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Hugo Zapata, la música de las piedras

Este explorador de las rocas ha construido una obra alrededor de los silencios y del tiempo. Aunque sus obras han llegado a todos los rincones del mundo, su alianza más sólida ha sido con Medellín.

Foto: Carlos Tobón

Este explorador de las rocas ha construido una obra alrededor de los silencios y del tiempo. Aunque sus obras han llegado a todos los rincones del mundo, su alianza más sólida ha sido con Medellín.

La tierra fue antes, también lo será después. Hugo Zapata, explorador de las rocas, lo sabe. Hay niños que han visto al emperador sin vestido y hay hombres con ojos de poeta, cómo él, que han mirado la tierra desnuda. “Colombia es de piedra”, le decía su profesor de geografía. Y él le creyó. También a su papá, cuando lo llevó a Amagá, tierra del carbón, y le reveló un secreto que le quitó para siempre la ilusión de la estabilidad. “Mijo, usted no se imagina. Arriba está todo tan tranquilo: las casas, las vacas y la gente, pero abajo eso está hirviendo, todo está prendido. ¡El mundo está que arde!”. Y es a ese centro de la tierra convulso, debajo de las capas vegetales, los sembrados cuadriculados, las ciudades ordenadas, los tacones de las mujeres, los cimientos de los museos y las trampas de la historia, hacia donde se dirige desde hace más de 30 años, Hugo Zapata con audacia de Julio Verne.

Lo hace para escuchar los silencios cargados de la piedra. Ha entendido que ellas son apenas un instante sólido en el eterno devenir de las formas y los tiempos. Y esta certeza le hizo cuestionar la falacia de su dureza. En sus manos, las piedras son maleables como la arcilla, no solo por las herramientas que se ha ingeniado para tratarlas, sino por los ojos limpios con los que las mira y por los oídos nuevos con los que las escucha. Las aborda con un respeto reverencial. Es que son mensajeras: “antes del hombre –dice–, la tierra ya escribía”. Por eso, un color en su interior habla de una era geológica; una aglomeración particular, de un cataclismo; una textura rugosa, de inviernos inclementes, tristezas profundas, desolaciones cósmicas y explosiones siderales. Mundos que se crean y estallan como pompas de jabón, dejando cicatrices sobre superficies donde el paso del hombre es tan solo una ilusión como el aleteo de las mariposas o las hojas de árboles que vienen y desaparecen desde hace millones de años.

La estrategia de Zapata ha sido “salir con un martillito”, observar como un detective, recoger muestras como un arqueólogo, leerlas como un geólogo, acariciarlas como un amante y transformarlas como un alquimista. Los pórfidos del Cerro Tusa, el batolito color “sal y pimienta” de Río Grande, el mármol dorado de Montería, las piedras con forma de santicos del Chocó, constituyen el país inédito que ha descubierto debajo de las líneas frágiles de los mapas. Pero, sobre todo, están las pizarras oxidadas y las lutitas negras de la cordillera Oriental. Son su tesoro, la piedra angular de sus dominios. Las hurga en las montañas y los ríos de Pacho. Y para hacerlo se alía con los inviernos húmedos que las descubren y las tiran al Río Negro, con los bomberos que se las ayudan a bajar, con los campesinos que lo creen loco, con las mulas viejas que las arrastran hasta quedar exhaustas. Las mete en camionetas grandes que atraviesan las carreteras curveadas del centro del país y las sube a su taller en el oriente antioqueño. Allí las siembra en un rincón verde y húmedo, donde las ramas de los árboles se mezclan con el cable de diamante que cortará después las entrañas de la tierra.

Hugo Zapata trata las piedras como si fueran niñas

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En este lugar con algo de laboratorio, fábrica y altar ceremonial, siete obreros y el maestro mueven con tanta precisión como sensualidad sus manos sin callos. Es la condición para trabajar allí, porque asegura Hugo Zapata, “a las piedras hay que tratarlas como niñas”. El las guarda por años hasta que descubre cómo entablar el diálogo que las convertirá en Pensadores, Cordilleras, Estelas, Pilas, Amantes o flores de de piedra. “Yo amo la razón, pero ella no me ama a mí”, dice Zapata mientras acaricia sus Testigos, figuras verticales y negras de presencia totémica que alguna vez visitantes de Burkina Faso, de paso por su taller, no se atrevieron a tocar, porque aseguraban que “en ellas había algo”. Zapata está de acuerdo: “la escultura es siempre presencia”.

Y no se trata de que sea precisamente un artista surrealista. Con una sólida formación de arquitecto, su trabajo tiene una indudable lógica constructiva, mientras su conocimiento del material está apoyado en serios estudios de geología. Pero, sin duda, la llave de la piedra no se la dio la ciencia ni el cálculo, sino su imaginación y un pensamiento poético que le permite navegar a través de las formas orgánicas. Zapata las entiende, no pelea con ellas, tampoco las imita. Con una actitud oriental, las deja ser. Interviene y se retira. Mientras Miguel Ángel quería extraer la figura humana que se suponía escondía la piedra, Hugo Zapata deja que la piedra sea piedra, y esto lo conecta con su tiempo. “Me siento absolutamente digital”, dice el escultor que habla el lenguaje de lo lleno y lo vacío, del uno y el cero, de lo grave y lo agudo. Sin embargo, sus obras tampoco se quedan en el canto a sí mismas del modernismo. Sus esculturas arrastran una mirada cultural, sobrevuelan hasta la prehistoria, rondan las formas y la mentalidad precolombina, viajan y vuelven, y nos conectan con el entorno urbano y la sensibilidad contemporánea.

Naturaleza y ciudad. Sus esculturas, literalmente funcionan como un cable a tierra, en un momento en el que se ha perdido el cordón umbilical con el cosmos. Sus Ojos de Agua reflejan los astros y los planetas como lo hacían los observatorios húmedos de los incas, sus Pórticos gigantes en el aeropuerto de Rionegro recuperan el espectáculo de los dibujos de las nubes sobre el cielo, su Ágora de piedra en la Universidad Eafit le da un peso mineral a los encuentros. Es que su trabajo en este valle herido por el hacha de los bisabuelos colonizadores logra crear un paréntesis en la retórica de la raza pujante y predadora de un Pedro Nel Gómez o un Arenas Betancourt.

Hugo Zapata utiliza otra lógica que limpia, reconcilia, conecta. Le ha dado muchas sonrisas de piedra y agua y fuego a Medellín, pero ha tenido que guardarse bastantes otras por los presupuestos magros y los pensamientos pequeños. ¿Qué ciudad sería Medellín si su cerro Nutibara saludara todos los días su posición en el universo como lo proponía la obra Cota 1535? ¿Qué río tendríamos si hubiera podido construir sus Gavias, esas apariciones fantasmales que lo navegaban mientras limpiaban la contaminación del agua y de las mentes? El consuelo es que para muchos paisas esos proyectos eternamente aplazados existen ya en nuestro imaginario.

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Las utopías siguen. Zapata quiere llenar ahora la ciudad de diez esculturas sonoras. La primera será la suya, un muro de viento… Luego vendrán las de otros artistas internacionales invitados que recordarán cómo la escultura es una cuestión de música. Entre tanto, sigue esculpiendo, no solo en su taller sino también en su corazón, mientras les da corozos a las ardillas, recibe los amaneceres en una casa transparente y las noches en un espejo de agua cálida donde se reflejan las estrellas, cosas que le gustan tanto como viajar al centro de la tierra. Ciudadano del mundo, acaba de llegar de China, viaja ahora a Venezuela y se prepara para medirse el año entrante con la monumentalidad de los aztecas y los mayas en el Museo Antropológico de México.

Aunque sus obras públicas saludan también el Poniente de Bogotá, se cuelan entre los almendros de Aracataca y bautizan parques en Armenia, no hay duda de que  la mayor alianza de Hugo Zapatala ha hecho con Medellín, la ciudad industrial y comerciante a la que sus silencios de roca logran todos los días sanarle el alma.

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Julio
16 / 2012


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