Cuando la cumbia parecía moribunda

"A la cumbia la bombardean desde todos los flancos, como en una fiera batalla" dijo Lucho Bermudez a Diners en 1978, cuando el género parecía extinguirse.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 94, enero de 1978.

En los tiempos en que la cruz y la espada no eran todavía la única ley en estos territorios, en el gran valle del bajo Magdalena empezaron a retumbar los golpes de tambores, silbos de cañas y cascabeleos de guaches, entretejidos en una melodía que concitaba a los incendios a una danza circular y sin regreso. Se dice que allí nació la cumbia.

Varios folcloristas, por su parte, la hacen nacer de un maridaje afro-indígena: ritmo de tambores negros, descargados en el Caribe por las flotas esclavistas y melodía de cañas aborígenes.

Si la verdad acompañase a aquellos que dicen que los indios crearon su propia percusión, la cumbia sería el primer aire musical limpiamente colombiano, pues por encima de ella solo suenan, dice un experto, el currulao del Pacífico y una complexión de guabina y torbellino desarrollada en Santander, ambos con evidentes abolengos extranjeros.

Olvidándonos, desde luego, de que a la cumbia le achacan un hijo natural como tercer componente étnico, el traje de estirpe hispana, que sería un artificio coreográfico, como cree el folclorista Guillermo Abadía, porque ella surge, desprovista de cualquier ropaje convencional, en tierras donde el hombre a veces solo se viste con su imaginación.

Tierras de pantanos y soledades, pescas y chalupas, soles y rancheríos, como El Banco, Mompós, Ciénaga, Sincelejo, San Jacinto, Arjona, Turbaco, Carmen de Bolívar, Soledad, Tamalameque, donde la cumbia forjó su instrumentación original: tambores (macho y hembra), caña de millo (o gaitas, macho y hembra) y guache o maraca; pero no falta quién apadrine otro grupo de instrumentos en el que la melodía emerge del acordeón, como si se tratara de un vallenato.

Los folcloristas niegan todo atisbo de cumbia en orquestaciones modernas: debe permanecer, dicen, dentro de la organología típica, para que conserve su esencia y pureza.

Los compositores de ahora no los escuchan y llegan inclusive a la cumbia cantada, a la que Guillermo Abadía sindica de desfigurar a este fenómeno folclórico que “es sobre todo ritmoplástico, con un funcionalismo coreográfico e instrumental antes que vocal”.



En danza las mujeres se deslizan suavemente sin levantar jamás los pies y sosteniendo en lo alto los haces de luz, que para algunos es producto de la necesidad de alumbrar el baile en las lejanas noches de pueblos desahuciados por electricidad y para otros alcanza connotaciones espirituales, y los hombres descargan su peso en el pie izquierdo y se empujan con la punta del derecho, en un “galanteo sin contacto” de siete pasos muy definidos y concatenados, que la avivan con imágenes de singular belleza plástica, otorgándole personalidad original que la hizo conocer en América y Europa.

Pero la cumbia parece cansada. Ni los esfuerzos por modernizarla con arreglos para grandes orquestas ni la evolución de su danza hacia formas sencillas de baile, detienen su desteñimiento.

Las cumbiambas (festejos populares en los que reina la cumbia) ya no son, el desolado paisaje orillero del bajo Magdalena, frecuentes como en el tiempo agitado y bullicioso de la navegación.

Los vestigios existentes se reúnen cada año en El Banco, matriculado pomposamente en el inventario colombiano de apelativos con el de “Imperio la Cumbia”, y ante el interminable pasar del viejo río renace por unos días su brillo pretérito.

Después naufraga en un mar de ‘salsas’ y vallenatos. Allí, en el propio “Imperio de la Cumbia” la estación radioemisora llena con estos ritmos todos sus espacios y en la cima de las sorpresas el almacén de discos llamado irónicamente “Discumbia” posee un rico material de lo mismo… y ni un disco de cumbia.

Ni siquiera las del famoso hijo de aquel “viejo puerto”, José Barros. Con pruebas tan contundentes respalda el comerciante banqueño Jairo Enrique Gravini, 24 años, su afirmación demoledora: “la cumbia se acabó desde hace mucho tiempo.

No está en el espíritu ni en la estructura emocional del hombre de hoy, debido a la aparición de música cuyos sonidos e instrumentos seducen. Desde que llego la ‘salsa’ se alió con el vallenato para acabar con todo lo demás.

Véalo en los bailes familiares, en las discotecas y hasta en las calles, en la costa o en el interior. Puesto que nada es eterno y la evolución no perdona, la cumbia solo existe en la mente de nuestros abuelos”.



Una de las primeras cumbias que tuvieron ciudadanía internacional fue “Danza negra”, viajera de largas rutas en voces prevalecientes como la de Celia Cruz quien la grabó junto con “Las Pilanderas”.

Lucho Bermúdez la compuso en 1946 en un cuarto en un cuarto de hotel de Buenos Aires, en medio del estruendo de tangos y milongas, desasosegado por el recuerdo de su “tierra de placeres, de luz y alegría” que había exaltado en una canción, célebre como “Prende la vela”, “Gloria María “Cumbia colombiana” y otras, impresas en Cartagena antes de la década del 40, convencido ya de que “nuestra música no se vende por fuera si no lleva letra”.

Hoy son muchas las cumbias de Lucho Bermúdez conocidas en el extranjero y que, como en el caso de José Barros le representan prácticamente los únicos ingresos por su creación.

A su edad, 65 años, cualquier compositor de un millar de canciones puede sentarse a ver desfilar el tiempo o seguir creando si queda aliento. “Pero en este país no es posible. Aquí hay que hacerse reventar para subsistir, hasta que la muerte lo transforme a uno en un recuerdo.

Yo, por lo menos, todavía no puedo vivir de “sé”, es decir de creación musical. La composición de cumbias, porros, mapalés y gaitas tiene que cederle el paso al batallar en varios frentes para no caer abatido por las exigencias materiales de la vida: hace arreglos orquestales, dirige su propia agrupación musical, busca contra tos y recorre caminos tortuosos para ir a tocar en los pueblos más escondidos de nuestra accidentada geografía.

“En esta agitación el artista no puede desarrollar su talento; además a la música nacional la mantienen arrinconada hasta que a alguien se le ocurre inventar eso del mes del artista colombiano como si con señalarle unos días de promoción se fuera a salvar”.



La peor parte la lleva la cumbia, ”bombardeada desde todos los flancos como en una fiera batalla, al extremo de que hay que salir de Colombia para poder escucharla”. A pesar de todo, Bermúdez cree, como José Barros, en la perdurabilidad del aire musical representativo de Colombia. En ese caso, tal vez algún día la antigua palabra cumbia tenga cabida en el diccionario de la Academia de la Lengua.

Cuando todavía usaba pantalones cortos, José Barros sospechó la existencia de un mundo fabuloso más allá de las calles polvorientas de El Banco, por el lujo que encontraba dentro de las embarcaciones ancladas en el puerto y hasta las cuales se colaba burlando a la tripulación, y por la prestancia de los pasajeros en escala que paseaban por el pueblo; con el tiempo, al hacerse viajero de la patria y América, sus ojos se lo confirmaron.

En la escuela sospechó que esa perturbación que le causaban las muchachas le duraría toda la vida, y después de 62 años, tres matrimonios y ocho hijos, no solo no se ha curado sino que a causa de ella contrajo una más grave y permanente la sicosis nerviosa, que con frecuencia lo postra en crisis paralizantes que frenan su producción, aunque ahora tiene “una asombrosa facilidad para componer”.

Pero nunca se le ocurrió pensar que a partir de sus ingenuas canciones juveniles se echaría la fama al bolsillo. Fama no siempre traduce riqueza “En Colombia nadie puede darse el lujo de vivir de su producción intelectual” y él vive de las regalías que le llegan del extranjero, pues aquí de nada le sirve ve un millar de canciones, la mitad grabadas –cumbias, porros, merengues, paseos, pasillos, boleros y hasta tangos– tan célebres como “La piragua”, “Navidad negra”, “Alegre pescador”, “El gallo tuerto”, “Las pilanderas”, “Violencia”, “Busco tu recuerdo” (grabada por Charles Figueroa), “Pesares”, “Cantinero sirva tanda” (cantada por él).

Hace un año su crisis nerviosa lo obligó a regresar a El Banco, después de vivir en Bogotá desde 1945.

“La cumbia es la hija del país de Pocabuy”

“Para hallar el origen de la cumbia es indispensable mencionar la lejana existencia de ‘País del Pocabuy’ (tierra de lagunas), integrado por los pueblos Chilloa, Chimichagua, Chiriguaná, Guataca, Menchiquejo, Tamalacué, hoy Tamalameque, Sampayón, hoy El Banco, Guamaje, Saloa, etcétera.

En ese inmenso territorio las tribus chimilas y pocabuyes realizaban un ritual religioso, siempre nocturno, para despedir al más allá a sus caciques. Se formaba un circulo de hombres y mujeres alrededor del muerto, quedando la india a la derecha de su parejo.

Al sonar una triste melodía y golpes de percusión, empezaba la danza ritual, de derecha a izquierda para simbolizar el viaje infinito, con cantos hechos murmullo. La mujer llevaba una luz en la mano para representar su fiel y amorosa compañía al hombre e iluminarle el camino eterno”. En esta forma José Barros le niega a la cumbia cualquier ancestro africano.

“Si lo tuviera, existirían manifestaciones de cumbia en algún lugar de ese continente, pero no es así. Tampoco existen en Estados Unidos, que recibió la mayor cantidad de negros africanos, ni en Cuba, Brasil, Santo Domingo o Puerto Rico.



Es más: ni siquiera se desarrolló en otras regiones colombianas que recibieron inmigración negra, como la Costa del Pacífico. A esto agregaría yo, que el negro es mal bailador de cumbia y en cambio muy diestro en el mapalé, el cual tiene contorsiones y arrebatos corporales de que aquella carece”.

Ni cree en el parentesco semántico entre cumbia y el vocablo africano cumbé. “Hace veinte años uno de esos patriotas defensores de nuestro folclor pretendió quitarle la paternidad colombiana al bambuco y dársela al África porque bambuco, según decía viene de bambú.

Que haya unas palabras parecidas a cumbia no es suficiente para catalogarla como africana. Fíjese en el merecumbé que se inventó Pacho Galán, diciendo que es una fusión de merengue y cumbia, y que no tiene asomos de merengue ni de cumbia”.
Rechaza también la actualidad de la cumbia cantada. “La cumbia es ritual y no existe ritual sin palabras. Su letra entonces, nació en el idioma de los indios para referirse a la importancia las actuaciones de los caciques y se prolonga en nuestros días para enaltecer la labor de las gentes del pueblo o la belleza”.

– ¿Por qué se acaba la cumbia?

“Lo que sucede es que se trata de un fenómeno musical apartado de los demás ritmos, mejor dicho es un espectáculo. Se escucha una cumbia después de que han sonado cincuenta ritmos diferentes. Y muchos jóvenes no bailan porque son facilistas, no quieren saber nada de folclor, refieren eso ritmos que se pueden bailar de cualquier manera y en cuyas letras no hay un ápice de poesía”.

– ¿Debe mantener su estructura típica?

Para el folclor lo natural es que conserve lo típico; para que se expanda por el mundo son necesarias las versiones orquestadas. Pero hay que tener cuidado con esos arreglistas que gozan destrozando las líneas melódicas auténticamente populares; la mayoría basan lo moderno exclusivamente en la juventud, haciendo lo posible por destruir una buena canción.

Estas cumbias mediocres, más la escasa existencia de compositores de calidad y el halago económico que para otros representa irse a crear en Venezuela, conspiran contra ella.

Consuela sin embargo, la aparición de excelentes intérpretes como la india Mélida Yara, extraordinaria vocalista que a pesar de ser tolimense siente la cumbia y sabe expresarla muy bien”.

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