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Los 5 libros que han marcado la vida de León Valencia

De Don Quijote de la Mancha, a El Aleph. El escritor y analista político León Valencia nos hace un recuento de los libros que marcaron su vida.

Foto: Marcela Sánchez / Cortesía Editorial Planeta

De Don Quijote de la Mancha, a El Aleph. El escritor y analista político León Valencia nos hace un recuento de los libros que marcaron su vida.

El escritor y analista antioqueño lanzó La sombra del presidente, una novela sobre el paramilitarismo y el poder político en Colombia. Con Diners compartió los cinco libros que más han marcado su vida.

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Muchos años antes había tenido la alucinante experiencia de oír a mi padre, durante varios meses, leer en voz alta, en la sala de mi casa, las aventuras de Don Quijote de la Mancha. Era un niño al que un grupo de amigos le daban licencia para que se sentara en un rincón a escuchar la lectura que mi viejo hacía para ellos de las obras clásicas de la literatura en un pueblito perdido de Antioquia.

Gabriel García Márquez

Fue, quizás, en noviembre de 1973, tenía ya 18 años, cuando cayó en mis manos un ejemplar de la asombrosa historia de los Buendía. Leí esa entrada triunfal a la narración, esa página y media que termina en “José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil” –el imán que había llevado Melquiades a Macondo- “para desentrañar el oro de la tierra”.

Y fui con el libro a donde mi padre para decirle que ahí estaba redondo y puro un personaje. Que seguramente nos llevaría a la memoria indeleble que compartíamos de Don Quijote. Ahora era yo quien le leía al viejo, en su lecho de enfermo, una historia y unas palabras que le eran familiares porque había vivido 15 años en las orillas del río Magdalena, en territorio sin duda macondiano.

No hubo felicidad más grande. Por días y días leímos y comentamos uno por uno los episodios de una historia familiar en el imaginario lugar de Macondo, del cual se dijo después que contenía el universo entero o que allí se cifraba toda la historia de la América Latina. Mi padre, que era tan agudo descubriendo las semejanzas y las diferencias entre las cosas, me fue llevando de la mano en la comparación entre dos obras tan distantes en la geografía y en el tiempo.

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No fue sino que supiera un poco más de lo que ocurría en esa “aldea de veinte casas de barro y cañabrava” para que me dijera:

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-Sí, Melquiades y sus gitanos despiertan en José Arcadio lo que los libros de caballería despertaron en nuestro venerado Quijote, una búsqueda incansable, un afán de justicia, ese delirio en el que estamos seguros de poder descifrar los misterios del hombre y la naturaleza.

Desde ese momento, desde esas palabras, siempre han estado juntos en mi memoria los personajes y las historias que tejieron en sus obras emblemáticas Cervantes y García Márquez. En sus glorias y en sus abismos.Cuando forjaron castillos y cuando cavaron sus tumbas.

José Arcadio Buendía en su enajenación completa, atado a un árbol en el solar de la casa, en una larga agonía tiene la misma tristeza de la última despedida del hidalgo de la Mancha. Las derrotas del coronel Aureliano Buendía en las guerras con los conservadores, su regreso a Macondo en esa soledad atroz, siempre tuvo para mí un aire a los duelos que uno tras otro perdía el sinigual caballero en los campos de Castilla.

El viejo y el mar

Ernest Hemingway

Encontré El viejo y el mar en la biblioteca escasa y polvorienta de mi colegio de bachillerato. La visitaba dos o tres veces a la semana en compañía de Gonzaga Bohorquez, mi amigo en la adolescencia. Él estaba fascinado con Dostoyevsky, con la angustia de sus personajes, con las culpas que cargaban, no se desprendía de sus libros, en especial de crimen y castigo. Yo lo acompañaba en esas lecturas, pero de cuando en cuando, buscaba en otros anaqueles. 

En El viejo y el mar pude leer y sentir la exaltación de la voluntad, ese canto a la decisión de pelear hasta el final, que tanto me ha ayudado en los momentos difíciles de mi vida. También, claro está, supe de las angustias de la soledad y  pensé que quizá las muchas alusiones de Santiago -el viejo pescador- eran jirones de las tribulaciones de Ernest Hemingway en ese momento cenital de su vida -Nadie debería estar solo en su vejez- dijo, mientras lidiaba con el pez enorme que lo arrastraba por el inmenso mar.

Madame Bovary

Gustave Flaubert

Cuando terminé de leer la trágica vida de Emma Bovary comprendí que la frustración es del tamaño de los sueños y las ilusiones. 

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Había llegado a Medellín cuando cumplía 22 años. Allí, mientras le daba rienda a mis aspiraciones revolucionarias en la agitación callejera me sumergía también en las lecturas de la novela francesa del siglo XIX. Entré en ese mundo de la mano de Los miserables de Victor Hugo y al final de ese ciclo descubrí la maravilla de Gustave Flaubert. Esa extraña mezcla de realismo y romanticismo me mantuvo preso muchas noches. 

Acompañé en su camino a la señora Bovary. Los sueños de un gran amor, las ilusiones de una vida de confort, se fueron desvaneciendo hasta hundirla en la desesperación. Sentiría una frustración parecida a finales de 1989. En ese entoncescuando se vinieron al suelo mis sueños de revolución y también un amor me dejó en la más angustiosa soledad. La derrota fue tan enorme como desmesuradas habían sido mis ilusiones.

El Aleph

Jorge Luis Borges

libros

Medellín me dio también a Borges. Fui a verlo en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Apenas había leído El Aleph y nunca más he podido desprenderme de sus cuentos, sus poemas y sus ensayos. 

Alguna vez, en esa ciudad, un grupo de tres amigos emprendimos la tarea de hacer una tesis de grado sobre el panteísmo en Borges. Esto son la misión de que uno de los tres recibiera su título en filosofía y letras. Nos embarcamos en sus letras y en el diluvio de comentarios que suscitaron alrededor del mundo. Emprendimos discusiones interminables que alargaron el proyecto hasta que el postulado a graduarse torció su vida y se fue al monte a la aventura guerrillera.

Supe, en todo caso, que ninguno de los tres se arrepintió un minuto de haber ido detrás de Borges por tres largos años.  Nos asombró la maestría para convertir las grandes preguntas filosóficas en relatos tejidos en una prosa deslumbrante. Para transformar las grandes angustias del pensamiento en literatura pura, en diáfana poesía.

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Octubre
19 / 2020
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