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¿Sabía que Paul Gauguin tuvo familia colombiana?

Pocos saben que en Bogotá vivió durante veinte años y murió la única hermana de Paul Gauguin. Hoy día más de cien personas, los Uribe Gauguin, son los descendientes colombianos del gran pintor.

Foto: Portrait of the Artist with the Yellow Christ, 1890

Pocos saben que en Bogotá vivió durante veinte años y murió la única hermana de Paul Gauguin. Hoy día más de cien personas, los Uribe Gauguin, son los descendientes colombianos del gran pintor.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed.397 de abril de 2003

En una pequeña lápida de la iglesia museo de Santa Clara, frente a la Casa de Nariño en Bogotá, se lee un nombre olvidado por el tiempo: «María Gauguin». Murió en 1918 y fue de regular estatura, ojos negros, cabello castaño y más bien bajita. Pero sobre todo fue la única hermana del pintor Paul Gauguin, uno de los creadores más grandes y revolucionarios de todos los tiempos.

En la actualidad existen en Colombia unos 150 descendientes de esta mujer que se casó con un millonario colombiano en París y que, cuando murió su marido arruinado, viajó como una viuda de negro con sus dos hijos y sus finos muebles hasta una ciudad remota llamada Santafé de Bogotá, a medio camino hacia los mares del sur, hasta donde viajaría a los pocos años su hermano para buscar en Tahití la fuerza salvaje exótica que revitalizara su obra.

Cuando ella llegó de París a la capital colombiana, además de sus muebles, gobelinos y tapetes, trajo dos paisajes que había pintado su hermano en la época en que trabaja en la escuela impresionista. Durante casi un siglo esos dos Gauguines tan valiosos estuvieron por ahí colgados en Bogotá, sin que se les diera importancia.

María Gauguin fue el único gran personaje de los Gauguin que se quedó por fuera de la última novela de Mario Vargas Llosa, El Paraíso en la otra esquina, que acaba de llegar a Colombia y que narra la tormentosa vida de Paul Gauguin y de su abuela Flora Tristán, una mujer extraordinaria y uno de los primeros personajes en reivindicar en el mundo los derechos de la mujer y de la clase obrera que surgió con la revolución industrial inglesa.

Uno de los descendientes actuales en Colombia de María Gauguin es la señora Margot Uribe, de 81 años. Otro es Santiago Uribe, de cuarenta y dos. Ella tiene la pujanza y la viveza de su tatarabuela Flora Tristán, y él heredó cien años después la pasión atávica por la pintura de su tío abuelo Paul Gauguin.

Doña Margot siente con mucha intensidad los recuerdos ligados a su estirpe excepcional y lo único físico que conserva de lo que trajo su abuela María Gauguin es una mesita de fina madera y tapa de mármol, y en la que seguramente no reparó Paul Gauguin la última vez que vio a su hermana, cuando en París le fue a pedir ayuda para viajar a Tahití.

Dos vidas, dos destinos

Todo empezó con la alucinante vida de la tatarabuela, Flora Tristán. Ella nació en 1801, hija de un militar español, Mariano Tristán, que se había casado con una francesa y que era hermano de Pío Tristán, uno de los últimos virreyes y de los primeros presidentes del Perú. Flora vivió primero como rica pero cuando murió su padre fueron expulsados de su mansión en París porque el matrimonio de sus padres no fue reconocido como legal.

Trabajó como obrera en París y como sirvienta en Londres y después como una millonaria y con esclava a su servicio cuando estuvo casi un año viviendo en el Perú. Se casó con un impresor bellaco y ella huyó y escribió el libro Peregrinaciones de una paria, que la hizo famosa. Veinte años antes que Marx o Engels, comenzó a luchar por lo que ella llamó la unión entre las mujeres y los obreros del mundo, para salir de la discriminación social y la explotación económica.

Murió en Burdeos, a los 40 años, y su cadáver fue llevado al cementerio por un puñado de obreros. Ella los había ido a buscar hasta los burdeles y cantinas para explicarles que ellos, pobres miserables, eran una nueva fuerza social que había nacido junto a la aparición de las máquinas y que tenían la misión, en compañía de las mujeres, de transformar ese nuevo mundo.

María Gauguin, en Bogotá, a principios del siglo XX. Paul Gauguin, en 1891. Foto: Archivo Diners.

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Solo le sobrevivió su hija Aline, quien se casó con el periodista republicano Clovis Gauguin. Cuando Luis Bonaparte da el golpe de estado, sepulta la república y se proclama emperador, Clovis y Aline huyen al Perú, pero en el viaje de seis meses él muere y es sepultado en la costa de Chile.

En el Perú la joven viuda, con sus hijos Paul y María, vive un efímero período de prosperidad donde don Pío, cada vez más rico y más influyente. Pero regresan a Francia en busca de una herencia y mientras Paul, el futuro pintor, ingresa a un internado, María se prepara para el matrimonio, mientras su madre trata de encontrarle el mejor partido en la sociedad francesa.

A los 18 años le encuentran marido. Se trata de un colombiano llamado Juan Nepomuceno Uribe Buenaventura, joven apuesto, de una remota pero acomodada familia colombiana que se dedica a los negocios de la exportación de quina y otros menesteres comerciales.

La joven esposa María cuida su casa en el Parque Monceau mientras el colombiano viaja a su país a vigilar los negocios. Entre tanto, su hermano Paul Gauguin, marinero durante siete años y después durante otros ocho corredor de bolsa en París, casado con una mujer danesa y padre de cinco hijos, siente en forma tardía, a los treinta años, su pasión por la pintura, y abandona la familia y empieza su correría apasionada, delirante y miserable en busca de la belleza artística.

Paul Gauguin viaja a Panamá en busca de su cuñado colombiano para que lo ayude en su viaje a los mares del sur. Cuando llega, se entera de que Juan Nepomuceno se acaba de marchar de Panamá porque se arruinó en el negocio de la quina.

Es el tiempo en que los franceses construyen el canal en el departamento colombiano de Panamá y a Gauguin le tocó trabajar como obrero en la gigantesca obra. Contrae además malaria y sífilis. Escribe varias cartas a su hermana en París, en una de las cuales señala que “los imbéciles colombianos creen que se van a quedar con el canal”. Huye a Martinica y después regresa a Francia.

Visita por última vez a su hermana. Encuentra que su acaudalado pero después arruinado cuñado colombiano ha muerto. Le pide a su hermana María nuevamente ayuda para viajar a Tahití. Y en ese momento se abre el destino de los dos únicos nietos de Flora Tristán. Paul se embarca con un pasaje regalado y una recomendación del gobierno francés hacia Tahití y María, viuda, con dos hijos, temerosa, les escribe a sus parientes Uribe Buenaventura en Colombia y ellos la invitan a una ciudad llamada Santafé de Bogotá, en Sudamérica.

María en Bogotá

Una tarde de finales del siglo decimonónico llega María a Bogotá. Viajó de París a Nueva York, después a Panamá y en un vapor hasta Puerto Colombia, en Barranquilla. María Gauguin, con sus dos hijos, María Elena y Pedro Uribe Gauguin, sube Magdalena arriba hasta Honda, a bordo de un vapor de río. Y en mulas trepa las cornisas y picos de la cordillera y una tarde con sus muebles y tapetes y cortinas y gobelinos llega hasta la fría Santafé de Bogotá. También trajo entre sus baúles las primeras semillas de eucalipto que se conocieron en el país.

La reciben muy bien los Uribe Buenaventura. La llevan a vivir a una espléndida casa en la calle 16 con carrera trece, frente a la iglesia de la Capuchina. Pero a ella le aburre pronto que la obliguen a levantarse todos los días para ir a misa de cinco de la mañana. Además, en una ciudad donde todos vestían de negro, ella no podía salir sola a la calle, sobre todo por su condición de mujer viuda.

Entonces se muda y siempre con la ayuda de sus cuñados, los Holguín Buenaventura, alquila una casa en la calle octava entre sexta y séptima, junto a la iglesia de San Agustín, en las goteras del palacio presidencial. Despliega sus sillas y poltronas, sus gobelinos, los bombés y sus boules y sus puffs, las cortinas, todo su exquisito gusto francés. Y cuelga dos paisajes de su hermano Paul Gauguin.

No es hermosa pero tiene el discreto encanto de la nueva burguesía que nació con la revolución francesa. Y es mujer de palabra y de fino encanto y es así como su casa se convierte en “el salón de María Gauguin».

Como aquellos famosos de París, a su salón iban a discutir de libros, de arte, de filosofía de muchas cosas, desde intelectuales hasta ministros y presidentes. Se tomaban sus vinitos franceses y remataban con chocolate y colaciones santafereñas.

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En medio de su refinamiento era una mujer de modesta fortuna, a tal punto que todos los días leía el periódico pero no lo compraba: se lo prestaba el gamincito voceador y después de leerlo se lo devolvía cuidadosamente doblado. Caminaba muy erguida y muy elegante acompañada de su criada hasta la plaza de mercado. En la calle saludaba en francés a los pocos colombianos que por entonces habían vivido en París y a los también escasos franceses que vivían en Bogotá.

Pasaron los años de María Gauguin en Bogotá. Casó muy bien a sus dos hijos. Su hija María Helena con Miguel Uribe Holguín, de lo más granado de Bogotá, y a Pedro con Elena Torres, de lo más selecto de Ibagué. Fue un cruce entre Uribes y Holguines que disolvió el segundo apellido Gauguin y que está emparentado con varios cancilleres y presidentes de la república, como Jorge Holguín y Carlos Holguín. Eran tiempos aquellos, ala, en que la clase dirigente de Bogotá y de Colombia era culta y refinada.


Doña Margot Uribe Gauguin, tataranieta de Flora Tristán y sobrina nieta de Paul Gauguin, en la actualidad en Bogotá, acompañada de sus hijos Santiago y Juan.


María murió un día de 1918. Los periódicos registraron su muerte con discreción y ninguno destacó que era la hermana del gran Paul Gauguin. Poco tiempo después, sus dos hijos, Pedro y María Elena, se repartieron la herencia y a cada uno le tocó medio gobelino, muchas cucharitas de plata, un puff de sala, una lámpara de araña, sillas pequeñas para costureros, mesitas consolas de mármol, tapetes persas… Y también para cada uno de los dos, un cuadro del tío Gauguin, aquellos dos paisajes de 1875, el uno una arboleda de álamos muy altos y el otro dos caminantes bajo un bosque de Viroflay.

María fue enterrada en la capilla mausoleo de los Uribe Holguines Buenaventura en el cementerio central y años después sus cenizas depositadas en el convento de Santa Clara. Y fue olvidada para siempre, salvo por sus familiares y amigos. Hoy sus cenizas yacen a dos cuadras de donde vivió en Bogotá durante 20 años.

Ella tal vez nunca se enteró de que su hermano había muerto en 1903, en la isla de Atuona, en las remotas islas Marquesas, en lo más profundo de la Polinesia francesa. Murió de la sífilis que alquiló en Colombia, con su cuerpo lleno de llagas, delirando por encontrar la nueva fuerza del arte allí donde el hombre se adentra en lo misterioso de lo primitivo, en el hallazgo del nuevo placer que se da en el sexo salvaje.

Fue el destino de dos hijos. Todo empezó hace dos siglos con la revolucionaria Flora Tristán y continuó con sus dos nietos, un pintor que buscaba el placer y la belleza y que no le importaba para nada la política y una señora refinada y discreta que vivió y murió en una ciudad remota de América del Sur.

La grandeza del genio

Cuando Paul Gauguin le dijo a su mujer que dejaba su próspero oficio de corredor de bolsa para dedicarse a la pintura, ella se desmayó. El abandonó a su mujer y a sus cinco hijos y sin duda fue un pésimo esposo pero gracias a su audacia y a su aventura vital la humanidad se benefició con la obra de uno de los creadores más revolucionarios de todos los tiempos.

Mario Vargas Llosa no vino a Colombia y tal vez no sepa que la hermana de su Paul Gauguin murió en Bogotá. Y que ahora su nieta, doña Margot, con la misma vehemencia de doña Flora, acaricia una mesita pequeña con tapa de mármol, que trajera la abuela María en su viaje hacia Colombia.

En una triste tarde de un domingo bogotano, alguien, usted, puede ir a visitar la pequeña lápida de Maria Gauguin en la iglesia Museo de Santa Clara y pensar allí, por un instante, que la vida humana es el tiempo y es el olvido y que solo sobrevivió para siempre esa muchachita tahitiana, desnuda y boca abajo, en ese cuadro de Gauguin bautizado como Manao Tupapau pero que en realidad significa el deseo en el espíritu de los muertos.

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Enero
29 / 2019


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