Con motivo de su muerte hoy recordamos la historia de Hubert de Givenchy, quien ha sido desde mitad del siglo pasado hasta hoy uno de los grandes maestros de la elegancia.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 333, de diciembre de 1997.

En Beuvis, en 1927, paradójicamente cerca de las poco brillantes minas de carbón de su familia, en el norte de Francia, nació Hubert de Givenchy, uno de los grandes revolucionarios de la moda y la perfumería mundial.

Su abuelo, antiguo alumno de Corot, era el administrador de una fábrica de tapices en Beauvais y un coleccionista empedernido. Cada cajón de su casa encerraba tesoros. Tesoros que formaron el primer mundo estéticamente mágico para el pequeño Hubert.

En 1937, la familia visitó la Exposición Universal de París. Allí el singular jovencito de diez años sólo se interesó por el pabellón de la elegancia: en una perfumada gruta de yeso rosado, la Alta Costura parisina había creado una visión de majestuosas modelos estilizadas vestidas con maravillosos trajes dentro de un escenario fantástico.

Hubert no creía lo que sus ojos veían. Para la conservadora familia Givenchy, la idea de un modisto en sus filas no era muy atractiva, por lo que Hubert empezó sus estudios de notario, para poder estudiar derecho.

Sin embargo, la euforia que siguió al final de la guerra le sirvió de disculpa para liberarse de los códigos y viajar a París, donde se inscribió en la Escuela de Bellas Artes. Inició su entrenamiento como modisto en la alegre y atrevida casa Fath y después pasó a la ordenada y precisa casa del suizo Piguet.

Dos contrastes que lo marcaron y complementaron decisivamente en su carrera. Era una época en la que la Francia de posguerra vivía momentos de exaltación, y cada semana parecía abrirse una nueva casa de Alta Costura.

El mundo de la moda veía subir la estrella de Pierre Balmain, que había hecho su aprendizaje en la antigua casa Lelong mientras que otro de los discípulos de Lelong, Christian Dior, también empezaba a perfilarse.

En 1946, Dior anunció que se marchaba de Lelong para fundar su propia casa con la ayuda de Marcel Boussac. Givenchy tomó su puesto como asistente. Grave error. Lelong, con todo su encanto y diplomacia, dirigía su casa como un ejército. Nadie podía desarrollar una idea propia o realizar algún tema de principio a fin.

¿A dónde dirigirse? La casa Schiaparelli sin duda había sido la mas vanguardista durante los años treinta. Y allí fue a parar. En 1947 el “New Look” de Dior causó sensación y una verdadera revolución.

Dior parecía obligado a crear una evolución en cada colección, para poder mantener su imagen. En la boutique de Schiaparelli, Givenchy se dirigía en otra dirección, más que imponer conjuntos y sastres rígidos, creaba camiseros, faldas y sacos que se podían llevar juntos por separado.

Era una moda simple, suave y muy joven. Todo se podía fácilmente empacar en una sola maleta para el viaje de un mes a Nueva York o para un fin semana largo. Su instinto y la aprobación de la clientela le mostraban que ese era su estilo y le marcaban la dirección que debería seguir.

El tiempo había llegado para abrir su “Maison de Couture”. Madame Helene Bouilloux Laffont es la amiga que patrocina la arriesgada aventura, con fondos suficientes hasta para escoger una casa de estilo neogótico del año 1860, bastante grande y no muy cara, cerca de las rejas del Parc Monceau.

Los talleres se organizaron y la célebre modelo Bettina Graziani, además de convertirse en su modelo principal, lo ayudó en todo el montaje. La apertura sería el 2 de febrero de 1952. Así pues, Givenchy empleó toda su energía, trabajando noche y día, olvidándose de dormir.

Cuando Bettina apareció en la pasarela con el primer modelo, un fuerte aplauso la recibió y aclamó. Gwen Robyns envió una nota a The Evening News, con la siguiente frase: “Los vestidos nos recuerdan esa primera copa de champagne que siempre es la mejor”.

Sally Kirkland, de la revista Life, escribía: “Es lo mejor que les ha ocurrido a los comprares de la Séptima Avenida”, y tenía razón. Los grandes almacenes como Russeks y Altman compraron inmediatamente.

David Haft, de Swansdown, firmó un contrato para fabricar los abrigos y en dos semanas estos estaban en los almacenes más elegantes de Nueva York. El primer día, la casa Givenchy vendió siete millones de francos, una sencilla muestra de la riqueza que vendría después.

Con sólo una colección, Givenchy se encontraba en la cima. Se empezaron a firmar licencias de fabricación, se abrieron boutiques, se crearon los perfumes, las clientes seguían llegando. Gloria Guiness, Jacqueline Kennedy, Jacqueline Deluba, la duquesa de Windsor, la princesa Grace, Audrey Hepburn, todas ellas vestían “Chez Givenchy” y pagaban precios altísimos por este privilegio.

Ahora, 45 años después, vestir un Givenchy o llenar el aire con uno de sus perfumes, es sinónimo de lo mejor, de lo más bello, de lo más exclusivo. Una historia de éxito, obsesiones y de mucho trabajo.

Algunas fechas importantes

1956:
Presentación de la primera colección “Lista para usar” nunca antes diseñada por un modisto de Alta Costura: “Givenchy University”.

1957:
Creación de la campaña Perfums Givenchy en abril 30.
Presentación de “L’Interdit”, perfume dedicado a Audrey Hepburn.

1973:
Aparece la primera colección Givenchy para hombre, “Gentleman Givenchy”.

1981:
Perfums Givenchy se une a Veuve Clicquot Champagnes para convertirse en parte del grupo Louis Vuitton en 1986.

1988:
Se vende la Casa Givenchy a LVMH.

1996:
El 14 de octubre, Alexander McQueen es nombrado para remplazar a John Galliano y se convierte en el nuevo diseñador de las líneas Givenchy Alta Costura y Lista para Usar. En octubre 22, Alexander McQueen recibió el Premio al Diseñador del Año en 1996.

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