancia, pero que Manuel y “Pocaluz” serán sin duda los grandes pequeños cronistas de una historia que pueden y deben ver todos los niños y niñas de Colombia.

Para responder a la pregunta de cómo han contribuido los artistas a la construcción de memoria histórica, el módulo invitó a la poeta Maruja Vieira, testigo de una guerra muy larga que ha dejado varias cruces en sus versos; al novelista Nahum Montt, autor de las novelas El Eskimal y la mariposa y Lara; a la periodista y filósofa Patricia Lara, autora del libro Mujeres en la guerra, cuya adaptación teatral interpretada por Carlota Llano cumple diez años, y al antropólogo y hombre de teatro y TV, Nicolás Montero, director de El deber de Fenster, obra sobre la masacre de Trujillo (Valle) que, con libreto de Humberto Dorado, se estrenó el año pasado.

Y si para escribir sus novelas Montt partió de la idea de que la bala que había abatido en 1990 a Luis Carlos Galán había sido la misma que había asesinado a Lara Bonilla, el 30 de abril de 1984, quedó también claro que esta guerra es la misma que Maruja Vieira vio surgir el 9 de abril cuando en la calle una mujer de la turba enloquecida por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán gritaba: “¡Ahora sí, que se acabe el mundo!”.

De igual forma, fueron reveladoras las palabras de Patricia Lara sobre el papel del arte, no sólo para la construcción de memoria histórica sino como herramienta sanadora del dolor de las víctimas y de la sociedad. Porque, recuperando el sentido que Aristóteles le diera a la tragedia como vehículo para educar las emociones de los seres humanos, el arte es ese espejo en el que nos dolemos con otros, y al sentir ese dolor queremos que el drama no se repita en nosotros.

Alucinante fue la intervención de Nicolás Montero, para quien es necesario pasar de los susurros a hablar alto, así como entrar a sentir los cuerpos de las víctimas, ser todas ellas y cada una, y educarnos en nuestra propia historia.

Cuando se puede bailar

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Pero hay más arte sanando heridas. Como en Rincón del Mar, donde el silencio fue el símbolo del conflicto. Durante años, en esa población afrodescendiente del municipio de San Onofre (Sucre), los actores armados acallaron los tambores, prohibieron los bailes y desterraron las costumbres ancestrales.

Lentamente, con el retorno de alguna paz y el acompañamiento permanente de los artistas y gestores del grupo transdisciplinar El Deseo Colectivo, integrado por Juan Aldana, Claudia García Ochoa y Leonardo Otálora, y centrados alrededor de la biblioteca Mariamulata Lectora, la comunidad empezó a renacer. “Y hubo un día, en el entierro de una de las cantaoras del pueblo, en el que de nuevo más de 4.000 personas de la comunidad salieron a bailar.” La manera como este colectivo ha impactado a la comunidad fue destacada por el Ministerio de Cultura y la OEI como la mejor experiencia de la educación no formal en el país.

Era música contra el silencio, cuerpo hecho danza contra la violencia y sus desgarramientos. “En un país como Colombia, sumido en una sangrienta crisis de valores, el cuerpo ha perdido su dimensión sacra: diariamente lo vemos torturado, mutilado, asesinado… La creación de esta nueva pedagogía que llamamos la nueva ética del cuerpo, tiene en nuestro martirizado país una pertinencia incontestable.” Así lo afirma Álvaro Restrepo, uno de los directores del Colegio del Cuerpo, quien junto con Anne Marie France, codirectora, mostraron los orígenes y postulados de esta escuela que hoy es ejemplo para el mundo en dos ámbitos: educar en la danza y educar para la danza. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo logran que en dos horas una niña adolorida se convierta en pájaro? Transformando el dolor en creación. El trabajo educativo y los espectáculos del Colegio del Cuerpo, como “Inxilio”, serán sin duda componentes sustanciales para el país en su recuperación de la memoria.

Junto con ellos son muchos los artistas que vienen trabajando el tema de las víctimas. En la plástica, los fotógrafos Érika Diettes y Juan Manuel Echavarría; las pinturas de Pedro Ruiz, en las que unas barcas van llenas de mariposas “porque cada desplazado lleva su paisaje a cuestas”. En el teatro, Patricia Ariza con sus “performances” de mujeres desplazadas, un intenso trabajo con las propias víctimas y no sólo hacia ellas.

Habíamos transitado por la geografía de nuestra tragedia de la mano de las fotografías de Jesús Abad Colorado y, para ese momento, nos habían conmovido (decir hasta las lágrimas es poco) los testimonios de Fabiola de Lalinde, una madre que no es de la Plaza de Mayo sino nuestra, con la fotografía de su hijo asesinado colgada en su pecho; y de Ana María Bidegain, viuda del magistrado Carlos Horacio Urán, víctima del Palacio de Justicia.

EL OLVIDO QUE NO SEREMOS

Para sellar el compromiso del arte con las víctimas, el punto más alto lo puso la aprobación de la Ley de Víctimas –paralela a la finalización del diplomado– cuando el senador Juan Fernando Cristo, retomando sus palabras pronunciadas en julio de 2007 con las que inició el trámite de la ley, afirmó que parte de su inspiración la había tomado de El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince.

Ahora bien, el arte no tiene que tener un propósito, pero si lo tiene y ayuda a sanar las heridas de una sociedad, debe contar con todo el apoyo de la institucionalidad y formar parte de una educación para la memoria y no para el olvido.

Como lo dice el poeta, dramaturgo y narrador oral escénico cubano Francisco Garzón Céspedes: “Si uno deja de luchar contra las injusticias acepta ser una víctima. Si uno deja de luchar contra los desamparos cede su condición de ser humano íntegro y se resigna. Se trata… tanto de congruencia como de consistencia en el oponerse a las atrocidades y deformaciones sociales. La resignación es una emisaria de la muerte, de la inercia, de la indiferencia, del no ser”.

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Mayo
13 / 2019

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