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Cómo maté a mi padre: Una autoentrevista de Sara Jaramillo Klinkert

Cómo maté a mi padre es la primera novela de Sara Jaramillo en la que explora los recuerdos de su familia tras el asesinato de su papá en la década de 1990.

Cómo maté a mi padre es la primera novela de Sara Jaramillo en la que explora los recuerdos de su familia tras el asesinato de su papá en la década de 1990.

La voz de Sara se escucha cálida al otro lado del teléfono. Cuenta con tranquilidad que su vida ha estado muy movida en los últimos meses. Durante su máster en Escritura Narrativa de la Escuela de Escritores en Madrid comenzó a escribir relatos sobre la muerte de su padre. Una profesora le recomendó que hiciera algo con esos textos. Ella siguió su instinto y escribió Cómo maté a mi padre, novela autobiográfica compuesta por treinta capítulos. El escritor Héctor Abad Faciolince la leyó, quedó encantado y decidió publicarla en su editorial Angosta en diciembre de 2019. A los pocos meses, se agotó.

El próximo 18 de junio la editorial Lumen, de Penguin Random House la publicará en España y ya le compró los derechos de su segunda novela, Donde cantan las ballenas, proyecto final de su máster. Ella aún no lo puede creer. Por lo pronto, aceptó la invitación de Diners a escribir esta conversación consigo misma acerca de estas letras que le costaron tantas lágrimas y que lograron conectarla con decenas de personas que han tenido una pérdida en su vida.

Jaramillo publicará su segunda novela Donde cantan las ballenas con la editorial Lumen.


Una conversación conmigo misma

Me pidieron una autoentrevista y pensé cómo diablos se hace eso. Decidí darme unos días para digerir semejante encargo. En ese lapso sembré unas enredaderas con las que espero tupir de follaje la reja que me separa de los vecinos. Mientras regaba el resto del jardín felicitaba a los anturios por su eterna florescencia y regañaba a la canción de Jamaica por llenarse de pulgón. Ha de ser la sequía, le dije. O quizá tanto polvo que entra por la ventana. En la noche, al son del ronroneo de Kafka terminé contándole un montón de cosas, entre ellas, que hacer pan me reconciliaba con la existencia, que verlo crecer dentro del horno es algo que me hace sentir bien por nada. En mis meditaciones nocturnas caí en la cuenta de que cuando hablamos con las plantas, con el gato o con el pan recién sacado del horno, en realidad hablamos con nosotros mismos. Lo hacemos todo el día, en todo momento. Concluí que las personas solitarias nos pasamos autoentrevistándonos. A continuación, entonces, reproduciré mis conversaciones con las plantas y con el gato.

En Cómo maté a mi padre abordas hechos traumáticos del pasado; sin embargo, de repente, te das cuenta de que lo que te causó tanta pena ayer, hoy te trae enormes satisfacciones. ¿Cómo se digieren sentimientos tan encontrados?

No se digieren. Al menos no todavía. Hay un momento preciso que resume la contradicción en sí misma. Ocurrió exactamente cuando fui a la imprenta a curiosear y vi montañas de mi libro apiladas por todos los rincones. Agarré uno y lo abrí al azar: recuerdo el olor, recuerdo que me temblaban las manos. Hacía un calor terrible. No pude leer ni una línea porque las lágrimas no me dejaban. Me sentí mareada al punto de tener que sentarme. Todos los operarios me miraban. Estaban aterrados. Los entiendo, nadie, sino yo, sabía lo que me dolió escribir ese libro que coloreaba de verde la imprenta ese día. Nadie sabía el valor que necesité para matar a mi propio padre, aunque fuera de forma metafórica. Y allí estaba, llorando, aún no sé si de alegría o tristeza, preguntándome si era posible llorar por ambas cosas al tiempo. Me ha costado mucho digerir el hecho de que, si a mi padre no lo hubieran matado, nada de esto me estaría pasando.

Esté donde esté, ¿qué crees que diría tu padre de todo lo que te está pasando?

La incredulidad me impide pensar que mi padre está en algún lugar diferente a mi memoria. Me encantaría ser capaz de creer que él está en algún lado observándome, sintiéndose orgulloso de todo lo que está ocurriendo con el libro. La gente a mi alrededor comenta ese tipo de cosas constantemente. Incluso han llegado a insinuar que el éxito del libro obedece a que él debe estar en algún lado moviendo las fichas. Yo, en cambio, prefiero pensar que todo ha sido consecuencia del tiempo que le dediqué a la escritura y del enorme esfuerzo intelectual y emocional que invertí en ella.

No siempre fui así de incrédula. Después de que lo mataron hablaba con él todos los días y por las noches le rogaba que no se me apareciera. Por años dormí con la luz encendida. En algún lugar de mi mente guardaba la esperanza de que todo fuera un sueño o un malentendido. Si tocaban a la puerta o sonaba el teléfono de la casa imaginaba que era él. Perseguí a varios hombres de su talla y estatura en la calle nada más porque se me parecían a él. Sentía una gran decepción cuando les veía las caras tan diferentes a aquella específica que yo buscaba. En eso me sentí muy identificada con El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. La mente a todas horas ingeniándose métodos para llenar los espacios vacíos, para encajar, a la fuerza, fichas que claramente no encajan. Hasta que llega el día en el que se agotan los recursos y a uno no le queda otra que dejar de soñar y aceptar la muerte de una vez por todas. Cuando lo hice se esfumaron las ensoñaciones, dejé de hablar con él, volví a dormir con la luz apagada.

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La editorial Lumen publicará esta novela el  18 de junio.


¿Qué te trajo esa aceptación de la muerte de la que hablas?

Me trajo una de las revelaciones más grandes y crudas de la existencia y es la certeza de saber que estamos solos en el mundo. Suelo decir que uno crece el día en que se percata de ello. Hay gente que nunca lo hace y se le pasa la vida esperando que alguien más le solucione todos sus asuntos. Esa es la gente que nunca crece. Pero cuando tienes 11 años y matan a tu padre es inevitable pensar que te va a tocar enfrentar, solo, aquello que normalmente los demás enfrentarían con la ayuda de sus padres. Recuerdo que me parecía muy injusto y que sentía mucha rabia e impotencia. Entendí lo que mi padre quiso decir tantas noches en torno a la mesa del comedor cuando le contaba a la mamá los casos que llevaba en curso: “La justicia no existe”, decía. Y eso que era abogado.

Cada vez que veía a alguna de mis amigas con sus papás, tenía que esforzarme para no ponerme a llorar. Es un sentimiento indescriptible ver en otros aquello que a uno le han arrancado a la fuerza. Algo que no vas a recuperar jamás. Jugué softball todo el bachillerato y los papás iban a menudo a ver jugar a sus hijas, pero a mí nadie fue a verme nunca. Nadie iba a las reuniones de padres de familia, nadie aparecía a recoger mis notas. Me quedé tardes enteras olvidada en el patio del colegio. La mamá hizo hasta lo imposible por atender a sus cinco hijos pero, sencillamente, no daba abasto. Una familia tan grande sin el soporte paterno es inviable. No hay manera de que funcione.

¿Crees que la mamá consiguió de alguna manera asumir el papel de papá?

Al menos hizo hasta lo imposible por llenar el vacío. Mi mamá es una mujer admirable. Suele ser el personaje favorito de quienes leen el libro. Y aunque intenté describirla de la manera más exacta posible, siento que me quedé corta. Podrías pasarte la vida corriendo tras ella y nunca la alcanzarías. No hay forma de llegarle ni a los talones. El año pasado, cuando cumplí 40 años me quejé por alguna tontería y se quedó mirándome a los ojos, luego me dijo: “Yo a su edad ya estaba viuda y con cinco hijos”. Eso me quedó dando vueltas y me ha dado mucho en qué pensar, porque yo a esta edad no me siento ni medianamente preparada para afrontar una tragedia como esa. Sin embargo, nunca la vi llorar. Siempre se escondía para hacerlo, para que no nos diéramos cuenta de que lo único firme que teníamos también podía derrumbarse.

La Medellín de los noventa dejó mucho dolor, muchas ausencias. Pero, sobre todo, dejó madres que tuvieron que convertirse en padres. Mujeres tan fuertes que hoy no hay nadie que pueda alcanzarlas. Durante toda mi vida me pregunté qué habría pasado si hubiera sido al revés, es decir, si en vez del papá hubiera faltado la mamá. Sinceramente, creo que ningún hombre sería capaz de enfrentar solo semejante carga. Y mi madre lo hizo. Me siento muy orgullosa de ella, tanto que le dediqué el libro. La dedicatoria dice: “Para mi madre, que tuvo que ser padre también”. El Día del Padre siempre se lo celebramos a ella.

La mamá de Sara posa junto a sus trillizos.

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¿Lo anterior tuvo que ver con la negativa a tener hijos?

Definitivamente. En el libro relato cómo, de un momento a otro, asumí más el papel de mamá que de hermana. Me pareció muy dura la experiencia de criar a alguien, de renunciar a los planes y sueños para que otro los cumpla. Los hijos, por lo general, somos inconscientes y desagradecidos, mientras que las mamás son admirables y desprendidas, yo no me siento tan generosa. Decidí no renunciar a ninguno de mis asuntos y cada día que pasa lo agradezco. Ya no me siento mal por eso. Antes sí, me costó entender que tomar caminos distintos a los esperados es una opción válida que, al menos, lo lleva a uno a otros lugares, no siempre mejores, pero sí diferentes y eso ya es algo. Eso es mucho.

A veces creo que la mayoría de las mujeres tienen hijos por puro desconocimiento, porque sienten que es lo que hay que hacer a determinada edad, porque es lo que casi todas las mujeres, a lo largo de la existencia, han venido haciendo sin siquiera cuestionarlo. En mi caso tuve en la crianza de mis hermanos el espejo de lo que significa ser madre, así que desde la adolescencia identifiqué lo que no quería. Las mujeres estamos en deuda con nosotras mismas de hablar más de esas cosas, de admitir que hay ciertos aspectos de la maternidad, del matrimonio y de muchas otras cosas que nadie nos relata y, por lo tanto, conocemos cuando ya no se puede dar marcha atrás. Los hijos no pueden devolverse, son para siempre. En eso se parecen a la muerte.

Hablando de hijos y padres, qué les diría ahora con ocasión del Día del Padre…

Cuando tenía 10 años mi papá me invitó un fin de semana a ver unos terrenos. Prometió que montaríamos a caballo, que había un río en el cual nadar. Yo le dije que no quería ir porque tenía algo más importante que hacer. Un año después lo mataron. Sigo sin recordar qué era eso tan importante. Durante toda mi vida he pensado en eso. En cada pequeño momento que desaproveché a su lado y que me impidió acumular más recuerdos; como consecuencia, tengo muy pocos y el esfuerzo que hago para que no se me borren es demasiado grande. A veces pienso que por eso escribí el libro. Estoy cansada de exigirle a mi memoria.

Cada vez que alguien cercano discute con sus padres, siempre le digo que los padres no existen para entenderlos sino para quererlos, que no cometa la tontería de alejarse de ellos por la sencilla razón de que nadie puede comprar el mañana. A mí padre, por ejemplo, todos sus mañanas le fueron arrebatados de un solo tiro y ahora yo no puedo montar en ningún caballo ni nadar en ningún río sin sentir remordimiento.

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