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Doris Salcedo: "El arte no tiene la capacidad de redención"

La curadora Belén Sáez de Ibarra escribió sobre el significado de la obra de Doris Salcedo y la importancia de su trayectoria.

<div>La artista Doris Salcedo.</div>
<div>Detalle de Atrabiliarios, 1992-2004.</div>
<div>Sin título, 1989-90/2013. Foto: Óscar Monsalve.</div>
<div>Disremembered I, 2014. Cortesía de Alexander and Bonin.</div>
<div>Sin título, 1989. Foto: Jason Mandella.</div>
<div>Sin título, 2003. Foto: Sergio Clavijo.</div>
<div>A flor de piel, 2011-2012. Foto: Ben Westoby.</div>
<div>Detalle de Atrabiliarios, 1992-2004.</div>

La curadora Belén Sáez de Ibarra escribió sobre el significado de la obra de Doris Salcedo y la importancia de su trayectoria.

Doris Salcedo ha dicho de muchas  formas que  “el arte es impotente”. Se refiere también al poeta Paul Celan –una de sus más profundas influencias–: todo lo que hacemos es en vano, sin embargo es esencial hacerlo. Como es esencial para la sociedad abrigar el arte, pensarse y conocerse a través de él. Porque es quizá el arte capaz de realizar esa figura política que en cada obra exponga la propia inoperancia y la propia potencia, en ese hueco que se abre, en ese vacío donde se muestra lo que no puede ser dicho. Ese espacio vacío entre vida y estética.

Doris Salcedo acude a este vacío, para marcar la ausencia, para inscribir allí una imagen, que se opone a la imagen atroz de la inhumanidad de la violencia. Como ella lo refiere: “El arte no tiene la capacidad de redención, el arte es impotente frente a la muerte. Sin embargo, tiene una habilidad, y es traer al campo de lo humano la vida que ha sido desacralizada y darle una cierta continuidad en la vida del espectador”.

Su compromiso a lo largo de estos treinta años de trabajo ha sido precisamente buscar  esas imágenes para recuperar la humanidad y la sacralidad perdida en la barbarie de la violencia, para la dignidad no solo de aquellos que murieron o la sobrevivieron, sino la dignidad de todos que compartiendo la condición de vivientes asignados a la felicidad y a la conciencia, estamos implicados en un destino común. Una apuesta a que la vida en su más alta condición como expresión de la inteligencia, regrese y encuentre su curso en cada uno de nosotros y en el lazo que nos une.

Para Doris Salcedo el arte ofrece una pausa para que todos podamos reflexionar. El arte con sus propias imágenes, que opone a las imágenes del horror, puede contar unas “nuevas narrativas” de acontecimientos que no debemos olvidar, pero que debemos humanizar en nuevas imágenes que no repitan la violencia de ninguna manera.

Esta forma de recordar se transforma en el tiempo y se procesa en nuestro presente y futuro. Sería esta la memoria de los vencidos, de las víctimas. Una nueva “historia” al margen del “poder” con su unificación restrictiva y destructiva de las singularidades y de la renovación.

En 2010, al recibir de manos del príncipe Felipe de Borbón el Premio Velázquez en el Museo del Prado de Madrid dijo, entre otras cosas, frente a Las meninas: “Mi obra rota alrededor de la experiencia de aquellos que habitan en la periferia de la vida, en el epicentro de las catástrofes”. Para ella es muy importante su lugar de enunciación como  artista del tercer mundo y desde allí se confronta con las lógicas del poder.

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Muchos han sido los reconocimientos a lo largo de su consistente carrera como artista: en 1995 la beca Solomon R.Guggenheim Foundation. En 2005 el premio Ordway, Penny McCall Foundation. En 2010 el Premio Velázquez de las Artes Plásticas del Ministerio de Cultura de España, otorgada por primera vez a una mujer latinoamericana. En 2014 el premio de arte Hiroshima que acogió en dicha ciudad una compleja muestra de Doris Salcedo en el Museo de Arte Contemporáneo, como forma de conmemoración, duelo y renovación en una ciudad que se asume como lugar simbólico para desmarcar la barbarie.

Ha recibido apoyo institucional para instalaciones de gran envergadura como la comisión de la obra Shibboleth en el Turbine Hall de la Tate Modern de Londres (2007), que por primera vez invitaba a un artista latinoamericano. Y la comisión de la Fundación Calouste Gulbenkian para Plegaria muda (2011) que ha hecho un extenso recorrido internacional.

Esta retrospectiva también es un reconocimiento a una trayectoria plena en la creación de obras fuertes y con la capacidad de instalarse en la conciencia.

Todo ello destaca el particular rigor de Doris Salcedo en sus largos procesos de investigación –tan cercanos a las ciencias “duras”– que en su taller congrega, en estrecho diálogo con ella, a expertos y ayudantes de diversas disciplinas.

Su trabajo es marcadamente transdisciplinar en varios sentidos: transita por distintos modos de conocer y de ser de la conciencia. Y también entre diversas disciplinas del conocimiento racional. Esta es la razón por la que su obra alcanza a llegar a la conciencia: porque está concebida íntima y simultáneamente desde el pensamiento y la sensibilidad que le es propia al arte como expresión del hombre que habita sin palabras en la lengua. Su búsqueda en el taller/laboratorio es estética y poética luchando por el control y sometimiento de la materia.

En contraste con esta ambición, Doris Salcedo reconoce como único camino la humildad. “Creo que un artista es una persona muy humilde que tiene que estudiar, trabajar duro, para ser capaz de conectar experiencias distintas, experiencias humanas, y entonces, de la poesía, la filosofía y los distintos campos del conocimiento humano, tú puedas enlazar todo en una obra de arte”.

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Organizada por el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, esta es una exhibición valiente que reúne un cuerpo de obra de instalaciones de envergadura que no ha sido visto junto antes. Sin duda, un momento que marca una pausa de profundo silencio.

Lo que se verá

La exposición, que comienza este 21 de febrero, estará abierta hasta el 24 de mayo próximo. Es curada por la MCA Pritzker Director Madeleine Grynsztejn y Julie Rodrigues Widholm. Incluye instalaciones mayores desde su etapa temprana a partir de 1990, hasta una nueva pieza inédita Disremembered, que consiste en esculturas que conforman especies de túnicas cosidas con hilos de seda cruda, tramando entre ellos cerca de 12.000 agujas. Entre las instalaciones se encuentran el grupo de un vasto número de esculturas hechas en concreto llenando muebles encontrados, y que jamás han sido exhibidas  juntas desde su creación en 1998; La casa viuda (1993-1995); Unland (1995-1998); Atrabiliarios (1992-2004); Plegaria muda (2011); A flor de piel (2011-2012), además de un documental que recoge sus obras efímeras y de espacio público. Luego viajará a otros museos como el Solomon R. Guggenheim Museum, de Nueva York.

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