Un repaso de historia, para evitar que se repita: los nazis no tienen perdón

Diners encontró en Colombia una pareja que fue prisionera y esclava de los nazis, y que esperó la indemnización por la historia de una pesadilla.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 366, de septiembre del 2000.

Cuando uno sale del ascensor privado que lo sube directamente a su apartamento, y se encuentra con esta bella mujer otoñal de pelo rubio y tristes ojos azules que abre la rejilla de la cancela y lo invita, sonriente, a transponer la puerta, sólo puede preguntarse una cosa: “¿Esta era la raza impura Hitler quería exterminar?

Es la psicóloga Estela Coifman, mujer delicada y sensible que desde la presidencia de la Fundacion Zajor y en homenaje a sus muertos, lucha contra el olvido del holocausto entre la población judía de Colombia.

Pero si ella, que es hija de sobrevivientes esta convencida de que la memoria es la única que los a salvo de una atrocidad semejante, la gran mayoría de los cinco mil hebreos residentes en el país prefiere callar.

Jamás, desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, hace setenta y tres años, estas dos posiciones -los que se esfuerzan por recordar y los que se obstinan por olvidar- habían sido tan evidentes.

Un acuerdo anunciado entre el gobierno alemán y los aliados que enfrentaron y derrotaron a Hitler, para indemnizar a los damnificados supérstites, puso el dedo en la llaga de sus heridas y las removió en carne viva.

La ubicación e identificación de los sobrevivientes en el mundo entero, emprendida por la Comisión del Fondo Suizo para las Víctimas Necesitadas del Holocausto con sede en Jerusalén, ha resultado ser una penosa tarea.

No solo por la exhumación dolorosa de los trágicos episodios en que perdieron a más de cinco millones de seres queridos, reducidos a las más crueles condiciones de indefensión e indignidad a que el hombre haya sometido a sus propios congéneres, sino por los requisitos que los afectados deben cumplir.

No basta con demostrar que fueron obligados a trabajar como esclavos en las empresas protegidas por el régimen nazi, muchas de las cuales, reconociendo el humillante lucro obtenido, se han sumado al programa.

Si quieren recibir los siete mil dólares presupuestados para cada uno, deben admitir además, la denigrante connotación de “necesitados”. En el caso de Colombia, se la reconocen a quienes no tengan ingresos superiores a los mil dólares.


Muchos se han negado a declararse menesterosos, y han rechazado de plano que les parece la magnitud irreparable de los daños causados. Otros, la mayoría, realmente la necesitan, y están haciendo los trámites para cobrarla.

Los renuentes no quieren saber nada de los alemanes. Y aunque algunos optan por mantenerse anónimos, aprovechan la oportunidad para desahogar la rabia de un silencio contenido por años, soltando frases duras contra sus antiguos verdugos:

–Los nazis son los peores criminales del mundo, y no hay plata para pagar lo que esos desgraciados hicieron

–Dice un judío rumano que perdió a su familia en los campos de concentración.

A él mismo, siendo un joven de dieciséis años, le toco recoger cadáveres en la nieve y cavar fosas comunes para sepultarlos–. Está tan ofendido con ellos, que niega su origen y proclama su nacionalidad colombiana.

Frente al anuncio pregunta: ¿Acaso tienen precio los muertos? ¡cuando me acuerdo me pongo a llorar…! Malka Leibovich, sobreviviente de los campos ucranianos de Odessa y Promishehamitza, acepta la oferta con resignación.

Mientras su esposo don Tulio, paralizado por un derrame cerebral desde hace cinco años, la llama con unos gritos confusos y desesperados desde la alcoba, porque no resiste quedarse solo, ella –sentada en la sala con un álbum de fotografías en las piernas– vuelve al pasado, a esos días aciagos.

–Yo fui esclava nazi– dice, y con un español fluido y una memoria lúcida, se remonta sesenta anos–. Tenia dieciséis años. Estaba en Noua Sulita, una aldea de diez judíos, dominada alternativamente por rumanos y rusos. Ahí los sorprendió la guerra.

Los rumanos, aliados con los alemanes, masacraron la población, y en veinticuatro horas de espanto, la dejaron reducida a doscientas personas. “Sobrevivimos de milagro”, dice. Y el milagro se repitió en una caminata de tres meses, día y noche, descalzos, hambrientos, enfermos y temblando de frío, hasta llegar Ucrania.


En el recorrido quedaron de decenas de muertos. Atravesaron ríos infestados de cadáveres. Y finalmente en Kiev la capital, los apiñan en vagones de carga. Fueron cuatro años de trabajos forzados.

Ella y su madre y su hermana limpiando pisos Don Tulio, a quien conoció en “el campo” y con quien la casó un rabino en una minúscula ceremonia, como técnico en artes gráficas.

Hasta 1944, cuando llegaron tropas aliadas y los regresaron de nuevo a Rumania v luego a París. Ya para entonces uno de sus hermanos, José, de dieciocho años, había muerto de hambre con su piel ceñida a los huesos, esquelético.

Y a última hora, víctima del coletazo alemán ante la inminente derrota, acribillado a tiros con otros miles de judíos cae Moisés, el hermano mayor de veinte años. Don Tulio ha perdido también a sus padres. Los dos llegan a Colombia en un barco de guerra en 1946, ahora, solos y enfermos, esperan la indemnización en un apartamento del norte de Bogotá.

Abraham Menashe Fefer, presidente del Centro Israelita de Colombia, dice que las setenta solicitudes que envío a Jerusalén fueron aprobadas. Una comisión de lideres de la comunidad las tramito con tanta seriedad y rigor, incluso descalificó cinco por ciento de las recibidas, que por ninguna de ellas fue objetada.

Un diez por ciento más se abstuvo de presentar papeles y mostrar el oprobioso sello indeleble que llevan en el antebrazo. Solo lamenta que hace dos meses, cuando las respuestas llegaron, ya tres de los interesados, ancianos enfermos e inhabilitados para trabajar, habían muerto.

Como murió hace tres años, irreductible en su negativa a cualquier ayuda, Jonás Goldstein –Jonathan Ben David Ve Chaya Bat: hijo de David–, el padre de Estela. Después de escapar a las redadas nazis en la llamada Noche de los Cristales Rotos”, había logrado sobrevivir con su esposa Hela -Yaakov Arieh: hija de Jacob escondidos por familias de polacos cristianos en sótanos y agujeros.

En poder de estos protectores de lealtad dudosa que frecuentemente los amenazaban con delatarlos para cotizar sus servicios, fueron quedando sus joyas y su dinero. Además tenían que fabricarles zapatos de cuero gratis para el invierno, que ellos los vendían a sus vecinos.

No obstante, salvaron sus vidas, en medio de la rabiosa persecución nazi, eso era lo único que contaba. No importaba la explotación de sus antiguos amigos, el frío, el hambre estaban vivos, un privilegio que no tuvieron los once hermanos de él y los ocho de ella.

La muerte de Samuel, uno de los primeros, fue un duro fue golpe para los dos. En los meses iniciales de errancia por escondrijos y bosques, había sido el encargado de proveerles comida.

Desesperado porque no la conseguía, un día irrumpió en una casa fingiendo estar al frente de unos asaltantes. La consiguió, pero ese mismo día los gendarmes lo acribillaron en plena calle. Si, como Jean Valjean, el atormentado personaje de Victor Hugo, que fue a las mazmorras por robarse un pan, y no le alcanzo la vida para pagarlo.

Nunca dejaron de perseguirlo. Como murió en Miami, siete años antes, su esposa Hela, madre de Estela y autora de un diario conmovedor, escrito en yiddish, el dialecto de los judíos alemanes, donde narra sus propias penalidades y la muerte y desaparición de sus ocho hermanos.

Entre las grandes tribulaciones que su testimonio contiene, tal vez el episodio más doloroso sea la misteriosa desaparición de su hermana Manie, de veintiún años. Forzados a dejar el establo donde se habían ocultado, sin el consentimiento de los propietarios, la joven debió trasladarse a un hoyo cercano cuando los descubrieron, mientras ella y su esposo buscaban otro refugio sin exponerla.

“Preparamos para ella cuatro kilos de pan, dos kilos de manzanas y dos litros de agua que le alcanzarían para ocho días”, recuerda. “Luego volveríamos a buscarla para traerla con nosotros, o le llevaríamos comida fresca para que aguantara otros días más”.

Al despedirse Manie se quedó llorando. “Lo hago únicamente por vuestra felicidad’, les dijo. Son las últimas palabras que Hela recuerda. Cuando volvieron a buscarla, ocho días después, ya no estaba.

“Empezamos a llamarla en voz baja –relata–. ¡Manie! iManie! No hay respuesta. Pensamos que tal vez dormía, que no podía escucharnos. Entonces mi esposo se trepo al entretecho, y llamo desde allí, tanteando con las manos por todos lados. iNada! iNada! Ella no estaba.

Abandonamos el lugar con el corazón destrozado, como quien sale del cementerio. Nunca volvieron a verla. Tampoco Estela, que navega todos los días por Internet buscando los rastros de su familia por el mundo entero, ha sabido de ella.

Ni de ella ni de nadie. Los rostros de sus abuelos y tíos y primos son apenas indicios sin identidad definida. Baja las fotos blanco y negro que la rodean en la pared de su estudio donde pasa las horas investigando, intercambiando información con la red internacional de la “Segunda Generación” de sobrevivientes a la que se ha integrado y las observa con incertidumbre.

De pronto pone su dedo sobre alguna mujer sentada en el pórtico de su casa en Shénitza, dice con languidez: “Mire, ella debe ser una de mis tías”. Después se detiene a contemplar la fotografía de sus padres jóvenes, y con el acento de quien recuerda una vieja promesa, agrega: “No les podemos fallar. Tenían todas las esperanzas puestas en nosotros”. Se refiere a ella y a sus dos hermanos, que están en Miami.

El lugar que sus padres escogieron para ser enterrados. Uno junto al otro. Primero ella, y luego él, siete años después. Como siempre quisieron estar en la guerra, sin separarse aun en medio de las peores adversidades. “Sólo por ti existo yo”, le dijo ella un día en que ya no creyeron tener ninguna salida.

“Tu vida es la mía. Tu muerte será la mía”. Como Manie quiso que los dos vivieran. Las noticias de Auschwitz, Birkenau, Dachau, Treblinka y Maidanek los aterrorizaban. “¿Dónde esta Dios?”, se pregunta Jonás.

In February 1940, months after the German conquest Lodz, Poland, Nazi authorities established a Jewish ghetto inside the city. At the start of the war, Lodz had been home to Poland’s second-largest Jewish population, after Warsaw. Starting in January 1942, German authorities began the deportation of Jews and Roma (Gypsies) from the Lodz ghetto to the Chelmno killing center. Children–– such as this young boy bidding farewell to his family through the wire fence of the central prison –– were part of these mass deportations. The Nazi SS killed at least 145,000 Jews and thousands of Roma (Gypsies) at Chelmno in just over a year. #USHMM #AskWhy #PostThePeople #Remember #Children

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Cuando el faraón egipcio perseguía a los israelitas y los arrinconó contra el mar, Dios intervino, separando las aguas y abriéndoles el camino. “¿Dónde está ahora que los están mandando por miles a las cámaras de gas, a los crematorios?”, se interrogaba.

Muchos judíos perdieron la fe. Y cuando se le pregunta a Estela, la mujer que estudio psicología en busca de una respuesta a tanta barbarie humana, balbucea sin convicción: “Eso no tiene explicación posible”.

Prefiere no preocuparse tanto por Dios, sino por el ser humano. “El holocausto saco lo peor del hombre. Pero también lo mejor. Toda su bondad, su solidaridad, su gran fortaleza. La historia de los es la de una minoría perseguida, lamentablemente. Pero el judaísmo sobrevivió”.

Felipe Posner, ingeniero textil que esta de visita y escucha en silencio, interrumpe entonces para señalar: “Es que ser judío es más que tener fe. Es una religión…, un modo de vida…, una forma de ser…”.

Lo importante, según Fefer, es que el gobierno alemán reconozca por fin el error. En su opinión, el arrepentimiento, la vergüenza, el sentimiento de culpa, los ha motivado a aceptar esa responsabilidad histórica. A tratar de brindarles a los sobrevivientes una mejor calidad de vida en sus días finales.

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