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¿Quiénes son los verdaderos impulsores del arte colombiano?

El mundo del arte que se produce en el país no es una invención ni un boom. La escena es potente gracias a la visibilidad que le han dado algunas personas del sector hoy está más viva que nunca.

Foto: Mónica Barreneche

El mundo del arte que se produce en el país no es una invención ni un boom. La escena es potente gracias a la visibilidad que le han dado algunas personas del sector hoy está más viva que nunca.

En medio de una apacible visita al río Amazonas, una ráfaga de metralla.

• Decenas de racimos de plátano en vía de putrefacción cuelgan del techo. Las minipantallas que los acompañan proyectan imágenes de masacres. El aire pesado, nauseabundo, es puro halo de muerte.

• Sobre un cementerio de mesas silenciosas, casi solemnes, un brote. Es la vida la que se manifiesta.

• Unas cajas de cartón decoradas en papel de regalo estrellado, tan cándidas como perversas, aluden al ‘pago’ por los dineros calientes de una campaña presidencial.

• Los rostros de una decena de mujeres golpeadas, dignas y ya sin miedo, que se cuelan entre los retratos celebratorios de los prohombres de esta nación.

• La presencia de los desaparecidos que surgen, de repente, por nuestro aliento.

• O el llanto de muerte, el trino, mientras la corriente del río Cauca pasa veloz.

Todas estas son imágenes que Alberto Baraya, José Alejandro Restrepo, Doris Salcedo, Juan Fernando Herrán, Libia Posada, Óscar Muñoz y Clemencia Echeverri le han dejado al repertorio del arte nacional y que hoy recobran sentido en un escenario internacional que intenta definirnos, entendernos.

Estas obras presentan un panorama de la historia reciente de Colombia al que le sobran las palabras, las explicaciones. Son un aullido ahogado de dolor –una cicatriz, un golpe– que es parte de nuestro pasado, de nuestro presente; y que ha estado allí, paradójicamente, desde hace años, pero al que solo hasta ahora tantos quieren nombrar como ‘arte colombiano’ (“La nueva ola de artistas colombianos se gana el interés internacional”, titulaba el Financial Times en abril pasado o “La escena del arte colombiano se calienta”, señalaba el Wall Street Journal en junio). Y se insinúa entonces –la prensa– que se trata de un boom (tal vez porque Hans Ulrich Obrist, figura internacionalísima de la curaduría mundial, lo denominó ‘el milagro colombiano’, o porque un joven pintor originario de La Paila seduce a los mercados de una forma extraordinaria –al punto que el NY magazine le consagró una portada: “Óscar Murillo encapsula perfectamente el estado del arte contemporáneo hoy”).

Pero, más que una cuestión de boom mediático ese arte que ahora exaltan esas voces extrañadas y fascinadas, ha estado allí, potente y permanentemente, sobrecogiéndose a su realidad desde hace décadas. “La crisis se volvió nuestra normalidad –explica Óscar Roldán, cocurador de la reciente muestra ‘Realidades en conflicto’–, y es en ese estado de zozobra en donde los artistas son fundamentales pues no han depuesto su capacidad soberana. Eso les permite crear”. Tal vez por ello, como explica la galerista Catalina Casas (Casas Riegner), “no es que acá haya pasado algo, es que nos miraron finalmente”. Ya no como artistas aislados, sino como una escena rica y diversa que no puede pasar desapercibida.

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“¡Es como si alguien llegara a decirnos a estas alturas que descubrió a Cildo Meireles!”, explica el curador José Roca, haciendo referencia a los trabajos de Óscar Muñoz o Miguel Ángel Rojas. “¿Cómo no los conocían?”, se pregunta, con el mismo ímpetu que Casas cuando exclama que cómo se puede decir que Beatriz González sea una artista emergente, como la nombran algunos tras su paso por la Bienal de Berlín. Este desconocimiento, en gran medida, se debió a los problemas de violencia que impidieron que, por años, curadores, artistas y coleccionistas consideraran a Colombia en sus visitas. “Y hoy se encuentran con una escena consistente y artistas que de no haber vivido tales circunstancias serían de primera línea”, continúa Roca.

Aun así, ese ‘efecto isla’ ha sido extrañamente una de sus fuentes de riqueza. “El estar marginados de la escena del arte internacional les hizo inventarse su propia escena”, asegura el curador Jaime Cerón y agrega la galerista Beatriz López (Instituto de Visión) “por haber permanecido aislados durante tanto tiempo, fuimos un modelo con pocos recursos pero mucho peso intelectual y recursividad para resolver los problemas. Eso, sumado a ser una isla colonial al tope de una montaña, con más de 100 años de guerra y una relación tan estrecha con las drogas. Los artistas han tenido mucho de dónde coger”.

¿Qué pasó?
Si las obras están allí. ¿Si los artistas han sido consistentes y la historia tan determinante por qué no han trascendido por fuera del país? ¿Por qué hasta ahora el mundo está ‘descubriendo’ a tamaños talentos que hay en Colombia? Aunque esto, estrictamente, no es tan cierto, pues desde hace décadas artistas notables participan en exposiciones, bienales y ferias internacionales, lo que es verdad es que, para el gran público, nunca habíamos aparecido tan regularmente –ni como un bloque– en el radar internacional. Durante demasiado tiempo vivimos ensimismados. Para Carlos Urroz, director de ARCOmadrid el interés tiene nombre propio: “Doris Salcedo en el Turbine Hall de la Tate Modern, en Londres, 2007”. Y complementa Álex Mor (Mor Charpentier), galerista colombiano en París, “cuando nosotros nos lanzamos en octubre de 2010 a presentar a Óscar Muñoz, nos decían: ‘¿Artistas colombianos? ¿Dónde es eso? ¿Qué es eso?’. Eso ya no pasa”.

Mucho dio de qué hablar, antes de ello, la exposición curada por Hans Michael Herzog de la colección Daros, en Zurich, Cantos cuentos colombianos, realizada en su sede europea hace una década. A los ya mencionados Rojas, Salcedo, Restrepo y Muñoz, se le sumaban María Fernanda Cardoso, Oswaldo Maciá, Rosemberg Sandoval, Juan Manuel Echavarría, Fernando Arias y Nadín Ospina, para enriquecer las miradas tan disímiles de lo nacional.

También, caminando solos, otros fueron armando su carrera. Es el caso de Johanna Calle quien, con rigor y poesía, fue imponiendo el dibujo a quien solo veía pintura y por ello fue observada desde finales de los años 80 por los ojos de grandes curadores: Cecilia Fajardo-Hill, Carolina Ponce de León, Carmen María Jaramillo, José Roca, Mari Carmen Ramírez, Adriano Pedrosa, Jens Hoffmann, Rodrigo Moura y Virginia Pérez-Ratton. Desde hace seis años la representa Casas Riegner con la cual ha participado en numerosos eventos internacionales, entre ellos Miami Art Basel, Frieze Londres y Nueva York y actualmente la Bienal de Sao Paulo. Su obra reposa en colecciones institucionales (Museo de Bellas Artes de Houston, MoMA, Inhotim y la Biblioteca Luis Ángel Arango) y por fuera de Colombia la mueven la galería Marilia Razuk, de Sao Paulo y la Krinzinger, de Viena. Una obra hecha a pulso que hoy recoge los frutos sembrados por tantos años de trabajo. Y que contrasta con el vertiginoso éxito que están obteniendo las nuevas generaciones de artistas.

Es allí donde empieza a cambiar el orden de los factores. Y a entenderse este fenómeno llamado ‘arte colombiano’. Y que Colombia sea el país invitado a ARCOmadrid el próximo año: “Para que haya un país invitado tiene que haber todo un núcleo de galerías que puedan tener la capacidad de salir al exterior a una feria y eso Colombia lo tiene ahora”, asegura Urroz.

De la ‘isla’ a la ‘escena’
Hoy, gracias a la feria de arte de Bogotá, ARTBO, que cumple diez años y cada día se consolida con mayor potencia en el continente, se siente que todos los esfuerzos que se han construido a lo largo de los años –hasta hace poco más como proyectos personales– tienen mayor firmamento, un futuro. “La gente quiere ir a la feria y es porque María Paz Gaviria la ha internacionalizado, la ha vuelto más competente, más coherente, más ambiciosa”, comenta Álex Mor. Algo que confirma Ana Sokoloff, “la gente que hoy participa en la promoción de la cultura ha hecho en los últimos siete años lo que no logramos hacer en 20”.

Y sin embargo aquellos a los que hace referencia Sokoloff sí que sembraron. Celia de Birbragher, como coleccionista y gestora, pero, sobre todo, como promotora de una de las primeras publicaciones especializadas de arte latinoamericano, Art Nexus. Carolina Ponce de León, creadora del programa Nuevos Nombres en el Banco de la República, que tiene en sus récords haber expuesto apenas empezando a Doris Salcedo (a quien el próximo año le harán una retrospectiva tres museos estadounidenses), Delcy Morelos o María Fernanda Cardoso. También José Roca, su heredero en esa institución, quien presentó grandes exposiciones y luego puso a circular a artistas colombianos en sus propias curadurías en las bienales de Sao Paulo y Mercosur. ¿O cómo no mencionar a Jairo Valenzuela quien le apostó desde 1989 al arte contemporáneo en Valenzuela & Klenner y ya en los 2000 en la feria (y ahora bienal) La Otra? ¿O a Jaime Iregui y Lucas Ospina, quienes han tomado la bandera de la crítica de arte en el portal esferapublica? También los curadores Inti Guerrero, María Inés Rodríguez o Juan Andrés Gaitán, desde afuera, han logrado incluir a los ‘artistas colombianos’ dentro del discurso global de sus exposiciones (Gaitán coordinará la propuesta de ARCO). Y la misma Ana Sokoloff desde hace años asesora a coleccionistas internacionales para que inviertan en obras de arte latinoamericano y, particularmente, colombiano.

Pero lo que sí es cierto es que desde mediados de este inicio de siglo entró en la jerga del medio artístico nacional una palabra que antes era casi un pecado mencionarla: mercado. Hoy cada día más artistas viven de su oficio. “El trabajo artístico ya no es para morirse de hambre, sino que se volvió una posibilidad de sustento económico”, asegura Jaime Cerón, quien fuera hasta hace unos meses Asesor de artes visuales del Ministerio de Cultura. El trabajo se ha profesionalizado y el creciente interés por estudiar artes plásticas en el país da cuenta de ello.

“He entrado a mercados donde antes no tenía acceso y eso me favorece mucho porque me permite hacer más proyectos y, de alguna manera, el que mi trabajo llegue a diversas colecciones esto hace que la mirada revierta en Colombia, lo cual es muy bueno para todos”, cuenta Miler Lagos, uno de los artistas de la nueva generación cuya obra no ha parado de valorizarse y ya hace parte de colecciones como la de Los Rubell o cifo, así como de las universidades de Harvard o la Unam. Pero lo propio le pasa a Mateo López, Gabriel Sierra, Nicolás París, Felipe Arturo o Nicolás Consuegra. Todos cuentan con representación internacional, han estado en residencias con pares de otras latitudes, sus obras ya reposan en importantes museos del mundo y ninguno alcanza los 40 años (Lagos tiene 41). En cuestión de seis años, sus trabajos pasaron de costar 1.000 dólares a, fácilmente, 30.000.

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Las cada día más importantes y nutridas misiones de curadores y coleccionistas internacionales que llegan a Bogotá en los días de la feria significan visitas a los estudios de los artistas, conexiones, encargos para curadurías o adquisición para colecciones internacionales. Y eso se siente, como lo expresa Carolina Ponce de León: “Regresé a Colombia, después de casi veinte años, atraída por lo que se percibe como una apuesta a la excelencia tanto en el arte como en la gestión cultural, la investigación y la escritura sobre arte (…). La diversidad de la escena artística en Colombia refleja el mundo del arte globalizado. No hay una escena, sino muchas escenas diferentes que se complementan y se contradicen”. Para la curadora, en comparación con la escala aún abarcable del mundo del arte de 1994 (año de su partida), el de 2014 resulta más democratizado, diverso y poblado. “Esto lleva a una escena artística vital y en continua expansión”.

La violencia como tema
“Hay un interés particular por el dibujo, por el papel y la madera, materiales nobles que provienen de un contexto más rural y menos industrializado, eso les llama la atención afuera: es una suerte de arte povera sin querer serlo. Allí los materiales y técnicas adquieren cierta presencia poética y política”, asegura Mateo López, a quien el MoMa le adquirió la instalación de los ferrocarriles de Colombia que expuso en el Salón Nacional de Artistas de 2008, una nostalgia histórica que pese a su belleza está cargada de sueños frustrados de desarrollo.

Si bien muchos artistas de la nueva generación se han distanciado de la denuncia o el señalamiento directo de la violencia nacional, es indudable que el tema hace parte de nuestro ADN y que es difícil salirse de allí. Cuenta Ponce de León, “porque estuve cerca de artistas como María Teresa Hincapié, Mapa Teatro, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas y Doris Salcedo y otros que redefinieron en los ochentas y comienzos de los noventas una noción de arte que responde al momento político, me interesa cómo han evolucionado las sensibilidades y prácticas del arte en torno al tema político y los discursos sobre violencia en la vida nacional a través de la obra de artistas nacidos después de 1970”. Se refiere, en puntual, a los desafíos y las provocaciones que plantean artistas como Wilson Díaz, Nadia Granados, Edinson Quiñones y Edwin Sánchez. “Esta generación creció con el conflicto y en medio de procesos políticos enturbiados por la doble moral, la corrupción, y las alianzas entre la clase dirigente y el paramilitarismo. Muchos artistas tienen un vínculo de primer grado con la violencia política y el conflicto armado desde diferentes experiencias, perspectivas, realidades regionales, clases sociales y estrategias de sobrevivencia económica”.

Y esto es lo que parece llamar tanto la atención por fuera. La interpretación sensible de nuestras realidades. En lo que Solita Mishaan creyó mucho antes que otros. Esta coleccionista le empezó a apostar al arte latinoamericano y colombiano hace 27 años, cuando éste aun no era sino una extravagancia. “El interés ha ido cambiando conforme nosotros nos estamos haciendo más visibles y los ojos del mundo se pusieron en Latinoamérica. Todos quieren ver a lo que dejaron de ponerle atención por años, así como lo que no han descubierto”, acota Mishaan.

Déficit institucional
Es tiempo de ver de nuevo el orden de las cosas. Porque llegamos al punto donde el mercado está suplantando las funciones del museo (con sus muchas actividades fuera del circuito comercial), o donde los espacios no institucionales –Flora y NC Arte mandando la parada– tienen mayores signos de vida que, los museos. A excepción del Museo de Arte Moderno de Medellín –Mamm– y algunos programas del Museo de Antioquia, el panorama institucional en arte contemporáneo es árido en Colombia. “Hay pocas instituciones en Colombia y casi tampoco hay donaciones: no se nutren los museos, ni crece el mercado al nivel de México o Brasil, países que tienen cada uno más de 20 museos relevantes y varias colecciones privadas dedicadas a lo público. No hay compradores institucionales que estén soportando el auge del mercado”, dice preocupada Gaviria.

Y ese es, justamente, el reto que se ha impuesto el Mamm: “Si el museo quiere seguir en esta línea de posicionamiento estratégico nacional y global, el gran tema es el de las adquisiciones. En 36 años nunca hemos comprado una obra, razón por la cual tenemos vacíos muy grandes”, explica María Mercedes González, su directora. Hoy, en plena ampliación de su sede y con la ciudad y la empresa privada apostándole todo a la cultura, no puede sino sentirse una gran esperanza en este campo. Pero es claramente insuficiente.

En cuanto al mercado, ya llega ARCO que para su director “va a ser un punto de inflexión y va a crear un efecto multiplicador en el interés de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos en artistas colombianos”. Tendremos que ver si estamos en capacidad de asumirlo. Lo bueno de ARTBO es que, todavía es pequeña. No pretende pintar un panorama inflado ni booms donde no los hay. Con todo, el 80 por ciento de sus ventas son a compradores internacionales. Salimos al mundo. Ahora, quizá, vale la pena que nos concentremos en invertir en nosotros mismos y sostener y bombear esta escena, en casa y así no tener que ir a ver las grandes piezas que producen nuestros artistas en colecciones internacionales.

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Octubre
14 / 2014


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