¿Qué tanto cree en los fantasmas?

Retamos a los lectores de la Revista Diners a que revivan las historias universales de fantasmas que hacen parte de nuestra tradición oral.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 148 de julio de 1982

La pregunta fundamental es la de qué fue primero, si el cuento de fantasmas o el fantasma. El abolengo del cuento fantástico es bastante remoto, ya que llega hasta la tradición oral. Antes de que se hubiera escrito un solo cuento, ya había historias de fantasmas de boca en boca. Y, desde luego, ya había fantasmas.

Ahora bien, es evidente que la sola prueba directa, o referencia inmediata, de la existencia de los fantasmas, la tenemos a través de los relatos, cuya vastedad es impresionante, y que bien pueden clasificarse en ocho o diez clases diferentes.

Adolfo Bioy Casares en el prólogo a la ‘Antología de la literatura fantástica’ que hizo con Borges y Silvina Ocampo, enumera las siguientes: argumentos en que aparecen fantasmas, viajes por el tiempo, argumentos con acción que sigue en el infierno, argumentos con personaje soñado, con metamorfosis, con acciones paralelas que obran por analogía, sobre el tema de la inmortalidad, fantasías metafísicas, vampiros y castillos.

Y algunas categorías especiales, como son los cuentos de Kafka, las variaciones sobre los tres deseos, y así mismo los clasifica por la explicación: aquellos que se entienden por la acción de un ser o de un hecho sobrenatural, los que tienen justificación fantástica, pero no sobrenatural, y los que presentan la doble explicación de la intervención sobrenatural, y la posible explicación natural del problema.

 

De todas maneras, la historia de los fantasmas y de sus cuentos está, en buena parte, en las líneas paralelas a los renglones de la historia universal: Saúl consulta a la Sibila de Endor, durante la guerra con los filisteos, y la Sibila hace aparecer ante él el fantasma de Samuel, el profeta.

Aparecen fantasmas en las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Eneas y Ulises visitan el mundo de los muertos, y hablan con los espíritus de éstos. En la “Divina Comedia”, en la “Jerusalem Libertada” de Tasso, en “Os Lusiadas” de Camoens, aparecen espectros en comunicación con los hombres.

En “El Satiricón” de Petronio, hay un extraordinario pasaje, en el cual un soldado se convierte en lobo durante la noche, y diezma un rebaño. Cuando un pastor esclavo le ve, hiere con su lanza al lobo. A la mañana siguiente aparece el cuerpo del soldado, traspasado por la lanza.

Plinio ‘El Joven’ relata el caso de un fantasma, un anciano encadenado, que aparecía en una casa de Atenas, hasta que el filósofo Atenodoro le enfrentó, y marcó el sitio que mostraba el anciano. Al excavar allí encontraron un esqueleto. Después de enterrado y purificada la casa, el espectro no volvió a aparecer.

 

En Shakespeare encontramos fantasmas, tales como el espectro del padre de Hamlet. Los hay en “Macbeth”, como también en los “Cuentos de Canterbury”. Boccaccio, a pesar de su espíritu escéptico, los recoge también en “El Decamerón”. Lope de Vega en “El peregrino en su patria” describe una posada embrujada.

El fantasma existe en cuanto es motivo para una narración de ese género que produce el “frisson”, el estremecimiento desazonado que en el fondo es placentero. Otra cosa, si creemos a quienes han visto fantasmas, es la impresión que éstos producen, en las tradicionales condiciones de oscuridad, de casa abandonada, de noche lúgubre, en quienes deben alternar con ellos.

En los primeros tiempos de la humanidad, esos cuentos eran una manera de dar salida a los miedos ancestrales, de buscar razones a fenómenos que no tenían explicación natural. En general, en toda historia de fantasmas hay un elemento de verdad, un elemento que la liga con la realidad.

Pensemos cómo en los primeros tiempos de la humanidad, fenómenos que hoy en día tienen una razonable explicación, eran absolutamente incomprensibles si no se les daba una causa sobrenatural.
Igualmente, la evolución del miedo y del fantasma hizo que en un momento dado, siglos más adelante, se utilizaran como medios aleccionadores, moralizadores, o aún humorísticos. El escepticismo nace con la credulidad. Las consejas, los cuentos terroríficos relatados de viva voz al amor de la lumbre, con el grupo rodeado por la sombra impenetrable, con los ruidos nocturnos acercándose a la fogata, tienen su muy remota historia, la misma de la humanidad.

 

Tal vez ésta se ha movido siempre por dos cosas: el miedo, y la propiedad. En el principio del mundo, el miedo lo era todo. El miedo a la noche, el miedo al mar, el miedo al demonio, el miedo a la brujería. Entre los miedos, el miedo al pasado, a los aparecidos. Dice Jean Delumeau en su libro “La Peur en Occident”:

“En otro tiempo, el pasado no estaba verdaderamente muerto, y en todo momento podía irrumpir, amenazante, en el interior del presente. En la mentalidad colectiva, a menudo la vida y la muerte no aparecen separadas por un corte nítido. Los fallecidos tomaban lugar, al menos durante un cierto tiempo, entre esos seres ligeros semi-materiales, semi-espirituales con los cuales la élite del tiempo poblaba con Paracelso los cuatro elementos”. (pág. 75).

En el prólogo a la edición francesa de JG Frazer sobre “El temor de los muertos” (París, 1934), Valéry decía: “De Melanesia a Madagascar, de Nigeria a Colombia, cada pueblo teme, evoca, nutre, utiliza sus difuntos, mantiene un comercio con ellos, les da en la vida un papel positivo, los sufre como parásitos, los acoge como huéspedes más o menos deseables, les presta necesidades, intenciones, poderes…”.

Según L.V. Thomas, en la antigua Grecia los fantasmas podían estar tres días presentes en la ciudad. Luego, se les daba una gran cena y se les invitaba con firmeza a desaparecer. En algunas tribus africanas, para que el difunto no regrese, se mutila el cadáver, a fin que por vergüenza o imposibilidad física, no vuelva. En Nueva Guinea, los viudos solamente salen con un sólido garrote, para defenderse de la sombra de la desaparecida…

 

Según parece, los fantasmas cristianos son los más numerosos. Hay en los Balkanes la creencia de que los excomulgados permanecen en la tierra hasta que se les reconcilia. Son muy frecuentes en Europa las creencias de almas del purgatorio, que demandan a los vivos plegarias, colectas, reparación de daños cometidos por ellas. En general, en el antiguo cristianismo la creencia en los espectros tenía ante todo una implicación moral, una búsqueda de la salvación eterna.

La noche, la oscuridad, son reino del miedo. Pero también lo es la luna, con su lívida luz, que realza los rasgos de los fantasmas extraviados. El pasado se confunde con las tinieblas, para formar ese reino del más allá.

El momento en que se funden más estrechamente los fantasmas y la literatura es, sin duda alguna, el romanticismo.E.T.A. Hoffmann es el gran revelador, el gran pontífice de la literatura fantástica, y en su obra se realiza cabalmente la unión entre los fantasmas sueltos en el mundo, y la ficción.

Esta se vuelve, en cierto modo, una cárcel de la cual ya no pueden salir.”Su vida se mantuvo en difícil equilibrio entre el Derecho y el Arte, lo que se refleja en sus cuentos, que pretenden ser una síntesis de realismo y fantasía. Hoffman rompe con las fórmulas idealistas de Goethe y Novalis e introduce en el cuento fantástico un elemento realista que más adelante, en la Inglaterra victoriana, va a constituir uno de sus ingredientes fundamentales”. (Rafael Llopis, “Historia Natural de los Cuentos de Miedo”, p. 47).

 

El siglo XIX da nacimiento a dos grandes géneros literarios: el cuento fantástico, y la literatura policial. Al lado del cuento fantástico, como una espeluznante variante del mismo, está la llamada “novela gótica”, con su memorable mezcla de ingredientes de castillos y muertos, regreso a lo medioeval, su atmósfera onírica, de pesadilla, de las cuales las más famosas son “El Castillo de Otranto” de Walpole y “Melmoth El Errante” de Maturín, pero debe señalarse que este género tuvo repercusiones afortunadas en las hermanas Brote y en Jane Austen.

Y es necesario recordar el “Frankenstein” de Mary Shelley. Además, huellas más o menos leves de la novela gótica pueden detectarse en muchas obras posteriores. Y otras del mismo tiempo, por ejemplo. las del Marqués de Sade, en quien hay algunos de los elementos de la novela gótica, encaminados a propósitos distintos, pero también alucinados, y que navegan cómodamente dentro de la corriente negra, acompañados de otro autor que participa de muchas de estas características: Jacques Cálzate, el autor del “Diablo Enamorado”.

Hay un particular elemento de las leyendas, que parece que puede quedar incluido en el catálogo de los fantasmas: Se trata del vampiro, género que produce una de las más grandes obras del horror victoriano, “Drácula” de Bram Stoker, calificada por Oscar Wilde como una novela admirable. Tiene ella los elementos de la novela gótica: el castillo medieval en Transilvania, el ambiente mágico y siniestro, la técnica epistolar.

La mayor realización de Stoker, es la de haber mantenido en un extenso libro un clima de horror que dura hasta la última página. Pienso que el juicio de Wilde es justo, y que es una de las novelas más destacadas en su género.

 

Hay otro autor -otro amigo de los fantasmas- que vale la pena recordar. Se trata de M.R. James. Es esta la edad de oro de los cuentos de fantasmas, según el crítico G.M. Tracy: el final de la Era Victoriana, y los años de la preguerra Eduardiana. James, director de ‘Eton College’, latinista, escribía cuentos de fantasmas por entretenimiento, mientras vivía una vida monótona y sin emociones. Su habilidad para la escritura de cuentos de fantasmas, es incontestable. Logra una atmósfera inimitable, gradúa la acción en una forma perfecta.

Desde luego, falta por mencionar el mayor de todos, el creador de dos géneros -fantástico y policial- Edgar Allan Poe, cuya obra no solamente es primordial en el siglo XIX, sino en el XX. Inadaptado, frustrado en su vida, sus terrores, según dijo, no eran de Alemania, sino del alma.

No es solamente el escritor de cuentos de terror: es mucho más que eso. Es poeta, poeta del terror si se quiere, en una vertiente que se une con la tendencia gótica prerromántica. Indudablemente, en la estructura misma del cuento fantástico, en su desarrollo en la medida de sus elementos, Poe ha sido con Hoffman, el más grande de los autores que se ha dedicado a escribir estos temas. Y entre ellos, aparte de otros temas de horror, el de los fantasmas. Léase, si no, “La caída de la casa de Usher”.

La enumeración de nombres, es inevitable, así sea fatigante. Nombres como los de Maupassant y Hawthorne, como Gastón Leroux, Walter Delamare, Sheridan Le Fanu. A partir del siglo XIX, los fantasmas adquieren otra dimensión diferente, más encasillada dentro de la literatura, hasta parar en el “Fantasma de Canterville” de Oscar Wilde, que llega ya al colmo de la irreverencia contra los fantasmas.

 

Después de la Primera Guerra Mundial, la literatura fantástica busca otros caminos. La evolución va llevándola hacia los terrenos de la ciencia ficción, que ahora también está evolucionando hacia campos más fantásticos que posibles.

Los fantasmas siguen su vida tranquila, un tanto olvidados a veces, salvo cuando el cine los hace revivir, y cuando, en las noches oscuras, se relatan los cuentos de aparecidos en las aldeas distantes, en los villorrios remotos.

El transistor, la televisión, sin embargo, han desterrado muchos de lo fantasmas de otros tiempos. Y las explicaciones sobre fenómenos parapsicológicos, han restringido forzosamente el terreno en el cual actúan.

La parasicología, con sus descubrimientos fascinantes, con las incógnitas que deja todavía, destruye mucho de la antigua poesía de lo fantástico, que sin embargo de su última batalla y todavía mantiene dominios a los cuales la ciencia no ha logrado llegar.

Por eso aún tiene vigencia la contestación de Madame du Deffand, cuando alguien le preguntó si creía en fantasmas. Ella le dijo: “No, pero me dan miedo”.

A continuación lea varios apartados de terror y cuéntenos cuál es su favorito:

“¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”.
(James Joyce-“Ulysses”)

 

“¡Qué extraño! – dijo la muchacha, avanzando cautelosamente – ¡Qué puerta más pesada! -La toco, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe .
“¡Dios mío! – dijo el hombre. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro: ¡Cómo, nos han encerrado a los dos! – A los dos no, a uno solo – dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta, y desapareció”.
(I.A. Ireland. – “Visitations”)

 

“Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrió, uno de ellos dijo:
-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
-Yo no, respondió el otro. ¿Y usted?
-Yo si, dijo el primero y desapareció”.
(George Loring Frost “Memorabilia”)

 

“-Ahora está soñando. ¿Con quien sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela”.
(Lewis Carrol – “Through the looking Glass”)

 

“Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta”.
(Thomas Bailey Aldrich “Obras”. T. 9)
(Tomados de la “Antología de la literatura fantástica”, de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares) – Editorial Losada, Buenos Aires.

 

“Cuando las tropas del Duque de Orleans sitiaban Zaragoza, el clero de la ciudad persuadió a los pobladores que tales tropas eran apariencias producidas por un sortilegio”.
(Voltaire – Le Siecle de Louis XIV)

 

“Si supieran qué miedo puede tener un fantasma de los hombres”.
(T.S. Eliot)

 

“¿Dice usted que esta casa no existe, que usted es un fantasma?
¿Pues dónde estoy?
-En el despertar de un sueño”.

 

“Un viajero encuentra en el campo a un personaje con una cabeza completamente lisa como un huevo, sin un solo rasgo. Aterrorizado sube a una carreta y le pide al campesino que arree el caballo de inmediato.
-¿Qué pasa? -, le pregunta el campesino.
-Fue que vi a un hombre que tenía el rostro liso como un huevo.
-Entonces – respondió el campesino volviéndose -, ¿tenía el mismo rostro que yo?”
(Anónimo Japonés)

 

(De la antología “El libro de la imaginación” de Edmundo Valadés- Fondo de Cultura Económica, México).

Artículos Relacionados

  • Hace 54 años se escribieron los tres grandes himnos del pop
  • Las 10 canciones recomendadas de Camila Zárate, de Canal 13
  • Galería: Los mejores retratos de animales en vía de extinción
  • 11 obras al óleo para recordar la historia de Colombia

Send this to a friend