De representar una noción de rebeldía y hasta de ilegalidad, el tatuaje ha pasado a ser una tendencia que crece y se aparta de los prejuicios sociales. Conozca la dirección que ha tomado en Colombia y cómo se percibe en la actualidad.

Orlando Melo (Bossiski, foto principal), es el fundador de Dr. Calavera Tattoo, y es el defensor de la forma clásica de hacer tatuajes

“Hace dos meses tuve un bebé y siento que nada dolerá igual”. Así, franca y realista, habla Sophia Robinson*, minutos antes de realizarse su primer tatuaje. “Generalmente las mujeres son más fuertes a la hora de tatuarse, los hombres son un poco más miedosos”, afirma Farid Hadechini, el tatuador que en esta ocasión dibujará sobre la espalda de esta mujer unas flores típicas de su hogar, en Alaska.

Hace dos años Hadechini abrió Mar Negro, el estudio ubicado en el Centro Internacional de Bogotá, donde ha realizado más de mil tatuajes. Su estilo se considera minimalista, de trazos negros y finos. Él es uno de los cerca de mil tatuadores que se estima que hay en el país, una profesión que llegó a Colombia durante los años setenta y que desde entonces ha librado batallas en distintos frentes: desde la estigmatización hasta la poca regulación.

Trazos negros y minimalistas resumen el trabajo de Farid Hadechini. En Mar Negro ha realizado más de mil tatuajes. Foto: Nora Ambite/Cortesía Mar Negro Estudio

El primer tatuador de Colombia

El origen del tatuaje en el país tiene nombre propio. Se trata del caleño Leonardo Ríos (1940-2009), quien se fue a vivir a Estados Unidos durante la década de 1960, época en la que el tatuaje crecía como expresión artística de la mano del movimiento hippie. “Leo aprendió a tatuar y regresó a Cali para montar su propio estudio, tuvo que ir y venir varias veces porque el negocio no funcionó, era muy complicado. Si aún existen tabús, en esa época más”, explica desde Estados Unidos Mirella Valencia, esposa y aprendiz de Leo.

Leos Tattoos Studio abrió a comienzos de los años ochenta. Fue el primer centro formal del tatuaje en el país y no pudo escapar de la realidad de la época, donde la cultura narco hacía parte del día a día en Cali. “El negocio creció un poco gracias a eso, pues llegaban ellos y sus esposas para hacerse maquillaje permanente y tatuajes”, confiesa Mirella.

En Bogotá el tatuaje no aterrizó antes de que el belga Daniel Severi pasara por la tutoría de Hanky Panky, en Ámsterdam; Marco Leone, en São Paulo, y finalmente la de Leo Ríos, de quien aprendió los últimos detalles sobre el tema para abrir en 1988 Danny Tattoo, el estudio pionero de esta disciplina en la capital, ubicado cerca de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. “Al comienzo me decían que me fuera para la cárcel La Modelo porque allá estaban mis clientes. Pero las cosas han cambiado y hoy atiendo a cerca de sesenta personas a la semana”, le contaba Severi a la Revista Semana una década después de haber abrir este negocio.

Para ese entonces se calculaba que solo en Bogotá había 78 estudios de tatuajes, y aunque esto pareciera una buena noticia para el gremio, pues indicaba que el mercado crecía y se iban venciendo los prejuicios, para algunos, como el propio Leo Ríos, estos avances traían tintes negativos. “Él pensaba que el tatuaje, como la mayoría de las profesiones, se prostituyó. La gente lo veía por la parte lucrativa, donde lo único que importaba era cobrar; él quiso darle al tatuaje el estatus de arte enseñándole, como maestro, a mucha gente”, recuerda Valencia.

Un negocio en crecimiento

Mientras Farid corta con unas tijeras el contorno de las flores que le tatuará a Sophia, cuenta que en enero y febrero estuvo trabajando en Madrid y París. La gran disparidad entre lo que sucede allá y acá, resalta, consiste en que “en París la gente es mucho más arriesgada, los diseños son diferentes y se piensan los tatuajes en posiciones muy distintas en el cuerpo; un chico, por ejemplo, me pidió que le hiciera una línea que le separa el cuerpo en dos”, recuerda.

Las grandes ciudades europeas tienen sus propios festivales de tatuajes, eso ha ayudado a acercar y normalizar esta cultura entre la gente, y fue precisamente en eso en lo que se fijó el actual presidente de la Asociación Colombiana de Tatuadores, Alejandro Páez. “¿Por qué en otros lados hay convenciones de tatuadores y aquí no?”, se preguntó en 2007 y se puso en la tarea de realizar la primera convención de tatuadores del país. “La hice en el centro, en un lugar que se llamaba Nutabes; había muchas ganas, éramos pocos y los tatuadores teníamos hambre de mostrarnos en aquel entonces”, dice.

Actualmente Páez es el creador de los eventos más grandes que se han realizado, como la Convención Internacional de Tatuadores de Bogotá, que este año llega a su edición número doce; la Expotatuaje Medellín, en su edición nueve y, además, ha sido productor de festivales en Ecuador y la Expo Tatuaje Monterrey, una de las más grandes del continente.

La asociación colombiana de tatuadores está desarrollando un proyecto de ley que regule la profesión del tatuador. Foto: Nora Ambite/ Cortesía Mar Negro Estudio

Otro catalizador del tatuaje en nuestro país llegó a través de un reality llamado Miami Ink, emitido entre 2005 y 2008. “Cuando comencé no era el tipo de trabajo con el cual la gente dijera: ¡Uy, genial ser tatuador! Era mal visto, pero desde allí la gente comenzó a verlo de otra manera; mostraban que uno se podía tatuar en honor a su mamá, a un hermano, a la paz, y se modificó el estereotipo del metalero o tipo malo”, explica Orlando Melo, o Bossiski, apodo que le pusieron hace algunos años al dueño de Dr. Calavera, un estudio de tatuaje clásico ubicado en el norte de Bogotá. Sin embargo, dice Melo, “el reality también lo hizo más accesible a gente que no estaba haciendo nada laboralmente, lo vieron ‘fácil’ y dijeron ‘volvámonos tatuadores’”.

¿El fin del tabú?

Al tatuaje de Sophia aún le restan algunos detalles. Ha pasado una hora desde que comenzó la sesión y faltan veinte minutos para terminar. “¿Cómo está quedando?”, pregunta ella. “Se ve más o menos parecido al diseño”, bromea Farid Hadechini. Previamente, Sophia contaba que su familia no puso ninguna resistencia a que se tatuara; su hermano, miembro del ejército de Estados Unidos, tiene varios, e incluso su mamá se animó a hacerse uno cuando vio los diseños que hacía Farid.

Con el tiempo, al mundo del tatuaje han llegado profesionales de otras disciplinas, desde diseñadores gráficos como Hadechini hasta artistas plásticos como Bryan Sánchez, uno de los mejores tatuadores de Colombia y por cuya tinta han pasado personajes como el futbolista James Rodríguez.

“Me decían que mis tatuajes eran demasiado extraños, pero yo seguí haciéndolos y en este proceso ya llevo más de siete años. No perdí de vista mi estilo y ahora hay más gente que hace water color –un tipo de tatuaje estilo acuarela–”, manifiesta Sánchez, que vive en Medellín, otra de las ciudades referentes para el tatuaje nacional. “Al principio creo que Medellín se atrasó por ser tan conservadora; pero esta situación ha cambiado bastante, se forjó un camino para tumbar los prejuicios sociales y, finalmente, ahora hay médicos, arquitectos y abogados con tatuajes visibles, la gente los está entendiendo como piezas de arte que se coleccionan, y no como una expresión de ‘lo hice porque soy muy rebelde’ ”.

Un largo camino por recorrer

Las peluquerías donde se hacen tatuajes, famosas durante la década de 1990, recientemente se volvieron a poner de moda bajo el concepto de barberías tipo americanas. Sin embargo, a los tatuadores más antiguos parece que la idea no les termina de cuadrar. “Las peluquerías y los tatuajes no van de la mano; no es higiénico, un cabello que se vaya a una herida de cicatrización se infecta, con eso se ha perdido todo lo que hemos logrado. En los ochenta Danny Tattoo trabajaba mientras fumaba, la bioseguridad era nula. En Estados Unidos funciona porque los espacios son muy separados, eso se retomó acá y no se hace bien”, reclama Bossiski, de Dr. Calavera.

El trabajo de Daniel Fonseca es uno de los más reconocidos del país. Dermografic Tattoo Studio está ubicado en el centro de Bogotá. Foto: cortesía Dermografic Tattoo

Además, para convertirse en tatuador no hay ningún tipo de regulación definida por la ley, incluso, la actividad comercial de los estudios de tatuajes no cuentan con una identificación propia, la de Dr. Calavera, por ejemplo, se encuentra registrada como Actividades Teatrales.

Este proceso ha llevado más disgustos que alegrías, pues en un primer momento la legislación colombiana quiso categorizarlos junto a las peluquerías. Luego sugirieron que solo podría tatuar aquel que haya realizado estudios médicos, “nadie va a estudiar siete años de medicina para tatuar. Ahí entra la Asociación Colombiana de Tatuadores, tanto para construir la propuesta como para ser el lugar donde la gente tenga dónde quejarse, que le diga qué tiendas están vetadas o cuáles son las mejores”, explica Bossiski.

La urgencia de una regulación es clave, pues “desde hace unos dos o tres años, que se empezó a vivir un mayor crecimiento de tatuadores, los jóvenes no quieren terminar el colegio, sino comprar un equipo barato y tatuar desde la casa. Actualmente estamos trabajando en una ley que incluye formación en riesgos, manejo de residuos, impacto ambiental, exigir un mínimo de horas en bioseguridad, primeros auxilios, etc.”, afirma Alejandro Páez.

El tatuaje de Sophia está listo. El dolor pasó a segundo plano, incluso, daba la impresión de que no sentía nada, pues no hubo una mínima expresión de queja o movimiento de incomodidad. “Me encantó como quedó”, celebra al verse en el espejo. Ella es una de las tantas personas que hoy en día luce un tatuaje en su piel como algo completamente normal.

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