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"El periodismo es jugar a la precisión", Germán Castro

Su afán por ir más allá de las verdades a medias lo ha llenado de enemigos. No se siente estrella y, en el fondo, sigue siendo el mismo reportero que inició su carrera hace 26 años.

Foto: Archivo Diners

Su afán por ir más allá de las verdades a medias lo ha llenado de enemigos. No se siente estrella y, en el fondo, sigue siendo el mismo reportero que inició su carrera hace 26 años.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 270 septiembre 1992

Su carrera no ha sido fácil. En 1966, cuando la inició, Germán Castro escribía esporádicamente de toros en La República. Su amigo, el también periodista Carlos Alberto Rueda, le consiguió puesto allí como redactor general. Lo contrataron para titular cables internacionales, y no tenía idea de cómo hacerlo.

El propio Rueda le enseñó, en apenas quince minutos, las bases del oficio. Diez meses después dominaba ya la técnica, pero a la vez se sentía a la deriva. Lo suyo no era el trabajo de escritorio ni el espacio cerrado de una sala de redacción. Era la reportería. Le puso el ojo a Deporte Gráfico, una revista que acababa de fundar la organización Carvajal y que sí tenía recursos y espacio para reporteros. Pidió trabajo pero no se lo dieron. Nadie tenía por qué creer en él. Era un desconocido.

Entonces jugó a la aventura para demostrar que era capaz. En 1968 se realizaría la Olimpiada de México, la primera a más de mil metros de altura, y entrenadores y médicos de países desarrollados pensaban que ello causaría trastornos fisiológicos a los deportistas.

Montaron todo un laboratorio para ver qué pasaba, lo cual incluyó la organización, en 1966 y 1967, de semanas preolímpicas. Castro leyó esa información en el despacho de una agencia internacional.

Renunció a su cargo y decidió irse para México. Obtuvo el pasaje a crédito y llegó a su destino con noventa dólares en el bolsillo. La fase más crítica de su aventura no era, sin embargo, esa precariedad de recursos, sino que sus esperanzas estaban puestas en el eventual triunfo en las competencias del atleta colombiano Álvaro Mejía, una posibilidad de la cual no hablaba ningún medio informativo colombiano y mucho menos internacional.

El hospedaje le costó setenta dólares y tuvo que hacer maromas para alimentarse durante quince días con los veinte restantes. Pero valió la pena, por que Mejía corrió los 5.000 metros y les ganó a los tres mejores atletas del mundo, y tres días después corrió los 10.000 y también se los ganó.

El editor deportivo de El Sol, de México, Daniel Molina, le regaló fotos en colores, y Castro envió el material. Deporte Gráfico lo publicó en la portada y en cuatro páginas interiores a todo color. Se ganó un puesto en la revista, con un buen sueldo.

EL REPORTERO

Desde entonces es innumerable la lista de sus éxitos. Son muchos y disímiles los personajes que Colombia ha conocido por su trabajo. Los primeros hippies, las intimidades de la vida de los gamines, la historia del legendario guerrillero Jaime Arenas…

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Realizó de nuevo el recorrido del ejército libertador por el Páramo de Pisba. Recuperó el tema de la selva, prácticamente en desuso desde José Eustasio Rivera. Hizo los reportajes que sirvieron para que la opinión conociera y supiera quiénes eran Jaime Bateman o Rodríguez Gacha.

Denunció a tiempo grandes catástrofes como las negociaciones de El Cerrejón o la contaminación de la Bahía de Cartagena. Y desde La Guajira hasta Leticia, de Mitú a Buenaventura y de Arauca a Nariño ha recogido montones de historias acerca del hombre colombiano y de su entorno social y político. Todo, siguiendo básicamente su lección fundamental.

PRECISIÓN

Ahora, a los 50 años de edad, sentado en el pedestal de la fama y de los reconocimientos, dice que lo que impulsó su periodismo es que no se siente estrella sino el mismo reportero curioso y trabajador que era cuando comenzó, hace 26 años.

Usa mucho la grabadora y la observación. Desgraba personalmente sus entrevistas. Trata de establecer contacto directo con sus entrevistados, va a su casa y ve cómo viven. Al final tiene siempre de donde sacarles cosas, como corresponde a un buen reportero. También es meticuloso y eficaz al darles olor, sabor, sonido y calidez humana a sus temas.

Para escribir el Karina se embarcó en un buque similar a ese, para conocerlo y poder dar un testimonio real. Para describir colores en El Hurakán, tomó clases con el pintor David Manzur. Ha sido minucioso igualmente para estudiar el sonido. Y sobre todo para seleccionar los temas y personajes que logren impacto.

Todo realizado con una técnica asombrosamente sencilla: “Hay que jugar con la información para darle vuelo literario y descriptivo. Si se tiene información del trabajo de campo, ya se puede hacer literatura pero dentro de una cosa que se llama la precisión. El periodismo es jugar a la precisión».

SUS LIBROS


En ningún campo le ha resultado tan efectiva esa metodología como en sus libros, que también surgieron de una historia sencilla. En la redacción de El Tiempo conoció a Gloria Inés Moreno, periodista recién llegada de Europa donde estudió dos años en la Sorbona de París y dos en Madrid y con quien él contrajo matrimonio poco tiempo después.

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Gloria le contó que en la Facultad había leído una recopilación de sus reportajes y que eso podía funcionar como libro. Hablaron con José Yunis, un amigo de ambos que empezaba a trabajar en Carlos Valencia Editores.

Ella hizo la selección e imprimieron mil libros de Colombia Amarga, que se vendieron en dos semanas. Se han hecho 56 ediciones de esa obra, que suman 320.000 libros vendidos.

Después intentó el primer borrador de Mi alma se la dejo al diablo, la historia maravillosa de un hombre que se encuentra un esqueleto y, al lado de éste, un diario y una Biblia. Se puso a trabajar, y a las 300 cuartillas vio que era «una porquería» porque trató de novelar.

Con Gloria quemó las cuartillas en una chimenea. Entonces se fue para La Pedrera varios meses, y recuperó una historia más lineal y más pequeña, que vertió en Perdido en el Amazonas, libro que tiene abundantes defectos de estructura pero que le sirvió de entrenamiento para reintentar y lograr Mi alma se la dejo al diablo, del cual se han hecho dos ediciones y vendido 140.000 ejemplares.

Luego vino El Karina diez ediciones, 140.000 ejemplares-, El Hueco nueve ediciones y 160 mil ejemplares, El cachalandrán amarillo dos ediciones, 40.000 ejemplares y El Hurakán, su obra más reciente, que ya ha agotado dos ediciones de 30.000 ejemplares.

Con sus libros ha cautivado a una enorme familia de lectores, pero también ha conocido, con más impacto que en los otros medios de comunicación, hasta qué punto Colombia rechaza que haya un periodismo independiente, que se meta en todas partes y que cumpla lo que debe y tiene que hacer un reportero: llegar a todos los rincones, estamentos y actividades del País.

Le han endilgado, calumniosamente, vínculos o actividades según los temas que trate guerrillero, obrero a sueldo de los paramilitares, explotador de gamines, narcotraficante…

«Es el costo de decir la verdad dice. De ser independiente y ver más lejos que la miopía de los medios y de una buena parte de la opinión del país».
Trabaja al dictado de su enorme sensibilidad. No humilde, pero sí sencillo.

Así se define este veterano de las historias, que al medio siglo de su vida sigue buscando desafíos.

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Junio
06 / 2019

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