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Marta Orrantia: veinte años obsesionada con el olvido

La periodista y escritora Marta Orrantia acaba de publicar Cipriano, su tercera novela, un relato profundo sobre la vejez. Catalina Gómez Ángel, su colega y amiga, conversó con ella al respecto.

Foto: Bruno Martins / Unsplash

La periodista y escritora Marta Orrantia acaba de publicar Cipriano, su tercera novela, un relato profundo sobre la vejez. Catalina Gómez Ángel, su colega y amiga, conversó con ella al respecto.

Todo aquel que se haya cruzado con Marta Orrantia podrá dar fe que es una gran contadora de historias. Y no solo lo hace como cronista, que es la faceta más conocida de su larga carrera como periodista y escritora. Oírla hablar –siempre con humor- de su abuela momposina, de su madre barranquillera, de su familia paterna cachaca, es también un recorrido por la historia de su vida a la que ella ha ido dando sentido a través del relato. Un intento por no dejar caer en el olvido momentos que definieron la vida de los suyos, anécdotas, imágenes, dichos…Pero especialmente por no dejar caer en el olvido la vida de las mujeres que la marcaron.

Cipriano ha sido el salto al universo masculino. Con más precisión, al universo de un hombre mayor de 76 años, viudo y ya vencido por la vida, que como ella dice podría ser el padre de cada uno de nosotros. La única ilusión que le quedaba –si es que le quedaba- era una hija, Juana, que no le hablaba desde la infancia pero que tenía la certeza que iba a regresar. El orden de la vida, pensaba, es que él se moriría primero. Hasta que le avisan que Juana ha muerto en un accidente de avión. Allí empieza la búsqueda de este viejo, Cipriano, hacía un universo absolutamente desconocido para él.

Y para su hermano Néstor quien lo acompaña en su viaje a pesar de que ya, a estas alturas de la vida, está agotado de aguantarle más actos egoístas a Cipriano. “Estar alejado de su hija y que se muera… No me imagino que haya un dolor más infinito”, va explicando Marta a través del teléfono desde Roma, donde vive hace un año. Donde fue testigo de la pandemia, desde donde leía cómo viejos como Cipriano morían por decenas cada día. Y en solitario.

Yo la escucho en Teherán donde horas atrás había terminado de leer Cipriano, del cual conocía muy poco. Sabía que hasta antes de la pandemia se iba a llamar ¿Por qué no te has muerto? y que había sido un libro que le había costado mucho cerrar. Para una mujer que siempre escribe rápido y acertado cuando se trata de periodismo –para envidia del resto-, por primera vez la había visto navegar por un mundo de dudas e inseguridades. Incluso más que cuando se adentró en la investigación de la toma del Palacio de justicia para reconstruir su anterior novela Mañana no te presentes.

De cierta manera obvio –al menos para un periodista-, pues se construía sobre un hecho real, era una narración que se movía por el campo de la búsqueda de la verdad. Cipriano, era diferente. No tenía que ver con la verdad… Pero sí con una búsqueda personal.

Ya dos años atrás cuando me visitó en Teherán estaba peleando con el viejo y su universo. Ahora entiendo por qué. Es su libro más íntimo, más doloroso y más arriesgado. Se mete en terrenos desconocidos, en terrenos que duelen. Pero también extremadamente hermoso. Cipriano es acerca de muchas cosas, incluido la relación de un padre y una hija contado a través de los ojos del padre. Es la reconstrucción de una de las relaciones más complejas, dolorosas –y si se tiene suerte, hermosas-, que las mujeres vamos a tener en nuestras vidas. Como la de Marta y su padre. También es una novela sobre el amor en sus múltiples formas, sobre aprender, reaprender, pero especialmente sobre aceptar. Y perdonar.

-Usted dice que este libro no es sobre la muerte sino acerca de no olvidar, de la memoria. ¿Qué la lleva a esta búsqueda?

Mi mamá tuvo Alzheimer prematuro. Fueron diez años Alzheimer y diez años desde que se murió, así que en realidad llevo 20 años obsesionada con el tema del olvido, con el tema de la memoria, que no solo es acerca de que a uno se le olviden las cosas… Si nadie habla de los muertos, los muertos no existieron. O si las familias no hablan de las cosas que pasaron, pues esas cosas se van al olvido y se perdieron. También es la memoria de las víctimas, la memoria de los victimarios, la memoria de un país.

¿Por qué decide abordar la memoria a partir de un hombre y además mayor?

Los viejos son depositarios de la memoria, no solo de sus familias sino de sus países. Son referentes sociales. Y creo que explorar esa vejez era parte de ese rescate de la memoria. Además quería hablar de lo complejo que es un viejo, un hombre viejo… Siempre había tenía miedo de hablar de hombres, de meterme en el mundo masculino, de intentar entenderlos… Pero también reflexiono sobre la memoria por el lado de Alicia y su Alzheimer.

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Cipriano es la tercera novela de Orrantia, quien desde hace un año vive en Roma, Italia. Foto cortesía Penguin Random House.


Quienes la conocemos podemos ver muchos detalles que han marcado su vida. Posiblemente esto es lo más personal que usted haya hecho, o me equivoco…

Sí, creo que lo es. Toco temas que me obsesionan, no solo lo que hablábamos sobre la memoria sino con otras cosas como lo relacionado con envejecer. Usted también sabe lo que yo sufro con los accidentes de avión. El temor que tengo de que a Lorenzo, mi hijo, le pase algo. Así que incluyo muchas cosas que me han preocupado en mi vida.

Hablando de volverse viejo … En esta pandemia los viejos terminan solos y en algunas sociedades incluso se optó por dejarlos morir para salvar la vida de los más jóvenes. Y en ese sentido fue especial leer a Cipriano… Parece que el destino de todos es llegar a un punto en la vida en el que estamos solos, incluso abandonados…

No es la soledad de los viejos en pandemia, es la soledad de los viejos y punto. Digamos mi papá… Va a cumplir 81 años solo pues va a seguir encerrado en una casa. Y solo tiene a sus hermanos y a nosotros, pero básicamente solo los tiene a ellos –sus hijos viven en el extranjero-. Pero en ultimas es un tipo de buenas porque no está tan solo. La mayoría de los viejos están solos no porque los hijos sean malos, o porque ellos sean malos o porque se hayan labrado un destino, sino porque así es la vida. La gente viaja, hay gente más desprendida, hay sociedades menos familiares… Eso pasa. Uno podría decir que Cipriano ha forjado su destino, pero no es del todo cierto.

Creo que el destino de los viejos y, cada vez más, es estar solos. Y lo que ha pasado en esta pandemia es que el destino de todos ha terminado por ser morirnos solos, y eso es otra cosa…

Qué ha sentido durante estos ya casi cinco meses que llevamos de pandemia. ¿Le ha creado más temores? Lo pregunto porque en lo personal el temor a la vejez se me ha hecho mayor.

No… yo creo que a mí no. Por el contrario, me levantaba todos los días y me preguntaba: ¿dónde está la realidad? ¿La realidad está en lo que yo estoy soñando mientras estoy dormida o la realidad es lo que yo estoy viviendo mientras estoy despierta? Lo que estábamos viviendo era tan absurdo que era imposible entender… Más que cómo nos ha cambiado la vida, porque eso es un poco obvio, reflexionaba sobre ese juego de la vida que somos… Yo tenía permiso de salir a pasear al perro, pero lo que me encontraba era absurdo: las calles de Roma totalmente vacías con un escenario absolutamente apocalíptico. Y me decía que esto no podía estar pasando, que tenía que ser parte de una simulación que algún niño demente está jugando en otra dimensión…

Ha sido un acto de renuncia, entender que nada está en nuestro control.

Me hizo pensar en lo estúpido que es verse a uno mismo como una figura individual…Nosotros estamos envejeciendo, ¿y qué? O nos está molestando el colon, o estamos engordando o durmiendo menos. ¿Y, qué? Si nada depende de uno. Aquí hay una sutilidad enorme porque al final somos cifras, muñequitos que se mueven en un tablero… No somos más que eso. A mi la pandemia me hizo reflexionar sobre lo que realmente lo motiva a uno a vivir… ¿Qué es lo importante? Antes hacíamos planes. Yo decía me voy para Colombia en tal fecha, lanzo el libro en tal otra fecha, vamos a hacer esto en el verano… Pero resulta que nada de eso tiene ningún sentido.

Todos estamos aprendiendo a navegar en este nuevo contexto, como Cipriano con sus nuevas realidades…

La sociedad como la conocemos se acabó para siempre. Por más que llegue vacuna, ya el daño está hecho. Ya entendimos que significa una pandemia, las consecuencias van a ser monstruosas no solo a nivel económico sino social, cultural, mental… Así que me parece un poco vago preguntarme por mi, por mi vejez, porque no tengo ni idea si voy a llegar a ser vieja. La pandemia me deja con una perspectiva completamente distinta de la vida. Uno tiene que hacer las paces con la vejez, pero a mi se me volvió más importante hacer las paces con la existencia cotidiana, con la posibilidad de no estar aquí mañana…

¿De dónde sale Cipriano?

Cipriano es el papá de todos… el latinoamericano por excelencia. Es un viejo egoísta, educado en el machismo. Acostumbrado a ser el hijo de la mamá. Es un tipo malcriado hasta en su vejez. Las mujeres, para él, son objetos porque así han sido a través de su historia y la de su país, de la que también ha sido testigo. En esa época había muy pocas mujeres que son profesionales, la mayoría se casaban y eran amas de casa como Beatriz –su esposa-. O si quedaban embarazadas se las llevaba por fuera de la ciudad o la familia se mudaba por vergüenza. Era una sociedad distinta. Esto contrasta con las amigas de Juana que tienen un hijo, y nunca se sabe quién es el papá… Es el cambio de una sociedad a la que Cipriano ha tenido que adaptarse sin mucho éxito.

Pero no juzga… Incluso acepta ir al ritual de despedida que hacen las amigas de Juana para ayudar a su espíritu a dejar este mundo.

Tal vez porque no tiene voluntad, o porque se está permitiendo descubrir a Juana y su mundo, que él desconocía. Y eso es lo que él cree que debe hacer, encontrar a Juana, saber quién era, así ya esté muerta. Y así expiar esa culpa. Pero pobre viejo, creo que también perdió su ímpetu para todo…Hace todo lo que le dice Néstor su hermano, y cuando no aparece, él se sienta en un sofá a morirse. Ya perdió la voluntad hasta de juzgar.

Usted fue testigo durante diez años de la relación de su padre con su esposa enferma, con un Alzheimer que la fue deteriorando progresivamente. Usted fue testigo de cómo cambiaban los papeles, cómo él se convierte en la señora de la casa, cómo aprende a llevar los cambios de ánimo de su madre. ¿Cree que este libro es una conversación acerca de ese proceso familia del que usted no solo fue testigo, no solo como protagonista sino también de lo que vivió su papá?

Sí, claro, mi papá está ahí presente. Mi papá es Cipriano y Néstor, creo. Mi papa es un producto de ese tiempo. Era una estrella, como Cipriano. Tenía un mundo de mujeres alrededor suyo atendiéndolo, queriéndolo, protegiéndolo y, tal como pasó con Cipriano, creo que las mujeres terminaron formándolo. Pero también creció con el sentimiento de que él era el proveedor de la casa y las mujeres estaban ahí para rodearlo, para cuidarlo. Y resulta que todo le cambia porque se muere su mamá, se muere mi abuela materna, se muere mi mamá y yo me voy.

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No puedo decir que haya aprendido a cocinar o aplanchar, pero sí de las cosas esenciales, de estar pendiente de los demás, de entender que no es el centro de las cosas, de desprenderse. Cuando llegué a vivir a Roma reflexioné mucho sobre lo que tiene que sentir que su hija, que estaba todo el tiempo pendiente de él, no esté cerca… Para él es un dolor constante, pero aun así le pone felicidad y buena onda y todavía dice que vendrá a visitarme. Ha tenido un proceso de desprendimiento que fue muy duro para él… Mi mamá siempre lo había cuidado y él de repente se vio cuidando a mi mamá y lo hizo con un enorme, pero enorme, amor.

Como a Cipriano y a Néstor, se le invirtieron los papeles

Empezó a cuidarla en esa regresión. Mi mamá fue perdiendo la memoria en corto plazo, después de largo plazo, después fue perdiendo el lenguaje, se volvió un bebé. Había que darle la comida… Y el que nunca fue un hombre particularmente paciente –con nosotros sí pero no ha sido paciente en su vida con nada- le tocó aprender a tratar a una persona que desaprendía. Y lo hizo con una devoción y un fervor que no solo lo logra este nexo católico del matrimonio católico, sino que lo logra el amor profundo que se tenían ellos dos. Es una locura cómo la quiso. Y eso se vio en estos últimos años…

Pare ahí y volvamos a Cipriano. Porque una de las partes más profundas del libro es todo lo que vivió ese papá se dio cuenta que su hija había descubierto sus secretos, que no era perfecto, y lo aleja de su vida.

Es doloroso y no… Yo lo veo ahora con ojos distintos. Juana lo veía por fin en sus justas dimensiones. Uno pasa por diferentes etapas: idealización en la niñez, lo mata en la adolescencia y más adelante, como creo que le hubiera pasado a Juana sino se hubiera muerto, termina por entenderlo. El viejo Cipriano no era un hombre infeliz, ni un criminal, era un ser humano normal con cosas malas y cosas bellas como todos los seres humanos. Con cosas guardadas, con secretos. Esa misma perfección que vemos obsesivamente en el padre luego la buscamos en los hombres, queremos que sean perfectos como el papá. Pero resulta que el papá no es perfecto.

Ese descubrimiento de que mi padre es un ser humano fue súper bonito. Y en parte lo hice a través de Cipriano porque mi papá se me fue dibujando también a través de esos miedos, de esas tristezas, de esas soledades. Eso me parece esencial para poderlo entender y relacionarme con él a un nivel distinto. Y para él también ha sido un reto enorme entenderme no como esa niña chiquita sino como esa mujer madura. Frente a él ya no tengo ocho años, tengo los cincuenta que pronto cumpliré. Y eso es parte de la evolución de la relación. Ver a los papás por sus falencias como seres humanos, sus dolores, sus achaques, sus olvidos, me parece que es importantísimo también.

Usted siempre había dicho que no se iba de Colombia porque no podía dejar a su padre solo. Pero la vida la tiene hoy en Italia. ¿Qué cambió en usted para tomar la decisión?

No creo que haya sucedido de una manera consiente, pero el escribir el libro me pudo haber ayudado a tomar la decisión. Tal vez el desprendimiento de mi papá viene de haber sido capaz de escribir Cipriano.

Yo tengo la sensación que él se lo tomó con mayor entereza de lo que usted pensó

No. Al comienzo fue muy duro. Pero terminó haciendo como Cipriano, se ha desprendido de esa tristeza y hasta ha venido a visitarme.

La realidad de Colombia está ahí pero no es la protagonista… Estamos en Bogotá, estamos en Colombia, la violencia está de fondo, pero el contexto no domina la historia. Algo totalmente distinto a Mañana no te presentes, su libro anterior ¿Por qué toma la decisión?

Lo que narro es lo que vive la gente en su cotidianidad en Bogotá. Esto no ocurre en sitios golpeados por la violencia, donde está en el centro de la vida diaria. En Bogotá la violencia es como un telón de fondo, casi como un ruido que está ahí. La violencia es lo que pasa afuera mientras uno vive. Y a ellos –la generación de Cipriano- les tocó ver cambiar al país y quería reflejarlo. Cómo era esa pobreza en la que la generación de Cipriano creció, una pobreza compartida entre el país rural y urbano. Era un país muy distinto donde ya existía una violencia muy grande, pero eso se vivía en las regiones por fuera de Bogotá. Ellos no ven la guerra adentro, pero sí viven la cotidianidad en medio de la guerra.

Todo el proceso de Cipriano desde que empezó hasta que se publicó ha tardado casi cuatro años. ¿Qué tan difícil fue para usted todo este proceso?

No deje de pensar en Cipriano ningún momento de mi vida. Dormía con Cipriano, me bañaba con Cipriano, mis pesadillas eran de él Estaba obsesionada así no estuviera escribiendo, no dejaba de pensar. Cuando yo leía que los escritores decían que les pasaba algo parecido, pensaba que eran unos exagerados, pero es así. Son fantasmas que están todo el día en una conversación con uno… Todo el día Cipriano me estaba conversando, pero no solo él. Igual Néstor, Juana, Hikaru. Lo chévere es que ya se fueron.

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Agosto
03 / 2020

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