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Óscar Muñoz y la condena a mirarnos de frente

Óscar Muñoz es uno de los grandes referentes del arte contemporáneo actual en el mundo. Maestro del retrato, el escritor y columnista Ricardo Silva Romero logra develarlo.

Óscar Muñoz es uno de los grandes referentes del arte contemporáneo actual en el mundo. Maestro del retrato, el escritor y columnista Ricardo Silva Romero logra develarlo.

Óscar Muñoz retrata el mundo sin perfiles, sin remates. Se sienta frente a la calima caleña de siempre, entre los recuerdos de un país que ha sido una guerra, de una familia misericordiosa que desde niño le permitió la suerte del arte, y de una obra, la suya, que ha sido una suma de reflejos y de rastros, que habla –esto es, que ve– por cada uno de nosotros, y desde la ventana de turno comete una vez más la proeza de precisar lo impreciso.

Muñoz sigue siendo todo lo que fue. Todavía piensan por él sus ojos y sus manos. Aún hoy, a los 62, después de cuarenta años de carrera, es el autor de una mirada (como un par de gafas) que nos trae el segundo plano hasta el primero; es el artista que tiene claro que se fracasa con nobleza cuando se trata de ponerse en escena a uno mismo; es el dibujante realista que sospecha que está fijando en vano las noticias, que siente nostalgia por una comunidad que asuma el vaivén de la creación y que ha comenzado a notar que Colombia sucede de puertas para adentro.

La obsesión de Óscar Muñoz

 

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El artista no avanza en línea recta sino en círculos. Quiero decir: su obra no va dejando obsesiones atrás, como quien riega boronas y sigue adelante en el camino, sino que, como quien va tomándose una casa habitación por habitación, va cargando más y más formas de reconocer que el mundo es un lugar borroso y veloz que necesitamos llenar de bordes.

Todo regresa en su trabajo, todo: el realismo extremo pero impalpable de los retratos de Interiores (1976), los dibujos incómodos de las exposiciones conjuntas con los artistas que –con una serísima vocación al público y una innegable habilidad para el juego– hicieron a Cali consciente de sí misma, el voyeurismo y la melancolía y el enigma de Cortinas de baño (1984), y la reflexión incansable, en todos los sentidos y todos los soportes, que es el origen de Levantamiento (1987), Tiznados (1991), Ambulatorio (1994), Biografías (2002), Palimpsesto (2003), Re-trato (2003), Línea del destino (2006), A través del cristal (2010) y Fundido a blanco (2010), no sucedieron ayer, sino que están sucediendo en este mismo momento: se están haciendo, se están viendo, se están interpretando.

La interpretación del arte

Pienso en Aliento (1996), señor espectador. Usted se pone enfrente de esos espejos redondos y brillantes, atraído, fatalmente, por la luz de las superficies y por su propio reflejo. Y cuando cede a la tentación de echar su aliento, que es su vida y su sombra (que es su vida y su muerte, mejor), sobre su propia imagen de persona sorprendida, descubre el rostro de una persona –un otro– que no había visto nunca antes.

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Por qué, para qué: quién sabe. Quizás Óscar Muñoz le está diciendo que no es posible ver el propio rostro sin transformarlo irremediablemente en el proceso o que estamos condenados a mirarnos a nosotros mismos hasta volvernos alguien más o que mientras hacemos lo mejor que podemos para ser alguien (“es duro ser alguien pero funciona”, cantan los Beatles) están ocurriendo mil personas más. Sea como fuere, usted está ahí. Y la experiencia frente a esa figura que viene y se va resulta absorbente, estremecedora.

Pienso, ahora, en Narciso (2001): en el autorretrato que Muñoz pintó con polvo de carbón sobre el agua apozada en un lavamos solo para registrar el momento en el que se va por el sifón como se acaba yendo todo.

El autorretrato de Óscar Muñoz

Pienso en la angustia que se siente mientras se tiene enfrente aquel video. Que “así va a ser”, que “así es”, que “es mejor reconocer que todas las cosas deben pasar”: todo eso se siente mientras en el autorretrato los ojos se van recogiendo y la boca se va frunciendo y la cabeza se va volviendo un torbellino negro que pronto se va a perder para siempre.

Desde el comienzo ha habido narcisos en el arte: de Caravaggio a Dalí ha existido el empeño de recrear el mito griego del hombre encantado por su propia imagen. Ha habido luego, según Freud, narcisismo: esa patológica búsqueda de uno mismo, tan evidente, en especial, desde los años ochenta del siglo pasado, que permite que aquel que la padece pase por las personas como por sobre un escenario.

Y Muñoz, que tiene un pie en la pregunta por la representación y otro en los tiempos que corren, deja constancia de lo conmovedora que ha sido nuestra perseverancia a la hora de dejar nuestro rastro, nuestro rostro, en nuestro paso por la vida, pero advierte, me temo, que es mejor ver entre todos, que uno no existe si no es visto por los otros, que una biografía se escribe a muchas manos.

Una obra que se transforma

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Por cuenta de su incapacidad para conocer y amar a los demás, el Narciso del mito griego es condenado por la diosa de la venganza a enamorarse perdidamente de su propia imagen reflejada en el agua: hipnotizado por los detalles de su cara, con la angustia del hombre que no es capaz de deshacerse de sí mismo, Narciso acaba lanzándose como a un abismo. Porque la única manera de seguir con vida es liberarse de uno mismo, dejar de verse a la cara, perderse en los otros.

Que es lo que Óscar Muñoz ha sospechado, me parece, durante toda esta obra suya que no comienza ni termina sino que se transforma. Se ha visto a sí mismo. Se ha contenido en un puñado de líneas como si fuera posible. Pero consciente de que el arte es para él, pero también para los que quieran, deban, sepan recibirlo, ha estado tejiendo sus imágenes pensando en los que están afuera.

El fantasma del espectador

Óscar Muñoz nunca está solo mientras está trabajando. Aletean, alrededor suyo, los fantasmas de los espectadores que busca, que espera, que ponen en escena su libreto. Su obra es el resultado de un inagotable amor por el mundo, por la vida, que aspira a ser correspondido.

Hubo un tiempo en su carrera en que los cineastas, los escritores y los demás artistas le susurraban al oído con esa voz caleña, grave y aguda al mismo tiempo. Hubo una vez en que le abrió las puertas al público con la ilusión con la que un hombre canta sobre un escenario: vengan, pasen, bienvenidos a mis gafas.

Pero esa época remota –en una Colombia que carga sus páginas judiciales en las primeras planas, en una Cali habitada por tantos ojos penetrantes– sigue sucediéndole a esta hora de este día.

Muñoz, el hombre resignado a que el mundo sea un boceto, se ha levantado hoy con nostalgia de los otros. Trabaja impaciente porque sabe que están esperándolo allá afuera.

El artículo Óscar Muñoz y la condena a mirarnos de frente fue publicado originalmente en Revista Diners de enero de 2014

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11 / 2021
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