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Atlas de los Andes, Tomo I: exposición del artista Camilo Echavarría en la universidad EAFIT de Medellín

La exposición del fotógrafo Camilo Echavarría es una combinación de las maneras de los artistas viajeros anteriores al siglo XIX, con también el carácter descriptivo de los expedicionarios científicos. Imperdible.

Foto: EAFIT

La exposición del fotógrafo Camilo Echavarría es una combinación de las maneras de los artistas viajeros anteriores al siglo XIX, con también el carácter descriptivo de los expedicionarios científicos. Imperdible.

No una sino múltiples fronteras. Y no podría ser de otra forma, pues lo que recoge Camilo Echavarría en la exposición Atlas de los Andes, Tomo I son, en esencia, geografías. O, por lo menos, representaciones de ellas. Y de límites finos, además: se encuentra a medio camino entre la observación de un naturalista y la sensibilidad de un artista, entre la quietud de la fotografía y el movimiento del video. En exhibición en la Biblioteca Luis Echavarría Villegas hasta julio 21.

Convergen en este viaje por la naturaleza hondonadas, neblinas, aguas que discurren; de repente adosadas por coloraturas que confieren un aire ideal a lo que vemos. A propósito: ¿es ficción lo que vemos en esos paisajes? Es verosímil. Lo demás, la fidelidad del escenario o la construcción del mismo, son elementos de la filigrana. Tal vez sucedan ambas cosas a la vez. Al final de cuentas, lo que el espectador descubre cumple por partida doble: un ejercicio artístico y documental.

A lo largo del trayecto surge la pregunta: ¿cómo registra un viajero lo que encuentra a su paso? ¿Cómo lo desmarca de su propia experiencia? Así, advertimos constantemente cómo las referencias a la construcción de la realidad cargan de sentido el proyecto: la ficción nutre el entorno, pareciera sugerirnos. De hecho, se combinan maneras de los artistas viajeros anteriores al siglo XIX, pero también el carácter descriptivo de los expedicionarios científicos.

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Son varias las coordenadas. Diferentes lugares de Colombia, Ecuador y Perú presentan un conjunto de fotografías y videos, por momentos solapados, cuyo resultado no solo ilustra sino que emociona. Los guiños a la geología y la botánica procuran sensaciones, vínculos con la materia orgánica. Algo así como la textura del paisaje. Videos sin movimiento aparente en donde sonidos incidentales conceden cuerpo a cordilleras mientras cambia el ritmo de la luz. Entonces se desvanece lo que hay, muere la tarde cuando algunos murmullos compensan el siempre mismo punto de vista. Vuelan garzas como si cambiaran capas de un mismo telón. No es ningún clima, pero son todas las atmósferas.

Surgen también amaneceres en la Sierra Nevada, estampas del volcán Puracé, un río Cauca en aguas metálicas, lucecitas en medio de la calima. El efecto es ilusorio por instantes: pequeños personajes en la niebla, mezcla de trópico e invierno, un asentamiento imposible en lo alto de una montaña dominado por el color, una laguna donde no pasa mucho. Una naturaleza que se desborda, linda y aterradora.

¿El registro del paisaje es el eje de la exposición? La fotografía hace de soporte, incluso en los videos, pues representa la posibilidad de reunir elementos. Pero además de eso, conecta con otras claves desperdigadas: referencias a otros recolectores de entornos (Humboldt, por ejemplo), álbumes, documentos de la Comisión Corográfica, atlas de antiguos recorridos por Colombia, estampillas, calendarios, cromos y piedras, testigos silenciosos de un paisaje que nunca es el mismo.

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Julio
06 / 2016


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