¿Cómo es el liderazgo que necesita Colombia?

Una es la visión de Colombia desde afuera y otra dentro de la vertiginosa dinámica nacional. Rubén Perczek, consultor internacional y gestor de proyectos, destaca el sentido del liderazgo que requiere el país para salir de la crisis.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 411, junio de 2004

El liderazgo óptimo no se aplica exclusivamente a personas que están posicionadas en la cima de las jerarquías políticas, sociales o laborales. El liderazgo óptimo le concierne a toda persona que integre una sociedad.

Aunque los problemas colombianos son muy complejos en lo socio-económico y político, parto de la posición de que toda persona tiene la responsabilidad de crear un medio ambiente que por virtud de sus valores y principios impacte la forma como se vive en la familia y en el país.

En los últimos cincuenta años han surgido diversos modelos de liderazgo que buscan responder a la complejidad de los retos en el plano personal, cultural, laboral y social. Sin embargo, los diferentes modelos reflejan más un interés por la comercialización del modelo que por la contribución al desarrollo de la persona o la comunidad.

Consecuentemente el efecto de estos modelos ha sido mínimo y ha fracasado en su intento de contribuir a un progreso duradero, ya sea en el individuo o en la organización. En lo individual, el común denominador se concentra en un egocentrismo intrínsecamente fundamentado por una carencia de valores.

El enfoque en el progreso tecnológico ha llevado al ser humano a querer conseguir resultados a toda costa, sin importarle a quién atropella en el camino, con tal de obtener riqueza material y un lugar de admiración en el contexto social.

Valores como el respeto, la integridad, la honradez, la humildad y la responsabilidad, son hoy apenas una utopía para la mayoría de la gente. Son una utopía porque no se practican. A escala individual se ha perdido dirección y se está viviendo casi exclusivamente para satisfacer una meta principal: la satisfacción inmediata.

La mayoría de las personas no piensan en la responsabilidad de contribuir al medio en el que viven, sino que se enfocan en el placer inmediato y en atraer la atención. Esta carencia de valores y principios personales se refleja en el ámbito cultural y social.

Cuando el individuo, que es la unidad principal de la sociedad, no toma conciencia de desarrollar una infraestructura clara de valores, se hace imposible cultivar relaciones que generen una comunicación auténtica, un servicio responsable y un compromiso incondicional hacia una misión compartida.

Independientemente del tamaño de la compañía de que se esté hablando, ya sea una familia, una corporación, una comunidad o un país, esta carencia de valores en el individuo no puede generar un liderazgo duradero, y por ende un éxito que se sostenga ante presiones socio-económicas tan complejas como las que se están viviendo.

Esto es como querer nadar en una piscina sin agua. Cada persona integrante de la sociedad es el agua que permite e inspira el significado de vivir, y es el punto de partida hacia un progreso que surge de una visión conjunta.

Cada vez que se quiere alcanzar un éxito duradero, ya sea en la familia, en la empresa, en la comunidad, en la ciudad, en la nación o en el mundo, primero hay que entender que se requiere la participación de individuos con ciertas características para obtener resultados extraordinarios. ¿Cuáles son esas características?

Los líderes que muestran capacidad para inspirar una transformación duradera a escala personal y social, son personas que lideran dando ejemplo. En otras palabras, aplican lo que predican. Parten de una base responsable comprometida exclusivamente con el bienestar de la organización a la que pertenecen.

Su labor no parte de un interés propio o de lo que ganaren con ella, sino de un deseo de trabajar por un propósito, independientemente del resultado que se pueda alcanzar. Un líder familiar, por ejemplo, trabaja para brindarles el mayor número de oportunidades a sus hijos, de manera que progresen según su potencial.

De igual manera, el verdadero liderazgo empresarial no lo logra la persona que busca ser la más importante y respetada dentro de la organización, sino el individuo que con modestia, humildad, disciplina y coraje no permite que el egocentrismo domine su ambición principal: el éxito duradero de la empresa.

Lo mismo se aplica cuando se habla de un país. Si en Colombia se quiere la paz, es necesario que todos los ciudadanos, incluyendo la gente del poder, se pregunten qué clase de líderes son. ¿Soy un individuo comprometido principalmente con la riqueza personal, o un líder dedicado a contribuir con el bienestar social?

Quiero recalcar que la respuesta a esta pregunta no se encuentra en lo que se dice sino en lo que se hace. O sea que para responderla, cada persona podrá encontrar la respuesta verdadera en la forma como trata a otros a su alrededor, en el ser responsable en su diario actuar, en la autenticidad de su comunicación, en la confianza que inspira en otros, en la solidaridad que genera donde se desempeña, y en la opinión que la gente tiene de ella.

Los líderes más efectivos son personas a las cuales la gente se refiere como humilde, modesto, reservado, atento, directo, auténtico, disciplinado y respetuoso. Invito al lector a que al finalizar este artículo, realice una honesta auto-evaluación que le permita responder si usted es realmente un líder.

Antes de pensar en paz se necesita pensar en el compromiso de cada colombiano. En una gran mayoría de casos, y Colombia no es una excepción, las personas se han olvidado de sus valores y se han dedicado a satisfacer o ser parte de la última moda o de la tradición.

Las presiones sociales, profesionales, emocionales y económicas llevan a la mayoría a olvidarse de su integridad personal. Colombia tiene como principal problema volver a creer en sí misma. Para lograrlo, cada individuo necesita creer en sí mismo.

La transformación de Colombia como país, sólo puede alcanzarse mediante un compromiso diario de cada ciudadano con los valores que lo hacen soñar con una vida plena, como la que nos imaginábamos cuando éramos niños. Ahí radica nuestro más alto potencial como personas y como país.

Todo lo que ha pasado hasta ahora en términos de desintegración social, violencia y corrupción, ofrece una magnífica oportunidad para reflexionar. Entiendo que cuando se vive en medio de la situación, es difícil ser objetivo.

Sin embargo, la vida no es el ayer ni el mañana, y tenemos que aprender a concentrarnos en el hoy. Como todos muy bien lo sabemos, la vida no es para siempre. El mejor momento para vivirla es ahora.

De acuerdo a como vivimos, creamos nuestra familia y nuestro país. El reto de crear la paz no se basa en elaborar más planes y estrategias. El reto está en tener el coraje de reconocer cuáles son nuestros valores, y actuar de una manera congruente con ellos. Éste es el liderazgo óptimo.

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