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Lo que no borró el desierto: "Así denuncié al asesino de mi padre"

La sed de justicia impulsó a la periodista Diana López Zuleta a denunciar al asesino de su papá. Lo cuenta en el libro Lo que no borró el desierto.

Foto: Archivo particular

La sed de justicia impulsó a la periodista Diana López Zuleta a denunciar al asesino de su papá. Lo cuenta en el libro Lo que no borró el desierto.

Esta historia tiene muchos principios y un solo final. Pero el verdadero comienzo ocurrió el 22 de febrero de 1997 en Barrancas, municipio del departamento de La Guajira. Ese día asesinaron a
Luis López Peralta, un tipo que, dicen los que lo conocieron, se hacía querer; era impulsivo, impetuoso, desprendido con el dinero y se creía invulnerable. Había sido concejal, aspiraba a la alcaldía de Barrancas y se había convertido en un obstáculo para las pretensiones criminales de su amigo, el político Juan Francisco (Kiko) Gómez Cerchar.

La señora Neidy Zuleta recuerda con espanto aquel momento. “Me llamaron para decirme que le habían disparado a Luis y que no sabían si llegaba vivo a Valledupar. Diana estaba a mi lado y se quedó callada, muy asustada. Corrimos hasta el hospital y, cuando llegamos, su papá se acababa de morir”.

Diana López Zuleta (La Paz, Cesar, 1987) había cumplido diez años un mes antes. El sábado 22 de febrero se había vestido con una camisa ombliguera naranja, unos shorts de jean y unas sandalias. Esperaba a su profesor de guitarra para ensayar la serenata que le iba a dedicar a su papá el 25 de febrero, cuando celebraría sus 40 años. Antes de llegar al hospital su mamá le compró ropa negra, como anticipando el luto que estaba por empezar y que se extendería más de un año en el color de sus vestidos, pero para siempre en el alma de esa pequeña que creció preguntándose quién y por qué asesinó a su padre.

El libro, de Editorial Planeta, ya se encuentra disponible en las principales librerías.


“En La Guajira, morir o vivir era decisión de Gómez”

“Sentía que era hora de ponerme a escribir esta historia. Era muy complicado porque soy insegura y tengo baja autoestima. Tenía miedo de confrontarme, de saber qué sentía esa niña que no había podido elaborar el duelo. Porque mataron a mi papá y parecía que era normal y había que callarse”, dice la periodista Diana López Zuleta, autora de Lo que no borró el desierto, de Editorial Planeta, que acaba de salir al mercado y se ha convertido en uno de los títulos de la temporada.

En este libro Diana hace un recorrido por su infancia muerta en vida, poblada de ausencias, de dolor. Lo que no borró el desierto es la historia del inmenso amor de una hija hacia su padre. También es una investigación rigurosa que reconstruye el crimen de Luis López Peralta y dibuja el macabro perfil de su asesino intelectual, el político Kiko Gómez Cerchar, exalcalde de Barrancas y exgobernador de La Guajira, vinculado a grupos paramilitares y tan amo y señor del departamento que, según cuenta Diana, “en La Guajira, morir o vivir era decisión de Gómez”.

Se trata, además, de un relato descarnado del tenebroso capítulo que escribió la empresa paramilitar en el Cesar y La Guajira. Del silencio y el terror impuestos a bala. De cómo llegó, en 1996, el Bloque Norte de los paramilitares y de cómo se extendió por la región. Del reguero de muertos, de las escenas que se volvieron cotidianas: niños que sacaban de clase para contarles que habían matado a algún familiar. Y, en paralelo, la transformación de una chiquilla que, con todo y su pánico, con todo y su tristeza, se sobrepuso hasta convertirse en una periodista acuciosa capaz de desenmascarar al asesino de su padre.

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Diez años tenía López cuando mataron a su padre.


“Diana investigó desaforadamente, con sufrimiento, pero también con decisión”

“Me reuní con ella en un café. Era 2013. La recuerdo como una niña muerta de miedo, adolorida porque le destruyeron la vida y con el trauma de la injusticia y de que la familia había bajado la cabeza. Después de eso nos hicimos muy amigos. Ella tenía información muy buena y muchas ideas. Diana investigó desaforadamente, con sufrimiento, pero también con decisión. El trabajo que hizo fue fundamental para la Fiscalía”, cuenta Gonzalo Guillén, veterano periodista que ha destapado varios de los escándalos más sonados de mafias, corrupción y narcotráfico en Colombia.

Unos meses antes de que Kiko Gómez la mandara asesinar, la exalcaldesa de Barrancas (2004-2007), Yandra Brito, se puso en contacto con Gonzalo Guillén para pedirle que le prestara atención a su caso y le ayudara a denunciar a Gómez. Brito llevaba años desesperada, de denuncia en denuncia tras la muerte de su esposo, Henry Ustáriz, en 2008, y también por orden de Gómez Cerchar. La mataron el 28 de agosto de 2012. Tenía 48 años y dos hijos.

El testimonio de Brito apuntaba directamente contra Kiko Gómez. Lo acusaba no solo del asesinato de su esposo, sino también del de Luis López Peralta. Guillén armó un expediente que entregó a las autoridades, en el que daba cuenta de más de 130 asesinatos que habría cometido el político guajiro. En 2013 lo detuvieron y en 2017 varias sentencias lo condenaron a 55 años por ordenar el crimen de Yandra Brito, su esposo y un escolta, y a 40 años por la muerte del concejal López Peralta y dos campesinos.

Un duelo a retazos

A Diana López Zuleta comenzaron a amenazarla en 2015. Ya desde 2013 había señalado públicamente a Gómez Cerchar de ser el autor de la muerte de su padre y después escribió un extenso artículo para la revista Semana en el que desmenuzó los detalles del crimen. Religiosamente asistió a las sesiones del juicio y allí, en esas jornadas extenuantes, empezó a hacer gran parte de su duelo, un duelo a retazos que arrastraba desde que tenía diez años y que acabó por pasarle factura a su cuerpo, siempre frágil y propenso a enfermar.

Para la investigación que se convirtió en su libro, Diana escuchó 127 horas de grabación. También recorrió pueblos de La Guajira y el Cesar, habló con un centenar de testigos, revisó más de dos mil noticias y comentarios de periódicos y las más de 7 mil páginas del expediente judicial, que fotocopió sin descanso y en el que descubrió muchos vacíos. En sus pesquisas pudo comprobar que Gómez Cerchar, en una especie de rasgo psicopático, acudía a los funerales de sus víctimas y no solo cargaba los ataúdes, sino que se encargaba de pagar el refrigerio que se ofrecía durante la velación.

También descubrió que el disparo que acabó con la vida de su papá (lo mataron delante de dos de sus hijas) no fue en la cabeza, como ella creía, sino en el cuello, y que se desangró por pura falta de asistencia médica mientras era transportado en un carro de la Alcaldía (en ese entonces Kiko Gómez era el alcalde de Barrancas) hasta un hospital de Valledupar.
Incluso se atrevió a visitar en la cárcel La Modelo de Barranquilla al que ella pensaba, por sus indagaciones, había sido uno de los sicarios que le dispararon a Luis López Peralta. Todo por encontrar esa verdad que se había quedado refundida en un pasado borroso, en un tiempo suspendido de donde nunca volvió aquella niña que iba a cantarle una serenata a su papá.

“Uno de los momentos más dolorosos que recuerdo –dice su madre–, fue cuando hizo la primera comunión, en el mismo año en el que mataron al papá. Dos días después su abuela materna, a la que ella adoraba, falleció. Y después el bisabuelo. Demasiadas muertes [en febrero de 2005 los paramilitares mataron a un tío materno]. Eso le dio durísimo. Me acuerdo que se acostó y se abrazó a su muñeca. Estaba muy triste porque mi mamá le había prometido que le iba a hacer el vestido para esa ocasión. A su abuela y a su bisabuelo los lloró mucho, pero en el sepelio de su papá se quedó muda. No daba ni para una lágrima”.

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López tuvo que leer más de 7 mil páginas del expediente judicial y hacer una investigación exhaustiva para escribir este texto.


“Le temo más a un ratón que a un sicario”

María Mercedes Segura, una amiga íntima, dice de Diana que una de sus grandes virtudes fue que agarró a la pequeña que fue, a la que mataron también el día del asesinato de su padre, y transitó con ella ese camino tortuoso que la llevó a la verdad. “Se me arrugaba el alma porque la veía muy niña encarando, recordando, enfrentándose a esas heridas que cicatrizaron en falso, pero aun así, llegando hasta el fondo”.

Algo de esa niña queda en la mirada de Diana. En sus ojos negros, muy expresivos (son los ojos de su papá, dirá Neidy Zuleta), hay una cierta nostalgia, una sombra que no la abandona ni cuando sonríe. El día que hablamos me contó que pasó varias noches en vela mientras escribía el libro. Y que un capítulo especialmente doloroso para ella fue el último. “Lloré sin parar”, dijo.

También lloró mucho, absolutamente conmovida, ante la cantidad de mensajes de tanta gente que se había alegrado por la inminente publicación del libro. Me contó, apesadumbrada, que sigue elaborando el duelo y que en esta carrera contra el olvido no teme a las amenazas, que continúan (a Diana le fue asignado un esquema de seguridad), ni a la muerte. “Fíjate, yo tengo unos miedos muy raros. Le temo más a un ratón que a un sicario”, soltó entre risas.

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Cuando hablamos de perdón me mostró el libro que está leyendo, Los límites del perdón, y me dijo que ya no hay odio, pero que no ha podido perdonar. En cambio, después de muchas tensiones con su familia, que se le vino encima por la investigación, entendió que no podía juzgarla más. Entendió, por fin, que a ellos, como a tantos, el miedo los paralizó.

Le pregunté si es posible que haya idealizado a su padre. Le pregunté por sus zonas grises. “Yo no vivía con él. A veces se demoraba en dar la plata y, bueno, estaba ausente, pero también era muy cariñoso. Además, era de un machismo exacerbado. Tuvo ocho hijos con cinco mujeres. Cuando era pequeña recuerdo que yo decía que iba a ser abogada para defenderlo, pero no lo hablamos nunca. Con los años me rebelé contra el machismo; soy feminista, así que supongo que no me hubiera aceptado muchas cosas. Sí, es posible que con la muerte uno idealice a las personas. Quién sabe cómo habría sido mi relación con él. Tal vez, no muy buena”.

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Agosto
04 / 2020

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