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Juan Villoro: la afición en primera persona

Además de los once de la cancha, la multitud es la verdadera protagonista en el estadio. Nadie más solitario y acompañado que el hincha.

Además de los once de la cancha, la multitud es la verdadera protagonista en el estadio. Nadie más solitario y acompañado que el hincha.

Toda su pasión y su fuerza la retrata Juan Villoro, el gran escritor mexicano, hincha como pocos.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 435, junio de 2006

Si hubiera un campeonato mundial de aficiones de fútbol, una figura posible sería México-Escocia.  Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios.

Desde niño sé que no soy testigo de los mejores partidos.  La sensación de estar lejos de los jugadores prodigiosos se recrudeció cuando empezamos a ver goles por televisión satelital. De cualquier forma en mi calidad de aficionado mexicano sabía desde un principio que la pasión por el juego no puede depender de los resultados, tantas veces adversos.

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Elegir un equipo es una forma de elegir cómo transcurren los domingos.  Unos optan por una escuadra de sólido arraigo familiar, otros se inclinan con claro sentido de la conveniencia por el campeón de turno. En ocasiones, una fatalidad regional decide el destino antes que el sujeto cobre conciencia de su libre albedrío y el hincha nace al modo ateniense, determinado por la ciudad.

Otras elecciones son más caprichosas, como el flechazo por un jugador, un ídolo de embrujo capaz de resumir las ilusiones de la infancia.  Nada resulta tan doloroso como la partida a otro club de ese consentido de la gloria que parecería condensar en su pecho los sueños de la colectividad. Casi siempre el hincha que creía en el héroe sigue fiel al club, por más que la motivación inicial se haya ido.  Resignado, busca en los once fantasmas que ahora juegan por él la magia del genio primero.  El fútbol se convierte a partir de ese instante “sólo” en un juego de conjunto, donde nada es individual hasta que el apóstata vuelve al campo donde fue un dios de mediodía y los que antes lo adoraron sienten en la boca la saliva amarga del desencuentro y comprenden, con el dolor de la lucidez, que el dispensador de proezas no es suyo y acaso nunca lo fuera.

En esa tarde de descontento el joven aficionado se hace hombre, cumple el rito que la separa de los anhelos perfectos, entiende que ningún héroe es definitivo y que también él tiene un interés que ya no busca individualidades: un equipo, esa abstracción de colores.

A veces la pasión futbolera comienza apoyando una camiseta, al margen de quien se la ponga.  Los fans de tendencia epidérmica no son cautivados por el espíritu sino por el aspecto de su equipo. Fanáticos de ciertas rayas y no de otras. Esta atracción textil dura con mayor facilidad. Aunque la camiseta sea infamada por anuncios comerciales, el forofo de escuela cromática tendrá ahí perenne razón para crecer.

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Una vez elegido el club que determina el pulso de la sangre, no hay camino de regreso. Aunque se mencionan ejemplos en los que el raciocinio ha intervenido para mudar de entusiasmos, el fanático de raza no recusa a los suyos, así reciban golizas de escándalo. Es posible que el fútbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional; rebasarla significa traicionar la infancia, negar el niño que entendió que los héroes se visten de blanco o de azulgrana.

Nuestra inconstante realidad acepta mudanzas de ideología o vocación y acaba por ajustar a las de sexo o religión después de alguna terapia. Pero es difícil traicionar la actividad que Javier Marías definió como “la recuperación final de la infancia”. ¿Quién, que haya depositado su ilusión en un equipo, puede entender un cambio de intereses en la edad adulta, esa fase que el fútbol intenta abolir?

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Junio
17 / 2014

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