Tres ideas para cambiar a Colombia: por William Ospina

“Yo quiero a Colombia como es. Pero la verdad es que es necesario cambiar el país, sobre todo si no queremos cambiar de país.”

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 411, de junio de 2004.

Cuando en 1981 Gabriel García Márquez publicó su novela Crónica de una muerte anunciada, estaba proponiendo una clave simbólica de esta curiosa manera de vivir que tenemos los colombianos. Colombia es el país de los desastres anunciados, de las catástrofes que habrían podido preverse y que sin embargo ocurrieron, de los crímenes que todo el mundo presentía pero que nadie evitó.

Esas cosas alimentan la sensación derrotista de que estamos sujetos a una fatalidad inexorable, sólo porque una extraña mezcla de ignorancia y de olvido, de irresponsabilidad y de incomunicación, suele dejarnos inermes frente a la realidad. Una realidad que no conocemos, una historia que persistentemente olvidamos, una complejidad de la que participamos con rencor y con reticencia, una naturaleza que violentamos y desafiamos sin tregua, y un orden social que se vuelve inhabitable a punta de egoísmo y de indiferencia.

No creo que haya una sola persona en Colombia que no forme parte del problema, y que no tenga, por lo tanto, el deber de ser parte de la solución. La nuestra es una historia de escasos proyectos históricos verdaderamente lúcidos, generosos y visionarios, e infortunadamente esos pocos fueron abandonados o por la presión de las circunstancias o por la falta de persistencia que nos caracteriza.

A veces ocurrió por los horrores de la guerra, como en el caso de la Expedición Botánica, finalmente arrasada por los españoles de la reconquista, que no sólo sacrificaron a los investigadores sino que también arrebataron al país, que ya era independiente desde 1810, las exquisitas láminas que habían pintado esos artistas mestizos y mulatos de los que Humboldt dijo que eran los mejores dibujantes de plantas del mundo.

Un ejercicio fundamental de reconocimiento de la realidad equinoccial se frustró así, y el saber de la Expedición Botánica no fue compartido jamás con el pueblo que tanto lo necesitaba. No es exagerado afirmar que la causa de que la planta de coca se haya convertido en una maldición para Colombia en los últimos treinta años, se debe a nuestra ignorancia del mundo indígena, al fracaso final de aquella Expedición visionaria, y al hecho alarmante de que esa aventura del conocimiento, que requería ir mucho más allá de la botánica, no fuera retomada por las generaciones posteriores.

Nuestro deber no es lamentarlo sino retomar esa tarea, compartirla con la comunidad, recuperar esas láminas que para los españoles no serán más que curiosidades botánicas y que en cambio para nosotros son uno de los símbolos más valiosos de nuestra pertenencia a este territorio y de la doble vocación científica y estética de nuestra aventura.

Pero también tenemos que proponernos con audacia, nuevas y más profundas expediciones por este país todavía desconocido. Debería estar claro para nosotros que si cada cierto tiempo perdemos el territorio, es porque en realidad nunca hemos llegado a poseerlo de verdad, de una manera respetuosa pero eficiente y profunda.

También en la segunda mitad del siglo XIX fue abandonado por el Estado el esfuerzo de la Comisión Corográfica, que había emprendido un minucioso reconocimiento de nuestra geografía. Para los funcionarios de entonces, y para muchos de ahora, los resultados de esa labor no eran más que archivos polvorientos que ni siquiera merecieron ser recopilados y divulgados.

Y sin embargo es posible decir que una de las causas de que Armero haya sido arrasada por el río Lagunilla y que 25.000 personas hayan expirado en el lodo, fue el hecho de que la Comisión Corográfica no hubiera logrado sus propósitos.

Esa negligencia y esa ignorancia son la causa principal de que los inviernos arrasen las aldeas a orillas de los ríos, de que los derrumbes se lleven trozos de las carreteras, de que los barrios pobres de las ciudades se deslicen bajo los aguaceros, de que los pueblos se inunden.

La misma ignorancia de la naturaleza que nos expone cada día a accidentes que habrían podido preverse, como tantas avalanchas, inundaciones y derrumbes, o frente a los que habríamos podido protegernos si conociéramos mejor el suelo donde construimos nuestras moradas, como el terremoto del Eje Cafetero, se manifiesta en la ignorancia o la indiferencia ante condiciones sociales que permitirían prever levantamientos populares, advertir a tiempo fenómenos como el narcotráfico, y prevenir y corregir la marginalidad y el descontento que llevan a la formación de guerrillas campesinas.

Porque construir un país es sin duda un asunto de conocimiento, aunque por supuesto ese conocimiento no sólo se obtiene a través de las academias y de los esquemas de la razón, sino que suele ser también fruto de la experiencia y la observación de las comunidades.

Los zenúes de La Mojana sabían hace miles de años cómo manejar con canales el régimen de las inundaciones, los paeces sabían alternar los cultivos del piedemonte, de la vertiente y de las regiones altas, en un verdadero diálogo con la naturaleza, y los u’wa no sólo sistematizaron desde hace siglos en sus mitos la regularidad de la migración de las águilas, la secuencia de los peces en los ríos y las costumbres de los árboles y de la fauna de los bosques, sino que además elaboraron un sistema reverente y complejo de intercambiar los bienes de las tierras bajas, como sal y granos, con los bienes de las tierras altas, como los tejidos, fortaleciendo con ese intercambio la paz entre comunidades distintas.

Y nadie se atreverá a decir que no es conocimiento el de los chamanes amazónicos, que saben por la observación, la memoria ancestral y los ritos sagrados, las virtudes curativas de miles de especies de plantas, ahora, cuando las multinacionales farmacéuticas de Europa y de Estados Unidos los persiguen para apoderarse de ese saber y convertirlo en botín suyo en la rapiña de las patentes.

Pues bien, en primer lugar yo sueño un país que respete el conocimiento, que se esfuerce por aliar distintas clases de conocimiento, y que construya sus políticas públicas y sus proyectos históricos a la luz de ese saber, para salvarnos por fin de la catástrofe anunciada que no se debe a la fatalidad sino a una persistente ignorancia, al desprecio por la investigación, al olvido del saber de los pobladores antiguos y a la incapacidad de escuchar lo que susurra la leyenda.

El olvido es aquí un firme aliado de la ignorancia. Si la falta de memoria histórica es grave en el caso de los individuos, pues pocos saben lo que ocurrió en tiempos recientes y menos en tiempos remotos, es más grave aun en el caso de las instituciones. Por eso cada funcionario tiene que volverse a inventar lo que ya habían inventado sus antecesores, y el espíritu faccioso de la política, reflejo del espíritu competitivo y excluyente de la sociedad, hace que nadie confíe en lo que hicieron sus adversarios.

En el mejor de los casos, cada funcionario siente que es su deber comenzar de cero para por fin hacer bien las cosas. Otros países obran por acumulación y por legado, pero aquí hay que comenzar cada vez. Por un síndrome de actualidad y de novelería se renuncia al saber acumulado de las generaciones, y ni siquiera se permite que todo proceso llegue a su normal desenlace.

Es frecuente que en cada institución haya que volver a descubrir cómo se hace un libro, cómo se convoca a un concurso, cómo se realiza un evento, aunque se haya hecho miles de veces, porque el saber adquirido se va con las administraciones, y todo vuelve siempre al primer día de la creación, a una fábula rasa que se enmascara de suficiencia y de novedad para no reconocer la precariedad de sus recursos.

Cada administración urbana vuelve a preguntarse cuál será la solución a los problemas del transporte, cuál será la mezcla adecuada para el mantenimiento de la malla vial, cuáles son las necesidades básicas de la población. Alimentado por la ignorancia, ese olvido es también una forma de la insolidaridad, de la incapacidad de reconocerse en los otros.

En Colombia el olvido siempre fue alimentado por la guerra y el miedo. Hay quienes se indignan oyendo afirmar que la historia de Colombia ha sido una historia de guerras, pero cualquier persona mayor de cuarenta años ha sido testigo o víctima de por lo menos cuatro guerras distintas: la violencia partidista de los años cincuenta, la guerra entre el Estado y las guerrillas (Farc, Eln, Epl, M-19) en los años setenta y ochenta, la guerra del narcoterrorismo en los años ochenta y noventa, y la guerra actual con varios ejércitos al margen de la ley, tal vez la más amplia y apertrechada de todas.

Pero en el siglo XIX y hasta la Guerra de los Mil Días, esos conflictos tuvieron la misma dinámica del actual, y su principal efecto fue siempre la expulsión de sus tierras, primero de centenares de miles y después de millones de personas, con la consiguiente pérdida de tradiciones y costumbres, de memoria y de experiencias en relación con la realidad.

Pero uno de los efectos más dañinos de la desmemoria es que nos hace perder de vista nuestro origen común, que es el fundamento de toda solidaridad. En Colombia esto se agravó por el hecho de que los antepasados comunes pertenecían al bando de los invasores y al bando de los invadidos. Este mestizaje no asumido, avergonzado de sí mismo, impuso el silencio cobarde sobre las fuentes de la sangre.

La torpe idea, pacientemente tejida por los ideólogos de la Conquista y de la Colonia, y perpetuada por los fatuos notables de la República, de que los pueblos indígenas y africanos no eran más que salvajismo y barbarie, sólo fue superada gracias a la labor generosa y sutil de muchos antropólogos y sobre todo del maestro Gerardo Reichel Dolmatoff.

Pero ese prejuicio condujo a que Colombia se aplicara al esfuerzo persistente de borrar el pasado y con él nuestra pertenencia a un mundo considerado rudimentario y nada ilustre. El país creció, pues, en una suerte de inconfesable complejo de inferioridad, no sólo en el sentimiento de ser marginal, periférico en el orden de la geografía política, sino además avergonzado de ser indio y de ser negro, temiendo ser racialmente primitivo, e incluso degenerado, como no vacilaban en predicarlo “filósofos” a sueldo del Estado como el lamentable doctor López de Mesa.

No fue pequeña la importancia de esas teorías para la incubación de unas élites de mestizos arrogantes que encontraron en el acto de rebajar y excluir a los otros el modo de disimular su propio origen. Yo diría que la transformación de los sustantivos indio y negro en calificativos denigrantes, sigue siendo un esfuerzo patético de un sector de la población por quitarse de encima la sospecha de su propio mestizaje.

De modo que, en segundo lugar, yo sueño un país que se esfuerce por recuperar su memoria histórica, que sea capaz de construir un proyecto generoso y solidario con continuidad, que acepte la sabia enseñanza formulada por Píndaro hace veinticinco siglos: “Llega a ser el que eres”, y que valore a la vez lo heredado y lo adquirido. Ello exige incluso una mínima identificación entre adversarios, un profundo respeto por la verdad, y una gran capacidad de ver en la labor de los otros, todo lo que aporta a una causa común.

Por último, yo diría que en Colombia no existe la política porque no existe la polis, es decir, la comunidad, y en este caso específico, la nación. A diferencia de México y del Perú, que ya eran naciones unificadas a la llegada de los españoles, en nuestro territorio habitaban 120 naciones que no estaban sometidas unas a otras y que se obedecían sólo a sí mismas.

Tan lejos habría que buscar la fuente del espíritu insumiso de los colombianos. También tan lejos su tendencia a valorar más lo regional y lo individual, su débil sentido de nación, que se manifiesta más como un anhelo y un entusiasmo abstracto por los símbolos, por la Selección Colombia, por las reinas de la belleza, por los triunfos de los deportistas o los artistas.

Pero es que la idea de nación unitaria, que nació en la última etapa de la Conquista, no se propuso conquistar los corazones sino someterlos: primero a la crueldad de los conquistadores y a sus leyes mentirosas, y después, con la República, al poder de notables egoístas, de castas familiares y de centralismos despectivos y aprovechados.

La precaria solidaridad y la honda falta de unidad nacional se deben más al egoísmo y el irrespeto con que se ha sustentado la idea de nación para beneficio de un centralismo insano y de unos sectores privilegiados, que a la falta de amor de la gente por su país. A veces uno piensa con dolor que si Ecuador, Venezuela y Panamá no se hubieran independizado, Ecuador estaría como el Putumayo, Venezuela como La Guajira y Panamá como el Chocó.

El país sigue siendo una abstracción muy lejana para personas tan pobres que no pueden salir ni siquiera de su ciudad a comprobar cuán grande y bella es la patria que supuestamente les pertenece, para quienes tienen que defender un territorio del que evidentemente son dueños otros, y para quienes deben sostener un Estado que no logra abolir la corrupción en su seno, a lo mejor porque no le conviene.

Evidentemente es más fácil creer en la patria para quien es dueño de una partecita, y uno se admira de que esté dispuesto a dar su vida por la patria alguien para quien ésta es una tela, una canción o un dibujo. La gente merece una patria más consistente, y por ello el actual patriotismo de la clase media está mejor sustentado, aunque no carece de egoísmo frente a ese setenta por ciento de la población que vive con menos de dos dólares al día.

Si llamamos país a una comunidad que comparte y protege un territorio, que rinde homenaje a un pasado común, que está unida por fuertes vínculos de solidaridad, donde en el orden de las prioridades está primero su propia gente, donde hay una básica confianza espontánea en los desconocidos, habría que decir que Colombia no cumple con esos requisitos.

Hay que interrogar los mitos, las leyendas fundadoras, la idea que tenemos de nosotros mismos y de nuestros compatriotas, para entender qué tan juntos estamos, qué tan verdadera es nuestra pertenencia a una comunidad. Porque tiene que llegar el día en que Colombia deje de sobrevivir y empiece a vivir, y para ello el único camino que se ha inventado hasta ahora es la democracia.

No una democracia de fachada, como la ha llamado Carlos Gaviria, ni una democracia recortada, como la ha descrito José Fernando Isaza, sino una democracia donde la prioridad sea la gente y donde los gobernantes entiendan que no son más que sus voceros. A diferencia de democracias como los Estados Unidos o los países europeos, a veces pareciera que para los gobernantes de Colombia el pueblo, más que su razón suprema, es su problema.

En un país tan alegre, esforzado y creativo, uno se ve tentado a decir, como muchos: Yo quiero a Colombia como es. Pero la verdad es que es necesario cambiar el país, sobre todo si no queremos cambiar de país. Uno no puede dejar de decirse: “Este es el país que amo pero no es el país que quiero”.

Viendo las paradojas de Colombia: un país rico pero lleno de mendigos, opulento en su biodiversidad pero lleno de enfermos y de hambrientos, favorecido con los mejores paisajes del mundo pero al que hay que recorrer custodiados por tanques de guerra, laborioso pero donde millones de personas no encuentran empleo, agobiado de leyes y decretos pero donde abundan el espíritu trasgresor y la proclividad al delito, industrioso pero obstaculizado de tal manera que buena parte de su industriosidad se despeña en el delito, con unas instituciones minadas por la corrupción, con un Estado respaldado por la comunidad pero irresponsable a la hora de respaldarla, sigo sintiendo que Colombia está en mora de preguntarse muy profundamente cuáles son las causas de su malestar y de su desorden.

Qué es lo que impide a pobres y ricos por igual vivir una vida plena, disfrutar de la existencia, abandonarse al placer de confiar en los demás y de identificarse con ellos. Hay que buscar el camino para que Colombia se parezca cada vez más a lo mejor de sí misma y, sin renunciar a sus virtudes y ventajas, corregir algunos males indudables.

Hay que saber que los miles de hectáreas que se dedican a los cultivos ilícitos reposan sobre el desamparo de los cultivadores, sobre vidas llenas de incertidumbre. Nadie se arriesgaría con la ilegalidad si tuviera resueltos los tres problemas básicos de subsistencia, dignidad y educación, que le garanticen un acceso decoroso al futuro. A falta de eso, la ambición desmedida es apenas una suerte de seguro contra la incertidumbre.

En una sociedad abandonada a la inercia del mercado, los gobernantes olvidan preguntarse cosas que siempre tienen en cuenta por ejemplo las democracias de Europa, donde el interés por el ciudadano sigue siendo prioritario: qué se necesita para atender dignamente a la población. Eso aquí significa, para cuarenta y cuatro millones de personas, cuánto trigo, cuánto maíz, cuánto fríjol, cuánta cebada, qué cantidad de verduras y de tubérculos, cuánta carne, cuántos huevos, cuánta leche se necesita, y cuánto tiempo tomará satisfacer esas necesidades básicas.

Parece más costoso y difícil mantener un nivel de mínima dignidad para cuarenta millones de personas que mantener el esplendor de cuatro millones y la ilusión vacilante de otros ocho, pero en realidad es la manera más seria de garantizar la convivencia y de brindar seguridad verdadera, que es la que reposa sobre la justicia. Pero además es lo más humano y lo verdaderamente democrático, porque la democracia no puede ser apenas una manera de elegir a los gobernantes.

Hay que dejar de resignarse a administrar lo que existe: una sociedad de desconfianza y de incertidumbre, un campo de refugiados, un mundo de mendigos, un matadero y una ínsula de esplendor. Colombia requiere un generoso proceso de planificación, en el que tengan un papel muy importante los empresarios que actualmente crean riqueza y bienestar pero donde quepan otras iniciativas y otras expectativas.

Todo cambio requiere un proceso de ajuste, pero tienen razón los liberales norteamericanos que siempre sostuvieron que el poder nunca suelta nada si no se le reclama. La democracia es la región del reclamo, donde los clamores tienen que convertirse finalmente en hechos.

Las demandas de la comunidad que no se atienden a tiempo con respeto y con inteligencia, se convierten en delincuencia, cuando no en guerrillas o en mafias atroces. Y Colombia necesita controlar su vieja tendencia a producir delincuentes, mafias y ejércitos ilegales.

Necesitamos autoridades entendidas como servidores públicos, no como tiranos de la sociedad ni como parásitos del presupuesto. Y un Estado educado por la sociedad, capaz de poner freno a los apetitos y las ambiciones particulares.

La verdad es que estamos muy lejos de eso, pues a lo largo de toda su historia, Colombia no ha sido un país orientado por unas ideas sino que se ha dedicado a improvisar y a debatirse bajo el poder o el magnetismo de unas personas: laureanismo, gaitanismo, ospinismo, llerismo, pastranismo, lopismo, turbayismo, galanismo, gavirismo, samperismo, uribismo. Hasta corremos el riesgo de ver el navarrismo, el garzonismo, el mockusismo.

Algo nos tiene que salvar hacia el futuro de la penuria de no responder a unas ideas, a unas interpretaciones sólidas del país, sino a los caprichos de unas personas. Porque cuando los países no están orientados por la filosofía, quedan en manos de la psicología, es decir, del carácter.

De modo que, en tercer lugar, yo sueño un país donde exista la polis, es decir, la comunidad solidaria, dignificada, incluida en un proyecto de nación, respetada y promovida por las instituciones, porque sólo bajo esa premisa cultural puede existir de verdad la política.

Mientras tanto tendremos lo que está a la vista: rapacidad, personalismo, exclusión, opulencia y miseria, la insolidaridad y sus tentáculos: la inseguridad, la delincuencia, la insurgencia, la contrainsurgencia. Colombia ha logrado ser una sociedad donde uno puede ser propietario, ser guerrero y ser amo.

Colombia es a su modo un país moderno, integrado complejamente al mundo, donde un artista, un investigador, un creador, pueden tener reconocimiento mundial. Ojalá Colombia esté madura ya para emprender la conquista de algo que muchos otros tienen hace tiempo: para convertirse en un país donde los pobres puedan comer, donde la clase media pueda soñar, donde los ricos puedan dormir.

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