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José Asunción Silva: ¿Se disparó o le dispararon?

El 23 de mayo se cumplen 125 años de la muerte de José Asunción Silva. Todas las versiones sobre el final de su vida apuntan a sostener que el escritor se suicidó. Ahora surge otra, que plantea la posibilidad de que Silva hubiera sido asesinado.

El 23 de mayo se cumplen 125 años de la muerte de José Asunción Silva. Todas las versiones sobre el final de su vida apuntan a sostener que el escritor se suicidó. Ahora surge otra, que plantea la posibilidad de que Silva hubiera sido asesinado.

Pocos suicidios han intrigado tanto a la historia. La muerte trágica de José Asunción Silva suscitó, y suscita, quintales de artículos. Todos la interpretan de distinta manera. Las teorías arrancan del suicidio por romanticismo, siguen con el causado por amor incestuoso se internan en el originado por incompatibilidad con el medio ambiente, pasan por suicidios intermedios y terminan en el ocasionado por desastre económico.

Cualquiera de estos motivos es inmejorable para suicidarse; pero a mí no me satisfacía ninguno cuando, en 1972, me propuse averiguar la verdadera causa que en la noche del 23 o en la madrugada del 24 de mayo de 1896 llevó a José Asunción Silva a pegarse un tiro mortal.

No me contentaban porque a cada lectura brotaba una contradicción insoluble entre los versos del poeta y las cosas que de él se afirman ¿Incestuoso, aristócrata, pedante, neurótico, drogadicto y psicópata aquel formidable renovador del idioma y campeón de la ternura?

El autor del Nocturno y el sujeto materia de análisis no parecen la misma persona. Excepto las notas, comprensivas e inteligentes, de Luis Tejada, de X·504 y de Gonzalo Arango, lo demás que había leído acerca de Silva venía contramarcado por un marbete común: la superficialidad, adornada con toques soberbios de charlatanería.

En busca del verdadero José Asunción Silva

Entonces me fijé la meta de publicar el resultado de mis investigaciones como homenaje a Silva en el aniversario de su vida inmortal, que se cumplía el 24 de mayo de 1976. Llegó esa fecha y el trabajo no andaba ni en pañales, a pesar de haber reunido una cantidad inverosímil de documentos que no hicieron sino plantearme otra cantidad inverosímil de interrogantes de imposible respuesta inmediata.

Tuve, pues, que embarcarme en un viaje extenso y emocionante a lo largo, lo ancho y lo profundo del siglo XIX, en busca de José Asunción Silva. ¿Lo encontré? Deducciones sorprendentes saldrán en la biografía que espero rematar a finales de 1986, Y cuya tesis central es: deviene afirmación temeraria sostener que la muerte de José Asunción Silva emanó de un acto voluntario del poeta.

Está claramente determinado que Silva no sufría de afección mental capaz de empujarlo a un acto irracional, ni siquiera por la falta de serotonina. Los amigos de Silva coinciden en calificar su gesto como deliberado, consciente, ejecutado por un hombre que, «al fallarle su mentira vital», resuelve con frialdad autoeliminarse.

Entre la muerte y el suicidio

Unos dicen que el suicidio del poeta manifestó de modo incontestable su rebeldía contra un medio ambiente que lo asfixiaba. Diversos autores sustentan la teoría refiriéndose al hecho de que Silva era un perfecto desconocido en Bogotá, cuyos versos nadie entendía y de los cuales se burlaba el círculo reducido de amigos que los había leído.

A este respecto ganó celebridad una frase despreciativa, citada en su biografía por Alberto Miramón, supuestamente publicada en un periódico bogotano -«y no cualquier periódico!», advierte Miramón sin identificarlo-, un periódico importantísimo que registraba así la muerte de Silva:

«Anoche se suicidó el joven José Asunción Silva. Parece que hacía versos». Dicha frase ilustraría la gravedad del conflicto Silva-medio ambiente… si fuera cierta. Y no lo es. Se la inventó Miramón; vaya uno a saber el propósito.

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Los periódicos de Bogotá, sin excepción, y muchos del país, insertaron comentarios necrológicos cálidamente elogiosos. Aquí surge uno de los misterios inexplicables en la muerte del poeta: ¿cómo vio el doctor Miramón una nota deprimente que jamás se publicó en un periódico importantísimo que nunca existió, y omitió quince notas panegíricas que sí se publicaron en periódicos que sí existían?

Una muerte falsificada

Otros aseguran que en la cabecera de la cama donde yacía el cuerpo de Silva se encontró la novela de Gabriel D´Anunzzio, El triunfo de la muerte, pormenor suficiente para aclarar los impulsos que indujeron a Silva a levantar el triunfo de la muerte sobre el triunfo de la vida. Muy bien, es una buena razón: pero, ¿cómo justificar que, en la copia de El triunfo de la muerte topada junto al cadáver del poeta, la firma de Silva estuviera falsificada?

Otros más culpan del suicidio de José Asunción al deceso prematuro de su hermana, la divina Elvira. Insinúan que estaban mutua y locamente enamorados. Casi ni vale la pena ocuparse del chisme. Elvira falleció el 11 de enero de 1891 y José Asunción se suicidó en 1896.

Ligeramente tardío el arranque de romanticismo incestuoso, que no pasa de leyenda, cultivada con morbo esmerado por mentalidades retorcidas. Si alguien murió de amor por Elvira, amor correspondido, fue el Conde Gaspar Gloria, ministro plenipotenciario de Italia en Colombia. En los cinco meses que le sobrevivió, el conde Gloria compuso en memoria de su amada una novelita de la que la protagonista es Elvira. Linda historia de amor la de Elvira Silva y el conde italiano.

Las emociones de nuestro poeta

Abramos campo a los partidarios de la teoría del suicidio de Silva por un despecho amoroso. Aunque Silva amó a varias de las “flores más delicadas del jardín bogotano”, que dirían los finiseculares, y ellas lo amaron, su gran pasión recayó en la preciosa hija de un general. La niña adoraba a José Asunción y en enero de 1890 se casó… con otro, al que no amaba en lo absoluto.

El estado de ánimo de la novia, y el suyo propio, lo describe Silva en el poema “Nupcial”. Las relaciones, empero, no duraron rotas demasiado tiempo. Ella tuvo una niña, tan parecida a José Asunción, que los perspicaces bogotanos comentaban: “Está que Silva”.

Los amantes se amaron apasionada e ininterrumpidamente hasta el día fatal. Después, ella, durante veinte años, semana tras semana, depositó un ramo de flores en la tumba del poeta. Cierta semana, no hubo flores sobre su lápida. La rubia había muerto. Descartemos pues la teoría del despecho amoroso como causa del suicidio de Silva.

¿Un José Asunción Silva en la quiebra?

Argumento consistente es el de suicidio por motivos económicos. De tiempo en tiempo magnates arruinados se vuelan la tapa de los sesos. Durante la gran depresión, en Estados Unidos abundaron los empresarios que, comprobada la quiebra de sus negocios, se arrojaron al vacío por las ventanas de encumbradas oficinas.

Nada de raro tendría que José Asunción Silva, ante un panorama financiero desolador, y a falta de oficinas encumbradas, viera en un revólver la solución pronta y eficaz de sus problemas pecuniarios. Eso, al menos, sostienen sus amigos, que lo conocieron y trataron en la intimidad.

No obstante estas opiniones respetables, documentos demuestran de forma apodíctica que la situación económica de Silva distaba le­guas de ser mala. De vuelta de Caracas trajo una fórmula de su invención para elaborar y colorear baldosines, la patentó en Bogotá, y en 1886 el aporte efectivo de diez socios capitalistas le permitió iniciar el ensamblaje de la fábrica y adelantar las gestiones de importación de maquinaria.

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Los biógrafos informan que la fábrica paró en catástrofe, que la provinciana Bogotá fin de siècle no asimilaba lujos cosmopolitas, que los bogotanos se burlaban de baldosines de Silva como antes de sus versos. Batido por el áspero desprecio de su medioambiente, y abocado a una segunda y vergonzosa situación de quiebra, José Asunción decidió suicidarse. El argumento sería irreprochable si no lo refutaran dos misterios nuevos.

Las pruebas no son concluyentes

Primero: en el momento de la muerte de Silva la fábrica de baldosines iba en proceso de montaje y se calculaba que entraría en producción apenas a finales de año. Luego, ¿de qué se burlaban los bogotanos?

Segundo: si el negocio de las baldosas sufrió un re­chazo categórico, ¿por qué los socios de Silva no dudaron en continuarlo y vincularon en la sociedad a Julia Silva, hermana de José Asunción y heredera de la patente?

Silva premeditaba poner la fábrica en funcionamiento, nombrar un administrador, marchar al exterior a ocupar el cargo de cónsul de Colombia en Guatemala, permanecer fuera uno o dos años y darle cuerpo a su proyecto favorito: escribir, con base en sus protagonistas de ficción, los Andrade y los Monteverde, una serie de novelas históricas enmarcadas en la Guerra de Independencia (1816-1824).

Un enigma que persiguen a José Asunción Silva

Eliminados los motivos plausibles que tratan de descifrar el suicidio de Silva, subsiste el interrogante: ¿por qué se suicidó? Al cabo de noventa años en los que se han planteado cientos de soluciones que no resuelven nada, causará un asombrado escepticismo responder que el poeta pudo no haberse suicidado.

El enigma persistiría. Si no se disparó, ¿por qué le dispararon? En la biografía de José Asunción Silva contaré con detalle cómo y por qué, la noche misteriosa del 24 de mayo de 1896, una banda de falsificadores de papel moneda asesinó al más grande de los poetas colombianos. Uno de los mayores en lengua española.

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El artículo José Asunción Silva: ¿Se disparó o le dispararon? fue publicado originalmente en Revista Diners de mayo de 1986. Edición No 194

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Mayo
23 / 2021

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