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“Las peticiones de la ciudadanía son necesarias y deben ser resueltas”, Diamela Eltit

En el marco del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, conversamos con la escritora chilena Diamela Eltit, invitada especial del evento.

Foto: Cortesía Premio Nacional de Periodismo Simón Bolivar

En el marco del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, conversamos con la escritora chilena Diamela Eltit, invitada especial del evento.

Diamela Eltit es una de las escritoras experimentales más importantes de Chile. Sus novelas se han traducido a por lo menos seis idiomas y su carrera como académica y profesora de Literatura también la ha llevado a trabajar en diferentes universidades de Chile y Estados Unidos.

En 1983 comenzó su carrera literaria con Lumpérica, una novela que hablaba sobre la dictadura en Chile y que se publicó a pesar de que había una oficina de censura que se encargaba de filtrar este tipo de contenidos.

Eltit es una escritora prolífica. Ha escrito diez novelas, tres libros del género testimonio, cinco de ensayos y una antología, publicados por editoriales chilenas, latinoamericanas, estadounidenses y europeas.

También ha sido conferencista y profesora invitada en diversas universidades como Berkeley, Brown, Stanford, Pittsburgh, Virginia, Columbia, entre otras, y es desde 2008 hasta la actualidad Distinguished Global Professor de la Universidad de Nueva York. Lideró durante 2014 y 2015 la Cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge, Inglaterra.

En el marco del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, al que asistió como invitada especial, Diners tuvo la oportunidad de sentarse con ella y hablar sobre la censura, sus personajes favoritos y el amor por la literatura.

Usted cuenta con una experiencia académica y literaria bastante amplia, ¿Entre estas dos qué es lo que más le llama la atención?

En realidad son prácticas muy ligadas. Efectivamente estudié Literatura, entonces siempre pude ligar esas dos intenciones. Desde la enseñanza te pone en conexión con los otros y te permite ver el entorno, cómo van cambiando los sujetos, cuáles son las nuevas preocupaciones y esas son cuestiones que necesitan de lo literario, más allá de que yo escriba ficción.

Esto para mí no es antagónico, porque he estado enseñando lo que me gusta.

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¿Cómo fue dedicarse a la literatura en un momento en el que la censura y la represión impedían que se desarrollara libremente?

Yo venía en la ruta literaria y escribía con otra gente. Toda la gente que escribe tiende a juntarse, a conocerse y a pensar, entonces el Golpe fue algo inmerecido para el país. Algo dramático, muy largo y con costos de vida humanas y psíquicas, en fin, es algo que todavía no termina de cerrarse.

Lo increíble es que cambias tu manera de circular y lo haces de otra manera. La universidad cambia, el rector se vuelve militar, para entrar se debe mostrar la cédula del programa, entonces hay que volverse hacia esa ruta.

Hubo un exilio masivo, pero muchos nos quedamos. Había momentos que eran penosos, pero igual seguimos con nuestras vidas. En ese momento éramos jóvenes que si queríamos ir a una fiesta, no lo podíamos hacer por el toque de queda. O ibas a la fiesta pero no te podías devolver.

¿Cómo funcionaba la censura en ese momento?

En mi caso, cuando publiqué mi primera novela había una oficina de censura. Una oficina real, no una figura metafórica, donde los textos tenían que pasar por allí y el Ministerio del Interior les tenía que dar el visto bueno. Mientras escribía yo sabía que mi novela tenía que ir a esta oficina.

Ahora, uno podía no pasar por la oficina de censura, pero ese libro no se podía comercializar en librerías si no contaba con el visto bueno de la oficina. La editorial donde yo publiqué sí quería tener ese documento y ahí está con la firma del viceministro de interior, lo que me parecía insólito, que tuviera que tener la autorización de esa persona. De ese nivel era la situación.

¿Habían censores pendientes de lo que se fuera a publicar?

No, si uno quería que se comercializara sí tenía que pasar por la oficina. Les importaba más el texto que los autores.

¿Pasaba con otro tipo de productos culturales?

Con los libros y el cine, que también tenían su oficina de censura.

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¿Cree que consideraban a la literatura como un elemento subversivo?

Francamente no sé por qué se implementó esa oficina con todo su aparataje, porque no era algo escondido. A lo mejor veían un impacto político con los libros, recordemos que en Chile hay dos Nobel (Neruda y Mistral) y pensaban que eso podía incidir en las personas, qué sé yo.

¿En qué momento se dio cuenta de que se quería dedicar a la literatura?

Por la lectura. Desde siempre me gustó leer y eso marcó una ruta para mí. Luego me llamó la atención escribir. Cuando uno se dedica a una actividad académica siempre hay que leer mucho y todo eso también ha servido de insumo para mi obra. Empecé a escribir a partir de la lectura y fue un camino que se fue dando y nunca tuvo mayores tropiezos. Aunque esto no era lo que más se esperaba de alguien, pero siempre fue lo que quise hacer.

¿Había otro interés fuera de la literatura?

No. Primero entre a la universidad a estudiar una carrera que se puede decir que tenía más “aura” que ser profesora y estudiosa de literatura, pero me retiré inmediatamente porque me di cuenta de que no era lo mío.

En algunas de sus novelas los personajes principales son marginales o están al borde de la sociedad, ¿por qué esa fascinación?

Yo no sé porque en realidad son imaginarios literarios que tengo y que se desencadenan. No los intervengo porque creo que uno tiene que cursar lo que está en la letra en algún lugar que sea necesario. Para mí es interesante ver estos bordes, me parece importante atender y me siento muy bien escribiendo sobre ellos.

¿Hay alguna novela que le haya costado más escribirla?

Todas cuestan mucho, porque son años y queda con ese texto pendiente. Caminas un tiempo con esa escritura. Siempre hay un trabajo no menor y es un trabajo que me importa mucho. Es un espacio de libertad. Tal vez una de las que me costó es una de las últimas porque es sobre una mujer joven, y tenía que ingresar a ese cuerpo o que ella ingresara en mi mano para escribir su historia. Lo logré y eso fue muy interesante.

¿Desde su perspectiva como escritora cómo ha visto lo que está pasando con las protestas en América Latina?

No puedo hablarte exactamente de Colombia porque me falta la parte fina del conflicto, pero en Chile pienso que hubo algo bastante dramático, en el sentido que lo político se desagregó de lo real. Entonces se elitizó la política y dejó de ver a los otros, y esos otros son los que están levantando su voz. Empezó porque subieron 30 pesos el precio del metro y la gente dijo: “no son 30 pesos, son 30 años”. Yo pienso que las peticiones de la ciudadanía son necesarias y deben ser resueltas.

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Noviembre
28 / 2019

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