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¿Ya visitó el museo fundado por el pintor Ómar Rayo?

Diners recuerda a Ómar Rayo en el que sería su cumpleaños 94 con la historia de su museo que aún sigue vigente en Roldanillo, Valle del Cauca.

Foto: Olga Lucía Jordan/ Archivo Revista Diners/ instagram.com/museorayo/

Diners recuerda a Ómar Rayo en el que sería su cumpleaños 94 con la historia de su museo que aún sigue vigente en Roldanillo, Valle del Cauca.

Se cumplen 41 años de la fundación del Museo Rayo y más de 50 de haber sido planeado. En el aniversario de Ómar Rayo recordamos su legado a través de este edificio que ahora es un adulto tan interesante como fogoso porque más que un museo es una entidad viva.

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Un proyecto en el que nadie creyó

El Museo Rayo tuvo un buen padre, eficaz y dedicado, quien lo mantuvo en la primera línea dentro de la actividad museográfica del país. Rayo fue el primer artista en nuestro país que se atrevió a soñar con su propio museo y el escenario que escogió para hacerlo fue Roldanillo, su pueblo natal.

Ómar Rayo

Dos exabruptos sumados: imaginar un museo que llevara su nombre y mandarlo muy lejos, a provincia, a un señorial pueblito valluno, de casitas blancas y encaladas, de un solo piso, donde el tiempo parecía no existir. Si hemos de ser francos, nadie creyó que ese proyecto llegara a materializarse. Foto: Finalmetal/ Wikimedia Commons CC 3.0.


El cotarro artístico se agitó con bromas que fueron subiendo de talante, a medida que el del propio Ómar Rayo también crecía. Pues Rayo, a partir de que se incrustó ese proyecto entre ceja y ceja, no hablaba nada distinto con quien y donde fuera. Son abundantes las anécdotas de esos tiempos cuando, como beduino (habitantes del desierto seminómadas) de uno noventa de estatura, andaba con su cuento del museo contándolo por doquiera.

El rebusque de Ómar Rayo

Se inventó bonos de apoyo, rifas, donaciones, cuanta modalidad pudiera existir para recaudar fondos, mientras las dudas y el escepticismo eran a la vez una muralla que él tenía que romper.

A este respecto hay dos anécdotas memorables: alguna vez, en la presidencia de lado por entonces más poderosa organización financiera del país, el empresario Jaime Michelsen le dijo:

«Maestro, nuestro grupo no solo le compra un bono, sino dos de apoyo y le deseo que lo logre. Pero le advierto una cosa, no creo que pueda. Y se lo digo solo porque si nosotros nos embarcáramos en una empresa como la que usted pretende llevar a cabo, nos veríamos ante un gran esfuerzo para sacarla adelante…», Rayo le contestó de inmediato, dueño de esa seguridad casi demencial que dan los sueños: «Doctor Michelsen, es que usted no tiene un Omar Rayo en su organización». Foto: Cortesía Museo Nacional.


En cuanto a la otra, tiene que ver ya con los propios artistas, los colegas, y la resume una agresión de coctel que tuve que capear alguna vez recién llegado de México (cuando justamente había conseguido la donación, de parte del connotado arquitecto Goout el diseño del Museo):

«Rayo, usted nos jodió a todos los demás artistas, porque si ahora se nos ocurre a uno cualquiera de nosotros construir un museo, todo el mundo va a decir que lo estamos copiando». Lo que sumió a toda la galería (ese era el escenario), en un silencio sepulcral. Ómar Rayo simplemente contestó:

«No te preocupes. Yo llevo ya dos años acumulando experiencia y luchando por hacerlo, y toda experiencia te la ofrezco. Incluso, terminado el mío, te construyo el tuyo, y para que nadie diga que me copias, pues no le pongas mi nombre…!».

Pero estaba solo

Todo el auditorio se unió en una apabullante carcajada y el impasse no pasó de ser un simple complot de coctel. Ómar Rayo entendió que estaba solo, embarcado en su sueño y que difícil iba a ser lo que le esperaba.

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Porque incluso ese día, cuando acababa de llegar de México con un sí redondo apretado en la mano, que le aseguraba la donación de los planes del museo, no encontró entre el colegaje a quien darle la buena noticia. Foto: Pixabay CC 0.0.


Y es que en México, instalado en un hotel de cinco estrellas, se había atrevido a llamar al arquitecto Leopoldo Goout que sabía era uno de los invitados a colaborar en el Concurso Internacional del Centro Pompidou, al que simplemente le dijo:

«Arquitecto, he venido a México a verle, tengo una botella de buen vino helado y un proyecto hermoso que quiero contarle…». Dos días después el arquitecto comenzaba a trabajar en los planes.

Con él viajó a Colombia, directo a Roldanillo, a mostrarle un terreno donde los pastos se mecían triunfantes, bajo un sol de llamas, en esa área que el municipio le había dado para el museo. Y ambos, recorriendo el terreno bajo el sol canicular, coincidieron en que el principal problema para enfrentar era el clima bajo el cual tendrían que vivir las obras.

Un milagro

El aire acondicionado estaba descartado, no sólo por razones de presupuesto, sino porque con su clima artificial es un conspirador implacable contra la obra de arte, la respiración y la oxigenación de la tela, mucho más contra las realizadas en papel, que es la base y distintivo de la orientación que Ómar Rayo quería darle al museo.

Una especialización en obra gráfica que por lo general se realiza en papeles hipersensibles a la humedad. La solución encontrada es tal vez una de las más novedosas que museo alguno posea, pues lo que se ingeniaron fue módulos térmicos, comunicados entre sí.

Estructuras de doble pared en donde circula generosamente el aire, creando cámaras permanentes de refrigeración, que mantienen la temperatura fresca de un modo constante. Hay siete grados de diferencia entre la temperatura exterior y la interior, un verdadero milagro la imaginación.

Pero de esta solución imaginada, a que en realidad construyeran, los separarían todavía ocho años de esfuerzo. Ómar Rayo recordó con Diners, como uno de los días más tristes de su vida, cuando recibió una llamada en Nueva York (donde residió durante más de 30 años), con el anuncio perentorio de que las obras de construcción, después de cuatro años de trabajo continuo iban a quedar paralizadas; el museo arriesgaba a quedarse en obra negra por carencia absoluta de fondos.

«Fundar un museo es tener un hijo bobo»

Rayo debía atender dos exposiciones más en el exterior antes de venir a enfrentar la catástrofe. Ese flujo de exposiciones, una tras otra, eran las que le permitían insuflar dinero de forma continua a la obra. Al llegar a Roldanillo, quince días más tarde, encontró la edificación abandonada, las columnas como espectrales gigantes mirándole solitarias, mientras un pasto verde y frondoso se abrazaba a sus bases.

Sin embargo confiesa haber llorado: ¡El kikuyo volvía ser el único dueño de los terrenos de su sueño!

Rescato del olvido esta otra parte de la historia, la del lado áspero de la moneda, justamente por estas fechas cuando tanto telegrama nota de felicitación le llegan, como homenaje a su tesón y a su magnífico fruto:

El museo. Aunque, como él mismo lo dice con una frase que tiene algo de humorada y algo de cierto, «fundar un museo es tener un hijo bobo; hay que mantenerlo toda la vida».

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También reconoce que ese fue un desafío que aceptó sin medir todas sus implicaciones. Una odisea para la cual no estaba preparado y para la que piensa que en verdad ningún artista lo está, pues contradice la esencia misma del creador que debe sacrificar su intimidad, su aislamiento e ir tocar todas las puertas a sabiendas de que muchas no se abrirán.

«Estaré como un viajero casi sideral»

«Tanto como detesto los lagartos y durante ocho años me tuve que convertir en un dinosaurio. Al final del día de la inauguración, cuando se fueron todos los invitados (tres presidentes latinoamericanos, entre ellos). Luego quedé solo en medio de estos inmensos salones, me sentí como un viajero que después de un agitado y largo viaje llega a la estación a media noche cargando dos pesadas maletas, llenas de interrogaciones. Diez años después, mucha parte de ese equipaje sigue sin respuesta».

«En 1991 jamás pensé que mantener esta obra viva fuera tan difícil en aspecto económico. En el otro lado, en el de su actividad misma, he encontrado generosidad y positivismo en todos los artistas latinoamericanos. Pero lo económico es otra cosa; ahí he sentido una verdadera soledad. Las entidades oficiales, centrales, departamentales, municipales, han dejado completamente solo al museo».

«No sé si se imaginan que soy un alquimista y además inmortal, que logró convertir el aire en oro; pero ni soy alquimista ni soy inmortal. Y hoy, cuando el museo cumple años, no puedo menos que sentir gigantesco el reto de los próximos años. Y si el día de la inauguración en 1981, me sentí como un viajero cansado cargando dos maletas de interrogantes. Me imagino en el año 2021, cuando el museo cumpla 40 años. Estaré como un viajero casi sideral, bajándome de una nave intergaláctica, con traje de escafandra. Pero con las dos mismas viejas maletas, ahora llenas de… deudas por pagar!».

Cuando habla de cifras no puedo menos que concretar su cuantía y sentir qué pasmoso es el abandono en que está el museo. Bastaría un cheque de caja menor, de cualquier entidad despilfarradora, para solucionar sus problemas anuales.

Ómar Rayo: una lucha constante

La pregunta inevitable es cómo va la salud del museo sintiendo que cualquiera que sea respuesta, él y ese hijo suyo son una misma entidad. Así pues, ¡feliz cumpleaños para ambos!, y que esa maletada de interrogantes no lleguen tan pesadamente y cargadas solo por sus manos.

Rayo hizo más de 200 exposiciones en su carrera como artista hasta 2010 cuando sufrió un infarto a sus 82 años, edad en la que siguió velando por la salud del Museo Rayo que hoy se puede visitar de 9 a.m. a 6 p.m. todos los días, incluyendo domingos y festivos.

Está ubicado al norte del departamento del Valle del Cauca, a 148 kilómetros de Cali (Calle 8 N.8-53, Roldanillo). Su precio de entrada son $10.000 adulto $5.000 niño y $7.000 adulto mayor. 

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Este texto titulado El legado de Ómar Rayo: uno de los mejores pintores de Colombia, fue publicado originalmente en Revista Diners No. 251 de febrero de 1991 y fue actualizado en enero de 2022.

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Enero
20 / 2022

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