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La Galería Cano, una obsesión por el arte indígena

Temple campesino y obsesión por las artes del pasado indígena fueron decisivos para el nacimiento de la valiosa colección de los Cano. Su historia comienza con unos guijarros comunes y termina con el oro de las vitrinas.

Foto: Unsplash/ CC BY 0.0/ Archivo Diners

Temple campesino y obsesión por las artes del pasado indígena fueron decisivos para el nacimiento de la valiosa colección de los Cano. Su historia comienza con unos guijarros comunes y termina con el oro de las vitrinas.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 286 de enero 1994

Nemesio Cano, empedrado de calles en Santuario (Caldas) a finales del siglo pasado, se devanaba los sesos si se encontrara con que su ingenua afición a buscar objetos indígenas derivó, mucho después, en los hoy elegantes almacenes de la Galería Cano, con sus vitrinas ordenadas y relucientes por el oro de las joyas.

Lejos de pensar en la sistematizada y productiva empresa de sus bisnietos, lo único que quería era dejar transitables los caminos del pueblo con guijarros lavados y parejos. Su trabajo gustaba en la región y, poco a poco, lo empezaron a llamar de las poblaciones vecinas para que les adoquinera la callejuelas de mostrar.

Entre ires y venires, Nemesio escarbaba, desenterraba, abría huecos, siempre en búsqueda de buenos materiales para su trabajo. En varias ocasiones, cuando removía tierra para hacerse a una veta de pedruscos, se había encontrado con vasijas de barro y con una que otra figurilla brillante.

La curiosidad se despertó y cada vez fueron más largos los momentos del día y de la noche que destinó al asunto. Los trueques con otros compañeros de pesquisa lo metieron, más por gusto que por idea de lo que significaba, en el albur de la guaquería.

CREDO FAMILIAR


Dos de sus diez hijos, José y Félix, lo acompañaban en las dilatadas caminatas y de paso aprendían de memoria el intuitivo credo guaquero de entonces. Se les quedó grabada la frase que tantas veces repitiera Nemesio para tratar de explicar cómo lograba ubicar la zona donde había que buscar:

«Las guacas se iluminan en la noche». Al poco tiempo les pareció que era cierto, ellos también sentían el leve resplandor de la tierra en algunos lugares. Esa misma especie de pálpito revelador les sirvió para aprender a identificar los parajes por donde había pasado un camino indígena o el espacio donde había existido un cementerio.

La empecinada fiebre de los rastreadores de piezas aborígenes los había atacado. Sin embargo, no se trataba de una pasión demencial como la de los buscadores de oro, sino del placer por la aventura misma.

En esa época, a comienzos de siglo, ciertas familias pudientes de Medellín y de Manizales se iniciaron en la colección de objetos precolombinos. José los surtía con elementos de barro y también con piezas de oro, fáciles de hallar entonces.

Pero distaba de ser un comercio desaforado; él guardaba para sí gran parte de lo que conseguía. Le dolía deshacerse de los objetos, como si los hubiera fabricado con sus manos: cada uno tenía su propia historia de desvelo y de sorpresa.

A pesar de su aspecto tosco y su rudeza de campesino, llevaba en su interior un ser de hirviente sensibilidad. El dinero no lo desvelaba, más bien se guiaba por el atado de sueños que cargaba en la cabeza. No sólo las bellas piezas que la tierra le ofrecía lo conmovía.

GUACAS Y PELÍCULAS

Era común encontrarlo en alguno de los pueblos que circundan a La Virginia (Caldas), bajo un toldo armado a las volandas en la plaza, manipulando las asas de un chirriante
proyector de cine. Todo por el gozo de ver cómo los rostros de compadres y comadres se transfiguraba al observar las mudas figuras de la pantalla. Buster Keaton, Chaplin y demás personajes que ofrecían las cintas prestadas en Manizales, pasaron como espíritus por las parroquiales aldeas del Viejo Caldas.

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Parecía una buena época para el incipiente guaquero, aunque poco después su vida diera la vuelta como un remedo de esas tramas dramáticas que tanto apreciaba en el cinematógrafo. Sus dos hijas murieron por causa de una epidemia que hoy día habría sido sanada con una simple inyección, y su esposa, al parecer como consecuencia de complicaciones posteriores al nacimiento de su único hijo, Guillermo, también falleció. Golpe bajo para un hombre tan apegado a la familia.

El entusiasta aunque parco José, se convirtió en un hombre taciturno que buscaba perderse por entre el campo y la montaña. Entregó su hijo al cuidado de unas tías maternas en La Virginia y se dedicó de lleno a la anestesiante búsqueda de guacas.

Fueron paradójicamente sus años dorados en esa materia, pues surtía al Banco de la República que acumulaba todas las piezas posibles para exhibir en la futura fundación del Museo del Oro (1939). Gran parte de la actual colección del Museo del Oro (cerca de diez mil piezas), ha sido un aporte de Galería Cano.

EL VISIONARIO


El pequeño Guillermo Cano Mejía, ajeno a los dolorosos acontecimientos, creció al lado de sus tías y de los fantasmas que se colaban en las historias que sobre su padre y su abuelo le relataban ellas. Esos fantasmas le permitían sostener un lazo invisible de pertenencia con el padre ausente.

Una familia importante de La Virginia, los Jaramillo Montoya, tomó aprecio por el inteligente niño y, durante varios años, se encargó de ver que no le faltara nada. Lo llevaban a sus haciendas, le enseñaban a curar el ganado, a arrearlo hasta el pueblo y a sacrificarlo. De ahí que don Guillermo Cano pueda hoy en día mencionar, entre sus más viejos recuerdos, el de haber sido carnicero durante los años de su adolescencia.

En realidad le tocó hacerlo para ganarse la vida con su trabajo, aún a costa de las malas caras de otra tía, maestra en Manizales, quien no aceptaba que se dedicara únicamente a las labores del campo. La estricta profesora intentó sacarlo del limbo de las letras primarias, pero Guillermo se escapaba, prefería mil veces correr tras los becerros que en pos de las tildes.

A pesar de ello, algo fructífero salió de esas estadías en Manizales cuando conoció a quien más tarde sería su mecenas: Joaquín Villegas, hijo de Aquilino Villegas, el célebre escritor caldense.

Don José Jaramillo logró que Cano se vincula al instituto encargado de la parcelación agraria de la época (hoy el Incora), y allí permaneció por algunos años. El trabajo era exigente, pero Guillermo se había convertido en un autodidacta sin arredro: se leía los periódicos de cabo a rabo y, desaforadamente, libros sobre los temas que le interesaban.

Durante su permanencia en el cargo aprendió bastante de derecho, tanto que su nuevo mentor, Villegas, lo llamó para que coordinara la dispendiosa y larga liquidación de Tejidos Obregón, la primera gran empresa textilera que existió en el país.


En todo caso las labores de liquidador y parcelador oficial no tenían estabilidad, y Cano necesitaba un lugar donde poder sobresalir. Finalmente, en la década de los sesenta, llegó a la fábrica de Triplex Pizano en Barranquilla.

El puesto de muchacho del servicio le pareció bueno para empezar; al fin y al cabo tenía un buen horizonte de oportunidades para ascender en ese lugar. En efecto, así lo hizo: poco después pasaba a ser operario técnico y así sucesivamente hasta llegar a gerente de la planta.

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Se había casado con Doris Barón, una tolimense de recio carácter con quien tuvo tres hijos. Esta aterrizada y, a la vez, creativa mujer, además de acompañar a su marido en todos sus proyectos, estuvo desde entonces y hasta ahora a la cabeza de los hermosos diseños que realiza la Galería.

Guillermo, durante su estadía en la fábrica, gracias a la insistencia de su esposa se reencontró con su padre, a la sazón casi enterrado en medio de su finca en Restrepo (Valle).

A lo largo de su encierro José Cano se la había pasado, en compañía de su cofradía de hermanos guaqueros, de un lado a otro de la extensa propiedad, con la infaltable «media caña» tanteando terrenos y exhumando magníficos objetos indígenas.

Guillermo era tan andariego como su padre, y al encontrarse casi por primera vez empezaron una serie de correrías febriles, como si intentara recuperar en unos días todo el tiempo de separación.

La Sierra Nevada de Santa Marta, el Sinú y el Calima fueron las áreas escogidas para buscar. Los descubrimientos fueron importantes y lo impulsaron a tomar la decisión de retirarse de la fábrica y montar su propia empresa.

NO SOLO NEGOCIO

De este feliz reencuentro familiar nació la Galería Cano, un pequeño local en el edificio Bavaria de Bogotá, donde se exhibían piezas originales de arte precolombino. Haber llamado «galería» el almacén, tiene un significado especial: así concretó la idea de tener, además de un negocio, un espacio donde divulgar, con su historia y sus características, los tesoros que se extraen de nuestros suelos.

Pero el verdadero cabezazo lo tuvo Guillermo cuando en 1965 decidió hacer algunas reproducciones de los originales con la intención de divulgar más ampliamente el arte de las culturas indígenas. Grande fue su sorpresa cuando vio que la gente empezaba a demandar cantidades de figuritas tayronas o quimbayas. El tímido experimento se había convertido en un éxito comercial.

En la actualidad la empresa tiene más de doscientos empleados, nueve locales en Colombia, almacenes en Nueva York, Ciudad de México, Caracas y Tokio, y distribuidores en España, Alemania e Italia. Sus productos han salido registrados en publicaciones como National Geographic, Vogue, Elle, The New York Times y The Guardian.

El negocio, sin embargo, continúa en manos familiares. La nueva generación ha tomado las riendas mientras don Guillermo, desde su refugio paradisíaco en las Islas del Rosario,
vive como más le gusta: recibiendo amigos, recogiendo ideas, contando viejos cuentos.

Con sus hijos quedó atrás la historia de tres generaciones hechas a pulso que convirtieron la aventura y la imaginación en su mejor estudio. Guillermo hijo, el actual gerente, estudió arqueología en Durham (al norte de Londres), Juan Manuel estudió historia y relaciones internacionales en la Sorbona, y el menor, Luis Alberto, administración de empresas en Estados Unidos.

Ellos han continuado con creces la idea original de manejar un negocio que aporte algo más que dinero: además de su distintivo arte precolombino, la galería exhibe y vende las obras más sobresalientes del vigente arte indígena colombiano, selección final que fue fruto de diez años de correrías de Guillermo Cano Mejía por todo el país y de dos concursos nacionales que organizó posteriormente; también las esmeraldas, integradas a los diseños de oro o sueltas, ingresaron a la muestra. Y muy pronto, todos los locales tendrán un espacio exclusivo dedicado al café: allí se podrá tomar o comprar en empaques especiales para llevar a casa, el mejor tipo de café que produce Colombia.

Los Cano tienen una especie de manía por mostrar lo mejor del país. En la conversación de cualquiera de ellos siempre está presente una necesidad casi altiva de darles el reconocimiento que se merecen a las creaciones de hombres y mujeres anónimos que forjan identidad nacional sin darse cuenta.

Es la misma obsesión con la que hace tantos años Nemesio Cano incrustaban piedras en el barro hasta hacer camino, y también la misma que lo llevó, después de tanto buscar sin saber que estaba buscando, a desenterrar… aquella guaca.

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Junio
09 / 2019


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