Chaplin: el genio de la comedia

“El contraste entre su rotoso traje de vagabundo y la elegancia del mundo que quiere conquistar” Diners le presenta una guía para admirar la obra de Charles Chaplin.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 95, de febrero de 1978.

Es posible que en próximos años, los lectores que por motivo de su muerte han oído hablar tanto de él, se pregunten… “¿pero quién es ese Chaplin?”, porque es casi seguro que en poco tiempo se verán en salones de cine “La quimera del oro”, “El Circo”, “Luces de ciudad”, “Tiempos modernos”, ”El gran dictador “, “Monsieur Verdoux” y “Candilejas”, siete joyas del cine que demostrarán incluso a los ciegos, que Charles Chaplin era un genio de su arte, el cine, y que todas las lamentaciones retozos líricos, informaciones, réquiems y una que otra lágrima, son homenajes más que justos al gran artista, uno de los motivos fundamentales de la cultura cinematográfica en el siglo XX.

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Más que obvio, Charles Chaplin pertenece a la primera mitad del siglo XX y por lo tanto, nada, pero absolutamente nada tiene que ver con Louis de Funes, Cantinflas, Jerry Lewis y demás esperpentos cómicos que hoy llamamos clásicos.

En cambio y aunque sean muy diferentes, si ustedes admiran a Jacques Tati o Woody Allen, sólo por tradición de gran calidad, estarán más cerca de cómico inglés. Los conflictos que plantea a partir de “La quimera del oro” (1925) hasta “Candilejas” (1952), pertenecen a una generación que critica la urbe moderna, el maquinismo y el fascismo, cuando era posible emplear el humor en temas que posteriormente se volvieron trascendentales.

A propósito, recordar a George Bernard Shaw y su teatro. Ahora, el solo enunciado de los mismos términos, Fascismo, o Maquinismo, o Alienación Urbana, (siempre con mayúscula), implica el escribir un tratado personal sobre estas materias que atormentan a un mundo más que atormentado.

Charles Chaplin las trataba con base en chistes visuales y en diálogo, con infinito ingenio y genial gracia personal, pero a nivel de su tiempo, de su generación, detalles que pueden ser obstáculos de incomprensión para el posible, en presente y futuro, admirador de Chaplin.

Inútil exigir lineamientos políticos actuales a películas cómicas realizadas hace 30, 40 y 50 años, por intencionadas que parezcan y a las interpretaciones que se presten.

La cultura cinematográfica exige colocarse en el tiempo de la realización de la obra, de la misma manera que por ejemplo, la lectura de Marcel Proust en relación con el tiempo y mundo que describe.

El cine de Charles Chaplin pertenece a su tiempo y por lo tanto, exige del espectador cierta “ubicación” inevitable, cierta comprensión en retroceso”, para gustar de un cine que nada tiene que ver con “La guerra de las galaxias” y menos con el doble sexo-violencia tan vendido en nuestra sociedad de consumo.

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Las siete películas mencionadas antes, son obras maestras absolutas, eternas, buenas para todos los tiempos y personas, pero requieren esa comprensión, esa ubicación.
Los grandes contemporáneos de Charles Chaplin llevaron el cine cómico al límite de sus posibilidades personales como Buster Keaton, Harry Larry Semon o Ben Turpin, pero sin salir del marco cómico, sin permitirse las dimensiones que el gran maestro da a su cine.

Buster Keaton, el cómico norteamericano más importante después de Chaplin, alcanza cumbres cómicas desarrollando solo posibilidades cómicas de situaciones igualmente cómicas. Pero es difícil encontrar en su obra las propuestas sociales, sicológicas, hasta existenciales que plantea el cine de Chaplin que hace evolucionar la simple mecánica de la escena cómica hasta encontrarle aspectos inéditos al género.

Mack Sennett domina el género cómico norteamericano cuando recibe a Charles Chaplin en su compañía, formada por el mejor grupo de cómicos de su tiempo, cómicos múltiples que lo mismo podían actuar en cualquier pantomima con sus gestos característicos, que ejecutar acrobacias de circo.

Su dinamismo era el de un motor a toda velocidad pero controlado por el corto espacio del escenario donde se movían, ampliándose al continuar por las viejas calles de Los Ángeles, las persecuciones, momentos culminantes e inevitables de la comedia.

Es una rigurosa mecánica basada en una rutina improvisada sin guión porque se partía de ideas tan elementales, que sólo servían para el bordado de los trucos. de los “gags” cómicos.

Chaplin, en su primera comedia, Keystone, continúa dócilmente la mecánica Sennett de golpes, caídas, y las clásicas persecuciones, pero ya en su comedia No. 12. “Caught in a cabaret” (Abril, 1914), se observan ciertos detalles personales por ser codirigida entre Chaplin y Mabel Normand, su gentil compañera en las comedias Keystone.

Se trata de un camarero de café de mala muerte que se hace pasar por un conde, vive por un rato entre la buena sociedad a la que irrespeta con sus impertinencias, se descubre su verdadera identidad y la comedia termina con la clásica pelea general, fin de fiesta de la mayoría de las comedias Sennett.

La simulación de tomar una falsa identidad no es descubrimiento Chaplin, y tampoco ridiculizar a llamada “buena sociedad” elementos bastante usados antes y después de la aparición de Charles Chaplin el cine.

Sin embargo “Caught in a cabaret” tiene en su loca aventura ciertos detalles de análisis de personajes, ambientes y situaciones inéditos en los productos del sello Sennett. Se plantea el doloroso arribismo chaplinesco que puede hacer reír por el contraste entre su rotoso traje de vagabundo y la elegancia del mundo que quiere conquistar pero hay algo en su rostro, cierto cansancio en su característico caminar y otros signos que implican drama a pesar del brillo cómico de la película, realizada sólo a los dos meses de su comedia No. 1 .

En sus períodos siguientes a Keystone (1914) y “Essanay” (1915) donde realiza su primera obra maestra, “El vagabundo”, que inicia gran parte de la temática desarrollada posteriormente en sus grandes películas, en el periodo “Mutual” (1916) ya es un maestro indiscutible de sus medios expresivos, un genio del cine, que se permite realizar una serie de obras maestras a lo largo de 40 años de trabajo.

Ninguno de sus colegas en grandeza artística, pudo sostener tantos años el mismo nivel de altísima calidad impuesto por Chaplin en sus comedias. Y aunque lo superaran en simple gramática cinematográfica, en elementos técnicos, el gran cómico se dio el lujo de volver la espalda al “progreso” técnico del cine, llegando hasta realizar dos películas mudas, “Luces de la ciudad” y “Tiempos modernos”, en pleno auge de parlante.

Pertenece también a la generación de la “pura imagen”, aquella que solo cuenta con la imagen para expresarse sin complicaciones fotográficas de ninguna clase, sin formalismos estéticos ni problemas de composición de planes.

Tal programa da a sus películas un “primitivismo” que naturalmente sorprenderá al espectador de los maestros actuales del cine que sin insistir en inútiles formalismos, de todas maneras se expresan en estilos mucho más evolucionados que el de Chaplin.

Que siempre encuadra en planos de conjuntos que permitan ver de la mejor manera posible, el planteamiento, desarrollo y culminación del “gag”, del truco cómico visual. Sus raros primeros planos solo sirven para resaltar las gesticulaciones del lenguaje común de la pantomima

Y aunque la cita parezca más que desproporcionada por tratarse del maestro soviético Sergio Eisenstein, genio del montaje, el cine estático de Chaplin puede parecerse de lejos a “Alejandro Newsky” o “Iván el Terrible”, que con mínimos movimientos de cámara, gracias al montaje, y sobre todo a la importancia e interés de lo que se está narrando, el espectador no se da cuenta de la falta de movimiento acostumbrado en el cine convencional.

Porque en Chaplin lo que importa es lo que está sucediendo con Charlot en su eterna lucha contra el mundo, lucha expuesta en rápidos movimientos de los personajes transcritos fielmente por cámara, testigo inmóvil del ritmo cómico.

Chaplin, lo mismo que sus colegas, multiplica sus actividades en un montón de oficios contemplados desde el punto de vista cómico. Es un recurso común y su eficacia dependía del mayor o menor número de posibilidades que el cómico encontrara en cada oficio.

Pero ninguno creó un personaje tan importante como Charlot, tan popular e identificable en todo el mundo, hasta el grado de representar además de la figura cómica, hasta el mismo cine, todo el cine, su signo más conocido. Desde 1914 la gente puede desconocer realizadores, actores y demás personajes, pero es casi imposible que alguien desconozca la familiar figura de Charlot.

Charlot es una mezcla de “dandy” y vagabundo mezcla que también implica la época donde existían tanto el “dandy” como el vagabundo, especies hoy desaparecidas que por lo tanto funcionaba mejor entre los 1910-20, para un público al que resultaban muy divertido los pretenciosos rapos de Charlot en contraste con sus actitudes de caballero.

Casi que era inevitable que tal atuendo en su símbolo social no produjera un personaje especial, más profundo en el análisis del mismo personaje y su contorno, características que hacían obligatorias otro tipo de comedias menos lineales que las tradicionales, más de acuerdo con el símbolo de la presencia de Charlot.

El célebre personaje está en la línea divisoria entre lo popular, bueno para todos los públicos, y lo intelectual, más bueno para los espectadores que, sin quedarse en la mecánica de sus chistes visuales, se rinden al encanto especial de Charlot, a su nivel de genial mimo y de crítico, a veces virulento, de la sociedad moderna.

No es el momento ni el lugar porque la presentación y desarrollo del Charles Chaplin rebelde que en determinado momento desafía a la sociedad norteamericana, no sólo en sus películas sino personalmente y con gran valor, exigiría otros puntos de vista muy diferentes a los expuestos que no sirven sino de estimulo para repasar la obra de Chaplin y aumentar el afecto por su memoria y su cine.

Hay artículos múltiples que la publicidad pregona con la frase, “bueno para todos los usos”. Me gustaría aplicarla a todo lo que tiene que ver con el gran cómico: películas, auto- biografías, el encanto especial de su música para su cine, hasta esa interminable serie de objetos, juguetes, tiras cómicas ceniceros, etc., que durante años respaldaron su inmensa popularidad, con la adorable figura de Charlot.

Y además, su obra, su arte, ideal para toda clase de edades, de razas, de estados de ánimo, de épocas, como lo sentirán los futuros espectadores de sus comedias, que en su totalidad, son como otro evangelio: el de la santa risa integrada a la sagrada crítica, sin tesis y valioso legado de nuestro inolvidable “padre” espiritual, Charles Chaplin.

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