1968, un año que cambió la historia

Hace 50 años sucedió la rebelión juvenil más intensa de los 60. Se tomó las aulas, las calles, las fábricas, y puso a temblar a Francia y el mundo.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 217, enero 1988

Hace 50 años, una vez más, ardió París. El combustible lo puso la agonía del largo reinado del general De Gaulle y la grave crisis económica que sufría Francia, entre otras razones por su política de la grandeur, de independencia ante los Estados Unidos.

La mecha fue la irrupción de una nueva e inexpresada masa política, la mal llamada clase media, y la aparición en la vida pública de una nueva generación de jóvenes. Baste decir que de 1958 a 1968 el total de estudiantes universitarios pasó de 196.000 a 570.000.

En marzo de 1968 se produjo el primer remezón. Estalló el movimiento estudiantil en Nanterre. Los jóvenes protestaban contra la discriminación que se ejercía en la Escuela de Altos Estudios, reservada para los vástagos de la élite francesa. La huelga universitaria se extendió a otras facultades, Caen, la Sorbona, y luego las calles, las avenidas, los barrios, hasta que abarcó a París entero y, finalmente, a todo el país.

El 7, 10 y 11 de mayo se sucedieron descomunales combates callejeros entre los estudiantes y la policía. El adoquín de los bulevares fue arrancado a lo largo de calles enteras para ser arrojado contra los gendarmes. Explosivos graffitis ensuciaron los muros y las paredes de la ciudad más hermosa de la Historia.

Circularon decenas de nuevos periódicos y publicaciones. Los artistas y los intelectuales se sumaron a la primera línea de fuego Los obreros se tomaron fábricas y decretaron un paro general en el que participaron diez millones de trabajadores. Las llamaradas de los vehículos incendiados iluminaban las noches de París.

Las barricadas se multiplicaban. Los jóvenes no abandonaban las calles, ni a la hora de dormir. “ No soporto más esa efebocracia que se ha adueñado de las calles”, exclamó disgustado De Gaulle. Y convocó a sus huestes. Casi un millón de derechistas desfiló por los Campos Elíseos en su apoyo.

El partido comunista francés y su central sindical se encogieron y le reiteraron su respaldo a la causa revolucionaria, a la que calificaron de “una aventura”. Los estudiantes se quedaron solos. Las brasas de mayo arderían hasta junio, cuando De Gaulle ganó las elecciones. De allí en adelante las cenizas se volverían nostalgia.



Archivo Diners

Ellos vivieron Mayo 68

¿Qué recuerdan los colombianos del Mayo del 68 que les tocó vivir en el corazón de los acontecimientos? ¿Qué hacían en París esos jóvenes que hoy son todos personajes de la política, la diplomacia, el periodismo, el teatro la plástica, el cine, las ciencias sociales y la economía? ¿Les dejó huella la importante revuelta estudiantil, en la que no pasó nada y que apenas legó para la historia montones de libros que analizan el caso?

Para todos —y eran muchos los que estaban en esa “primavera caliente” en París— fue la más espontánea y sincera protesta contra el Establecimiento, la más grande y larga fiesta callejera al son de sirenas, silbatinas, gritos y arengas, las más recias explosiones de talento, creatividad e ingenio expresadas con la palabra, la música, el teatro callejero, el graffiti, el afiche y la pancarta.

En una u otra forma, Luis Carlos Galán, Clara Nieto de Ponce de León, Antonio Caballero, Martha Granados, Olga Samper, Carlos Duplat, Clemencia Torres, Pablo Leiva, Oscar Collazos, Alfredo Guerrero y Cecilia, su mujer; Nicolás Suescún, Stella Villamizar, Camilo Mazuera, Alvaro Viscardi, Santiago Araoz, Mauricio Gutiérrez, Gustavo Angarita, Miguel Torres, Martha Lucía Acosta, Amalia Iriarte y Tiberio Vanegas, vivieron, participaron y vibraron con la rebelión de París en un abril y mayo de hace 50 años.

Aquí están las respuestas a los interrogantes que Diners les formuló:

Antonio Caballero (Periodista):

“Era una revolución de juguete, de chiste”.

Estudiaba Ciencia Política en París en aquel famoso Mayo. 20 años después, y desde su exilio en Madrid, confesó a Diners que “no participé en la revuelta estudiantil pero sí asistí a todo. Era primavera, un tiempo delicioso, como para estar en la calle.

Y efectivamente, todo París salió a la calle, habló por primera vez, caminó porque no había gasolina, porque no había metro, porque le parecía divertido todo lo que hacían los estudiantes, porque estaban en contra de la policía, porque, en fin, eran los hijos de todos los parisinos.

Aun cuando mayo fue el mes caliente, los dirigentes del movimiento venían gestando desde marzo una protesta estudiantil porque nada funcionaba bien: cupos, matrículas, cafeterías, profesorado, aulas; a todo el sistema educativo se le pedía un replanteamiento. Y se hicieron sentir.

De pronto, luego de los mítines y arengas dentro de la universidad, fueron saliendo las marchas a la calle, y de éstas, las pedreas, los bolillos, los gases, los adoquines, las barricadas, la posesión del Barrio Latino y otros sitios estratégicos de la ciudad y, finalmente, la paralización no sólo de todo París sino de toda Francia.

Fue cuando los obreros entraron en huelga: protestaban por los salarios, por los horarios, en fin, era el hastío por los diez años del General De Gaulle. Sin embargo, el movimiento sorprendió a todo el mundo.

A pesar de tanto enfrentamiento entre policías y estudiantes, nunca se pensó en una revolución… Era una revolución de juguete, de chiste. En el fondo todos estaban felices con el ambiente, con que se cambiara la vida. Fue más bien una explosión de alegría.

Nunca como en esa ocasión hubo tanto derroche de ingenio talento expresados en afiches graffitis y periodiquitos. Finalmente no pasó nada porque la rebelión fue espontánea, porque los grandes participes eran los hijos de la burguesía y por que a pesar del descontrol el general De Gaulle no perdió la cabeza. Mayo del 68 tan sólo dejó una reforma universitaria y cientos de libros al respecto”.

Carlos Duplat (Director de cine y televisión)

“Por primera vez los extranjeros fueron importantes en París”.

Estudiaba en la Universidad de Teatro de la Naciones, y en la Sorbona cine antropológico y sociológico. Había llegado a París un año antes de la revuelta. Tenía 24 años y, como todos los estudiantes extranjeros, vivía en el corazón el Barrio Latino.

“Para mí aquellos hechos fueron lecciones y experiencias muy grandes: de un momento a otro vi patas arriba la cultura, encontré cuestionados todos los principios y los conceptos, incluso por los mismos profesores que nos venían enseñando otra cosa. Por ejemplo, Bernard Dort y Jean Luis Barreault, los grandes teóricos de la dramaturgia, salieron a la calle, a poner en tela de juicio la cultura francesa y europea.

Participé en la calle trabajando en obras de teatro. Nadie se quedó quieto. Había debates, discusiones, improvisaciones. Fue un derroche de energía y creatividad. Aun cuando los comandos de policía eran temibles, sabíamos que no pasaban de bolillo y de gases.

Por primera vez los extranjeros fueron importantes en París: el ‘metec’ se impuso. La canción de Mustaki, “Avec ma guele de metec, de pâtre juis, de pâtre greg…’, no fue compuesta al azar”.



Afiche cortesía de Pablo Leyva /Archivo Diners.

Clara Nieto de Ponce de León (escritora)

“Para saber lo que estaba pasando había que oír a la BBC de Londres”.

En la ribera izquierda del Sena, a pocas cuadras de la Sorbona, vivía la representante de Colombia ante la UNESCO —1967-1970— Clara Nieto de Ponce de León, con sus hijos, Juana, Ignacio, María Clara y Carolina, quienes tuvieron que permanecer encerrados durante algunos días porque el lugar era paso obligado de manifestantes y policías.

“Aun cuando el ruido permanente de las ambulancias era muy angustioso y para saber a ciencia cierta qué estaba pasando había que oír la BBC de Londres, u otra emisora de afuera, las manifestaciones eran muy divertidas y alegres.

La gente cambió su fisonomía, por primera vez los franceses hablaban unos con otros en la calle, las caminatas eran interminables por la falta de transporte, y en una u otra forma todos participaban del acontecimiento.

Cada día había una sorpresa distinta: la toma de la Editorial Hachette, la del teatro Odeón la huelga de la Citroen. Creo que fue un momento de liberalización muy importante. Una noche caminaba por el Sena con Antonio Caballero y una gran manifestación venía en sentido contrario. Entonces con ese humor negro que lo caracteriza me dijo: ‘ ¿No te preocupa que nosotros vamos en dirección contraria a la gente?’”.

Luis Carlos Galán (Dirigente liberal)

“La insurrección del 68 fue una mezcla de varios factores”.

Llegó a París en la última semana de abril del 68. Venía de Nueva Delhi, en donde acababa de representar a Colombia en la Conferencia Mundial de Desarrollo y Economía, llamada de Los 77, por designación del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo.

Se hospedó en un hotel de estudiantes, a pocas cuadras de la Sorbona, y las “jornadas de Mayo”, que habían empezado en abril, fueron el gran recibimiento para el periodista de El Tiempo, entonces de 24 años de edad.

“Clemencia Torres —recuerda Galán— era mi guía porque yo no conocía a París. Y a ella me tocó protegerla en el Café de Luxemburgo cuando la policía se lo tomó. Allí estábamos mirando las peleas entre policías estudiantes y hablando de la situación con jóvenes de distintos países latino americanos, cuando entró la policía llenó de gases el café y empezó a dar bolillo a diestra y siniestra.

No nos pasó nada porque fuimos a dar debajo de una mesa, bien al fondo. Para mí, la insurrección del 68 fue una mezcla de varios factores. El proceso de los sesenta en todo el mundo fue muy interesante: mientras en América Latina se organizaba la guerrilla universitaria, en Estados Unidos nacía el hippismo, y en Europa florecía una generación bien distinta a la de la post-guerra, llena de bienestar pero preocupada por el desempleo que se les avecinaba.

La categoría del escenario hizo que mundo volviera los ojos a París. Había una gran satisfacción por parte de los estudiantes. El rechazo al sistema educativo era total: la masificación universitaria, la pérdida de un bienestar estudiantil, la guerra del Vietnam, la influencia de la Revolución Cultural China, el rechazo al Estado, a los padres, todo eso abonó el terreno para el levantamiento de los estudiantes y paralizó a toda Francia.

Para mí fue una experiencia curiosa especial. Dos años después me tocó, como ministro de Educación, soportar los levantamientos de las universidades colombianas”.



Foto cortesía Martha Granados. Manifestación Plaza de la Concordia /Archivo Diners

Martha Granados (diseñadora gráfica)

“Dentro de la mayor cordura, cualquier locura podía surgir”.

En la Escuela Nacional de Artes Decorativas estaba haciendo un post-grado en diseño gráfico. “Es una de las experiencias más grandes de mi vida.

Estar con los franchutes en fiesta callejera hasta la media noche era algo extraordinario, lo mismo que andar sabiendo que no iba a pasar nada, pero sí viviendo momentos intensos, muy alegres y, sobre todo, muy imaginativos.

Dentro de la mayor cordura cualquier locura podía surgir. Lo más importante para mí fue ver un París completamente humanizado”.

Olga Samper (ex canciller)

“Todo el mundo fue solidario. La gente, cuando sitiaron la Sorbona y el Barrio Latino, nos llevaba comida y nos entusiasmaba”.

A los 18 años de edad estaba en la Sorbona haciendo su primer año de Derecho. “Yo sí me metí en todo: participé en las manifestaciones, repartí volantes, llevé razones, corrí canecas, alcé pancartas, levante el pavé, tiré piedra, ayudé a hacer la fiesta, porque como sólo me trataba con los franceses, mi solidaridad era completa.

Todo el mundo fue solidario. La gente, desde el mismo momento en que la Sorbona y el Barrio Latino quedaron sitiados, nos llevaba comida, frutas, leche, pan, y en una u otra forma nos entusiasmaban a seguir adelante.

No me perdí de ningún discurso de los dirigentes. Oír a Jack Sauvageant y a Daniel El Rojo era extraordinario, lo mismo que ver a Jean Paul Sartre agitando en la calle. su famosa frase, ‘La imaginación al poder’.

Me impresionaron muchas cosas: las gigantescas manifestaciones de los estudiantes por las noches, cantando La Internacional, la llegada a París de las delegaciones universitarias de otras ciudades, como Lyon y Nimes; el millón de personas en las calles diariamente y, sobre todo, la manifestación de De Gaulle: legionarios, pensionados, banqueros, paracaidistas, señoras con sus perros, todo París dándole su respaldo.

Fue cuando todo empezó a volver a la normalidad. Devolverle la cara a la universidad, después de un mes de ocupación, no fue tarea fácil, y tampoco la de devolverle su buena imagen”.

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