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La artista María José Arjona es sorprendente

La artista del performance está en un momento estelar de su carrera y ha puesto en la mira de muchos tan compleja disciplina. Rigurosa y poética, su obra se ha visto alrededor del mundo.

Foto: Claudia Uribe Touri

La artista del performance está en un momento estelar de su carrera y ha puesto en la mira de muchos tan compleja disciplina. Rigurosa y poética, su obra se ha visto alrededor del mundo.

CONTRA EL OLVIDO

Ese 6 de septiembre fue distinto, claramente distinto a cualquier otro. Esa noche varios soñaron con ella, como lo confesaron al día siguiente. Otros la acompañaron durante horas y horas en algo que bien habría podido calificarse de trance. A muchos, su mirada nos había atravesado. Y estaba adentro. Era difícil no hablar de María José Arjona ese día, pensarla, tenerla en mente, sentirla, conmoverse con ella, por ella. Todo había empezado a las diez de la mañana en medio de los actos de apertura del 43 Salón (Inter) Nacional de Artistas, aunque para ella había comenzado desde las nueve.

La sala oscura del Museo de Antioquia solo recibía la tenue luz del pasillo y brillaba apenas con las tres velas que la artista fue reemplazando a lo largo del día cada vez que se consumían. Al fondo, un video proyectado mostraba un molino de maíz en movimiento, con un sonido aullante que después de oírlo minutos se convertía en un mantra. Vestida de negro, pies descalzos y guantes de látex, Arjona repitió, en la obra Tiempo medio, una secuencia que se volvió su trayecto ininterrumpido durante 25 horas: tomar de una caja, en el extremo de una mesa larga, un poco de harina de maíz, amasarla lentamente, hacer una bolita, aplanarla y morderla, imprimiendo así su huella dental en ella, mirarla (despedirse), caminar hacia el otro extremo de la mesa, contemplarla de nuevo, ofrecérsela a quien quisiera recibirla o depositarla allí mismo hasta acumular los 50 kilos de masa que representaban su propio peso.

Fue la reconstrucción de un cuerpo a través de decenas de placas dentales que no hicieron más que recordarnos la tragedia de la desaparición. Un ritual contra el olvido en donde la potencia del gesto residía en la repetición, en la solemnidad, en la capacidad de permitirnos entender el dolor ajeno y hacérnoslo propio, sin aleccionar a nadie. Quienes allí estábamos la acompañamos en dicho camino, y, sorprendentemente, al regresar repetidamente a su procesión, el grado de conexión iba aumentando, como si estuviera cargando el espacio de algo tan abstracto como el misticismo. Había logrado la compasión, ese estado conmovedor del padecer juntos. A punto de cumplir el día entero de entrega a esta ceremonia, a las 9:45 de ese sábado 7, se le veía transformada, recorrida, los guantes rotos, las ojeras marcadas, el peso del cansancio de quien decide recordar para siempre, con la conciencia plena de la soledad. Digna. Plena. Fue un momento impresionante.

Y eso es el performance. Una experiencia. Única, irrepetible. Un momento y un lugar.

 “Todos queremos experiencias, todos los curadores las quieren y buscan, pero no se puede pasar por ahí si no entiendes que eres tú el que gesta la experiencia de todo. Si eres capaz de hacértelas y catalizarlas, el mundo entero se te vuelve la obra y, como decía Beuys, allí, todos somos artistas. Y te vuelves a sorprender de todo”.

ENTENDER EL CUERPO

Es indudable que al hablar de este arte/disciplina, el cuerpo se vuelve la pregunta principal. Sobre su resistencia, y la fuerza, y el límite. Y el exceso. Para el artista que hace performance es la decisión radical de señalar algo y, para que lo veamos o sintamos, debemos de concederle tiempo. Ir sin afanes. Una hora, seis horas, tres meses. Un día completo sin hacer más que repetir un movimiento es lo que nos ofrece el artista y nosotros vemos si entramos allí, en esa nueva dimensión en la que completamos la obra. Es una reiteración que nos muestra lo que somos o de lo que somos capaces como hombres, más allá del artista.

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Una pareja se mira de frente y se grita sin parar durante 45 minutos hasta quedar sin voz; se amarran el pelo del uno con el otro y durante 17 horas halan cada uno para su lado; luego de caminar a lo largo de la muralla china durante dos meses, cada cual desde uno de sus extremos, al encontrarse, pasan de largo y terminan así una relación afectiva y de trabajo artístico de más de una década. Estos ejemplos, reales, fueron realizados por la mayor inspiración de María José Arjona: Marina Abramoviç (y quien fuera su compañero Ulay).

Fue a ella a quien descubrió en unas fotocopias mientras estudiaba Bellas Artes en la Academia Superior de Artes de Bogotá en los años noventa. Una foto bastó para entender lo que significa el control: Abramoviç estaba abrazada por varias serpientes pitones, “la primera lectura de la imagen me hacía pensar en cómo vencer el miedo rodeada de un animal que te podía dañar y lo que ello implicaba en entrenamiento psicológico y físico”, cuenta Arjona. Con ella entendió el significado de la disciplina y del límite, o la falta de límite de su mentora, mejor: se pasó un cuchillo a toda velocidad entre los dedos, hiriéndolos inevitablemente; puso toda clase de objetos peligrosos para el uso libre del espectador, adquiriendo este el poder de decidir herirla o no; se enclaustró en una habitación, solo con agua, de la cual podía escapar solamente si bajaba unas escaleras hirvientes o con cuchillos filosos. Y resistió 12 días.

Uno se pregunta para qué. “El lenguaje del arte contemporáneo es muy complejo y hay que oírlo. Porque con la razón no vas a entrar a la obra”, explica la artista bogotana. Pero la respuesta es también una paradoja. Llevar el cuerpo al límite del riesgo le devuelve un lugar protagónico al cuerpo mismo. Y por extensión, le concede un valor excepcional al milagro de estar vivos: Si eres consciente del cuerpo, te resistes absolutamente a la violencia”. Y, quizá, es una buena manera de describir lo que se siente al ver a María José Arjona en sus performances, en una década en la que ha ido consolidando su práctica en todas las esquinas del mundo y con los más grandes: hay en ellos un enorme cuidado. Con todo lo que significa la palabra.

Hace poco les puso a unos estudiantes de artes de Bogotá y del Colegio del Cuerpo de Cartagena unos ejercicios que ella misma practica: ayunar; cerrar los ojos durante cuatro horas (en ese calor y sin dormirse); parar hileras de huevos sobre una superficie plana; separar cientos de granos de arroz por colores y, luego, escribir sobre el mar su cantidad, mientras esta se borra con las olas; abrazarse uno detrás del otro, respirar sincrónicamente y voltearse al mismo tiempo, acostados sobre la arena. Al final, luego de todo ese esfuerzo, les armó bolitas de cardamomo, nueces y almendras, las forró de hojilla de oro (lo mismo que la propia Abramoviç le dio a ella antes de la enorme retrospectiva de su trabajo en el 2010 en el MoMA, en la que invitó a la colombiana a participar en la recreación de sus performances) y se las brindó como un regalo y un agradecimiento a todo ese tiempo entregado a ellos mismos.

La conexión en un performance está en lo invisible, así que para que la gente reaccione de ciertas formas el cuerpo tiene que estar preparado. Hay que entrenarse, y estos ejercicios lo que detectan es el rigor contigo mismo, se evidencia la dejadez, la pereza o el tedio, y al mismo tiempo, revelan que eso tan poco importante que les pongo a hacer se vuelve valioso porque es tiempo. Y cuando logran parar un huevo pueden ver qué significa el equilibrio y así, desprenderse y soltar. Si podemos controlar las manías del día a día, eso nos da fortaleza, y esta produce una inmensa felicidad”.

Porque de control se trata, pero no solo del artista, sino del espectador, quien debe tomar decisiones: ¿Cómo quitarle el diamante que tiene en la boca para ganárselo a la artista? ¿Pegándole o besándola? (On force, de la serie Vires, exercises on power, exercises of choice). O, ¿qué hacer cuando la única forma de liberarla de las puntas de metal que se le clavan en la piel es abriendo los candados? (On knowledge, de Vires también). Solo quien está allí tiene la posibilidad, y la voluntad, de hacerlo. Es claro que el que mira adquiere una responsabilidad.

LO ANIMAL

Hay algo de verdaderamente animal en María José Arjona. Su manera de mirarnos es como la de un lobo o un perro salvaje, estudiada, distante, precisa. Sus movimientos, calculados y refinados. Su percepción, aguda. De hecho, su figura ha estado presente en varios de sus trabajos. En Constellations claramente le rindió un homenaje a Joseph Beuys -el padre del performance mucho antes de llamarlo como tal- con un bastón apoyado en la pared y moviéndose cautelosamente como un coyote encerrado en un lugar que no le es natural. En On the power of images (de la serie Vires), arrastró un lobo disecado por Bologna, Viena y Nápoles y en Situación #2 (durante la exposición de la colección Maraloto en Bogotá), representó a un lobo blanco, doblando y desdoblando durante largos minutos figuras de origami, desconcertando al espectador en esa tensa calma de la inacción, un estado de desencanto que le resulta provocador y necesario para vivir también.

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Asimismo, las aves le son importantes y ha venido estudiando largamente su simbolismo y representación para las culturas ancestrales; su desdoblamiento místico. De la misma manera que con el lobo, le interesan, particularmente, aquellos pájaros que han sido asumidos como oscuros y peligrosos, como los buitres o los cuervos. O el cóndor. Justamente con uno de ellos actuó en la exposición Let´s do it, curada por el suizo Hans Ulrich Obrist, en Manchester. Allí, la invitación era seguir las instrucciones dejadas por artistas fallecidos para la reinterpretación de su obra. Ella debía seguir el legado de María Teresa Hincapié -la primera artista del performance en nuestro país. Arjona acogió esa idea del retorno a lo sagrado que planteaba Hincapié, presentando su propio viaje en una toma de yagé. Con el permiso de los taitas, escribió lo que le pasó por su cabeza en esos instantes posteriores a la toma y mandó esas frases amarradas de la pata de un cóndor que entraba por la puerta de la galería inglesa, y eran leídas a continuación por su entrenador. Fue la sensación.

“Cuervos y lobos subsisten gracias a sus propias diferencias y eso me interesa: los lobos cazan y le dejan restos a los cuervos y los cuervos les anuncian los peligros a los lobos. Mis cosas parecen oscuras, pero traen más luz que oscuridad. Ese tránsito de la oscuridad a la claridad es necesario y todos pasamos por él. Es como cuando llegas a un cuarto oscuro luego de haber estado en el sol y no ves nada. Cuando te acostumbras, ves mucho más. Para mí no se trata de ‘lo malo’, sino de lo que no ves. La fuerza está en esforzarse realmente en ver más”.

Los animales le han enseñado a entender la naturaleza humana. Le permiten describir el miedo. A los hombres, al pasado. A lo desconocido. A los fantasmas. Un caballo, enorme, le tradujo lo que estaba sintiendo íntimamente en un momento de su vida, en medio de una terapia equina. El instructor-terapeuta le dijo a la artista que pensara en su papá. El caballo inmediatamente se puso nervioso, como ella misma. Luego le dijo que trazara lo que ella consideraba era su espacio personal. Pintó un pequeño círculo en el que no cabía más que ella.

“¿Cómo quieres que ese caballo quepa ahí?, me preguntó. Era claro que ya no era del caballo a quien se refería. Supe que estábamos hablando de mi papá. Puso a caminar al animal y cada vez que pasaba cerca al círculo se inquietaba. ¿Qué vas a hacer para que quepa? O lo abres o lo borras, pero el caballo tiene que entrar en algún punto. Allí ves cómo la experiencia es solo contigo. Él reacciona a lo que tú estás sintiendo. Cuando te confrontas con este animal que es más grande y más poderoso, y ‘piensas’, no hay armonía ni sintonía entre ambos, pero cuando ‘sientes’, se vuelve del mismo tamaño que tú. Es muy impresionante y sueltas. Aprendes de humildad”.

Ahora explorará su lado de tigre. Durante un mes (del 27 de octubre al 22 de noviembre), en una bodega del centro de Bogotá, creará una nueva idea del paso del tiempo alrededor de cinco toneladas de piedras de una casa demolida, acompañada del sonido de una campana que irá aumentando su frecuencia día a día creando una atmósfera que seguramente será como entrar a un templo. Será la oportunidad para encontrar los hilos con los que ha ido tejiendo su obra, minuciosa y disciplinada, mística, potente y cargada de belleza y profundidad. No sin evidencias, su maestra, Marina Abramoviç, sabe que el futuro del arte que promueve está asegurado con la colombiana.

María José Arjona lo sabe, pero no cae ante el ego. Trabaja, en su lugar, callada y rigurosamente. Y cita a Borges como marco para su estado del alma actual:

“… Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espan­toso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, PERO YO SOY EL TIGRE; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El ‘mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciada­mente, soy Borges”.

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Octubre
06 / 2013

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