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ArtBO: ¿La violencia como parte del decorado?

La Feria Internacional de Arte de Bogotá, artBO 2013, estuvo impecablemente montada, pero deja la sensación de que la violencia es coleccionable. ¿Existe un límite?

La Feria Internacional de Arte de Bogotá, artBO 2013, estuvo impecablemente montada, pero deja la sensación de que la violencia es coleccionable. ¿Existe un límite?

Si en 2005 la galería más irreverente de artBO fue Valenzuela Klenner (por cuenta del mercadito tipo pulgas que instaló en su stand y que le valió las críticas que hicieron que decidiera montar su feria paralela La Otra, dos años más tarde), este año, indudablemente, es La Oficina, la icónica galería dirigida por Alberto Sierra, con sede en Medellín. Con la imagen de la entrada de su stand basta para saberlo.

Una foto de Jesús Abad Colorado, reputado reportero gráfico del conflicto colombiano, presenta a un soldado que tiene tras de sí una pancarta que dice más o menos lo que sigue: “Bienvenidos, este es un territorio de riesgo para…” (y sigue un listado de una serie de enfermedades tropicales), lo cual no deja de ser una ironía que el propio fotógrafo revela, al quedarse solo en el enunciado, sin mencionar las enfermedades, léase territorio de riesgo para. Allí está el guiño para encontrarse con un stand con obras aparentemente inofensivas pero que son pura candela: unos zapatitos de bebé en una vitrina, que con unas insignias papales y una referencia al Procurador, resultan una crítica directa al moralismo que se está tomando el país; recortes de prensa con los rostros pintados con un código de color encima: políticos, guerrilleros, militares, clero, todos, comprometidos en noticias contradictorias de nuestro país, unos cándidos afiches a mano que muestran a Naomi Campbell testificando por sus diamantes de sangre en Sierra Leona (todas de Jorge Julián Aristizabal); grandes paisajes rojos, verdes o azules, que pierden su belleza al recordarnos algunas de las peores masacres del país o bombazos (Iván Hurtado).

En esta novena versión de la Feria Internacional de Arte de Bogotá, si bien hay de todo, hay una fuerte presencia de obras relacionadas con la violencia: pistolas, mini uzis, un móvil de cuchillos, un cuchillo en piedra, el retrato de un mara con pistolas tatuadas en su cara, un bordado con las palabras narco, una escultura que en lugar de LOVE dice PUTA, un letrero de neón que dice Miseria… en fin. Queda claro que, como señala la historiadora de arte María Soledad García, una feria logra domesticarlo todo y nada desentona, la estetización de todas estas manifestaciones de violencia les permite entrar cómodamente a la sala de una casa. Pocas producen conflicto al mirarlas, y se vuelven paisaje, muy a pesar de su contenido. O no.

Otras galerías, aunque trabajan con temas relacionados con una memoria de dolor, lo hacen de una forma completamente distinta. Voluspa Jarpa introduce páginas de los archivos desclasificados dentro de los libros escolares de historia de los países que han padecido dictaduras; Yoshua Okon “enlata” risas de decenas de empleados chinos de maquila en una situación que busca señalar su uniformidad y desolación; Teresa Margolles ensucia un vidrio entero de sudor y fluidos de jóvenes mexicanos para criticar las muchas muertes de esta población en ese país; Graciela Sacco encierra unos ojos inquietos detrás detrás de un guacal de madera y pareciera que las paredes nos miraran y que, además, tuvieran miedo; Marwa Arsianos presenta la desaparición de un lugar emblemático de Beirut con una chaqueta realizada con las cortinas de ese espacio; un paisaje tropical está invadido por una especie de explosión inmensa, en la ligera pieza de Elena Damiani; Tatiana Blass presenta un hombre arrodillado se va consumiendo lentamente hasta quedar su columna expuesta; el silencio de la prensa se delata en decenas de placas metálicas de impresión completamente vacías, como nos lo muestra Fernando Arias; la memoria de los lugares abandonados en la investigación fotográfica y documental de Pedro G. Romero (-Los países son sus paisajes. –Entonces, ¿los países son sus paisajes? –Sí, sus paisajes. -¿Los países? -¿Sí? –¿Los paisajes? –Sí. –Entonces el problema no son los países, son los paisajes).

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Y otras más se fueron por temas que directamente hacían referencia a sus países. NoMínimo, de Ecuador (Guayaquil), expone unos enormes tejidos con motivos indígenas (interesantes porque su escala los convierte en una pieza que va más allá de la artesanía) y en la exposición de los proyectos individuales, Anthony Arrobo alude a la idea de la fiesta popular haciendo una gran escultura de globos que se repelen. Por su parte, Salar Galería de Arte, de Bolivia, muestra un trabajo de Sonia Falcone, pilas de minerales de colores increíblemente vivos, que expone en vitrinas individuales creando unas sugerentes piezas de escultura. Asimismo, Jaqueline Martins, de Brasil, tiene como objetivo de su galería el rescate de material documental de los artistas trasgresores de su país de los años 80, silenciados por la historia oficial de sus países. Presenta, así, registros de performances que hicieron historia.

Algunas galerías decidieron irse por un solo show, en lugar de mostrar la variedad de los artistas que representan, lo que no deja de ser una audacia y un riesgo, una apuesta derivada de una confianza total en su propuesta. Hubo dos ejemplos puntuales que siguieron esta idea: Alonso Garcés Galería, de Colombia y Steve Turner Contemporary, de Estados Unidos. El primero le hizo una exposición a Manolo Vellojín, rindiéndole un homenaje en este año que murió, y el segundo presenta dentro de un nicho oscuro y muy sugerente, a Pablo Rasgado. La Galería Sextante, por su parte, si bien tiene algunos otros artistas, presenta una exposición de las esculturas monumentales de Hugo Zapata que se imponen en el espacio.

Resulta interesante, también, que varias galerías lograron mostrar una reinvención de algunos de sus artistas representados. Es el caso de Jenny Vilá, que apuesta por Elías Heim, que si bien muestra una de sus conocidas máquinas (increíble, en todo caso) en el stand, en la sala de proyectos individuales presenta una instalación impresionante sobre el trayecto de una bala. Igualmente, en Mor Charpentier invitaron a María Elvira Escallón a proponer una pieza y la artista creó una poderosa escultura sobre el icónico aerolito de Santa Rosa de Viterbo con su curiosa historia de disección.

Al igual que el año anterior, la curaduría de los proyectos individuales resulta ser el lugar más sugerente de la feria, y aunque es una exposición, no es ajena al carácter comercial del evento que la convoca. Las obras, muy bien elegidas por José Roca, sugieren una idea de la ciencia y el arte muy distintas la una de la otra. La campaña contra el maltrato animal de Minerva Cuevas convive con la propuesta poética de Monika Bravo de volver tangibles las ciudades invisibles de Italo Calvino o la instalación de Santiago Leal que, con alambres de púa, cuestiona la idea de libertad.

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Para finalizar, no deja de resultar curioso que sea una feria la que convoque de una manera tan masiva a la gente “para ver arte”. Pareciera que hay un desplazamiento del lugar de la exhibición. De hecho, es muy interesante que en su ponencia en el foro académico de la feria, el historiador de arte Serge Guilbaut (en voz del curador venezolano José Luis Blondet) haya criticado tanto el papel del museo que, en una carrera mercantilista, dejó de ser el lugar del pensamiento para convertirse en el lugar del entretenimiento por excelencia con exposiciones tipo Blockbuster, todas itinerantes y de tesoros del mundo (Van Goghs, Cézannes, Los impresionistas, las antiguas civilizaciones y, preferiblemente, mucho oro).

Adicionalmente, en el pabellón pedagógico de Articularte, dos de las actividades propuestas tienen que ver con la memoria, uno de los pilares de los museos: darle un lugar en una vitrina a algo que se tenga consigo y rotularlo con una ficha técnica señalando sus características y usos. Y registrar rarezas en una grabadora que harán un inmenso archivo de anécdotas de todo tipo. Así, es en una feria de carácter comercial donde se discute sobre los acervos, el patrimonio, la memoria, los nuevos públicos y la banalización de la cultura. El coleccionista que compra en las ferias se convierte entonces en un nuevo actor de gran relevancia para la sociedad, sobre todo si de su pasión deriva un apoyo a los artistas que seguirá alimentando esta cadena del mercado.

¿Qué más queda? Para algunos, pocos, una compra. Para el resto, la mayoría, una buena colección de fotos en Instagram.

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Octubre
28 / 2013
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