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Nicolás Paris, el artista bogotano que brilla en el panorama internacional

Nicolás Paris y su curadora Belén Sáez de Ibarra sostuvieron una íntima charla/entrevista para Diners, en la que reflexionan acerca de las principales motivaciones de su trabajo.

Foto: Retrato: Wilmar Lozano, cortesía Universidad Nacional de Colombia/Obra: Luis Asín y Oak Taylor-Smith

Nicolás Paris y su curadora Belén Sáez de Ibarra sostuvieron una íntima charla/entrevista para Diners, en la que reflexionan acerca de las principales motivaciones de su trabajo.

La exposición de este artista en la galería madrileña Elba Benítez, curada por Belén Sáez de Ibarra, fue una de las más visitadas y elogiadas durante la pasada edición de la Feria ARCO. Esto ratificó la relevancia de este artista bogotano en la escena del arte contemporáneo internacional.

Aunque es arquitecto, Nicolás Paris nunca ha ejercido su profesión. En cambio, ha sido panadero y profesor de escuela. Oficios nobles y generosos, que lo llevaron por el camino del arte. En el primero, además de reforzar su destreza manual y paciencia, aprendió a respetar los tiempos de los procesos. En el segundo revaluó los conceptos y significados con los que asociaba las acciones de aprender y enseñar. Cuenta que cuando dictó clases a niños en una escuela rural en el Meta, halló en el dibujo una herramienta de aprendizaje, un lenguaje universal que trasciende las barreras de idiomas, conocimientos y trasfondos individuales. Descubrió una poderosa manera de sintetizar un concepto sin tener que recurrir a palabras, y una eficiente manera de entablar una comunicación de doble vía.

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A través de su trabajo, Paris busca establecer una comunicación de doble vía con el espectador e invitarlo a la reflexión.

Fue así como en el lugar menos esperado encontró la tesis en la que basaría su producción artística. Y él, que supuestamente era el maestro, terminó convirtiéndose en alumno. Desde entonces, las estrategias de aprendizaje y educación, a través del dibujo, han tenido un papel muy importante en su trabajo, que basa sus significados y “razón de ser” en la interacción con el espectador o interlocutor.

Como ha dicho en varias entrevistas, sus proyectos son un punto de partida, en los que quienes los miran tienen un rol fundamental. Los objetos cotidianos –pirinolas, péndulos, botellas, figuras geométricas– de manufactura impecable, que hacen parte de las instalaciones que produce de acuerdo con los espacios donde exhibe, no son el resultado final, sino un medio para comunicar o estimular la reflexión, como piezas de un rompecabezas que el espectador debe armar para sacar sus propias conclusiones.

Por eso, sus exposiciones terminan siendo experimentos-laboratorios en torno a la educación, que están en constante proceso de transformación, y son enriquecidas por la participación del espectador, quien finalmente decide qué tanto quiere aprender o enseñar.

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Lo que interesa a Paris es perder el control de su obra y crear un intercambio de conocimiento, para producir reflexiones, aun tiempo después de verla. Y aunque esta interacción puede ser divertida y lúdica, no es necesariamente fácil. De hecho, su obra tiene varias superficies y matices, que a medida que uno va descubriendo revelan conceptos personales, universales, complejos y profundos. Sobre esto y la evolución de su trabajo quiso preguntarle Belén Sáez de Ibarra, que está al frente de la Dirección Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia, y curó su exposición titulada “el diálogo, el rumor, la luz, las horas o (el lugar para observar el proceso de transformación)” en la Galería Elba Benítez en Madrid.

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Detalles del proyecto presentado en la Galería Elba Benítez de Madrid

BELÉN SÁEZ DE IBARRA: Presiento como si el trabajar con el polvo de mármol y harina en el suelo, marcara un hito en tu trabajo, como un punto que cierra y abre procesos. Creo que ya te había dicho que para mí hay muchas cosas poderosas allí, por ejemplo esta instalación tiene un fuerte poder evocador de mi propia infancia…, qué magia más tierna y más difícil. ¿Cómo lo ves tú?

NICOLÁS PARIS: Aunque es una idea que empecé a explorar hace un par de años, es la primera vez que presento una pieza hecha con polvo de mármol, cemento blanco y harina. Escoger el piso como superficie de trabajo y esos materiales abrió ideas, preguntas, intenciones, me liberó de inseguridades, y me permitió prescindir de respuestas que ya conocía. Siempre he aspirado a que mi obra sea una arquitectura efímera, y tomarla como un ejercicio para despojarme de la forma, especular con el diálogo como un medio o soporte, continuar la investigación sobre la idea de herramienta, y tratar de entender lo que significa la idea de proceso.

Además, quiero que mi método de trabajo se enfoque cada vez más en la palabra, el susurro y el rumor. Me gusta pensar que si tienes algo que decir al mundo, la mejor forma es hacerlo como un susurro. Perder el control de esa idea y que se convierta en un rumor.

Hace poco realicé unos talleres con niños y adultos, los mismos ejercicios, pero en diferentes momentos. Me sorprendió que las respuestas y comentarios al respecto, con diferencias de forma, fueran esencialmente los mismos. Esa condición humana es la que me interesa y poder llegar hasta el punto intermedio en el que estamos habitando el mismo momento, el mismo instante que nos hace parte de un mismo sistema. Para mí esa instalación me acercó a lugares de inestabilidad o me situó en espacios efímeros de concentración. También me ayudó a ver que el proceso es ahora.

M. B. S. I.: Observándote trabajar recordé un pequeño texto de mi papá, el profesor Jesús Sáez de Ibarra, que respondía a la pregunta: ¿Qué es un filósofo? «…un hombre que por algún error inscrito en alguno de sus genes, perdió su connatural capacidad de crecimiento y se quedó niño. No pudo pasar evolutivamente a persona adulta…». ¿Qué le dirías tú a él de esa respuesta?

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N. P.: Las palabras de tu papá me conmovieron y me hicieron pensar en las posibilidades de crecimiento, pero de los genes. Me gusta pensar que nosotros somos un albergue de un puñado de genes y que la real evolución no es de nuestra especie, sino más bien que somos una estructura, una arquitectura efímera en la que los genes evolucionan. No tenemos el control y tan solo somos habitaciones. Esa idea de algún error inscrito me emociona y me hace reflexionar sobre la posibilidad de entrar en un diálogo errático con los genes que me habitan y así perder la capacidad de solo ser un espacio, abrir un diálogo y construir un lugar para compartir. Por ejemplo, construir el lugar de un niño cuando está desarrollando su estructura de aprendizaje.

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M. B. S. I.: ¿Te gustaría la idea de que este trabajo evocara una imagen poética de la filosofía?

N. P.: Sí, me gustaría que el trabajo evocase una imagen que se puede replicar, hacerlo crecer como un sistema de pensamiento o sobre una reflexión que se encuentra en la punta de la lengua. Considero que una idea o una intención se transforma en algo poético cuando alguien más lo puede replicar. Por ejemplo, en el momento en que el tiempo y espacio de la galería se expanden, ese momento se transforma en algo diferente que toma otro rumbo gracias a los posibles códigos que maneja el espectador, en donde este trae sus experiencias y deseos, sus formas de reflexionar y una estrategia que lo moviliza. Es como un amor de darse (ágape) a los experimentos mentales, a la especulación y a encontrar diferentes formas de compartir nuestro tiempo y así construir nuestros pensamientos.

M. B. S. I.: Y ya que no me respondiste al asunto de la infancia…, supongo que puedo enviarte esta reflexión que mi padre evocó en los últimos momentos de su vida: «Hemos sido agraciados con la suerte de comenzar nuestra vida siendo niños, de llegar a la existencia estrenando la infancia. Y siempre podremos seguir disfrutando de ella. Puesto que de aquellos años guardamos los recuerdos más claros. Las primeras sensaciones, el primer descubrimiento de la vida. Sin duda un diminuto y escondido manantial de irrenunciable ternura que es el más valioso activo que nos dio la existencia». Esta obra está llena de infancia. ¿Será por eso que todos los que pasaron por la exposición se sintieron felices? Como asaltados por una alegría sin razón aparente. ¿Lo notaste? ¿Por qué piensas que aparece esto así tan fresco, tan claro?

N. P.: Sentí la esperanza de que esta obra pudiera servir para algo más que únicamente un intercambio de servicios y objetos. Para mí esa es la idea de felicidad, creer que otra persona puede tomar lo que estamos presentando o disponiendo y usarlo para encontrar nuevas posibilidades en su propio tiempo y espacio. Así, sentí que eso ya no me pertenece, y que puedo seguir mi camino más liviano, reinventarme, como se hace en la infancia.

M. B. S. I.: Tu obra es un proceso que surge en el hacer. Quizá a eso te refieres cuando me dices «el proceso es ahora». ¿Te das cuenta de que esa forma de trabajar es muy personal? Además trabajas des-haciendo, eliminando, borrando. En realidad tu obra no tiene comienzo ni fin. Lo estás haciendo a tu manera.

N. P.: Trabajo como artista porque para mí ha sido una herramienta para engranar mis intereses y de alguna forma sentir que estoy vivo o continuar con la incompleta construcción de mi identidad. Así, me gusta la idea del autoaprendizaje, que es lo mismo que des-aprendizaje, y de creer que todo evento, encuentro, tropiezo es en sí un momento de autoverificación.
Pienso que la mejor forma de acceder a los demás, a su pensamiento, es desde la verificación de mi propio pensamiento. Para mí, siempre es mejor partir de mis experiencias personales. Haber sido profesor en una escuela o haber pertenecido a un grupo de aprendizaje en una escuela ha sido mi mayor influencia y será mi mayor aspiración.

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Mayo
12 / 2015
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