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Ricardo III, el rey de Inglaterra que pusimos en siglo XXI

Conozca la reacción de Ricardo III de Inglaterra, este vilipendiado personaje inmortalizado por la literatura, al encontrarse en el siglo XXI.

Foto: David Garrick playing Richard III by William Hogarth

Conozca la reacción de Ricardo III de Inglaterra, este vilipendiado personaje inmortalizado por la literatura, al encontrarse en el siglo XXI.

Traedme un asiento”, dijo el rey Ricardo III mirándose al espejo. Luego acercó la cara para vérsela mejor, y durante un minuto estuvo así, yendo hacia adelante y hacia atrás como un péndulo. Algo casi grotesco: se inclinaba asombrado, abría los ojos, se los restregaba, se daba un par de palmadas en los pómulos, y luego volvía a tomar distancia. “¿Traedme un asiento he dicho? ¿Traedme? No: ‘traedme’ suena muy anticuado, muy triste. Mejor tráiganme un asiento por favor”.

Por fin se lo trajeron y entonces se sentó, sin ninguna elegancia. Al revés: desgarbado, con un pie tendido y un brazo en el espaldar, y la otra mano dentro del pantalón, jugando con sus genitales.

Volvió a verse en el espejo, ya sin sorpresa. Se rió con escepticismo y dijo en voz baja, casi en secreto: “No has cambiado nada: el mismo hombre temeroso de siempre”. Del otro lado del espejo el otro también sonrió; el otro, él mismo.

Más de cinco siglos estuvo enterrado en un parqueadero el rey Ricardo III, y en septiembre de 2012 alguien lo encontró entre los escombros. Se acaba de confirmar, en la Universidad de Leicester, su identidad. La quijada, la joroba, la maldad: todo en orden.

“Un parqueadero: eso es lo que más me indigna: qué sitio tan infame para un rey”, dice el rey. Se acomoda en el asiento. Del otro lado del espejo le responde su reflejo: “No os quejéis, majestad: hay quienes la pasan mucho peor en los cementerios”.

Ambos se ríen a carcajadas. “¿Puedo hacerle una entrevista en pleno 2021 a nueve años de su segundo despertar?”, pregunta el de afuera. “A eso he venido a este año”, responde el de adentro. Ricardo III: frente a frente, ante el espejo. Su primera aparición pública después de tantos, tantos años. Que empiece la función.

Ricardo III (frente al espejo): ¿Era de verdad tan feo y tan malo, majestad?

Ricardo III (desde el espejo): Todos los hombres lo son, lo somos. Tal vez sí, y hablo por mí, es solo mi opinión: era jorobado y medio cojo. Pero esas eran apenas mis virtudes. También era ansioso e implacable. Todos los hombros son feos, y los hombres también.

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Ahora: mi imagen posterior fue deformada por razones de utilidad escénica, casi de utilería, y eso sí me ha indignado toda la vida. Toda la muerte, diré. En fin: no era yo un Adonis, ya le dije. Pero de ahí a aceptar ese monstruo en el que luego me metieron sí que no, eso no.

Además, y esto es muy importante, valdría la pena saber qué es lo bello. Yo no creo que nadie, ni el tal Shakespeare ese, o comoquiera que se llame –Chespirito–, yo no creo que nadie pueda decir con certeza qué es lo bello para siempre. Una idea eterna de la belleza es inmoral; la belleza es un hallazgo de cada momento de la historia, y cambia con los días.

Quién sabe si en mis tiempos no era yo codiciado por alguna dama; quién sabe si no arrancaba de algún rincón una sonrisa, un suspiro. Además era rey, no se olvide usted de eso –claro que no, usted no se olvidará de eso jamás–, lo que siempre compensa cualquier defectillo. Es más: me atrevo a decirle que Elizabeth de York me amó de verdad. Que me amaba. Éramos…

Ricardo III (frente al espejo): No, no se me adelante, majestad. Cuénteme más bien cómo llegó a ser rey usted, que no era el heredero. Siempre ha sido un tema muy polémico, ¿no es verdad?

Ricardo III (desde el espejo): Veamos: mi hermano, el rey Eduardo IV, llegó al trono con mucha dificultad. Usted sabe que nosotros, de la casa de York, éramos la “rosa blanca” en la guerra de las Rosas; siendo la otra casa, la de Lancaster, la “rosa roja”.

Así que él se impuso a la fuerza como rey y yo lo ayudé siempre. Luego murió y su hijo debía heredarlo, pero era un niño. Él y su hermano fueron convidados a la Torre de Londres y en un extraño episodio desaparecieron sin más; pido que se investigue ese hecho.

Un hecho ante el cual no tuve más que hacerme cargo de la monarquía, por dos siniestros años en los que me acecharon las intrigas, las conspiraciones. Quise casarme con mi sobrina Elizabeth (le prometí que mi esposa moriría, y murió), hermana de los dos niños extraviados en la Torre; pero el pueblo se opuso. Perdí la batalla de Bosworth Field y allí me acostaron en el lomo de un caballo, sin darme cristiana sepultura.

Ricardo III (frente al espejo): ¿Y qué piensa de su imagen después de la muerte?

Ricardo III (desde el espejo): Pues le repito: fui víctima de la necesidad de los teatreros, siempre, de que haya un malo.

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Yo era el malo perfecto: feo, deforme, apocado. Me gusta mi imagen en la obra de More, y que Laurence Oliver me hubiera interpretado. Y la canción de Supergrass que lleva mi nombre. De resto son las perfidias de Shakespeare, ese mediocre.

Ricardo III (frente al espejo): ¿Y el mundo de hoy?

Ricardo III (desde el espejo): Bueno: es obvio que no entiendo nada. Cuando me fui no había ni siquiera telégrafo, y el mundo era un poco más pequeño. De ahora odio el Telegram, pero me encantan la internet y los Sex Pistols.

El rey, afuera, sonrió de nuevo. No había más tiempo. En el espejo se vio su reflejo: una calavera sonriente también, con un letrero colgado: “Valet Parking”.

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Marzo
11 / 2021
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