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Jardín de mi padre, el fotolibro de un colombiano que cautiva a Europa

Diners conversó con el artista colombiano Luis Carlos Tovar acerca de su galardonado proyecto Jardín de mi padre, un viaje interior por la memoria.

Foto: Cortesía Dana Balajovsky

Diners conversó con el artista colombiano Luis Carlos Tovar acerca de su galardonado proyecto Jardín de mi padre, un viaje interior por la memoria.

Cuando Luis Carlos Tovar habla de su fotolibro Jardín de mi padre, sus sentidos parecen dividirse. Por un lado, cuenta el proceso de creación con abundantes explicaciones y detalles; por otro, se concentra en descifrar cómo perciben los otros las imágenes que conforman esta edición.

Sin embargo, no es ese gesto desesperado por llamar la atención, y tampoco tiene esa actitud vanidosa del que cuenta su historia a la espera de reconocimientos, pues lo cierto es que le sobran.

De hecho, para darle vida a Jardín de mi padre ganó la edición 2018-2020 del Premio Elysée, que concede el Museo de l’Elysée de Lausana (Suiza), enteramente dedicado a la fotografía; a ello se suma que el reputado jurado de la Fundación Aperture nominó esta obra a Libro del año en Paris Photo 2020, la primera feria internacional dedicada a la fotografía.

Jardín de mi padre Tovar intervino las imágenes de su archivo personal y familiar con la técnica de cianotipo. / Foto: Óscar Monsalve


Nada de eso lo ha elevado ni distraído. Este artista colombiano, que vive desde hace un año y medio en París y que ha deambulado por Italia y otros lugares de Europa creando destacadas obras que ha presentado en el Museo de Arte Contemporáneo de Roma, en el Museo Quai Branly, en la Cité Internationale des Arts de París y en el Benaki Museum Athenas, entre otros, habla pausado y mide cada palabra, pues aun si Jardín de mi padre está oficialmente terminado, su reflexión y su deseo de aprehender la historia personal y social que entraña no se detuvo con la publicación y probablemente nunca se detenga.

Así se puede ver en esta entrevista, resultado de tres conversaciones de Luis Carlos con Diners, que se iniciaron unos días antes de que el Museo de l’Elysée anunciara que era el ganador del premio y que continuaron recientemente tras la presentación de Jardín de mi padre en la histórica librería parisina de Delpire.

¿Cómo surgió el proyecto del libro?

Con la firma de los acuerdos de paz se abrieron discusiones sobre la entrega de los archivos personales y fotográficos de las víctimas del conflicto.

En 2016, la curadora Cristina Lleras, junto con una parte del equipo de museología del Centro Nacional de Memoria Histórica lanzó una pregunta que para mí fue esencial: “¿Cómo hablamos del dolor de otro y desde qué lugar?”, a sabiendas de que Colombia ha hecho todo para borrar la memoria.

Luego planteó un proyecto de residencias artísticas titulado “Investigación en torno a la representación del dolor ajeno”, para el año cruzado de Colombia-Francia 2017, en el que yo iba a participar a partir de una reflexión acerca de una foto que nunca vi: una Polaroid que la guerrilla de las Farc le tomó a mi papá, sosteniendo el periódico del día como prueba de vida, durante su secuestro a comienzos de 1980 y que colgaron en la puerta de entrada de la iglesia de El Doncello, un pueblo de Caquetá.

Jardín de mi padre está compuesto por cuatro capítulos y para cada uno Tovar invitó a un autor para ser interlocutor de las imágenes. / Foto: Cortesía Luis Carlos Tovar


¿Por qué nunca la vio?

Tenía un mes de nacido cuando lo secuestraron. Más adelante empecé a escuchar la historia y ya mayor le dije que me la mostrara, pero no quiso. Luego la guardó tan bien que olvidó dónde había quedado. Nunca volvió a hablar de eso o muy poco. Cuando estudié arte, le regalé libretas para que escribiera sus memorias, pero tampoco quiso hacerlo.

¿Cómo un artista, cuya materia prima es lo visual, plantea un proyecto a partir de una imagen que jamás vio?

Porque me obligaba a construir un relato a partir de la ausencia de esa “no imagen”, que ha crecido dentro de mí como si tuviera su propio metabolismo. El resultado es el fotolibro.

¿Qué sucedió con el proyecto?

Las residencias artísticas de Cristina no quedaron seleccionadas para el año cruzado, pero yo ya tenía el proyecto escrito, de manera que seguí trabajando.

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Por esa época gané el Premio Photo España Descubrimientos 2017, y Pascal Hufschmid, quien formó parte del jurado y estaba vinculado al Museo de l’Elysée, me aconsejó aplicar al Premio Elysée, que organiza ese mismo museo para artistas a media carrera y que brinda la posibilidad de hacer un libro de autor. Entonces trabajé todo un año solo para presentar el proyecto, que consistía en construir en diez páginas el guion del libro.

Luego seleccionaron ocho finalistas y en la primavera de 2019 anunciaron que había ganado el premio, que consistía en una dotación económica y acompañamiento durante dos años para crear el libro.

¿Cómo recibió la noticia de que había ganado?

Sabía la responsabilidad que significaba en términos familiares y personales, pero también era un enorme reto artístico. De hecho, creo que el proyecto fue elegido precisamente porque implicaba la imposibilidad de imagen fotográfica.

Cuando apliqué al premio, mandé un texto que hablaba de la no imagen; es decir, de esa imagen que nunca vi y no añadí ninguna otra imagen. Uno de los motivos de esa decisión fue que el reverso de esa prueba de vida, de esa Polaroid, es un cuadrado negro, que en la historia del arte remite a Cuadrado negro (1915) de Malévich, a L’image Parfaite (1928) de René Magritte y a Ma derniére photographie (1929) de Man Ray. Pero también alude a la historia de lo que no puedes narrar ni ver.

El artista español Joan Fontcuberta y las curadoras Cristina Lleras, María Santoyo y Lydia Dorner fueron los autores invitados. / Foto: Cortesía Luis Carlos Tovar


¿Ganó un premio fotográfico sin una sola fotografía?

Sí. Por supuesto, acompañé la aplicación con mi portafolio y mi libro anterior Cartografías de escape, una antología de mi trabajo, pero el proyecto en sí mismo iba sin imágenes.

Hoy el acto fotográfico (selfie) es más importante que el contenido, importa más su circulación que su mensaje. Esto ha acelerado la obsolescencia de las imágenes. Joan Fontcuberta, uno de los teóricos de la posfotografía, insiste en su libro La furia de las imágenes en que el artista de hoy debe ayudar a no crear más imágenes sino hacer un reciclaje, una apropiación o, como lo llama él, una adopción de la fotografía de archivo.

Así que reciclé las imágenes de mi archivo personal, del archivo de mi familia y del secuestro de mi padre, que mi mamá creó y acuñó durante su cautiverio. Además, desde el comienzo me impuse no fotografiar a mi padre ni a mi familia, para no caer en esa tentación de la representación, sino más bien interpretar todos esos archivos. Y para que no se volviera una acumulación de archivos, decidí intervenirlos; es decir, trabajé sobre ellos con la técnica del cianotipo.

¿Por qué esa técnica?

Porque es el recurso perfecto para hablar de ausencia o de territorio perdido. Cuando se pone sobre un papel una mezcla de citrato férrico amoniacal con ferricianuro de potasio, se vuelve fotosensible a los rayos UV del sol, que queman la ausencia de los sólidos y queda una huella, un rastro rodeado de un tono azul. Ese tono siempre me hizo pensar en que mi papá decía que la selva era como una casa en la que nunca amanece, porque los árboles son tan altos que no dejan que entre la luz.

Además, no hay una máquina mediadora entre la creación de la imagen y el objeto retratado, sino que es una técnica fotográfica por contacto, que usa la luz natural como elemento revelador.

¿Qué utilizó para intervenir los archivos?

Mi padre llegó del secuestro con una maletica en la que traía un periódico, mariposas disecadas, flores, semillas y plumas de un pájaro que se tuvo que comer allá, del pájaro picón…

Entonces intervine las fotografías del álbum familiar sobreponiendo en ellas las plumas, las mariposas y las hojas de las plantas que crecían en el jardín de mi padre. Quedaban las siluetas.

Luego, para el libro, les pedí a mi mamá, a mi papá y a otros miembros de mi familia que hiciéramos juntos los cianotipos, a manera de herbario. Para mí esa sobreposición genera la idea de capas de memoria y también es un gesto doble, pues al tiempo que muestra, también oculta.

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¿De ahí Jardín de mi padre?

Para mí es un jardín de la memoria. Cuando mis padres vivían en Florencia (Caquetá), donde tuvo lugar el secuestro, mi padre tenía allá un jardín lleno de plantas. Los guerrilleros querían secuestrar a mi tío, que se llamaba como yo, Luis Carlos Tovar, pero mi papá se hizo pasar por él porque sabía que tenía más chance de sobrevivir y se entregó para que no se llevaran a su hermano.

Tovar Jaime Tovar Quibano fue secuestrado el 20 de febrero de 1980 por las Farc en Florencia, Caquetá. / Foto: Cortesía Luis Carlos Tovar


Luego, mi padre regresó del secuestro, nos movimos a Ricaurte y ahí también nos extorsionaron; entonces, toda mi familia decidió irse a Bogotá y mi tío se devolvió en el último avión del día, avión que se estrelló y él murió. Pero en Bogotá replantaron el jardín y ahí tuve contacto con esas plantas.

Sus trabajos anteriores también reflexionan sobre la memoria…

La memoria no tiene un solo autor ni fecha de vencimiento. Esa idea me ha llevado a otras preguntas: ¿solo existe la memoria personal?, ¿la memoria colectiva es una fantasía?, ¿la historia es crítica y la memoria colectiva ideológica?, ¿la memoria colectiva es la historia que la gente se dice sobre ella misma?

Hay una parte del libro que se refiere a la memoria involuntaria y que corresponde a antiguas fotografías no reveladas. Que quedaron en rollos que permanecieron en la casa de Florencia y que con la humedad se llenaron de hongos; entonces revelé algunos y otros simplemente pasaron a ser cianotipos. Muchas tienen hongos y me parece importante mostrar esa materialidad, esa descomposición de la imagen fotográfica y esa idea de naturaleza.

¿Qué más había en esa maleta?

Tres libros: El capital, de Marx; Diario de Che Guevara, de Ernesto Guevara, y ¿Qué hacer?, de Vladimir Lenin, porque en esa época los trataban de adoctrinar durante el cautiverio. Cuando los terminó, intentó entablar un diálogo con los guerrilleros sobre sus ideas revolucionarias y se dio cuenta de que casi ninguno de ellos sabía leer ni escribir. Ese episodio es muy diciente: la revolución utópica no solo en Colombia sino en Latinoamérica…

¿Qué significó ver a toda su familia implicada en su libro, para hablar de un episodio tan doloroso?

Todos los colombianos tenemos derecho a hablar de la memoria personal. Esta no solo es la historia de mi familia, sino la de muchas familias colombianas. Pero nadie sabe cómo hablar de esto.

Jardín de mi padre es una forma de narrar esa memoria. La pregunta es cómo podemos hacer para que esa memoria personal trascienda a lo colectivo. No quise caer en la victimización, en lo cacofónico y en la redundancia de que Colombia es un país inviable políticamente, así que preferí acceder a la memoria desde la poesía, con una frase de Rilke que le dio piso a este proyecto: “La única patria es la infancia”. Para un niño, el terreno de lo metafórico es infinito, así que como creador prefiero hablar desde ahí y construir patria tratando de rehabitar la infancia.

Hace un momento habló de la memoria involuntaria, ¿a qué se refiere?

A eso que recuerdas pero no sabes si fue real o no, a imágenes confusas que se mezclan con elementos ficticios, porque es algo vivo y cambiante; es lo que sucede cuando se pasan las páginas del libro. La imagen de la página anterior te queda en la cabeza y vas acumulándolas. Eso alimenta la idea de “pasar la página” para dejar atrás un trauma.

Si bien quiero pasar la página, no se me va esa imagen que nunca vi y me la sigo encontrando. En el libro se repite la imagen de un niño, no siempre soy yo, también son mis hermanos. Somos un niño que sufrió en un contexto de guerra, pero que creció en un ambiente natural maravilloso.

Es volver a una pregunta sin respuesta: ¿cómo rehabitar la patria de la infancia, que es la única, cuando está escrita en una página de la memoria involuntaria que se quiere pasar porque contiene un dolor que marcó a toda mi familia?

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Marzo
03 / 2021
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