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Ever Astudillo (1948-2015): murió uno de los grandes del arte en Cali

Recordamos al pintor caleño Ever Astudillo, fallecido el 3 de junio de 2015.

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<div>Astudillo en su estudio, agosto de 2014</div>
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Recordamos al pintor caleño Ever Astudillo, fallecido el 3 de junio de 2015.

Publicado originalmente en Revista Diners Edición # 147. Junio de 1982.

Según su poética, hay que refinar el papel del dibujo, principalmente confinado a la pomo-estética del desnudo (su forma más ostentosamente decadente) y aún sacarlo de los sabores realistas clásicos, para llevarlo a conformar y habitar «experiencias nuevas, no disecadas en representaciones gastadamente convencionales.

Puede decirse que las obras de arte son irreales por definición, así como también pueden considerarse como intrínsecamente ambiguas; pero de hecho hay algunas obras, que presentan una más amplia variedad de razones convincentes, para calificarlas de irreales y ambiguas.

Desde luego es cierto, que al preocuparse profesionalmente de la experiencia visual, los artistas modernos han desempeñado un destacadísimo papel en el descubrimiento o en la simple divulgación, de aspectos inesperados del mundo visible, puesto que ellos buscan nuevas estructuras, en las cuales poder ordenar y simplificar el sentido de la realidad, o retar y rechazar nuestras nociones esquemáticas de la realidad, nuestros conocimientos y actitudes habituales.

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La decadencia de la pintura narrativa, en este siglo, ha sido atribuida, en gran parte, al auge de la fotografía, que relevó al pintor de la necesidad de contar anécdotas; pero también la cámara, ha sido la causa, en el arte más reciente, de que los pintores quieran pensar y construir sus cuadros fotográficamente. Dedicándose, por ejemplo, a aislar selectivamente pequeñas porciones de tiempo, a desplazar el foco de atención a un ángulo de visión diferente, a trabajar estructuralmente sobre el mero contraste entre el blanco y el negro.

Mucho se ha dicho de la nitidez y claridad de la fotografía, pero muy poco en cambio sobre su oscuridad, los matices y valores que se descubren, de pronto, en este lenguaje, más o menos listo y preparado para el consumo. Pues ha sido la fotografía, la que ha preparado la situación, para llevarnos a ver desde un punto de vista inesperado, extraño. La que nos ha mostrado «tomas» que nos dan el sentido de la escena, sin ser narrativas, caras sin rasgos, animales con dos cabezas y un montón de colas, hombres transparentes, regando su sustancia diluida a lo largo de la plancha, además de los efectos morbosos, distorsionados y sorprendentes de un tiempo segmentado en muchos segundos, tal como el que usa Francis Bacon, en sus obras pictóricas, para evitar esa dura claridad de la pose de las figuras, de la pintura tradicional.

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Como sabemos, los fotógrafos escogen, necesariamente, entre las opciones disponibles, y a veces esto produce imágenes extrañísimas: las espaldas de los actores vistos desde el otro lado del escenario; cuadros en los que el tema es distorsionado por una perspectiva extrema o por su carencia; por una rara fuente de luz, o por la ambigüedad de la acción y del gesto.

Usando del dibujo como idioma formal, levantándolo de su postración academicista, y de su condición de construcción auxiliar, hasta el rango de forma artística total, el trabajo de Ever Astudillo afronta características y problemas de visión, que pueden considerarse inherentes a la técnica fotográfica. En la misma forma que en la fotografía, hay una relación primordial con lo real. Desde luego no como relato sino sólo como datos fragmentarios, como pistas sugestivas y recortadas, y así como el fotógrafo ha hecho objetivas y permanentes escenas triviales, gente común y corriente, o cualquier momento pasajero, también lo cercano, lo casi dado por la casualidad, temas cotidianos, anodinos y suburbiales empiezan a predominar en esta obra.

Es un dibujo que sabe muy bien cómo suscitar atención. Su modo de creación consiste en la congelación de pequeñas parcelas de tiempo. Escenas intrascendentes que nos dan la idea instantánea y abrumadora de la soledad y que le han servido para crear un nuevo cuadro o una nueva serie, que se relaciona también con el acto central de la fotografía, como acto que implica escoger y eliminar, es decir, aislar del contexto. Pues para ver realmente algo hemos de enfocar y seleccionar. Y en este «efecto de aislamiento», tenemos quizá el secreto de las formas tremendamente inquietantes y expresivas que consigue Ever Astudillo. En el «efecto de aislamiento», de «extrañeza», está seguramente la respuesta a la pregunta de cómo es posible, que la misma imagen pueda ser a un mismo tiempo, verificablemente correcta, objetiva, y poco familiar, o de una naturaleza que de pronto se nos vuelve oscura y evasiva.

Mucho de la realidad se muestra en un cuadro en blanco y negro de Ever Astudillo, al tiempo que se presenta sumida en una atmósfera muy poco natural, pues el problema como pintor de Astudillo, no es captar simplemente la realidad sino valorizarla estéticamente, dentro del fin expresivo de su obra darle un contenido mediante su inventiva y su originalidad. Sobre las sutilezas de luz y sombra, utilizando el claroscuro como protagonista, en la yuxtaposición de cualidades tonales, llega a familiarizarnos con el dibujo como un medio artístico potencialmente adecuado para crear un espacio pictórico palpitante. El espectador va penetrando en un espacio de intensa extrañeza, que permite recordar los desolados ámbitos de De Chírico.

En un esfuerzo por asumir la extrañación misma en nuestra manera de ver el mundo, y ponerla en el más íntimo círculo de experiencia, Astudillo aísla del marco de la vida (vale decir del flujo de la percepción) una escena. La atrapa y la convierte en una representación enigmática, por medio de los sombreados, los valores tonales y la particular organización de las perspectivas. Según la poética de Astudillo, hay que refinar el papel del dibujo, principalmente con- finado a la porno-estética del desnudo (su forma más ostentosamente decadente), y aun sacarlo de los sabores realistas clásicos, para llevarlo a conformar y habitar experiencias nuevas, no disecadas en representaciones gastadamente convencionales.

Sostenido por esta idea, se separa de toda razón extra pictórica, y lleva su dibujo a una experiencia meditada, a nociones de sutileza, poder emotivo e importancia de la percepción. Como quien dice a nuevos órdenes de intensidad visual, más allá de las experiencias emotivas o perceptivas ordinarias, a campos de significación más allá de las constricciones de la tradición y del género.

De un gran equilibrio, esta pintura es autocontenida y puramente visual. Desdeñado a la vez cualquier noción estética distanciada del objeto como pasa en el fotorrealismo o hiperrealismo. Para su mirada que no ha perdido la ocupación afectiva de los seres, éstos cristalizan en una tercera cosa: ni sueño falsificador, ni simiesca imitación de la realidad, sino imagen enigmática de esta realidad, desnudando su propio misterio.

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El dibujo, menos lineal que atmosférico, transforma la figura en silueta indefinible, oscura, en estado de indefinición de sus rasgos específicos. No ya cuerpos con volúmenes sino apenas superficies, además de una presencia que se destaca como silueta en primer plano, que introduce la idea de testigo que contempla la escena, o el ojo objetivo que refleja y profundiza ese «momento inmóvil» sobre el que ya han caído las sombras. Pues los ángulos, los enfoques se concentran a menudo en las esquinas de calles que aluden a ambientes nocturnos, urbanos, con estrategias espaciales que aumentan la complejidad, la plasticidad, la fuerza y significación expresiva de la experiencia visual.

A las figuras muchas veces les falta sólo un paso para llegar a la difuminación del contorno estable, preciso, y en consecuencia hay una ambigüedad acrecentada, de la visualización normal.

Cobran un aspecto sorprendentemente irreal. O los personajes ocupan la escena, unidos por conexiones complejas, o la realidad más turbia y vulgar se orienta hacia un plano más sutil, experimenta una transformación sorprendente.

A las paradojas Wildeanas debemos, el haber oído decir que la naturaleza imita al arte, pero con Astudillo recibimos una revelación de orden inverso. Reconocernos genuinamente efectos pictóricos en el mundo que nos rodea, en vez de ver las vistas familiares de nuestro mundo en los cuadros. Seres humanos que pasan en soledad, en triste libertad y que el espectador observa en una forma nueva, por la sugestión de una pintura que nos entrega, fácilmente, a una receptividad sensible.

En estos cuadros todo aparece como registrado a través del «ojo del testigo»: la frustración nocturnal de ambientes donde un hombre puede oír el eco de su propia alma como suspendido entre la vida y la muerte. Cualquier habitante anónimo que contempla el paso de una mujer en la noche, desde una ventana o desde la esquina de un callejón sin suerte nos da el toque de angustia. El aislamiento, la ciega soledad del sujeto social. Descubrimos que hay una belleza ignorada en estos fragmentos de realidad.

La llamativa elocuencia conque Astudillo recoge lo trivial, nos sugiere que quizá el tema urbano no había sido visto antes con tanta sutileza, o que este tema no es tan trivial, sino pleno de significados desconocidos. Densas porciones de sombra, de la que las figuras son extraídas como por un relámpago de claridad, como sombras que salieran de la oscuridad para volver a sumirse en ella. Para «leer» adecuadamente el trabajo de Ever Astudillo, no se necesita creer que la única belleza que el arte puede proporcionar sea la belleza de lo desconocido, singular, o insólito. El arte puede ofrecer gente barata, anónima, que de ningún modo se puede considerar importante. Sólo que para aceptarlos como un hecho artístico, para ser comprendidos y por tanto potencialmente apreciados, se requiere una formación artística o más interés por el arte, y para ejecutarlos se requiere de una especial fuerza plástica y de una especial y aguda sensibilidad.

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Junio
03 / 2015

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