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Maria Fernanda Cardoso: la vida como obra de arte

Reconocida por su Circo de las Pulgas, la colombiana residente en Sídney, Australia, es uno de los tres artistas con los que Seguros Bolívar inició su colección de libros de arte contemporáneo.

Foto: Juan Felipe Rubio

Reconocida por su Circo de las Pulgas, la colombiana residente en Sídney, Australia, es uno de los tres artistas con los que Seguros Bolívar inició su colección de libros de arte contemporáneo.

Se hizo mundialmente conocida por el Circo de las Pulgas. Hace diez años estuve en el Museo de Arte del Banco de la República, que aunque no trajo el espectáculo completo puso una carpa y un video. Desde entonces pensaba en ella como una artista arriesgada y con sentido del humor.

Su nombre volvió a mi cabeza con la propuesta para entrevistarla. Vi un par de videos en Internet. Entendí que su carrera había avanzado de la mano de la ciencia, en un video repetía la palabra biofilia, en otro decía “mi interés está en la vida”. Me sentí confundida. No alcanzaba a captar su trabajo, hablaba de animales y de evolución.
La llamé. Contestó una voz amable. Me dio cita en la casa de su madre y me recibió una mujer de aspecto muy joven, con una sonrisa amplia, una piel envidiable y una cascada de pelo castaño, vestida en caquis y botas. La acompañaba un French Poodle. No se quejó por mi retraso de media hora. Subimos hasta el penthouse donde una vista espléndida y un mullido sofá nos esperaban.

María Fernanda Cardoso no es una persona egocéntrica y me sentí a gusto a su lado. Me ofreció algo de beber. Pedí un café, ella no tomó nada. Maneja su cuerpo con la destreza y elegancia de una bailarina. Lo mismo su voz y sus manos, delicadas, precisas. Parece estar despierta y alerta y al mismo tiempo plácida, relajada.

Antes de encender la grabadora, contó haber venido a Colombia para el lanzamiento del libro de Seguros Bolívar, para traer a su hijo a estudiar español una temporada, para dar unos talleres con la Secretaría de Cultura de Bogotá y participar en el Coloquio Errata sobre arte. Entre una cosa y otra surgió una exposición en la Galería Casas Riegner que no había sido planeada: “Quiero que mi familia conozca Colombia y también yo que no he podido viajar, porque siempre que vivía aquí era muy peligroso”.

Salió del país en 1987 para asistir al programa de escultura de Pratt Institute y posteriormente hizo una maestría en Bellas Artes, escultura e instalación de la Universidad de Yale. Antes de eso había estudiado un par de semestres de Arquitectura en Los Andes, donde se graduó de Artes Plásticas.

“La gente aquí es mucho más cálida”, me dice abriendo su computador MacBook Air para mostrarme unas fotos de su última exposición. No lleva esmalte ni maquillaje. Se sienta en el sofá con la espalda muy recta y antes de abrir el archivo me dice que su hijo está muy contento en el Gimnasio Moderno: “Usa la palabra chévere”, añade con una sonrisa. “Le parece que los muchachos son más queridos que los australianos. Además, todos juegan al fútbol, es genial”. Vive en Sídney con su esposo y colaborador Ross Harley con quien tiene dos hijos de doce y quince años.

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“Te voy a mostrar las fotos de la instalación”, me dice. Y añade: “Soy doctora, tengo un Ph. D. porque necesitaba la credibilidad de los científicos”, al decir esto su mano morena hace una escaramuza en el aire. “Entonces –continúa– para llegar a la isla tomas el ferri en el centro de la ciudad, al lado de la Casa de la Ópera, pasas debajo del puente de la bahía y llegas como a una isla industrial donde estaban todas las instalaciones regadas para que la gente fuera entrando y saliendo de los edificios”. Cardoso se refiere a MOCO, el Museo de Órganos Copulatorios (Museum of Copulatory Organs), su obra más reciente y, a mi modo de ver, la más alucinante.

NO ES EL TAMAÑO LO QUE IMPORTA
Bajo el título de It is not size that matters, it is shape, la isla industrial se pobló de penes microscópicos erigidos en monumentales esculturas.

Cuando era niña, su padre les regaló a ella y a su hermana, la cineasta Patricia Cardoso, los libros de la Expedición de Mutis. María Fernanda pasaba mucho tiempo observando la belleza del dibujo, pero también sentía una curiosidad por esa vida y por las reglas del juego de su existencia, una que tenía lugar mientras nadie estaba observando: “Me interesan esas cosas que suceden al límite de lo visible –dice–. Piensa que cuando uno pone el pie sobre el tapete, puede estar destruyendo un organismo complejo y sofisticado que ni siquiera sabíamos que estuviera ahí”.

Confieso que esta reflexión me acompaña ahora mientras camino, mientras trabajo y mientras descanso imaginándome ácaros copulando bajo el colchón, pulgas a lomo de perro buscando una pareja y garrapatas en fase de conquista. En un video, Cardoso suelta esta frase: “Hay un montón de sexo sucediendo a nuestro alrededor y ni nos damos cuenta”.
De vuelta a su MacBook Air, Cardoso abre unas fotografías de esculturas blancas, inmaculadas, de una complejidad y una belleza en sus formas que asombran. Instalados en medio de la sala de una edificación, los penes de una mantis religiosa, o de un escorpión, desconciertan por su espléndida morfología. Al verlos en tres dimensiones, se puede pensar en un paisaje marino, en las flores raras de algún recóndito desierto o en la vegetación de un planeta imaginario.

LA VIDA ES BELLA
Caracolitos con falos como medusas. Gorgojos que maltratan a la hembra durante la copulación. Flechas de cupido que se disparan como dardos de amor. Hermafroditas que definen quién es el macho y quién la hembra a la hora del sexo. Hembras que almacenan espermatozoides y luego eligen cuál de todas las muestras usar para concebir.

El sexo de los animales minúsculos es un espectáculo de belleza desconocida. Detenerse a observar, con ojo de científico, si se quiere, o con ojo de artista, que a veces se cruzan y se guiñan entre sí, es un privilegio que nos abre los ojos a una comprensión de la vida sin juicios ni preconceptos. María Fernanda alarga el saco y limpia la pantalla por tercera o cuarta vez. Cuando un rato más tarde dice que es meticulosa, me ahorro la tentación de responderle: “Ya lo había notado”. Me ha mostrado tanto trabajo que me siento como cuando se lleva horas recorriendo un museo y se quiere parar para pensar en lo que se ha visto y digerirlo. Pero no hay tiempo para esto. Ahora me enseña la imagen de dos insectos copulando, aparece el pene verde y de repente desaparece. Me habla de un falo medusa, que tiene pelos, y me explica que la microscopista al verlo pensó que era un parásito, pero yo sigo pensando en la belleza de la imagen y en lo importante que resulta observar la sexualidad por fuera de cualquier principio moral. Mirar.

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En el documental que hicieron sobre ella, Cardoso dice que en algún momento sintió un deseo imperativo de tener hijos, como si fuese una necesidad. Australia parecía un bello lugar para tenerlos. Al otro lado del mundo, María Fernanda vive junto al mar, tiene una huerta, se dedica a la jardinería y pasa largas horas observando animales minúsculos. Le pregunto cómo es un día suyo: “Hablo con mi esposo después de comer; hablo con mi esposo al despertarme. Tenemos un diálogo muy intelectual, trabajamos juntos y hablamos mucho de los proyectos –Ross ha hecho todos sus videos–. A veces uno tiene una pregunta en la mañana y no para de estar ahí en todo el día. Mis niños son lindos e independientes. Hablamos español en casa”.

Como un director de orquesta, como un inventor, como los artistas de antes, especializados en prácticas tan diversas, Cardoso está pendiente desde el detalle más pequeño de cada objeto, de cada dibujo, hasta de los materiales, los textos, la iluminación, las vitrinas, la modelación y la impresión de los objetos en 3D, los microscopios más avanzados, las pruebas con vidrio, con bronce, siempre llevando la hazaña técnica al límite de lo posible sin perder de vista el centro de su investigación y de su creación artística: la estética del sistema de reproducción.
“He estado leyendo de sociobiología –dice– y creo que muchas de las decisiones que tomamos los humanos son evolutivas, no individuales”. Íbamos a hablar de todo un poco, y al final pasamos más de una hora hablando de su último proyecto. Empieza a caer la tarde.

Antes de despedirme confiesa que se conecta más con la gente como ella, gente que hace cosas con las manos, que se sabe los nombres de las plantas. “Y no hay mucha gente así”, añade. La recuerdo diciendo que su jardín atrae insectos y pájaros: “Yo por mí viviría en un terrario. Tengo insectos mascota”, agrega con una sonrisa. Es la misma persona que al comienzo de la entrevista dijo: “Lo que más me interesa es la vida”. Y ahora lo comprendo, la vida está en el centro de su obra, casi se puede decir que es la materia de la cual está hecha.

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Enero
02 / 2014


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