El sorprendente mundo de Vik Muniz

Impresionante retrospectiva en el Museo de Arte del Banco de la República del artista brasileño que se ha hecho conocer por la irreverencia como construye obras icónicas de la Historia del Arte y la cultura popular.

Hay una palabra que le gusta mucho a Vik Muniz: Magia. Es su forma de encontrarle sentido a lo inexplicable, a eso tan intangible como descubrir una forma en una nube, ver una paca de heno tan solo teniendo unos cuadritos de papel unos junto a los otros, o encontrar que de un puñado de azúcar puede emerger la cara de un niño. O de la Mona Lisa en un poco de mantequilla de maní.

“El dibujo, en casi todas las culturas, es una especie de encantamiento. Cuando crees que estás viendo un dibujo sencillo, resulta que no es, es una foto de una escultura de la que no sabes la talla, ni cómo fue hecha, cómo o dónde, y empiezas a tener un vacío que quieres llenar con preguntas, con conocimiento, y esa es justamente la reacción que quiero del espectador”, contaba el artista brasileño, con gracia e incontención, en días pasados durante una visita a su exposición. Luego, dictó una charla frente a 600 personas, igual de entusiasmado. No se le acaba la pila y es generoso. Muchos podrán presumir de tener una foto junto a él. Y lo hizo siempre sonriendo.

Es difícil no emocionarse con su trabajo. Con el refinamiento y originalidad con el que nos presenta sus versiones de las infinitamente vistas imágenes de la cultura popular con las que hemos crecido –el Che, La Mona Lisa, la niña del napalm, la llegada a la luna, John Lennon con sus gafitas, la cruel ejecución en Saigón a un guerrillero del Vietcong… -. Cada una de ellas se vuelve una novedad al haber sido creada con salsa de fríjoles, mermelada, chocolate, salsa napolitana, tierra, hilos, canecas de plástico, chatarra, computadores o azúcar. Son como un milagro. El ‘encantamiento’ del que Muniz hace referencia. “You look and then you see”, dice cuando ya el portoñol no le sirve y recurre al inglés que domina, al vivir desde 1982 en Nueva York.

Es verdad. Se conecta con el espectador fácilmente. Le da la imagen que su cabeza reconoce, pero la experiencia del mirar se da al acercarse, al balancearse y ver que todo cambia según el ángulo en que se mire. Al ver que eso que creía que era un simple dibujo de un zapato en realidad es una fotografía de una escultura de alambre. O que ese paisaje está construido con kilómetros de hilos. Y que ordenar juiciosamente un poco de tierra produce un rinoceronte. Que ese Jardín de las delicias, en realidad, está construido con miles de piezas de rompecabezas.

Cada material habla por sí mismo. Y le dicta al artista el destino que le dará en una obra. Para referirse al valor y el lujo qué mejor que los diamantes y las estrellas de Hollywood. Por eso Liz Taylor es un rostro de miles de ellos y Frankenstein es puro caviar. O a la lujuria. ¿Qué tal la ya de por sí sensual Santa Teresa en éxtasis pero esta vez tentadoramente convertida en chocolate? Muniz venera tanto las imágenes, las construye con tal minuciosidad que termina desacralizándolas. Las famosas líneas de Nazca, todo un reto a nuestra racionalidad, o la reverencia que se le rinde al land art, se convierten para él en una manera de decirnos ‘no creas en todo lo que ves’. Por eso, en lugar de símbolos esotéricos, vemos un par de dados, una flecha común y corriente, una sonrisa. “Mira cómo estás viendo”, nos invita a preguntárnoslo todo.

La exposición ‘Más acá de la imagen’, es un privilegio como pocos, pues su obra prácticamente no circula en América Latina, menos aún en una selección retrospectiva de 25 años como esta. Es una excelente manera de descubrir el mundo de Vik Muniz, para reconocer esas imágenes que por tantos años hemos visto en los libros, en los posters. Pero retando nuestra inteligencia, cambiándonos las escalas, sorprendiéndonos con la imaginación infinita que tiene. Con la curiosidad por explorarlo todo y con todo… como los dibujos y papeles de colgadura construidos con células y virus que está haciendo en los laboratorios de MIT desde hace una década. “La fotografía está en el mismo punto en que la pintura estaba en 1839 cuando se la inventaron. Fue lo mejor que le pudo pasar. Estamos como los artistas del siglo XIX, tenemos la posibilidad de reinventar un medio y preguntarnos para qué servía”, concluye.

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