¿Somos realmente libres?

Nada más difícil de definir que la libertad. Teólogos, filósofos, científicos y academias lo han intentado a lo largo de la historia, sin convencer totalmente.

Publicado originalmente en la edición 214, enero 1988

Todos nos hemos hecho esta pregunta, en algún momento de nuestra vida, y la verdad es que la opinión está dividida entre los que creen que se puede ser libre, los que no lo creen así y aquellos que se quedan en la incertidumbre.

La definición de la Academia de la Lengua Española es muy simple: “Libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”.

Resulta que esta condición de ser responsable indica una limitación que algunos consideran excesiva. Por ejemplo, cuando se dice en la Constitución que la prensa será libre, pero responsable, hay periodistas que sienten recortada su libertad de publicar sus investigaciones por las consecuencias judiciales.

Otros han llegado a proponer una modificación de la definición así: capacidad de actuar como se quiera o de no actuar, según el caso, de acuerdo con la ley. Porque es evidente que por lo menos hay que limitarle, dentro del Derecho.

Aquí aparece el “querer” y entonces surgen nuevos problemas: ¿ese querer no será un condicionamiento de las pasiones? Por ejemplo, el hombre vicioso no es libre y aún las costumbres sociales o la llamada voz de la conciencia, no permiten considerar al hombre como realmente libre, en el más amplio concepto.

Muchos pueblos son fatalistas, creen que hay un destino señalado a cada persona y su religión ajusta sus reglas a esa condición.Las ciencias son deterministas, en el sentido de que las leyes naturales definen las consecuencias, según las causas. Por esta razón pueden predecirse fenómenos físicos, como los eclipses.

El matemático Laplace llegó a decir que si hubiese un hombre suficientemente sabio podría calcular la situación del universo en todos sus detalles, en cualquier época futura y pasada, al conocer el estado presente y las leyes que rigen la naturaleza. Así fue como emprendió la tarea de enunciar su famosa teoría cosmológica.

Desde luego, es utópico llegar a esa sabiduría infinita, pero esto revela el concepto determinista que tienen los científicos, por lo menos en lo macroscópico, puesto que en el mundo subatómico la mecánica cuántica introduce la incertidumbre de Heisenberg.

En una cuidadosa investigación que hice sobre el problema de si el hombre puede ser libre frente al determinismo científico, llegué a la conclusión de que, por virtud de la razón, es libre solamente de escoger a cuáles leyes naturales se somete, gracias a que las conoce, lo que no ocurre con los animales, por carecer éstos de la facultad de abstracción y razonamiento.

Poco a poco fui estudiando también la historia de la idea de libertad en la filosofía a lo largo de los tiempos, para encontrar el reconocimiento general de que todo concepto de libertad implica deberes u obligaciones correlativas, como se vio en la definición de la Academia.

Al dios Jano lo representaban los romanos con una cabeza. doble, que mira en direcciones opuestas. Así, la libertad implica una responsabilidad y los derechos conllevan deberes. No hay, por consiguiente, libertades absolutas.

Fue muy útil el examen que adelanté sobre la influencia de la ética o reglas morales que rigen nuestras costumbres y sobre el derecho natural que toda sociedad tiene, como suma de las conciencias individuales. Es evidente que hay una limitación personal y social para nuestros actos, lo cual no permite hablar de una libertad absoluta del individuo.

Después de reflexionar sobre la práctica de la limitada libertad del individuo en la sociedad, por medio de sus opiniones políticas, los derechos humanos y las relaciones con la autoridad del Estado, llego a una conclusión que defino en esta proposición: “Algún día el hombre sólo querrá hacer lo que deba hacer”

Esto significa que se reconoce un proceso evolutivo, de acuerdo con Teilhard de Chardin, según el cual la sabiduría va precisando la verdadera conducta que se debe seguir para lograr el óptimo fin meta de la humanidad.

Al llegar a conocer el ser racional, lo que le conviene la especie, es lógico que no va a querer desviarse de ese camino, aunque las pasiones, los condicionamientos sociales o personales y cualquier influencia nociva traten de desorientarlo.

Aquí cabe recordar la máxima de Sócrates: El hombre sólo actúa mal por ignorancia. Al ser inmensamente rico en sabiduría hará lo que deba hacer. Esto quiere decir que somos libres de hacer el bien y que el mal se puede evitar con la sabiduría.

Un caminante va hacia el oriente, guiado por una estrella, como los Reyes Magos, pero al encontrar un río caudaloso no comete el error de arriesgar su vida, sino que busca y encuentra un puente que le permita pasar y seguir su camino. Con las mismas razones otro puede llegar a la conclusión de que no somos libres: estamos determinados a buscar el bien, pero puede ocurrir que, por ignorancia, fuerzas extrañas a nuestro destino nos desvíen.

Algunos creen que son más libres cuando obedecen estas fuerzas del mal. Es una falsa libertad que confunde a los hombres. Por eso hay guerras, violaciones de la ley, atropellos, desconocimiento del derecho o libertad de los demás.

Algún día, si la sociedad persevera en la educación y se permite que la civilización acumule una profunda sabiduría al alcance de todos, se gozará de la paz plena y de la máxima y verdadera felicidad de cada uno y de todos los seres humanos. Esto suena a sermón religioso, pero ha sido fruto de una lógica científica y de respeto por las leyes naturales, así sean deterministas en sus relaciones causales.

Saber lo que se debe hacer es objeto de una infinita sabiduría, que abarca todas las ciencias. El deber y el querer se confundirán en el futuro como culminación del progreso humano, fruto de la máxima civilización posible.

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