HJCK, la emisora que se hizo “con las uñas”

La HJCK nació en una época dominada por la censura y por un desinterés casi general por los temas culturales, es hoy una institución sólida. Fue tal vez la tenacidad de sus fundadores la que, a lo largo de las décadas, le permitió adquirir un prestigio muy merecido, casi legendario.

Revista Diners Ed. 247 octubre de 1990

Hace 40 años, el 15 de septiembre de 1950 comenzó uno de los experimentos más importantes y exitosos de la historia de la radio colombiana. La HJCK, una emisora que se hizo “con las uñas” en una época dominada por la censura y por un desinterés casi general por los temas culturales, es hoy una institución sólida. Fue tal vez la tenacidad de sus fundadores la que, a lo largo de las décadas, le permitió adquirir un prestigio muy merecido, casi legendario.

La publicación de un libro y seis casetes con las voces de doscientos cincuenta protagonistas de la cultura colombiana y universal testimonian esta aventura y su final feliz, que se concretó con el paso del sistema A.M. al F.M.

Hemos extraído algunos fragmentos del texto escrito por Álvaro Castaño Castillo con motivo de la celebración de los 25 años de la emisora, y un párrafo final de su actualización de dicho texto, que forman parte del volumen editado por Benjamín Villegas Editores.

El año de 1950 fue difícil para Colombia… Los jóvenes de aquel entonces padecíamos una inseguridad, un desconcierto, que se hacían particularmente aflictivos para quienes pocos años antes habíamos salido de la universidad, después de estudiar, con desafecto, en la facultad de Derecho.

En esa común situación nos encontrábamos Gonzalo Rueda, Alfonso Peñaranda, Álvaro Castaño. Por otra parte, desde una posición diferente, Eduardo Caballero acababa de renunciar a la Registraduría Nacional del Estado Civil, ante la clausura del Congreso decretada por el Presidente de la República. Castaño era secretario privado de Caballero y, obviamente, dejó su cargo al mismo tiempo.

Las personas nombradas, y los médicos Hernando y Alfonso Martínez Rueda, coincidieron en la idea de adquirir un espacio radial, dentro de algunas de las emisoras existentes, para fundar un radioperiódico de tipo predominantemente cultural.

Dentro de los contertulios, solo Caballero y Castaño, en desigual proporción, aportaban antecedentes como radiodifusores. Caballero había dirigido, pocos años antes, con su hermano Lucas, Jaime Soto y José Mar, el radioperiódico Onda Libre. Castaño solo había hecho algunos libretos para la Radiodifusora Nacional y estudiado a grandes rasgos la programación de la emisora Nuevo Mundo cuando, en esos días, Álvaro Mutis, jefe de programas de ésta, lo candidatizó como su sucesor.

Entusiasmados con la idea del radioperiódico, visitamos una emisora tras otra, reuniendo y comparando las diferentes tarifas, analizando los tiempos disponibles averiguando los horarios de los otros radioperiódicos. En esas estábamos cuando supimos que había una emisora dispuesta no a arrendarnos tres medias horas a lo largo del día sino a vendernos la mitad de la empresa. Era la Radio Granadina, famosa en otros tiempos, cuando, bajo el nombre de Ecos del Tequendama, había pertenecido al compositor Jorge Añez.

ANTES DEL FM

Alvaro Castaño y Gonzalo Rueda frente al primer albergue del transmisor. “Nunca, que sepamos nosotros, ese misterio que es la radio se había refugiado en una gruta más sombría”.

Tras la excitación que nos produjo la posibilidad de convertirnos en copropietarios de una emisora, cuando al principio solo aspirábamos a la modesta condición de arrendatarios, vino la decepción los propietarios, señores Marciales y Caycedo Ibáñez, nos cobraban, por la mitad de Radio Granadina, una suma superior a nuestras posibilidades.

Vinieron las naturales contrapropuestas, las consultas a las fuentes de crédito, los cálculos sobre posible facturación y sobre la inevitable inversión que habríamos de hacer para trabajar con cierta dignidad.

En el curso de estas perplejidades, Marciales y Caycedo hicieron la propuesta final: por un poco más del precio acordado nos vendían la totalidad de la emisora. La mitad de contado, y crédito por el resto. No cabía dudar más. El próximo paso nos condujo a la Notaría 4a.

FUNDACIÓN

Septiembre 15 de 1950. Una fecha histórica para la cultura nacional. Nace la HJCK Brindan Gonzalo Rueda Cardo Alfonso Peñaranda, Roberto Arciniegas, monseñor Emilio de Brigard Eduardo Caballero Calderón y Eduardo Carranza.

Allí, el 25 de agosto de 1950, Hernando Martínez Rueda, Alfonso Martínez Rueda, Eduardo Caballero Calderón, Álvaro Castaño Castillo, Gonzalo Rueda Caro y Alfonso Peñaranda Ruán constituimos la sociedad Radial Bogotá Limitada, para adquirir, por partes iguales, la Radio Granadina, que habría de convertirse en la emisora HJCK, El Mundo en Bogotá.

En los días anteriores a nuestro viaje a la Notaría habíamos conocido, con el más profundo desconsuelo, las instalaciones técnicas de Radio Granadina, que pasaban a ser la parte fundamental de nuestros activos: el transmisor, un descascarado armario metálico en cuyo interior languidecían algunos tubos, casi exhaustos, cuyo semblante denunciaba que la emisora se defendía en el aire a duras penas con 500 vatios, a pesar de que su potencia registrada era de un kilovatio.

Nunca, que sepamos nosotros, ese misterio que es la radio se ha refugiado en una gruta más sombría. Y como si esto fuera poco, en los flancos de este armatoste se apiñaban, vivían, dormían, la transmisorista y su familia de cuatro niños, bellos y desnutridos.

En ese cubil era difícil dar un paso. El técnico se tropezaba con las ollas, los ladrillos sueltos del piso, el triste mobiliario de cajones, antes de llegar al transmisor, más para ayudarlo a bien morir que para lograr una imposible mejoría.

VISITANTE ILUSTRE

Jean Louis Barrault (centro), necesitaba un sitio para preparar su temporada teatral en el Colón. Ese sitio fue la HJCK. A la derecha, hilippe North, director de la Alianza Colombo Francesa

¿Y la torre? ¿Dónde estaba la torre? Las emisoras tienen torre de transmisión para irradiar sonido, para salvar distancias. Habíamos comprado una emisora que no tenía torre. En vez de ella, utilizaba un alambre horizontal, sostenido por dos largos palos, mucho más apropiado para tender la ropa al sol que para lanzar al aire nuestros programas de cultura. Era la pobreza absoluta.

Mientras los libretistas de planta escribíamos, los colaboradores externos o semiinternos hacían fila para llegar a nuestra única grabadora, una máquina pequeña, con radio incrustado, que trabajaba con cintas de papel. En ella grababan sus Comentarios mínimos Antonio y Francisco Rueda, Emilia Pardo, Hugo Latorre, Hernando Martínez, Santiago Salazar y tantos otros, a los que se sumaba muchas veces el escritor que nos visitaba o a quien habíamos invitado minutos antes en la Carrera Séptima: Abelardo Forero, José Umaña Bernal, Edgardo Salazar. Otras veces, la colaboración era sistemática, como aquel ciclo El mundo de los libros, que dictaba en nuestro micrófono Hernando Téllez, los domingos en la mañana.

Sus textos escritos debían llevarse al Ministerio de Comunicaciones para el cedazo de la censura previa. Toda la programación debía pasar por la censura del Ministerio en aquellos días de 1950. Semanas después, cuando los censores comprobaron que ni Mozart, ni Brahms, ni Beethoven atentaban contra el orden público, eximieron de las grandes letras rojas 0.K. a nuestra programación musical. Pero solo a ésta. Los demás textos requerían autorización previa y, además, debían ser guardados durante varios meses, en los archivos de la emisora. Por no haber cumplido este último requisito, la emisora estuvo a punto de ser suspendida o clausurada en octubre de 1950.

En muy diversas ocasiones nos hemos confesado culpables de un pecado original de la emisora HJCK: el menosprecio por la técnica. Creímos ingenuamente en 1950 que bastaría, para justificar el éxito de nuestra empresa, el muy noble propósito de levantar el nivel cultural de la radiodifusión cultural en Colombia. Inexpertos, incautos, y con la insolencia del ignorante, no pensamos que la aventura requería con qué hacerla.

La falta de dinero fue menos grave que la falta de equipo. Esa carencia de las dotaciones técnicas mínimas que requiere toda empresa de radiodifusión, cualquiera sea su especialidad, para transmitir y ser escuchada, constituyó para la HJCK una característica penosa. Las deficiencias del sonido deformaron la estética de nuestra programación y frustraron las ilusiones de los melómanos que en el dial de sus receptores buscaban a la nueva y promisoria emisora en la frecuencia de 1.290 kilociclos.

Superar esa situación requirió un lento proceso que tomó muchos años, desde los patéticos 500 vatios del primer día hasta la instalación del transmisor de diez kilovatios en 1963, trece años después de fundada la emisora. Y aun alcanzada esta superación técnica en cuanto a potencia del transmisor y claridad del sonido, los abnegados radioescuchas continuaron padeciendo las interferencias de las emisoras contiguas, nunca eficazmente controladas por la estación monitora del Ministerio de Comunicaciones que alcanzaban a oírse como insoportable ruido de fondo en la transmisión de nuestros conciertos.

Hechas estas evocaciones se entenderá mejor el júbilo con que la HJCK, El Mundo en Bogotá, pasó a ser la HJCK El Mundo en Bogotá FM Stereo a partir del viernes 6 de febrero de 1981. El comienzo de nuestra operación en FM coincidió con el auge de los discos compactos accionados con rayo láser.

La HJCK fue la primera emisora que instaló en los estudios de transmisión, para su utilización sistemática, un equipo de discos compactos. La frecuencia modulada y el feliz complemento de los discos compactos han sido, sin duda alguna, el avance más significativo de la HJCK.

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