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José Emilio Pacheco y la derrota del olvido

Recordamos al poeta mexicano José Emilio Pacheco que revolucionó el género en toda Latinoamérica.

Foto: Angélica Martínez/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 3.0)

Recordamos al poeta mexicano José Emilio Pacheco que revolucionó el género en toda Latinoamérica.

«No tomes muy en serio lo que te dice la memoria. A lo mejor no hubo esa tarde. Quizá todo fue autoengaño. La gran pasión sólo existió en tu deseo. Quien te dice que no te está contando ficciones para alargar la prórroga del fin y sugerir que todo esto tuvo al menos algún sentido», José Emilio Pacheco en Memoria.

Aún cuando José Emilio Pacheco hubiera sido hospitalizado la semana pasada y entre sus amigos —como señaló Elena Poniatowska en declaraciones para El País— comentara acerca de los estragos del tiempo en su salud, su muerte ha tomado al mundo literario por sorpresa pues de cierta manera la fuerza del poeta, ensayista, narrador y traductor al que tanto le debemos los lectores latinoamericanos, parecía incontenible.

José Emilio Pacheco, una vida de letras

Nació en Ciudad México el 30 de junio de 1939 y falleció el domingo 26 de enero, dejando tras de sí una obra vitalista que reflexiona sobre el paso del tiempo. Y el inevitable destino al que nos lleva. Desde su poesía más temprana hasta sus libros de cuentos y artículos de prensa. Pacheco plantea a la escritura como una herramienta para vencer al olvido, para vencer a la muerte.

La vasta trayectoria de Pacheco lo convierte en una de las figuras más importantes de las letras latinoamericanas no sólo desde el ámbito de la creación sino también los de la divulgación, la gestión cultural y la crítica.

Su carrera como periodista literario, traductor y editor se inicia cuando todavía era un estudiante de la UNAM en la revista Medio Siglo. Luego dirigir el suplemento de la revista Estaciones (1966) a partir de lo cual su actividad será ininterrumpida y lo consolidará como una de las grandes figuras de la Generación de Medio Siglo. Junto a Carlos Monsiváis y Sergio Pitol con quienes compartió —además de una sólida amistad—. Rasgos como la irreverencia y el humor crítico, a la vez que un desdén por las formalidades y el arribismo de la sociedad mexicana de su época, y una revaloración de la belleza contenida en el desorden de la vida cotidiana.

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De poesía y otros géneros

Dentro de las particularidades que atraviesan su obra poética desde su primer libro Los elementos de la noche (1963), pasando por Ciudad de la memoria (1990). Y hasta su último poemario La edad de las tinieblas (2009), se destaca la incorporación de una suerte de optimismo acerca de la fragilidad. Y el caos que sería posible a través de la poesía, del trabajo constante con la palabra que puede escapar al tiempo y volverse eterna.

En cuanto a sus colaboraciones para la prensa, Pacheco rechazó con fortaleza y sencillez los convencionalismos. Desde un discurso coloquial, cercano a los lectores , pero a su vez se convirtió en un referente importante para comprender la historia y tradición literarias de Hispanoamérica, así como en un observador detallado de la realidad social de su país y el resto del continente.

Adicionalmente, su interés por las variaciones lingüísticas del español. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en 2006—. Lo llevó a preguntarse sobre la validez de las normas académicas y cuestionar la manera en la que se establecen los usos del lenguaje, siempre señalando que en su opinión ninguna forma de expresión puede juzgarse como más “correcta” que otra dentro de la lengua.

Lo único constante es el cambio de José Emilio Pacheco

Precisamente a partir de esa fascinación por la lengua, por el sentido múltiple de las palabras. Se explica que otro de los rasgos fundamentales de la escritura de Pacheco sea su insistencia en la corrección y reescritura de sus propios textos.

Lo anterior resulta coherente con lo que se comentaba al inicio sobre su idea de la escritura como una forma de vencer al olvido y la muerte. Un testimonio de la existencia humana: Pacheco no consideraba a los textos como productos acabados y estables sino como fruto del tiempo mismo a través de las palabras. No deja de ser paradójico cuando su gran motivo poético fue “el ahora”.

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Los reconocimientos merecidos por su actividad literaria, periodística y académica entre los que se encuentran galardones como el Premio Nacional de Periodismo de México (1980). El Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2004) , el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y el Premio Cervantes en el mismo año. Durante cuya entrega se da la famosa anécdota de que sus pantalones se caían pues en sus propias palabras nunca se había disfrazado de pingüino. Contrastan con el hombre que dejó muy en claro en sus pocas entrevistas y presentaciones públicas que más que la gloria literaria siempre le interesó poder ser leído y sobre todo, nunca parar de escribir.

No es un vacío lo que deja la partida de José Emilio Pacheco pues su poesía, tal como se lo propuso siempre. Ha ganado un lugar eterno en la memoria de los lectores hispanoamericanos. Los estudiosos de su obra presentan al fuego como uno de los grandes símbolos de la misma. Y señalan que representa a la palabra poética que arde e ilumina al mundo. En el caso de Pacheco, la llama no se extingue.

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Abril
10 / 2021
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